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«Hoy Cuando Te Pregunté Sobre Una Pareja Que Conocíamos En Canberra»—Kathy Fish

¿Cuáles eran sus nombres?

Él trabajó contigo. Sus hijas la hacían de niñeras. ¿Recuerdas que criaban gallinas en su jardín antes de que fuera cool criar gallinas en tu jardín? Ella me llamaba “linda” y por mucho tiempo pensé que me estaba llamando “vida.” ¿Crees que sigan vivos? Te apuesto a que no los reconocería si pasara al lado de ellos en la calle. Hay tanta gente como esa ahora. Podría llenar un auditorio con todos.

Sacudiste la cabeza como lo haces y te pusiste tus audífonos de regreso, tus pies en el sofá, y bajaste la mirada a tu pantalla. Tu espalda estaba contra la ventana y había comenzado a nevar.

Sacudí mis brazos y deslizaste los audífonos de nuevo hacia arriba, dejándolos encima de tu cabeza como orejas de ratón invertidas.

¿Pero tú qué piensas? ¿Cuál es el punto de lo que sea si una no puede recordar a las personas? Ellos me gustaban tanto. Él había bromeado que bombardear la Casa Blanca sería un desperdicio de buenos explosivos. ¿Qué estaba pasando en el mundo en ese entonces? ¡Cómo nos reímos! Ni me acuerdo cómo se veía. Pequeño y delgado, eso es todo. ¡Qué raro!

Me miraste como si estuviera describiendo la redondez de la tierra o el verde del pasto. No es tan raro, dijiste, jalando tus audífonos a cubrir tus oídos. Algo en tu compu te estaba haciendo reír. Afuera, guantes blancos se habían formado en los pequeños puños de los pinos.

Al rato, cuando cerré los ojos, vino a mí: Sus nombres eran Arlo y Helen Freitag. Tenían cuatro hijas y un basset hound. Un día después de Navidad, nos sentamos alrededor en su comedor mientras Helen contaba una historia muy larga. No recuerdo la historia y no recuerdo el nombre del basset hound o siquiera los nombres de sus hijas, pero recuerdo el ventilador barriendo nuestras caras y el bebé llorando y lo llenos y acalorados y borrachos que estábamos. Cuando ella finalmente terminó todos estábamos tan aliviados. Luego Arlo Freitag jaló a su esposa y la besó de lleno en los labios, y por un buen tiempo.


“Today When I Asked You About A Couple We Knew In Canberra”—extraído de la revista Washington Square Review publicada en la primavera del 2020.

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«Catedral»—Raymond Carver

Este hombre ciego, un viejo amigo de mi esposa, estaba de camino a pasar la noche aquí. Su esposa había muerto. Así que estaba visitando a los familiares de la esposa muerta, en Connecticut. Llamó a mi esposa desde la casa de sus suegros. Se hicieron arreglos. Él vendría en tren, un viaje de cinco horas, y mi esposa se encontraría con él en la estación. No lo había visto desde que trabajó para él un verano en Seattle hace diez años. Pero ella y el ciego habían mantenido contacto. Grababan cintas y las mandaban por correo de ida y vuelta. No me entusiasmaba la idea de su visita. No era nadie que yo conociera. Y el que fuera ciego me molestaba. Mi idea de ceguera venía de las películas. En las películas, el ciego se mueve lentamente y nunca se ríe. A veces los guiaban perros. Un hombre ciego en mi casa no es algo que quería.

Ese verano en Seattle ella necesitaba un trabajo. No tenía nada de dinero. El hombre con el que se iba a casar al final del verano estaba en la academia de policías. Él tampoco tenía nada de dinero. Pero ella estaba enamorada del güey, y él enamorado de ella, etc. Ella había visto algo en el periódico: SE BUSCA AYUDA—Leyéndole a Hombre Ciego, y un número de teléfono. Ella llamó y fue para allá, la contrataron ahí mismo. Trabajó con este ciego todo el verano. Le leyó casos, reportes, ese tipo de cosas. Le ayudó a organizar su pequeña oficina en el departamento de servicio social. Se volvieron buenos amigos, mi esposa y el ciego. En su último día en la oficina, el ciego preguntó si podía tocar su cara. Ella dijo que sí. Me dijo que con sus dedos tocó cada parte de su cara, su nariz—¡hasta su cuello! Nunca lo olvidó. Hasta intentó escribir un poema sobre ello. Ella siempre estaba intentando escribir un poema. Escribía un poema o dos cada año, normalmente después de que algo muy importante le hubiera sucedido.

Cuando ella y yo empezamos a salir, me enseñó el poema. En el poema, ella recordaba sus dedos y la manera en que se habían movido por su cara. En el poema, ella hablaba de lo que había sentido en ese momento, de lo que pasaba por su mente cuando el ciego tocó su nariz y sus labios. Puedo recordar que no me había impresionado mucho el poema. Claro, no le dije eso. Tal vez solo no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que escojo cuando quiero leer algo.

Bueno, este hombre que disfrutó de sus favores primero, este futuro-oficial, él había sido su amor desde la infancia. Así que bueno. Lo que digo es que al final del verano ella dejó que el ciego le tocara la cara con sus manos, le dijo adiós, se casó con su amor de infancia y así, quien para ese entonces ya era un oficial comisionado, y se mudó de Seattle. Pero habían mantenido contacto, ella y el ciego. Ella lo contactó primero después de un año, más o menos. Ella lo llamó una noche desde una base de la Fuerza Aérea en Alabama. Quería hablar. Hablaron. Él le pidió que le mandara una cinta y le contara sobre su vida. Y eso es lo que hizo. Mandó la cinta. En la cinta, ella le contaba al ciego que amaba a su esposo pero que no le gustaba dónde vivían y no le gustaba que era parte de la cosa esa del complejo militar-industrial. Le contó que había escrito un poema y que él era parte. Le contó que estaba escribiendo un poema sobre cómo era ser la esposa de un oficial de la Fuerza Aérea. El poema aún no estaba terminado. Aún lo estaba escribiendo. El ciego grabó una cinta. Le mandó la cinta. Ella hizo una cinta. Y así fue por años. Al oficial de mi esposa lo mandaban de una base a otra. Ella mandó cintas desde BFA Moody, McGuire, McConnell, y finalmente Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió muy sola y separada de personas que ella seguía perdiendo en esa vida tan movida. Llegó a sentir que ya no podía dar otro paso. Entonces fue y se tragó todas las pastillas y cápsulas del botiquín y las bajó con una botella de ginebra. Después se metió a un baño caliente y ahí se desmayó.

Pero en vez de morirse, se enfermó. Vomitó. Su oficial—¿por qué debería darle nombre? él fue el amor de la infancia, ¿qué más quiere?—llegó a casa de algún lado, la encontró, y llamó a una ambulancia. Un tiempo después, ella lo puso todo en una cinta y le mandó la cinta al ciego. Por años ella puso todo tipo de cosas en cintas y le mandó las cintas así nomás. Además de escribir un poema cada año, creo que era su pasatiempo principal. En una cinta, ella le dijo al ciego que había decidido dejar de vivir con su oficial por un tiempo. En otra cinta, le contó sobre su divorcio. Ella y yo comenzamos a salir, y claro que le contó al ciego sobre ello. Le contó todo, o así me parecía. Una vez me preguntó si me gustaría escuchar la última cinta que le había enviado el ciego. Esto fue hace un año. Yo estaba en la cinta, me dijo. Así que dije que okay, que la escucharía. Nos serví unos tragos y nos acomodamos en la sala. Nos alistamos para escuchar. Primero insertó la cinta en el reproductor y ajustó unos botones. Luego empujó una palanquita. La cinta soltó un chillido y luego alguien empezó a hablar en esta voz fuerte. Le bajó al volumen. Después de unos minutos de charla inofensiva, escuché mi propio nombre en la boca de este extraño, ¡este ciego que ni conozco! Y luego esto: “De todo lo que me has dicho de él, solo puedo concluir—” Pero fuimos interrumpidos, un golpe en la puerta, algo, y nunca regresamos a la cinta. Tal vez es mejor así. Ya había escuchado todo lo que quería.

Ahora este mismo ciego iba a venir a mi casa a dormir.

“Tal vez lo puedo llevar a jugar boliche,” le dije a mi esposa. Ella estaba preparando un guisado de papa. Dejó el cuchillo que estaba usando y se volteó.

“Si me amas,” dijo, “puedes hacer esto por mí. Si no me amas, okay. Pero si tú tuvieras un amigo, cualquier amigo, y el amigo viniera a visitar, lo haría sentir cómodo.” Se limpió las manos con la toalla para secar platos.

“Yo no tengo amigos ciegos,” le dije.

“Tú no tienes amigos,” dijo ella. “Punto. Además,” dijo, “¡no manches, su esposa acaba de morir!”

No contesté. Me había contado un poco sobre la esposa del ciego. Su nombre era Beulah. ¡Beulah! Ese nombre es de alguien de color.

“¿Su esposa era Negra?” pregunté.

“¿Estás loco?” dijo mi esposa. “¿Te pegaste en la cabeza o algo?” Recogió una papa. La vi caer al piso y rodar bajo la estufa. “¿Qué te pasa?” dijo. “¿Estás borracho?”

“Solo preguntaba,” dije.

Justo entonces mi esposa me puso al corriente con más detalle del que me importaba. Me serví un trago y me senté en la cocina para escuchar. Pedazos de la historia empezaban a caer en su lugar.

Beulah había ido a trabajar para el ciego el verano después de que mi esposa había dejado de trabajar para él. Pronto Beulah y el ciego se armaron una boda en una iglesia. Era una boda pequeña—¿quién querría ir a una boda así en primer lugar?—solo ellos dos, más el ministro y la esposa del ministro. De igual manera, una boda en una iglesia. Era lo que Beulah había querido, él había dicho. Pero aún en ese entonces Beulah debió haber estado cargando el cáncer en sus glándulas. Después de que habían sido inseparables por ocho años—palabra de mi esposa, inseparables—la salud de Beulah rápidamente decayó. Se murió en una habitación de un hospital en Seattle, el ciego sentado al lado de su cama, agarrando su mano. Se habían casado, vivieron y trabajaron juntos, durmieron juntos—tuvieron sexo, seguro—y luego el ciego tuvo que enterrarla. Todo esto sin siquiera poder haber visto cómo se veía la maldita mujer. Era algo que solo no entiendo. Escuchando esto, me sentí mal por el ciego, por un momento. Y luego me encontré pensando en qué vida tan lamentable habría de haber tenido esta mujer. Imagina a una mujer que nunca pudo verse a sí misma como se veía en los ojos de su amado. Una mujer que podría ir día tras día y nunca recibir el menor de los cumplidos de parte de su amado. Una mujer cuyo marido nunca le pudo haber leído la expresión en su cara, fuera miseria o algo mejor. Alguien que podría usar maquillaje o no—¿qué diferencia le haría a él? Ella podría, si quisiera, usar sombra verde en un ojo, un alfiler en su fosa nasal, pantalones amarillos, y zapatos morados, no importaría. Y luego deslizarse a la muerte, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos derramando lágrimas—lo estoy imaginando ahora—su último pensamiento tal vez este: que él nunca supo cómo se veía, y ella en un exprés hacia la tumba. A Robert lo dejaron con una pequeña póliza de seguro y con media moneda de veinte pesos mexicanos. La otra mitad de la moneda se fue a la caja, con ella. Patético.

Así que cuando llegó la hora, mi esposa fue al depósito a recogerlo. Sin nada qué hacer más que esperar—seguro, lo culpaba por eso—me estaba echando un trago, viendo la tele, cuando escuché el carro llegando. Me levanté del sofá con mi trago y fui a la ventana a ver.

Vi a mi esposa riéndose mientras estacionaba el carro. La vi salir del carro y cerrar la puerta. Todavía traía una sonrisa. Simplemente increíble. Fue al otro lado del carro, a donde el ciego ya se estaba empezando a bajar. Este ciego, imagina esto, ¡traía una barba enorme! ¡Una barba en un ciego! Demasiado, digo yo. El ciego agarró una maleta del asiento trasero y la sacó jalandola. Mi esposa lo tomó del brazo, cerró la puerta del carro, y, hablando todo el camino, lo movió por la cochera y luego por los escalones que dan a la entrada de la casa. Apagué la tele. Me terminé mi trago, enjuagué el vaso, sequé mis manos. Y luego fui a la puerta.

Mi esposa dijo, “Quiero que conozcas a Robert. Robert, este es mi esposo. Te he contado todo sobre él.” Ella estaba radiante. Traía a este ciego agarrado de la manga de su abrigo.

El ciego dejó su maleta y me extendió la mano.

La tomé. Apretó fuerte, sostuvo mi mano, y luego la soltó.

“Siento como si ya te conociera,” gritó.

“Igualmente,” dije. No supe qué más decir. Luego dije, “Bienvenido. He escuchado mucho de ti.” Nos comenzamos a mover, un pequeño grupo, de la entrada a la sala, mi esposa guiándolo del brazo. El ciego estaba cargando su maleta en su otra mano. Mi esposa dijo cosas como, “Aquí a tu izquierda, Robert. Sí, así. Ahora con cuidado, ahí hay una silla. Eso. Siéntate justo aquí. Este es el sofá. Acabamos de comprar este sofá hace dos semanas.”

Empecé a decir algo sobre el viejo sofá. Me gustaba ese viejo sofá. Pero no dije nada. Luego quise decir algo más, platiquilla, sobre el viaje escénico por el Hudson. Como de camino a Nueva York, te deberías sentar del lado derecho del tren, y viniendo de Nueva York, del lado izquierdo.

“¿Te fue bien en el tren?” dije. “¿De qué lado te sentaste en el tren, por cierto?”

“Qué pregunta, ¡de qué lado!” dijo mi esposa. “¿Qué importa de qué lado?” dijo.

“Solo preguntaba,” dije.

“Del lado derecho,” dijo el ciego. “No me había subido a un tren en casi cuarenta años. No desde que era un niñito. Con mi papá y mi mamá. Ha sido mucho tiempo. Casi se me había olvidado la sensación. Ahora tengo invierno en mi barba,” dijo. “O eso me han dicho, de todos modos. ¿Me veo distinguido, querida?” el ciego le dijo a mi esposa.

“Te ves distinguido, Robert,” dijo ella. “Robert,” dijo. “Robert, es tan bueno verte.”

Mi esposa al fin quitó su mirada del ciego y me miró a mí. Tuve el sentimiento de que no le gustó lo que vio. Me dio igual.

Nunca había conocido, personalmente, a alguien que estuviera ciego. Este ciego estaba ya muy en sus cuarentas, un hombre pesado y calvo con hombros encorvados, como si estuviera cargando un gran peso ahí. Usaba pantalones color café, zapatos color café, una camisa color café clarito, una corbata, y un rompevientos. Elegante. También traía esta barba enorme. Pero no usaba bastón y no usaba lentes oscuros. Siempre había pensado que lentes oscuros eran necesarios para los ciegos. Cómo quisiera que trajera un par. A primer vistazo, sus ojos se veían como los de cualquiera. Pero si mirabas bien, había algo diferente en ellos. Demasiado blanco en la iris, por un lado, y las pupilas parecían moverse por todos lados sin su conocimiento, o sin que él pudiera detenerlo. Qué miedo. Mientras me le quedaba viendo a su cara, vi la pupila izquierda girar hacia su nariz mientras la otra hacía un esfuerzo para quedarse en un solo lugar. Pero era solo un esfuerzo, ya que un ojo estaba vagando sin su conocimiento, o sin querer.

Dije, “Déjame prepararte un trago. ¿Cuál es tu placer? Tenemos un poquito de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.”

“Compadre, yo soy hombre de whiskey,” dijo rápidamente con su vozarrón.

“Cierto,” dije. ¡Compadre! “Seguro que lo eres. Lo sabía.”

Dejó que sus dedos tocaran su maleta, que estaba arrimada al lado del sofá. Estaba orientándose. No lo culpo por eso.

“Me llevo eso a tu cuarto,” dijo mi esposa.

“No, está bien,” el ciego dijo fuertemente. “Puede subir cuando yo suba.”

“¿Algo de agua con el whiskey?” dije.

“Muy poquita,” dijo él.

“Lo sabía,” dije.

Él dijo, “Solo unas gotas. El actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como ese güey. Cuando bebo agua, dijo Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whiskey, bebo whiskey.” Mi esposa se rió. El ciego puso su mano bajo su barba. Levantó su barba lentamente y la dejó caer.

Preparé los tragos, tres vasos grandes de whiskey con unas gotas de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y platicamos sobre los viajes de Robert. Primero el vuelo largo de la costa oeste a Connecticut, cubrimos eso. Luego de Connecticut para acá en tren. Nos tomamos otro trago para platicar de esa parte del viaje.

Recordé haber leído en alguna parte que los ciegos no fuman porque, se especulaba, no podían ver el humo que exhalaban. Pensé que sabía eso y hasta ahí llegaba mi conocimiento sobre la gente ciega. Pero este hombre viejo fumó su cigarro hasta el filtro y luego prendió otro. Este ciego llenó el cenicero y mi esposa lo vació.

Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, nos tomamos otro trago. Mi esposa llenó el plato de Robert con filete en cubos, guisado de papas, ejotes. Yo le mantequillé dos pedazos de pan. Dije, “Aquí hay pan con mantequilla para ti.” Bebí de mi trago. “Ahora, oremos,” dije, y el ciego agachó la cabeza. Mi esposa me miró, boquiabierta. “Oremos para que el teléfono no suene y la comida no se enfríe,” dije.

Le entramos. Nos comimos todo lo que había de comer en la mesa. Comimos como si no hubiera mañana. No hablamos. Comimos. Descuartizamos. Casi nos comemos la mesa. Comimos seriamente. El ciego localizó de inmediato sus comidas, sabía exactamente dónde estaba todo en su plato. Lo miré con admiración mientras usaba su cuchillo y su tenedor para la carne. Cortaba dos pedazos de carne, los llevaba a su boca, y luego se lanzaba por las papas, luego los ejotes, y luego rompía un pedazo del pan con mantequilla y se comía eso. Seguiría todo eso con un gran trago de leche. Tampoco parecía molestarle usar sus dedos de vez en cuando.

Nos terminamos todo, incluyendo la mitad de un pay de fresa. Por un rato, nos quedamos sentados como aturdidos. Sudor en nuestras caras. Finalmente, nos levantamos de la mesa y dejamos los platos sucios. No miramos atrás. Fuimos a la sala y nos hundimos en nuestros lugares de nuevo. Robert y mi esposa en el sofá. Yo en el sillón grande. Nos tomamos dos o tres tragos más mientras ellos hablaban sobre las cosas importantes que les habían pasado en los últimos diez años. La mayoría del tiempo yo solo escuchaba. De vez en cuando participaba. No quería que él pensara que me había ido del cuarto, y no quería que ella pensara que me estaba sintiendo excluido. Hablaban de cosas que les habían pasado a ellos—¡a ellos!—estos últimos diez años. En vano esperé escuchar mi nombre en los dulces labios de mi esposa: “Y luego mi querido esposo llegó a mi vida”—algo así. Pero no escuché nada de eso. Más plática sobre Robert. Robert había hecho un poco de todo, al parecer, un ciego mil-usos así normalón. Pero más recientemente, él y su esposa habían tenido una distribuidora de Amway, de la cual, por lo que entendí, habían ganado bastante. El ciego también era un radioaficionado. Hablaba en su vozarrón sobre conversaciones que había tenido con otros radioaficionados en Guam, en las Filipinas, en Alaska, hasta en Tahití. Dijo que tendría muchos amigos allá, si alguna vez quisiera visitar esos lugares. De vez en cuando volteaba su cara ciega hacia mí, ponía su mano bajo su barba, y me preguntaba algo. ¿Cuánto tiempo llevaba en mi posición actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Me quedaría en ese trabajo? (¿Qué opción había?) Finalmente, cuando pensé que se estaba cansando, me levanté y prendí la tele.

Mi esposa me miró irritada. Se estaba enojando hasta casi explotar. Luego se volteó con Robert y dijo, “Robert, ¿tú tienes tele?”

El ciego dijo, “Querida, tengo dos teles. Una a color y una cosa solo de blanco y negro, una vieja reliquia. Es chistoso, pero si prendo la tele, y siempre la estoy prendiendo, prendo la de color. Qué chistoso, ¿no creen?”

No sabía qué decir a eso. No tenía nada en lo absoluto qué decir a eso. Sin opinión. Así que vi el programa de noticias e intenté escuchar lo que el locutor decía.

“Esta es una tele a color,” dijo el ciego. “No me pregunten cómo, pero puedo reconocerlo.”

“Cambiamos a color hace tiempo,” dije.

El ciego bebió de su trago. Levantó su barba, la olfateó, y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Acomodó su cenicero en la mesita de al lado, y luego llevó el encendedor a su cigarro. Se reclinó para atrás en el sofá y cruzó sus tobillos.

Mi esposa cubrió su boca, y luego bostezó. Se estiró. Dijo, “Creo que iré arriba y me pondré mi bata. Creo que me voy a cambiar. Robert, tú ponte cómodo.”

“Estoy cómodo,” dijo el ciego.

“Quiero que te sientas cómodo en esta casa,” dijo ella.

“Estoy cómodo,” dijo el ciego.

Ya que ella se había ido del cuarto, él y yo escuchamos el reporte del clima y luego el resumen deportivo. Para ese entonces, ella se había ido por tanto tiempo que no sabía si iba a regresar. Pensé que tal vez se había ido a la cama. Deseé que regresara acá con nosotros. No quería que me dejaran solo con un ciego. Le pregunté si quería otro trago, y dijo que seguro. Luego le pregunté si quería fumar algo de mota conmigo. Le dije que justo había rolado un porrazo. No lo había hecho, pero planeaba hacerlo en como dos sacudidas.

“Sí probaría un poco contigo,” dijo.

“Cómo no,” dije. “Es lo mejor.”

Preparé nuestros tragos y me senté en el sofá con él. Luego nos rolé dos porros bien gordos. Me prendí uno y lo pasé. Lo puse entre sus dedos. Lo agarró e inhaló.

“Manténlo adentro tanto como puedas,” le dije. Pude ver que no sabía ni cómo empezar.

Mi esposa regresó usando su bata rosa y sus pantuflas rosas.

“¿Qué es lo que huelo?” dijo ella.

“Pensé que podríamos fumar algo de cannabis,” dije.

Mi esposa me dio una mirada salvaje. Luego miró al ciego y dijo, “Robert, no sabía que fumabas.”

Él dijo, “Pues ahora lo hago, querida. Hay una primera vez para todo. Pero aún no siento nada.”

“Esto está bastante leve,” dije. “No es muy fuerte. Es mota razonable,” dije. “No alborota.”

“No mucho, compadre,” dijo él, y se rió.

Mi esposa se sentó en el sofá entre el ciego y yo. Le pasé el porro. Lo tomó y le dió unos toques y me lo regresó. “¿A qué lado iba?” dijo ella. Luego dijo, “No debería andar fumando esto. Si ya casi ni puedo abrir los ojos. Fue esa cena. No debí haber comido tanto.”

“Fue el pay de fresa,” dijo el ciego. “Eso fue lo que lo hizo,” dijo, y se rió con su enorme risa. Luego sacudió la cabeza.

“Hay más pay de fresa,” dije.

“¿Quieres un poco más, Robert?” dijo mi esposa.

“Tal vez en un ratito,” dijo.

Le dimos nuestra atención a la tele. Mi esposa bostezó de nuevo. Dijo, “Tu cama ya está hecha, para cuando quieras ir a dormir, Robert. Sé que has de haber tenido un día muy largo. Así que cuando estés listo para ir a la cama, solo dilo.”

Le jaló el brazo, “¿Robert?”

Agarró la onda y dijo, “La he pasado muy bien. Esto está mucho mejor que las cintas, ¿no?”

Yo dije, “Ahí te va,” y le puse el porro entre los dedos. Él inhaló, sostuvo, y luego soltó el humo. Era como si lo hubiera estado haciendo desde que tenía nueve años.

“Gracias, compa,” dijo. “Pero creo que ya estoy. Creo que ya lo empiezo a sentir,” dijo. Le ofreció la bachita a mi esposa.

“Aquí igual,” dijo ella. “Ya estoy, también.” Agarró la bacha y me la pasó. “Puede que me quede aquí sentada entre ustedes dos con los ojos cerrados. Pero no dejen que eso les moleste, ¿okay? Cualquiera de los dos. Si les molesta, me dicen. Si no, puede que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que estén listos para ir a la cama,” dijo ella. “Tu cama ya está hecha, Robert, para cuando estés listo. Está justo al lado de nuestro cuarto al subir las escaleras. Te mostraremos cuando estés listo. Ahí me despiertan, muchachos, si me quedo dormida.” Dijo eso y luego cerró los ojos y se durmió.

El programa de noticias terminó. Me paré y cambié de canal. Regresé a sentarme en el sofá. Cómo quería que mi esposa no se hubiera doblado. Su cabeza quedó en la parte de atrás del sofá, su boca abierta. Había girado su cuerpo, entonces la bata se había deslizado un poco, revelando una pierna jugosa. Me estiré para cubrir de nuevo la pierna con la bata, y fue entonces cuando vi al ciego. ¡Qué demonios! Le descubrí la pierna de nuevo.

“Tú me dices cuando quieras más pay de fresa,” dije.

“Lo haré,” dijo.

Dije, “¿Estás cansado? ¿Quieres que te lleve a tu cama? ¿Estás listo para ya darle?”

“Todavía no,” dijo. “No, me quedo despierto contigo, compa. Si eso está bien. Me quedo despierto hasta que tú estés listo para ya dormir. No hemos tenido la oportunidad de platicar. ¿Sabes a lo que me refiero? Siento como que ella y yo hemos monopolizado la noche.” Levantó su barba y la dejó caer. Agarró sus cigarros y su encendedor.

“Está bien,” dije. Y luego dije, “me gusta la compañía.”

Y creo que era verdad. Cada noche fumaba hierba y me quedaba despierto todo el tiempo que pudiera antes de quedarme dormido. Mi esposa y yo casi nunca íbamos a la cama al mismo tiempo. Cuando yo sí iba a dormir, tenía estos sueños. A veces me despertaba de uno de ellos, mi corazón todo loco.

Algo acerca de la iglesia y la edad Media estaba en la tele. No el tipo de cosa que normalmente ves en la tele. Yo quería ver algo más. Le cambié a otros canales. Pero no había nada en ellos, tampoco. Así que le regresé al primer canal y me disculpé.

“Compadre, está bien,” dijo el ciego. “Está bien por mí. Lo que quieras ver está bien. Siempre estoy aprendiendo algo. El aprendizaje nunca termina. No me lastimará aprender algo esta noche. Tengo oídos,” dijo.

No dijimos nada por un buen rato. Él estaba inclinado hacia adelante con su cabeza girada hacia mí, su oído derecho apuntando hacia la tele. Muy desconcertante. De vez en cuando sus párpados caían y luego se abrían otra vez rápidamente. De vez en cuando ponía sus dedos en su barba y la jalaba, como si estuviera pensando sobre algo que estaba escuchando en la tele.

En la pantalla, un grupo de hombres usando capuchas estaba siendo atormentado por hombres vestidos con disfraces de esqueletos y por hombres vestidos de diablos. Los hombres vestidos de diablos traían máscaras, cuernos, y colas largas. Este show era parte de una procesión. El hombre inglés que narraba la cosa dijo que sucedía en España una vez al año. Le intenté explicar al ciego lo que estaba sucediendo.

“Esqueletos,” dijo. “Yo sé sobre esqueletos,” dijo, y asintió con la cabeza.

La tele mostraba esta catedral. Luego había un vistazo largo y lento a otra. Finalmente, la imagen cambiaba a la famosa que está en París, con sus contrafuertes voladores y sus espirales que suben hasta las nubes. La cámara se alejaba para mostrar la catedral entera en el horizonte.

Había veces en las que el hombre inglés que decía cosas se callaba, simplemente dejaba que la cámara se moviera por encima de las catedrales. O la cámara haría un tour entero por las afueras, hombres en los campos caminando detrás de bueyes. Esperé tanto como pude. Luego sentí la necesidad de decir algo. Dije, “Están mostrando el exterior de la catedral, ahora. Gárgolas. Pequeñas estatuas talladas como monstruos. Ahora supongo que están en Italia. Sí, están en Italia. Hay pinturas en las paredes de esta iglesia.”

“¿Y son pinturas al fresco, compadre?” preguntó, y bebió de su trago.

Yo agarré mi vaso. Pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pudiera recordar. “¿Me estás preguntando si esas son al fresco?” dije. “Esa es una buena pregunta. No lo sé.”

La cámara se movió a una catedral en las afueras de Lisboa. Las diferencias en la catedral portuguesa comparada a la francesa y la italiana no eran muy grandes. Pero ahí estaban. Más que nada cosas de interiores. Luego algo se me ocurrió, y dije, “Algo se me acaba de ocurrir. ¿Tú tienes idea de lo que es una catedral? O sea, ¿cómo se ven? ¿Me entiendes? Si alguien te dice catedral, ¿tienes noción alguna de lo que están hablando? ¿Sabes la diferencia entre eso y una iglesia bautista, por ejemplo?”

Dejó el humo escurrir de su boca. “Sé que a cientos de trabajadores les tomaba cincuenta o cien años construirlas,” dijo. “Acabo de escuchar al hombre decir eso, claro. Sé que generaciones de las mismas familias trabajaron en una catedral. Lo escuché decir eso, también. Los hombres que comenzaron el trabajo de su vida en ellas, esos hombres nunca vivieron para ver su trabajo completado. En ese sentido, compa, no son muy diferentes al resto de nosotros, ¿o no?” Se rió. Luego sus párpados cayeron de nuevo. Su cabeza cayó. Parecía estar quedándose dormido. Tal vez se estaba imaginando a sí mismo en Portugal. La tele ahora mostraba otra catedral. Esta estaba en Alemania. La voz del hombre inglés siguió como robot. “Catedrales,” dijo el ciego. Se sentó y giró su cabeza, atrás y adelante. “Si quieres saber la verdad, compadre, eso es todo lo que sé. Lo que dije. Lo que lo escuché decir. ¿Pero tal vez tú podrías describirme una? Cómo quisiera que lo hicieras. Me gustaría eso. Si quieres saber, realmente no tengo una buena idea.”

Me le quedé viendo duro a la toma de la catedral en la tele. ¿Cómo podría siquiera comenzar a describirla? Pero supón que mi vida dependiera de ello. Supón que mi vida está siendo amenazada por un güey ahí todo loco que dijo que lo tengo que hacer o voy a ver.

Me le quedé viendo más a la catedral antes de que la imagen cambiara a los campos. No había caso. Volteé a ver al ciego y dije, “Para empezar, son muy altas.” Estaba viendo a mi alrededor buscando pistas. “Llegan bien alto. Arriba y arriba. Hacia el cielo. Son tan grandes, algunas de ellas, que necesitan tener estos soportes. Para mantenerlas paradas, por así decirlo. Estos soportes se llaman contrafuertes. Como que recuerdan a viaductos, por alguna razón. ¿Pero tal vez tampoco sabes de viaductos? A veces las catedrales tienen demonios y cosas así talladas en el frente. A veces reyes y reinas. No me preguntes por qué es así,” dije.

Él asentía con la cabeza. Su torso entero parecía estar moviéndose para adelante y atrás.

“No lo estoy haciendo muy bien, ¿verdad?” dije.

Paró de asentir y se inclinó hacia adelante, en la orilla del sofá. Mientras me escuchaba, recorría sus dedos por su barba. Podía ver que no le llegaba lo que yo decía. Pero aún así esperó a que continuara. Asintió, como para animarme. Intenté pensar en qué más decir. “Son muy grandes,” dije. “Son enormes. Están hechas de piedra. Mármol también, a veces. En esos tiempos, Dios era una parte importante en la vida de todos. Puedes verlo en la construcción de estas catedrales. Lo siento,” dije, “pero parece que eso es lo mejor que puedo hacer por ti. Solo no soy bueno describiéndolo.”

“Está bien, compadre,” dijo el ciego. “Hey, escucha. Espero que no te importe que pregunte. ¿Puedo preguntarte algo? Déjame hacerte una pregunta simple, de sí o no. Solo me da curiosidad, y sin ofender. Eres mi anfitrión. ¿Pero déjame preguntarte si eres religioso de alguna manera? ¿No te importa que pregunte?”

Sacudí la cabeza. Aunque él no podía ver eso. Un guiño es lo mismo que asentir con la cabeza, para un ciego. “Supongo que no creo en eso. En nada. A veces es difícil. ¿Sabes lo que digo?”

“Seguro, lo sé,” dijo.

“Okay,” dije.

El inglés seguía narrando. Mi esposa suspiró en su sueño. Tomó un respiro largo y siguió durmiendo.

“Tendrás que disculparme,” dije. “Pero no puedo decirte cómo se ve una catedral. Solo no está en mí el poder hacerlo. No puedo hacer más de lo que ya hice.”

El ciego se sentó muy quieto, su cabeza agachada, mientras me escuchaba.

Dije, “La verdad es que las catedrales no son nada especial para mí. Nada. Catedrales. Son algo que ver en la tele tarde en la noche. Eso es todo lo que son.”

Fue entonces que el ciego aclaró su garganta. Sacó algo. Agarró un pañuelo de su bolsa trasera. Luego dijo, “Lo entiendo, compa. Está bien. Sucede. No te preocupes.” Dijo, “Hey, escúchame. ¿Me harías un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no buscas un poco de papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos una juntos. Tráete una pluma y papel grueso. Ándale, compadre, ve por las cosas.”

Así que fui para arriba. Mis piernas se sentían como si no tuvieran fuerza. Se sentían como se sienten después de correr un poco. Busqué en el cuarto de mi esposa. Encontré unas plumas en una canastita en su mesa. Y luego intenté pensar en dónde buscar el tipo de papel del que él hablaba.

Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de compras con cáscaras de cebolla en el fondo. Vacié la bolsa y la sacudí. La traje a la sala y me senté cerca de sus piernas. Moví algunas cosas, suavicé las arrugas de la bolsa, y la extendí en la mesa de centro.

El ciego se bajó del sofá y se sentó al lado de mí, en la alfombra.

Recorrió sus dedos por el papel. Los pasó por arriba y abajo y por los lados del papel. Las esquinas, hasta las esquinas. Tocó las esquinas.

“Muy bien,” dijo. “Muy bien, hagámoslo.”

Encontró mi mano, la mano con la pluma. Cerró su mano sobre mi mano. “Adelante, compadre, dibuja,” dijo. “Dibuja. Ya verás. Yo seguiré contigo. Estará bien. Solo comienza ahora, como te digo. Ya verás. Dibuja,” dijo el ciego.

Así que comencé. Primero dibujé una caja que parecía una manguera. Podía ser la casa en la que yo vivía. Luego le puse un techo. A cada esquina del techo, dibujé chapiteles. Bien loco.

“Chido,” dijo. “Fantástico. Lo estás haciendo bien,” dijo. “Nunca pensaste que algo así pasaría en tu vida, ¿o sí, compadre? Bueno, es una vida extraña, ya lo sabemos. Síguele. No pares.”

Le puse ventanas con arcos. Dibujé los contrafuertes volando. Le colgué unas buenas puertas. No podía parar. La estación en la tele ya no estaba al aire. Dejé la pluma y cerré y abrí los dedos. El ciego sintió el papel. Movió las puntas de los dedos sobre el papel, sobre todo lo que había dibujado, y asintió.

“Lo estás haciendo bien,” dijo el ciego.

Agarré la pluma de nuevo, y él encontró mi mano. Le seguí. No soy artista. Pero de todos modos le seguí.

Mi esposa abrió los ojos y se nos quedó viendo. Se sentó en el sofá, la bata toda abierta. Dijo, “¿Qué están haciendo? Díganme, quiero saber.”

Yo no le contesté.

El ciego dijo, “Estamos dibujando una catedral. Él y yo estamos trabajando en eso. Presiona duro,” me dijo a mí. “Así. Así está bien,” dijo. “Seguro. Lo tienes, compadre. Lo puedo sentir. No creíste que podrías. Pero puedes, ¿o no? Estás cocinando con gas, ya. ¿Entiendes lo que digo? De veras que nos va a salir algo hermoso aquí en un minuto. ¿Qué tal va ese viejo brazo?” dijo. “Ahora ponle gente ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?”

Mi esposa dijo, “¿Qué está pasando? Robert, ¿qué estás haciendo? ¿Qué está pasando?”

“Está bien,” le dijo él a ella. “Ahora cierra los ojos,” el ciego me dijo a mí.

Eso hice. Los cerré justo como me dijo.

“¿Están cerrados?” me dijo. “Sin trampa.”

“Están cerrados,” dije.

“Manténlos así,” dijo. “Ahora, no vayas a parar. Dibuja.”

Así que le seguimos. Sus dedos sobre mis dedos mientras mi mano iba por el papel. Nunca he sentido algo así en mi vida hasta ahora.

Luego dijo, “Creo que ya está. Creo que lo tienes.” Dijo, “Dale un vistazo. ¿Qué piensas?”

Pero tenía mis ojos cerrados. Y pensé que los mentendría así por un rato más. Pensé que era algo que debía hacer.

“¿Entonces?” dijo. “¿Estás viendo?”

Mis ojos todavía cerrados. Estaba en mi casa. Sabía eso. Pero no sentía como si estuviera dentro de nada.

Le dije, “De veras que es algo hermoso.”


Extraído del libro “Cathedral” por Raymond Carver, publicado en 1983.

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cuentos Ficción literatura moderna

«El Chacal»—Joy Baglio

Es viernes por la noche y has hecho lo impensable. Sacaste la bola de boliche de tu padre, la del Chacal Fantasma, de su estuche rígido, cerrado con llave debajo de la cama de tu madre—la bola que parece una versión púrpura y negra de la tierra, la cabeza de un chacal saliendo de los remolinos—y te lanzaste a reunirte con Teddy y Zeke y Evan y Marya, más que nada con Marya, para una noche de boliche, el juego con el que tu padre muerto estaba obsesionado: el juego que, según tu madre, arruina a la gente.

Justificas tu desobediencia con lógica: tu madre pudo haber escondido la bola, o se pudo haber deshecho de ella, o por lo menos pudo haber mantenido la llave en secreto, pero no lo hizo, así que, ¿qué te detiene? Y luego está el hecho de que de todos modos la bola es técnicamente tuya, te la dejó tu padre a ti, así que, ¿por qué deberías sentirte culpable?

Teddy te dijo que en Victoria Lanes, 9pm, y entonces llegas temprano al tenue lobby, eres el primero, el velcro de tus zapatos rayados ya amarrado, el Chacal aferrado entre tus manos como si tuvieras miedo de que pudiera desaparecer.

Teddy es tu único amigo, y hasta él mostró duda en su invitación: “Sabes, probablemente podrías venir con nosotros en la noche, no creo que les importe.” Y ahora, no sabes realmente por qué viniste más que por la necesidad de escapar el estar solo con tu madre cada noche y la tele y el gato moribundo que te odia, y las fotos escondidas de tu padre que emanan una presencia que sientes quemando a través de la puerta del closet. Le dijiste que sí a Teddy porque por qué no, porque estás cansado de las reglas de tu madre, porque es el último mes del noveno grado y tal vez este es el mes en el que las cosas cambian, el mes en el que ya no estás atrapado en casa, el mes en el que Zeke deja de hacer esos resoplidos cuando hablas en clase, el mes en el que ya no te avientan chícharos cubiertos de leche en la cafetería, y Marya va a estar ahí, y aunque jugar boliche es un recuerdo distante y borroso, has pensado en ello seguido, una parte de ti que quiere sentir la experiencia del juego que tu padre amó.

“¿Y a él quién lo invitó?” escuchas cuando los demás llegan, y luego “¿No está muerto su papá o algo así?” y Teddy sacude los hombros, como si no supiera. Zeke te está viendo como si hubiera algo mal con tu cara, y Evan actúa como si no te ve. Están en la fila, esperando sus zapatos, y tú estás a una distancia segura, haciendo como si no te das cuenta de nada, eres bueno fingiendo. Trazas el Chacal con tu dedo. No has sostenido esta bola en años, no desde que tu padre la puso en tus manos y dijo “Esta es la que uso cuando de veras quiero ganar” y tú te le quedaste viendo como si fuera el mejor secreto que te habían contado en tu vida.

Eres el último en llegar a la banca. Zeke está operando la computadora y pregunta en voz alta “¿Cuál era su nombre?” Estás parado ahí mismo, pero no te voltea a ver, y Teddy murmura tu nombre como si fuera una palabra vergonzosa. La familia en el carril de al lado está cantando Las Mañanitas, el olor de pizza y grasa en el aire, y ahora es tu turno, ni te habías dado cuenta, ¿y por qué decidiste hacer esto de nuevo, en frente de todos ellos? Hay una bola de disco lanzando estrellas que giran por el suelo de madera del carril, y el Chacal se siente sudoroso y demasiado pesado en tu mano, y casi se te cae.

Recuerdas la última vez que viste a tu padre jugar boliche, como un mes antes del accidente. Es uno de los recuerdos más claros que tienes de él, uno de los últimos, también. Te sientas detrás de él en la banca, y el Chacal Fantasma rodando hacia los bolos, su cara saliendo del sistema de retorno de bolas, tu padre guiñándote el ojo después de cada chuza, o a la mujer sentada al lado de ti, nunca estuviste seguro. La habías visto antes con tu padre, una vez en el carro, otra vez con su mano en su brazo. Notaste cómo ella lo miraba, sus ojos feroces y ansiosos y felices, no como los ojos de tu madre. Cuando cayó la llamada un mes después, de algún lugar en Nevada, casi del otro lado del país, te preguntaste si la voz tan delgada y asustada en el otro lado era esa misma mujer. “Lo siento,” es lo que dijo. “Siento ser la que te tiene que decir esto.” Y luego: “Dejó algo para ti.”

Ahora estás sentado con la bola en tus manos. Puedes sentir su calor, puedes ver las líneas aceitosas que serpentean por su superficie, las que tu padre marcaría con gis blanco después de un juego, para saber cómo migraría el eje del giro, un código extraño que solo él podía leer, pero ahora tú lo ves casi brillando, como un sendero de gusanos iridiscentes, y el Chacal parece susurrar por tus dedos. Tal vez tu madre solo tiene miedo de que encontrarás éxito como él lo había hecho, de que la abandonarás, de que te olvidarás de todas las cosas que “niños como tú” (sus palabras) suelen olvidar.

Tu primera chuza y nadie parece notarlo. Tu nombre parpadea en la pantalla pero nadie está viendo, y luego es el turno de Zeke, y tú eres invisible. “Buena,” dice Marya. Está sentada al lado de ti en la banca, en unos jeans y un suéter blanco, y puedes sentir con precisión la distancia entre sus hombros y los tuyos. “Pura suerte,” dices, pero no estás tan seguro. Normalmente no crees en estas cosas, pero pensaste que sentiste su brazo guiando al tuyo, agregando fuerza a tu swing, torque a tu mano justo en último momento, pensaste que lo escuchaste susurrar, “Así” desde algún lugar detrás de ti (o fue eso el puro ruido de los demás) y tal vez es su aliento el que derriba los bolos, no el Chacal.

Pura chiripa, piensas, pero lo raro es que pasa de nuevo en tu siguiente turno. Y de nuevo. Y de nuevo. Turkey, tres chuzas seguidas. Tu cuarto turno: hambone. Tu quinto y hay un zumbido en tus oídos y tus dedos son brillantina y la bola parece hacer cascadas como algo líquido. Tu sexto y ya casi tienes doscientos puntos, y Marya se está riendo con nervios cada vez que te toca, porque ¿Cómo puede estar pasando esto? Porque, ¿Quién eres? Zeke y Evan están callados, y Teddy te hace chócalas y dice, “Les dije que era especial,” y ellos piden usar el Chacal, y dices “Seguro,” pero siempre la mandan al canal, y luego te toca, y son siete seguidas, luego un Schleifer (un término que te enseñó tu padre, cuando los bolos parecen caer uno por uno hasta que no hay ni uno), y luego un Golden Turkey, ocho seguidas, el Chacal una mancha borrosa por el carril. Escuchas: “Está usando una bola rara,” y “Su papá era como profesional, ¿verdad?” y “¡Está haciendo trampa! ¡Hace pura chuza!”

En la banca, esperando tu último turno, el carril cambia, como un estremecimiento rápido, una falla, o tal vez algo anda mal con tus ojos: puedes ver los diminutos rasguños en la madera del piso, los píxeles en las estrellas verdes que giran. Puedes escuchar los golpes de zapatos con la madera, el girar y resoplar del regreso de bolas. Cada sonido es preciso, aislado, y puedes sentir las huellas de los dedos de tu padre en la bola, también, donde su pulgar giraría en el hoyo y lanzaría la cosa como si no pesara nada, y sientes los ojos negros del Chacal sobre ti, y ¿No hay como un dios egipcio con cabeza de chacal? Uno de los niños del carril de al lado ha estado mirando y llega contigo, apunta a la bola: “¿Es magia?” Lo miras preguntándote lo mismo, pero es Marya la que dice, “No es magia; es él,” y el niño te mira con los ojos bien abiertos.

Cuando ves a tu madre en el lobby—sí, ya te cachó, llamó a la mamá de Teddy y a la de Marya y sin duda dijeron algo como, “¿No te dijo que fueron todos a jugar boliche esta noche?”—es como si el techo se cayera con prisa, y no te puedes mover. Casi puedes escuchar sus palabras: “¿Por qué harías esto, jugar el juego que arruinó a tu padre, el juego que se lo llevó?” Pero es tu último turno, te toca, y Marya está diciendo “¡Muéstranos cómo se hace!”—y hasta Zeke está aplaudiendo y chiflando como si ahora estuviera en tu equipo—y aunque sabes que tu mundo no va a cambiar pronto, sabes que pronto se abrirá, más amplio y más amplio y tan amplio que no vas a saber que siquiera hay un techo, y estás pensando en este mundo sin techo que te espera, no en la cara de tu madre, y das tres pasos y lanzas la bola.


“The Jackal”—extraído de la revista Conjunctions publicada el 6 de octubre del 2021.

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cuentos Ficción literatura moderna

«Lo Profundo»—Anthony Doerr

Tom nace en 1914 en Detroit, a medio kilómetro de Sal Internacional. Su padre está fuera de escena, en algún paradero desconocido. Su madre opera una pensión llena de puertas con llave, detrás de las cuales estaba inundado de las sombrías posesiones de itinerantes trabajadores de sal: abrigos del color de ratones, botas andrajosas, aguatintas de mujeres desvestidas, sus senos de un anaranjado desteñido. Cada seis meses un minero es despedido, es reclutado, o muere, y es reemplazado por otro, así que desde muy temprano en su vida Tom puede ver cómo el mundo continuamente se drena de hombres jóvenes, dejando atrás solo objetos—bolsas de tabaco vacías, navajas sin filo, pantalones pasmados de sal—mudo, incapaz de memoria.

Tom tiene cuatro cuando se empieza a desmayar. Podría estar doblando la esquina, respirando duro, y las luces se van. Madre lo cargará adentro, lo recostará en el sillón, y mandará a alguien a traer al doctor.

Defecto del tabique auricular. Un hoyo en el corazón. El doctor dice que la sangre salpica del lado izquierdo al derecho. Su corazón tendrá que hacer tres veces el trabajo. Esperanza de vida de dieciséis. Dieciocho, si tiene suerte. Lo mejor es que no se emocione.

Madre entrena su voz a un susurro. Aquí tienes, aquí está, mi pequeño y dulce Tomcat. Mueve el catre de Tom a un closet en el piso de arriba—sin luces brillantes, sin ruidos fuertes. En las mañanas le sirve un vaso de suero de leche, luego lo dirige hacia las escobas o el estropajo de acero. Ve despacio, le murmura. Él talla la estufa de carbón, barre los escalones de mármol. De vez en cuando levanta la mirada de su trabajo y se queda viendo la cara del huésped más viejo, el Sr. Weems, mientras marcha hacia abajo, un señor de cincuenta tapado contra el frío, se va a descender en un elevador trescientos metros bajo la tierra. Tom se imagina su descenso, luces tenues y esporádicas pasando y alejándose, cables sacudiéndose, una media docena de otros mineros apachurrados en la jaula, junto a él, cada uno pensando sus propios pensamientos, pensamientos de hombres, hundiéndose más en la ciudad debajo de la ciudad, donde las mulas se paran, esperando, y las lámparas de aceite queman en las paredes, y cuartos brillando de sal se alejan hacia vastos arcos más allá del alcance más lejanos de la luz.

Dieciséis, Tom piensa. Dieciocho si tengo suerte.

La escuela es una cabaña de tres cuartos repleta con la descendencia de trabajadores de sal, de carbón, de hierro. Chamacos irlandeses, polacos, armenios. A Madre el patio de la escuela le parece mil hectáreas de un candente pandemonio. No corras, no pelees, ella susurra. Nada de juegos. En su primer día, ella lo saca de clase después de una hora. Shhh, dice ella, y le amarra los brazos alrededor como sogas.

Tom va de arriba a abajo entrando y saliendo de los primeros grados. A veces ella lo mantiene fuera de la escuela por semanas enteras de jalón. Cuando tiene diez, ya está en remedial de todo. Lo estoy intentando, tartamudea, pero las letras giran fuera de las páginas y corren contra las ventanas como nieve. Tonto, los otros niños declaran, y a Tom le parece acertado.

Tom barre, talla, limpia el escaloncillo con piedra pómez un centímetro cuadrado a la vez. Lento como la melaza en enero, dice el Sr. Weems, pero le guiña el ojo a Tom cuando lo dice.

Cada día, todo el día, la sal encuentra su manera de entrar. Se incrusta en lavabos, se aposenta en las orillas de los rodapiés. Se escurre de los huéspedes, también: de oídos, botas, pañuelos. Surcos de brillo se reúnen en las cobijas: una lección diaria sobre la insidia.

Comienza por las orillas, luego talla el centro. La ropa de cama los jueves. Los inodoros los viernes.

Tiene doce cuando la Sra. Fredericks le pide a los niños que den reportes. Ruby Hornaday es la sexta en ir. Ruby tiene el cabello como llamas, la navidad como cumpleaños, y un borracho como papá. Ella es una de dos niñas que llegaron al cuarto grado.

Ella lee de unas notas con un terror controlado. Si crees que el lago es grande deberías ver el mar. Es tres cuartos de la Tierra. Y eso es solo la superficie. Alguien avienta un lápiz. Las arrugas en la frente de Ruby se acentúan. Los animales terrestres viven en el suelo o en árboles ratas y gusanos y gaviotas y así. Pero los animales marinos viven en todas partes viven en las olas y viven en medio del agua y viven en cañones diez kilómetros abajo.

Ella pasa un libro rojo. Dentro de él hay bloques de texto y placas fotográficas a todo color que hacen que el corazón de Tom haga boom en sus oídos. Una tormenta de pececillos dientudos. Un reino de coral morado. Cinco estrellas de mar anaranjadas cementadas a una roca.

Ruby dice, Detroit solía tener palmeras y corales y conchas de mar. Detroit solía ser un mar de cinco kilómetros de profundidad.

La Sra. Fredericks pregunta, Ruby, ¿de dónde sacaste ese libro? pero para ese entonces Tom apenas está respirando. Flores transparentes con tentáculos con veneno y prados de almejas y esferas rosadas con mil alfileres en sus espaldas. Intenta preguntar, ¿Éstas son reales? pero burbujas brillantes salen de su boca y flotan al techo. Cuando se cae, el escritorio cae con él.

El doctor dice que es mejor si Tom no va a la escuela y Madre está de acuerdo. Manténte dentro, dice el doctor. Si te emocionas, piensa en algo azul. Madre solamente lo deja bajar para comer y para quehaceres. De otra manera, se queda en su closet. Debemos tener más cuidado, Tomcat, ella susurra, y pone su mano en su frente.

Tom pasa horas largas en el piso junto a su catre, armando y rearmando el mismo rompecabezas: un pueblo suizo. Quinientas piezas, nueve de ellas faltantes. A veces el Sr. Weems le lee a Tom novelas de aventura. Están explotando una nueva vena abajo en las minas y en los respiros entre las palabras del Sr. Weems, Tom puede sentir explosiones reverberar a través de trescientos metros de piedra y sacudir la frágil bomba en su pecho.

Él extraña la escuela. Extraña el cielo. Extraña todo. Cuando el Sr. Weems está en la mina y Madre está abajo, Tom suele deslizarse al final del pasillo y mueve las cortinas y presiona su frente contra el vidrio. Los niños corren por las calles nevadas y luces brillan en las ventanas de la fundidora y vagones de tren pasan por vías elevadas. Mineros del primer turno emergen de la boca del elevador en grupos de seis y sacan estuches de cigarro de sus overoles y encienden cerillos y se derraman como insectos cubiertos de sal hacia la noche, mientras las figuras más oscuras de los mineros de segundo turno estampan sus pies en el frío, esperando afuera de las jaulas para su turno en la fosa.

En sueños él ve abanicos de mar ondeando y escuelas de mero y rayos de luz bajo el agua. Ve a Ruby Hornaday abrir la puerta de su closet. Ella trae puesto un casco de buceo de cobre; se inclina sobre su catre hasta poner la ventana de su casco a un par de centímetros de su cara.

Se levanta de un shock. Un calor se acumula en su ingle. Piensa, Azul, azul, azul.

Un lloviznante sábado, suena el timbre. Cuando Tom abre la puerta, Ruby Hornaday está parada en el escaloncillo bajo la lluvia.

Hola. Tom parpadea una docena de veces. Gotas de lluvia crean miles de círculos que intersectan entre sí en los charcos de la calle. Ruby sostiene un frasco: seis renacuajos negros se retuercen en unos centímetros de agua.

Me pareció que tú podrías estar interesado en criaturas de agua.

Tom intenta contestar, pero el cielo entero se apresura a través de la puerta abierta y dentro de su boca.

No te vas a desmayar otra vez, ¿o sí?

El Sr. Weems se asoma al vestíbulo. Por Dios, niño, está tan mojada como una iglesia, tienes que invitar a la dama a pasar.

Ruby se para en los azulejos y gotea. El Sr. Weems sonríe. Tom murmura, Mi corazón.

Ruby le ofrece el frasco. Quédatelos si quieres. Pronto serán ranas. Gotas brillan en sus pestañas. La lluvia le pega su camisa a sus clavículas. Bueno, eso sí que es algo, dice el Sr. Weems. Le da una palmada a Tom en la espalda. ¿No es así, Tom?

Tom está abriendo su boca. Está diciendo, Tal vez yo podría—justo cuando Madre baja las escaleras con sus enormes zapatos negros. Problema, susurra el Sr. Weems.

Madre tira los renacuajos en una zanja. Su cara dice que mantiene compostura pero sus ojos dicen que va a borrarlo todo. El Sr. Weems se inclina sobre las fichas de dominó y susurra, Madre es tan dura como una piedra en el camino, pero ya la quebraremos, Tom, vas a ver.

Tom susurra, Ruby Hornaday, hacia el espacio sobre su catre. Ruby Hornaday. Ruby Hornaday. Una extraña e incontenible alegría se infla peligrosamente en su pecho.

El Sr. Weems inicia conversaciones largas con Madre en la cocina. Tom sobreescucha cachitos: El niño necesita mover sus piernas. El niño debería tomar aire.

La voz de Madre es un látigo. Está enfermo.

¡Está vivo! ¿Para qué lo estás guardando?

Madre deja a Tom ir a recoger carbón del depósito y bienes enlatados de la comisaría. Los martes tendrá permiso de caminar al carnicero en Dearborn. Con cuidado, Tomcat, no te apresures.

Tom se mueve por la colonia ese primer martes con algo como éxtasis en sus venas. Por los largos caminos agravados, más allá de las cabañas del pozo y las montañas de superficie de sal azul y blanca, las bodegas como catedrales oscuras, las máquinas de carga como armaduras demoníacas. A todo su alrededor la monumental industria de Detroit golpea y resuena. El niño se dice a sí mismo que es un cazador de tesoros, un héroe de una de las historias de aventura del Sr. Weems, un caballero en una importante misión, un espía tras líneas enemigas. Mantiene sus manos en sus bolsillos y su cabeza hacia abajo y su paso lento, pero su alma sigue firmemente, sin peso, jubilante, brillando a través de la penumbra.

En mayo de ése año, 1929, Tom, de catorce años, está caminando por la calle pensando que la primavera sucede aunque no estés poniendo atención; que sucede debajo de la nieve, más allá de las paredes—la primavera sucede en la oscuridad mientras sueñas—cuando Ruby Hornaday sale de las hierbas. Tiene una manguera guanga amarrada alrededor de su hombro y unos gogles de natación en una mano y una bomba de aire en la otra. Necesito tu ayuda. El pulso de Tom vuela.

Tengo que ir a la carnicería.

Como quieras. Ruby se da la vuelta para irse. Pero realmente no hay opción, para nada.

Ella lo lleva al oeste, lejos de la mina, a través de montes de máquinas oxidándose. Se saltan una reja, cruzan un valle de semillas, y caminan medio kilómetro por los pinos hasta llegar a un pantano donde familias de garzas se paran por las espadañas como flores blancas.

Dentro por mi boca, dice ella, y comienza a recoger piedras. Fuera por mi nariz. Tú bombeas, Tom. ¿Entiendes? En el agua verde, medio metro debajo, Tom puede reconocer las figuras tenues de unos cuantos peces deslizándose a través de enclaves de hierba.

Ruby mete el final de la manguera al agua. Con una cuerda con cera amarra el otro final a la bomba de aire. Luego llena sus bolsillos con piedras. Camina hacia el agua, mira hacia atrás y dice, Tú bombea, y pone la manguera en su boca. Los gogles de natación van sobre sus ojos; su cara va dentro del agua.

El pantano se cierra sobre la espalda de Ruby, y la manguera se va alejando de la orilla. Tom comienza a bombear aire. El cielo se desliza por encima. Círculos de manguera flotan bajo la luz ahí afuera, cambiando de vez en cuando. Burbujas ocasionales salen, cada vez desde más lejos.

Un minuto, dos minutos. Tom bombea. Su corazón hace su frágil trabajo.

Él no debería estar aquí. Él no debería estar aquí mientras esta encantadora niña flaca se ahoga en un pantano. Si eso es lo que está haciendo. Una de las sonrisas del Sr. Weems le viene: Estás temblando como una aguja en un poste.

Después de cuatro o cinco minutos bajo el agua, Ruby sube de regreso. Un tapete neón hecho de alga le cuelga en el cabello, y sus pies descalzos son enormes botas de lodo. Empuja las espadañas para crear su camino. Hilos de baba cuelgan de su barbilla. Sus labios están azules. Tom se siente mareado. El cielo se vuelve líquido.

Increíble, Ruby jadea. Pinche increíble. Sostiene sus pantalones mojados y llenos de piedras con ambas manos, y mira a Tom a través de los lentes ondulados de sus gogles. La sangre de Tom es como una tormenta por sus túneles sin luz.

Él tiene que trotar para llegar a la carnicería y para regresar a casa antes del mediodía. Es la primera vez que Tom puede recordar permitirse correr, y sus piernas se sienten como vidrio. Al final del camino, a cien metros de su casa, se detiene y jadea con la canasta de carne en sus brazos y escupe un gargajo de sangre hacia los dientes de león. Sudor empapa su camisa. Libélulas se precipitan y flotan. Golondrinas inscriben letras por el cielo. La calle parece hacer olas y doblarse y enderezarse de nuevo.

Solo cien metros más. Forza a su corazón a calmarse. Todo, piensa Tom, sigue un camino andado por quienes han ido antes: garzas, nubes, renacuajos. Todo todo todo.

El siguiente martes, Ruby lo encuentra al final de la calle. Y el martes después de ese. Se saltan la reja, cruzan el campo; ella lo lleva a lugares que él nunca soñó que existían. Lugares donde las estructuras de las obras de sal se vuelven espejismos en el horizonte, lugares donde la luz del sol pasa por arboledas de arce y hace que el suelo tiemble con sombra de hoja. Se asoman a una fundidora donde hombres sin camisa y con máscaras derraman hierro derretido de un contenedor a otro; suben un montecito de raíces donde crece un árbol joven como una mano solitaria estirándose desde el más allá. Tom sabe que lo está arriesgando todo—su libertad, la confianza de Madre, hasta su vida—¿pero cómo puede parar? ¿Cómo puede decir no? Decirle no a Ruby Hornaday sería decirle no al mundo.

Algunos martes Ruby trae consigo su libro rojo con sus imágenes de corales y cosas gelatinosas y volcanes marinos. Ella le dice que cuando crezca va a ir a fiestas donde las anfitrionas reman a sus huéspedes al mar y todos se ponen cascos especiales para ir por caminatas por el suelo del mar. Ella le dice que va a ser un buzo que se hunde un kilómetro en el mar dentro de una bola de acero con una ventana. En el suelo del océano, ella dice, va a encontrar un universo separado, un lugar hecho de colores: escuelas de peces brillando verde, galaxias vivientes rodando a través de lo negro.

En el océano, dice Ruby, la mitad de las rocas están vivas. La mitad de las plantas son animales.

Se agarran de la mano; mastican chicle Indio. Ella le llena la mente de bosques de alga y de paisajes marinos y de delfines. Cuando crezca, dice Ruby. Cuando crezca

Cuatro veces más Ruby camina por debajo de la superficie de un pantano del río Rouge mientras Tom se para en la orilla bombeando aire. Cuatro veces más la ve salir de regreso como una fiebre. Anfibia. Se ríe. Significa dos vidas.

Luego Tom corre a la carnicería y corre a casa, y su corazón corre, y manchas se expanden como tinta frente a sus ojos. A veces en las tardes, cuando se para de sus quehaceres, su visión se vuelve manchas violeta. Ve el blanco brillante de los túneles de sal, el rojo del libro de Ruby, el naranja de su cabello—se la imagina de grande, parada en la punta de un barco, y siente el núcleo de luz amarillo limón prendiéndose más y más dentro de él. Se escurre por los espacios entre sus costillas, por entre sus dientes, por las pupilas de sus ojos. Piensa: ¡Es tanto! ¡Tanto!

Así que ahora tienes quince. ¿Y el doctor dice dieciséis?

Dieciocho si tengo suerte.

Ruby le da vuelta a su libro en sus manos. ¿Cómo es eso? ¿Saber que no vas a tener todos los años que deberías?

No me siento tan cortado por la vida cuando estoy contigo, quiere decir, pero su voz se quiebra en corta y el enunciado se fractura.

Se besan solo esa vez. Es torpe. Él cierra sus ojos y se inclina hacia adelante, pero algo cambia y Ruby no está donde él espera que esté. Sus dientes chocan. Cuando abre sus ojos, ella está viendo a su izquierda, sonriendo un poco, oliendo a lodo, y los miles de diminutos pelos güeros sobre su labio superior capturan la luz.

La penúltima vez que Tom y Ruby están juntos, el último martes de octubre, 1929, todo es extraño. La manguera se rompe, Ruby está molesta, y una cortina ha caído, de alguna manera, entre ellos.

Regrésate, dice Ruby. Probablemente ya es mediodía. Vas a llegar tarde. Pero suena como si estuviera hablándole a través de un túnel. Pecas fluyen y florecen por su cara. La luz se va del pantano.

En el largo camino por los pinos comienza a llover. Tom llega a la carnicería y de regreso a casa con la canasta y la ternera molida, pero cuando abre la puerta al salón de Madre, las cortinas soplan hacia adentro. Las sillas dejan su lugar y se arrastran hacia él. La luz del día se vuelve solo un par de rayos sacudiéndose, y el Sr. Weems pasa frente a sus ojos, pero Tom no escucha pasos, ni voces: solo un rugido interno y el metrónomo mojado de sus exhalaciones. De repente es un buzo mirando a través de una ventana gruesa y neblinosa a un mundo de inmensa presión. Está caminando por el suelo del mar. Los labios de Madre dicen, ¿No he dado lo suficiente? Oh Señor, ¿no lo he intentado? Luego se va.

En algo más profundo que un sueño, Tom camina los caminos de sal mil metros debajo de la casa. Al principio todo es oscuridad, pero después de lo que puede ser un minuto o un día o un año, ve pequeños destellos de luz verde ahí afuera, en galerías distantes, cientos de metros a lo lejos. Cada destello inicia una reacción en cadena de destellos más allá de él, así que cuando se voltea en círculo lentamente puede percibir grandes señales de luz que fluyen en todas las direcciones, túneles de verde creando arcos hacia la oscuridad—cada destello brillando por solo un momento antes de desvanecerse, pero en ese momento repitiendo todo lo que vino antes, todo lo que viene a continuación.

Se despierta a un mundo desinflado. Los periódicos están llenos de suicidios; el precio del gas se ha triplicado. Los mineros susurran que las obras de sal están en problemas.

Las botellas de leche se venden a un dólar. No hay mantequilla, casi no hay carne. La fruta se vuelve un recuerdo. La mayoría de las noches Madre sirve solo repollo y pan de soda. Y sal.

No hay más viajes a la carnicería; el carnicero cierra de todos modos. Para noviembre, los huéspedes de Madre están desapareciendo. El Sr. Beeson se va primero, luego el Sr. Fackler. Tom espera a que Ruby llegue a la puerta pero ella no lo hace. Imágenes de ella suben por los lados de sus párpados, y se los talla hasta que desaparecen. Cada mañana se sale de su closet y lleva su corazón traidor a la cocina como un huevo.

El mundo se está tragando a la gente como dulces, niño, dice el Sr. Weems. Nadie está dejando dirección.

El Sr. Hanson sigue, luego el Sr. Heathcock. Para abril las obras de sal ya operan solo dos días a la semana, y el Sr. Weems, Madre, y Tom están solos en la cena.

Dieciséis. Dieciocho si tiene suerte. Tom mueve sus pocas cosas a uno de los cuartos vacíos en el primer piso, y Madre no dice ni una palabra. Él piensa en Ruby Hornaday: sus ojos azul pálido, sus flamas de cabello. ¿Estará por ahí en la ciudad, en algún lado, ahorita mismo? ¿O estará a cinco mil kilómetros de aquí? Luego deja esas preguntas a un lado.

Madre obtiene una fiebre en 1932. Se la come desde adentro. Aún se pone sus vestidos de cintura alta, se amarra su delantal. Cocina cada comida y plancha el traje del Sr. Weems cada domingo. Pero en un mes se ha vuelto alguien más, un demonio vacío en la ropa de Madre—perfectamente firme en la mesa, ojos que arden, nada en su plato.

Tiene una manera de poner su mano en la frente de Tom mientras él trabaja. Tom va a estar cargando carbón o arreglando una pipa o barriendo el salón, el sol frío y blanco detrás de las cortinas, y Madre aparecerá de la nada y pondrá su helada palma sobre sus cejas, y él cerrará sus ojos y sentirá su corazón romperse solo un poquito más.

Anfibia. Significa dos vidas.

Al Sr. Weems lo despiden. Se pone su traje, empaca su dominó, y deja una dirección en el centro de la ciudad.

Pensé que nadie estaba dejando dirección.

Eres tan verdadero como un mapa, Tom. Verdadero como el imán al hierro. Y lágrimas se derraman de los ojos del viejo minero.

Una mañana azul, no mucho después de eso, por primera vez en la memoria de Tom, Madre no está por la estufa cuando entra a la cocina. La encuentra arriba, sentada en su cama, vestida completamente con su abrigo y zapatos y con su rosario sostenido a su pecho. El cuarto está nítido, la casa silenciosa.

Los pagos se hacen cada quince. Su voz es ceniza. El destello en el techo necesita un reemplazo. Hay noventa y un dólares en el cajón.

Madre.

Shhh, Tomcat, susurra. No te emociones.

Tom logra dos pagos más. Luego el banco viene por la casa. Él camina aturdido por el aguanieve que sopla al final del camino y gira a la derecha y se tambalea por las hierbas secas hasta que encuentra el viejo camino y camina por debajo de los pinos crujientes al pantano de Ruby. El hielo se ha agrupado en las orillas, pero el agua en el centro es tan oscura como estaño derretido.

Se para ahí por un largo tiempo. A la oscuridad creciente le dice, Yo aquí sigo, ¿pero dónde estás tú? Su sangre salpica de aquí a allá, y la nieve se junta en sus pestañas, y tres patos salen en espirales de la noche y aterrizan silenciosamente en el agua.

La mañana siguiente él pasa caminando la reja de Sal Internacional con catorce dólares en su bolsillo. Se sube al tranvía que lo lleva al centro por un nickel y se baja en Washington Boulevard. Entre los edificios el sol sale del color del acero, y Tom levanta su cara hacia él pero no siente nada de calor. Pasa borrachos catatónicos de rodillas en cajas, tan quietos como estatuas, y ventana vacía tras ventana vacía de viejos negocios. En un comedor una mesera le trae una taza de café con pequeños discos brillantes de grasa flotando.

Las calles están llenas de caras, solemnes y pálidas, flacas y hambrientas; ninguna le pertenece a Ruby. Él bebe una segunda taza de café y come un plato de huevos con pan tostado. Una mujer emerge de una puerta y avienta el agua de una sartén a la banqueta, y el agua brilla en la luz un momento antes de caer. En un callejón una mula está recostada de lado, o dormida o muerta. Eventualmente la mesera dice, ¿Te estás mudando aquí? y Tom se va. Camina lentamente hacia la dirección que había copiado y recopiado en una hoja del papel para escribir de Madre. Montecillos congelados de nieve arada están orillados contra los edificios, y las pequeñas ventanas doradas de arriba parecen estar a kilómetros.

Es una pensión. El Sr. Weems está en una mesa chueca jugando dominó solito. Voltea hacia arriba, dice, Mierda tan segura como la gravedad, y tira su té.

Por milagro el Sr. Weems tiene una nieta que se encarga del turno nocturno en la sala de partos en el hospital City General. La sala está en el cuarto piso. En el elevador Tom no sabe si está ascendiendo o descendiendo. La nieta lo mira de arriba a abajo y checa sus ojos y su lengua para ver si tiene fiebre y lo contrata ahí mismo. El mundo se va a Hades pero los bebés siguen naciendo, dice ella, y le da un uniforme blanco.

Diez horas cada noche, seis noches a la semana, Tom da rondas por los pasillos con carritos de lavandería, llevando ropa sucia y pañales a las bodegas, y trayendo ropa limpia y pañales de regreso. Trae comidas, se lleva bandejas. Las noches lluviosas son las más ocupadas. Las lunas llenas y los días festivos empatan en segundo lugar. Dios nos guarde de un día festivo lluvioso y con luna llena.

Los doctores caminan por las filas de camas inyectando a madres embarazadas con morfina y algo llamado escopolamina que las hace olvidar. A veces hay gritos. A veces el corazón de Tom retruena por ninguna razón que él pueda identificar. En los cuartos de parto siempre hay sangre nueva en los azulejos que reemplaza la sangre vieja que Tom acaba de limpiar.

Los pasillos están deslumbrantes a toda hora, pero afuera de las ventanas la oscuridad presiona muy cerca, y en las horas más delgadas de esas noches Tom tiene una sensación como si el hospital estuviera profundo bajo el agua, el suelo balanceándose suavemente, las luces de edificios vecinos como escuelas de peces brillantes, la presión del mar alrededor.

Cumple dieciocho. Luego diecinueve. Todas las figuras apáticas que ve: niños empujados por la entrada del hospital, sus ojos vacíos con hambre; granjeros inundando los parques; familias durmiendo sin cobija—gente a quien nada de lo que queda en el mundo le llega a sorprender. Hay tantos de ellos, como si en algún lado en el campo grandes granjas bombearan miles de hombres arruinados cada minuto, como si los que vienen tambaleándose por las banquetas fueran solo fracciones de las multitudes detrás de ellos.

¿Pero no hay cosas buenas, también? ¿No hay personas ayudándose la una a la otra en estos lugares derrelictos? Tom comparte su paga con el Sr. Weems. Le trae periódicos que encuentra tirados y se pelea con las palabras de los cómics. Cumple veinte y el Sr. Weems hornea un pastel pulposo y lleno de cáscara de huevo y le pone veinte cerillos, y Tom le sopla a todos.

Se desmaya en el trabajo: una vez en el elevador, dos veces en el gran, pulsante cuarto de lavandería en el sótano. En su mayor parte lo puede esconder. Pero una noche se desmaya en el pasillo afuera de la sala de espera. Una enfermera llamada Fran lo lleva a un closet. No puedes dejar que te vean así, dice ella, y le limpia la cara y le regresa su ser.

El closet es más que un closet. El aire está caliente, vaporoso; huele como a jabón. En una pared hay un lavamanos; lámparas de calor están sujetadas debajo de diferentes gabinetes. En la otra pared había dos pequeñas puertas.

Tom regresa a la misma silla en la esquina del cuarto de Fran cuando se empieza a sentir mareado. Tres, cuatro, a veces diez veces en una noche, él ve a una enfermera cargar a un recién nacido por la pequeña puerta en la izquierda y depositarlo en el escritorio enfrente de Fran.

Ella les quita pequeños gorritos y desenvuelve cobijas. Sus cuerpecitos son rojos o morados; tienen pequeños y brillantes dedos rojos, nada de cejas, nada de rodillas, nada de expresión excepto un constante, agitado alarido. Su voz es un susurro: Pues aquí está, ahí va, OK ahora, bebé, nomás te levanto por aquí. Sus muñecas son de la circunferencia del dedo meñique de Tom.

Fran toma un nuevo trapo de un montón, lo sumerge en agua caliente, y limpia cada centímetro de la criatura—oídos, axilas, párpados—lavando los pedazos de placenta, sangre seca, todos los fluidos lechosos que lo acompañaban a este mundo. Mientras tanto la niña la mira de regreso con sus ojos en blanco y memorizando, viendo lo nuevo de todas las cosas. ¿Sabiendo qué? Solo luz y oscuridad, solo madre, solo fluido.

Fran seca a la bebé y toma su cabeza con sus dedos y le pone un pañal y le pone de nuevo el gorrito. Susurra, Aquí tienes, ves que buena niña eres, ahí vas, y con una mano libre extiende dos nuevas y frescas sábanas, y cubre a la bebé—envuelve, envuelve, voltea—y la deja en una cuna con ruedas para que Tom la lleve a la guardería, donde esperará con los otros bajo las luces, como rebanadas de pan.

En una revista Tom encuentra una fotografía a color de un esqueleto de trescientos años de una ballena, completo en un plano costal en un lugar llamado Finlandia. La arranca, la estudia bajo la luz de una lámpara. ¿Ves, le murmura al Sr. Weems, cómo las flores más cercanas a él son las más brillantes? ¿Ves cómo las hojas más cercanas son las del verde más oscuro?

Tom tiene veintiuno y se desmaya tres veces a la semana cuando, un miércoles en enero, él ve, entre las drogadas y aturdidas madres en sus filas de camas, la inconfundible cara de Ruby Hornaday. Cabello naranja flameante, pecas por todos sus cachetes, manos dobladas en su pierna, y un delgado anillo de matrimonio en su dedo. El material de la sala se ondula. Tom se recarga en su carrito para no caerse.

Azul, susurra. Azul, azul, azul.

Se va a su silla en la esquina del cuarto de lavado de Fran e intenta suprimir su corazón. En cualquier minuto, piensa él, su bebé va a pasar por esa puerta.

Dos horas después, empuja su carrito a la sala de postparto, y Ruby se ha ido. El turno de Tom termina; toma el elevador hacia abajo. Afuera, la lluvia se asienta en la ciudad con ligereza. Las luces de la calle brillan amarillas. Las avenidas de la mañana temprana están vacías a excepción del ocasional auto, pasando con un suspiro húmedo. Tom se sostiene con una mano en los ladrillos y cierra sus ojos.

Un policía lo ayuda a llegar a casa. Todo ese día Tom pasa recostado sobre su estómago en su cama rentada y re-copia la carta hasta que pequeños soles destellan detrás de sus ojos. Kerida Ruby, te vi en el hospital y vi a tu bebé también. Sus ojos son muy vonitos. Fran dise que luego problemente ban a ser azul. Madre se ha ido y estoy tan solo como el oseano artico. 

Esa noche en el hospital Fran encuentra la dirección. Tom incluye la foto del esqueleto de ballena de la revista y le pega una estampa adicional para la buena suerte. Piensa: Ves como las flores más cercanas a él son las más brillantes. Ves como las hojas más cercanas son las del verde más oscuro.

Duerme, paga su renta, camina las treinta y un cuadras a su trabajo. Checa el correo todos los días. Y el invierno palidece y la primavera se fortalece y Tom pierde un poco de esperanza.

Una mañana en el desayuno, el Sr. Weems lo mira y le dice, Ni siquiera estás aquí, Tom. Tienes un pie del otro lado del río. Tienes que regresarlo a este lado.

Pero ese mismo día, llega. Querido Tom, me gustó escuchar de ti. No han sido diez años pero se sienten como mil. Estoy casada, probablemente adivinaste eso. El bebé es Arthur. Tal vez sus ojos se volverán azules. Tal vez.

Un presidente calvo está en la estampa. El papel huele como a papel, nada más. Tom pasa un dedo por cada palabra, sonándolas en voz alta. Asegurándose que no se le haya ido nada.

Se que estas casada y no quiero nada mas que felisidad para ti pero ¿tal vez te pudiera ver una vez? Podriamos encontrarnos en el akuario. Si no escrives de regreso esta bien ya se porque.

Dos semanas más. Querido Tom, no quiero nada más que felicidad para ti también. ¿Qué te parece el siguiente martes? Traeré al bebé, ¿okay?

El siguiente martes, el primero de mayo, Tom se va del hospital después de su turno. Su visión destellea en las esquinas, y escucha la voz de Madre: Con cuidado, Tomcat. No vale la pena el riesgo. Camina despacio al final de la cuadra y se sube al primer tranvía a Isla Belle, donde se baja a un amanecer dorado.

Hay pocos autos alrededor, todos estacionados, uno un Ford con un regalo enorme envuelto con listón amarillo en el asiento de atrás. Un hombre viejo con cara arrugada barre los caminos de grava. La luz del sol pega en el rocío y hace que el césped esté en fuego.

La fachada del acuario es Gótica y está cubierta de hierbas. Tom encuentra una banca afuera y espera a que su pulso se estabilice. Los techos de vidrio del conservatorio de flores reflejan una nube que pasa. Eventualmente un hombre en overol abre la reja, y Tom compra dos entradas, luego piensa en el bebé y compra una tercera. Regresa a la banca con las tres entradas en sus dedos temblando.

A las once el cielo está lleno de una neblina platino y la isla está repleta. Hombres en bicicletas pasan por los caminos. Una niña vuela un papalote amarillo.

¿Tom?

Ruby Hornaday se materializa frente a él—hombros erectos, cabello corto, empujando una carreola de cromo. Se para rápidamente, y el parque se le va de la vista y luego le regresa.

Perdón que vengo tarde, dice ella.

Se ve digna, y delgada. Dos trazos rápidos como cejas, la misma nariz estrecha. Nada de maquillaje. Nada de joyería. Esos ojos azul pálido y ese cabello.

Mueve su cabeza de lado un poco. Mírate nomás. Todo crecidito.

Tengo entradas, dice él.

¿Cómo está el Sr. Weems?

Oh, él está hecho de sal, vivirá para siempre.

Comienzan a caminar por un camino entre las filas de bancas y los brillantes árboles. Ocasionalmente le toma el brazo para estabilizarlo, aunque su toque solo lo desorienta más.

Pensé que tal vez tú estabas lejos, dice él. Pensé que tal vez te fuiste al mar.

Ruby detiene la carreola y carga al bebé a su pecho—él está envuelto en un cobertor azul—y luego pasan el torniquete.

El acuario es oscuro y húmedo y delineado de ambos lados por tanques de paredes de vidrio. Helechos cuelgan del techo, y niños pequeños se inclinan sobre los rieles y presionan sus narices al vidrio. Creo que le gusta, dice Ruby. ¿O no, bebé? Los ojos del niño están bien abiertos. Peces nadan en lentas elipsis detrás del vidrio.

Ven calamares traslúcidos con colas de sacacorchos, pulpos rosas brillantes como linternas flotantes, manatíes en azul y violeta y dorado. Azulejos verdes iridiscentes brillan en el techo y avientan patrones de luz ondulante por el piso.

En una alberca circular en el mero centro del edificio, figuras oscuras corren en coordinación. Lucios, murmura Ruby, ¿o no lo son?

Tom parpadea.

Estás pálido, dice ella.

Tom sacude su cabeza.

Ella le ayuda a salir a la luz del sol, bajo el cielo y los árboles. El bebé está en la carreola chupando su puño, examinando las nubes con gran intensidad, y Ruby guía a Tom a una banca.

Autos y camiones y una limusina blanca pasan lentamente por el puente blanco, por arriba del río. La ciudad brilla en la distancia.

Gracias, dice Tom.

¿Por qué?

Por esto.

¿Cuántos años tienes ahora, Tom?

Veintiuno. Igual que tú. Una brisa sacude ligeramente a los árboles, y las hojas vibran con luz. Todo es radiante.

El mundo se va a hades pero los bebés siguen naciendo, susurra Tom.

Ruby mira en la carreola y ajusta algo, y por un momento la parte de atrás de su cuello, entre su cabello y su collar, se expone. La vista de esas dos vértebras, cubiertas por su pálida piel, llena a Tom con un querer que quiebra los jardines abiertos. Por un momento parece que Ruby se va arrastrándose lentamente lejos de él, como si él es un nadador atrapado en una ola, y con cada brazada la parte de atrás de su cuello se aleja más hacia la distancia. Luego ella se sienta de regreso, y el parque se restablece, y puede sentir la banca volverse sólida bajo él una vez más.

Solía pensar, dice Tom, que tenía que tener cuidado con cuánto vivía. Como si la vida fuera una bolsa llena de monedas. Solo tienes tantas y no las quieres gastar todas en un lugar.

Ruby lo mira. Sus pestañas suben y bajan.

Pero ahora sé que la vida es la única cosa en el mundo que nunca se termina. A mí tal vez se me termine la mía, y a ti algún día la tuya, pero al mundo nunca se le terminará la suya. Y todos somos muy suertudos de ser parte de algo como eso.

Ella se le queda viendo. Algunos merecen más suerte de la que han tenido.

Tom sacude su cabeza. Cierra sus ojos. Yo también he sido suertudo. He sido absolutamente suertudo.

El bebé empieza a hacer ruido, un ligero chillido volviéndose un llanto. Ruby dice, Hambriento.

Una puerta se abre en la grava debajo de los pies de Tom, de interior negro como el ojo de una cerradura, y él mira hacia abajo.

¿Estarás bien?

Estaré bien.

Adiós, Tom. Le toca el brazo una vez, luego se va, empujando la carreola a través de la multitud. Él la mira desaparecer en pedazos: primero sus piernas, luego sus caderas, luego sus hombros, y finalmente la parte de atrás de su brillante cabeza.

Y luego Tom se sienta, sus manos en sus piernas, vivo, por un día más.


Extraído de 4th Estate (en línea), publicado en el 2010.

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«Mi Tío Fred»—Heinrich Böll

La única persona que hace tolerables mis recuerdos de los años después de 1945 es mi Tío Fred. Vino de la guerra a la casa una tarde de verano, con ropa modesta, usando su única posesión, una lata, en un hilo alrededor de su cuello, y aguantando el insignificante peso de unas cuantas colas de cigarrillo que guardaba cuidadosamente en una cajita. Abrazó a mi madre, me besó a mí y a mi hermana, balbuceó algo como “Pan, sueño, tabaco,” y se hizo bolita en el sofá de nuestra familia, así que lo recuerdo como un hombre considerablemente más largo que nuestro sofá, un hecho que lo obligaba a: o mantener sus piernas arriba, o simplemente dejarlas colgando sobre la orilla. Ambas alternativas lo hacían quejarse amargamente contra la generación de nuestros abuelos, a quienes les debíamos la adquisición de este valioso mueble. Él llamaba a estas dignas personas búhos constipados, odiaba su preferencia hacia el rosa nauseabundo de la tapicería, pero no dejaba que nada de esto lo detuviera de complacerse con sueño frecuente y prolongado.

Yo, por mi parte, estaba haciendo una tarea ingrata en nuestra inocente familia: yo tenía catorce en ese entonces, y era el único contacto con esa memorable institución a la cual llamábamos el mercado negro. A mi padre lo habían matado en la guerra, a mi madre le daban una pensión diminuta, y el resultado era que yo tenía el trabajo de regatear para vender los restos de pertenencias rescatadas o de intercambiarlos por pan, carbón y tabaco. En esos días el carbón era la causa de considerables violaciones de derechos de propiedad a las cuales hoy tendríamos que llamar, francamente, robo. Así que la mayoría de los días me verías saliendo a robar o a regatear, y mi madre, aunque se daba cuenta de la necesidad de estas deshonrosas actividades, siempre tenía lágrimas en sus ojos mientras veía cómo me iba a mis complicados asuntos. Era mi responsabilidad, por ejemplo, convertir una almohada en pan, una taza de porcelana en sémola, o tres volúmenes de Gustav Freytag en dos onzas de café, tareas a las cuales yo me dedicaba con cierta cantidad de entusiasmo deportista, pero no completamente sin un sentido de humillación y de miedo. Ya que los valores—así es como los adultos les llamaban, en aquellos tiempos—habían cambiado sustancialmente, y de vez en cuando yo estaba expuesto a la sospecha infundada de deshonestidad porque el valor de un artículo regateado no correspondía en lo más mínimo al que mi madre pensaba que era el apropiado. Debo decir que no era nada agradable la tarea de actuar como negociador entre dos mundos de valores diferentes, mundos que desde entonces parecen haber convergido.

La llegada del Tío Fred nos llevó a todos a esperar una incondicional ayuda masculina. Pero comenzó por decepcionarnos. Desde el primerísimo día yo estaba seriamente preocupado por su apetito, y cuando, sin andar pajareando, le dije esto a mi madre, ella sugirió que lo dejara “encontrar sus pies.” Tardó casi ocho semanas en encontrar sus pies. A pesar del abuso del insatisfactorio sofá, él dormía ahí sin mucho problema y pasaba el día quedándose dormido o describiendo, en una voz de mártir, en qué posición prefería dormir.

Creo que su posición favorita era como la de un corredor a punto de arrancar. Le encantaba acostarse sobre su espalda después de comer, sus piernas arriba, convirtiendo un pedazo enorme de pan en migajas que atrapaba con su boca, y luego se rolaba un cigarro y se dormía por el resto del día hasta la hora de cenar. Era un hombre muy alto y muy pálido, y había una cicatriz circular en su barbilla que hacía que su cara se viera como una estatua de mármol dañada. Aunque su apetito por la comida y el sueño seguían preocupándome, me caía muy bien. Él era el único con quien yo podía por lo menos discutir teorías sobre el mercado negro sin meterme en un pleito. Obviamente él sabía todo acerca del conflicto entre los dos mundos de valores.

Aunque sí, casi le rogamos que nos platicara de la guerra, nunca lo hizo; dijo que no valía la pena hablar de eso. Lo único que a veces haría era contarnos acerca de su inducción, que parecía haber consistido más que nada en una persona uniformada de voz muy alta dándole la orden al Tío Fred de orinar en un tubo de ensayo, una orden que el Tío Fred no fue inmediatamente capaz de acatar, el resultado siendo que su carrera militar estaba condenada desde el principio. Él sostuvo que el interés del Reich de Alemania por su orina lo había llenado de una desconfianza considerable, una desconfianza que confirmó de manera abominable durante seis años de guerra.

Él había sido librero antes de la guerra, y cuando pasaron las primeras cuatro semanas en nuestro sofá, mi madre sugirió, en su manera gentil, de hermana, que investigara sobre su antigua empresa—él cautelosamente me pasó esta sugerencia a mí, pero lo único que descubrí fue un montón de escombros de como seis metros de altura que localicé en la parte de la ciudad que está en ruinas, después de como una hora de pilgrimaje. El Tío Fred se vió muy tranquilo con mis noticias.

Se echó para atrás en su silla, se roló un cigarro, asintió con aire de triunfo hacia mi madre, y le pidió que sacara sus antiguas cosas. En una esquina de nuestra habitación había una caja de madera cuidadosamente cerrada con clavos, la cual abrimos con un martillo y unas tenazas, bajo mucha especulación; lo que encontramos fue: veinte novelas de tamaño mediano y calidad mediocre, un reloj de bolsillo de oro, lleno de polvo pero intacto, dos pares de tirantes, unos cuadernos, su diploma de la Cámara de Comercio, y una libreta de ahorros que mostraban un saldo de mil doscientos marcos. Me dieron a mí la libreta de ahorros para que recolectara el dinero, y el resto de las cosas me las dieron para que las vendiera, incluyendo el diploma de la Cámara de Comercio—aunque para esto no hubo quien ni regateara, ya que el nombre del Tío Fred había sido inscrito en él en tinta india negra.

Esto significaba que por las siguientes cuatro semanas éramos libres de nuestras preocupaciones por pan, por tabaco, y por carbón, que era un gran alivio en especial para mí, ya que todas las escuelas abrieron sus puertas de nuevo, y yo tenía la obligación de completar mi educación.

Hasta este día, mucho después de haber completado mi educación, tengo buenos recuerdos de las sopas que solíamos obtener, más que nada porque podíamos obtener estas comidas casi sin luchar por ellas, y por eso le daban un tono feliz y contemporáneo a todo el sistema educativo.

Pero el evento más increíble durante este periodo era el hecho de que el Tío Fred al fin tomó la iniciativa fácil unas ocho semanas después de su regreso seguro a casa.

Una mañana a fines del verano se levantó del sofá, se rasuró con tanto detalle que nos sentimos aprensivos, nos pidió unos calzones limpios, me pidió prestada mi bicicleta, y desapareció.

Su regreso, ya tarde esa noche, fue acompañado por un montón de ruido y un penetrante olor a vino; el olor a vino emanaba de la boca de mi tío, y el ruidazal se podía rastrear a como media docena de cubetas galvanizadas que había amarrado juntas con una cuerda gruesa. Nuestra confusión no nos dejó hasta que descubrimos que había decidido resucitar el comercio de flores en nuestra destruida ciudad. A mi madre, quien estaba llena de sospecha hacia el nuevo mundo de valores, le valió esa idea, diciendo que nadie iba a querer comprar flores. Pero estaba equivocada.

Era una memorable mañana cuando ayudamos al Tío Fred a llevar las cubetas bien llenas a la parada de tranvía donde se instaló con su negocio. Y aún recuerdo vívidamente cómo se veían esos tulipanes rojos y amarillos, los húmedos claveles, y nunca voy a olvidar lo impresionante que se veía ahí parado en medio de todas las figuras grises y los montones de escombros, empezando: “Flores, flores frescas—¡sin necesidad de cupones!” No necesito describir cómo su negocio floreció: fue un éxito enorme e inmediato. En cuestión de cuatro semanas él ya era dueño de tres docenas de cubetas galvanizadas, dos sucursales, y un mes después ya estaba pagando impuestos. Se respiraba un aire diferente en toda la ciudad: puestos de flores aparecían en esquina tras esquina, era imposible mantener el ritmo de la demanda; se conseguían más y más cubetas, se instalaron cabinas de flores y se armaron carritos de prisa.

De cualquier manera, nos mantuvo abastecidos no solo de flores frescas, sino también de pan y de carbón, y yo pude retirarme del negocio de corredor de bienes, un hecho que ayudó mucho a levantar mis estándares morales. Durante varios años, ya, el Tío Fred ha sido un hombre de sustancia: sus sucursales aún prosperan, tiene un carro, y me ve a mí como su heredero, y me han dicho que me meta a estudiar comercio para que pueda encargarme del lado de los impuestos del negocio, aún antes de heredar cosa alguna.

Cuando lo veo hoy, una figura sólida detrás del volante de su carro rojo, me parece raro recordar que de verdad había un tiempo en mi vida en el cual su apetito me causaba noches sin dormir.


Extraído del libro “Absent Without Leave” por Heinrich Böll, publicado en 1967.

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«¿Dónde Estás?»—Joyce Carol Oates

El esposo había caído en el hábito de llamar a la esposa desde algún lugar en la casa—si ella estaba en el piso de arriba, él estaba abajo; si ella estaba abajo, él estaba arriba—y cuando ella contestaba, “¿Sí? ¿Qué?”, él seguiría llamándola, como si no la hubiera escuchado y con aire de paciencia tensa: “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?” Y entonces ella no tenía opción más que apurarse hacia él, donde sea que él estuviera, en algún otro lado en la casa, abajo, arriba, en el sótano o afuera en el pórtico, en el patio trasero o en la cochera. “¿Sí?”, ella contestaría, intentando mantener la calma. “¿Qué pasa?” Y él le diría—una queja, un comentario, una observación, un recordatorio, una pregunta—y luego, después, ella lo escucharía llamándola de nuevo con una nueva urgencia, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, y ella le contestaría, “¿Sí? ¿Qué pasa?”, intentando determinar dónde estaba. Él seguiría llamándola, sin escucharla, ya que no le gustaba usar su aparato para el oído en la casa, donde solo estaba la esposa para ser escuchada. Se quejaba de que uno de los pequeños dispositivos en forma de caracol le causaba dolor en el oído, el delicado oído interno estaba rojo y hasta había sangrado, entonces él llamaría, de mal humor, “¿Aló? ¿Dónde estás?”—ya que la mujer siempre se estaba yendo a algún lado fuera del rango de su escucha, y nunca sabía dónde diablos estaba ella o qué estaba haciendo; a veces, su propia existencia lo exasperaba—hasta que finalmente ella cedió y corrió sin aliento buscándolo, y cuando él la vio le dijo, quejándose, “¿Dónde estabas? Me preocupo por ti cuando no contestas.” Y ella le dijo, riéndose, intentando reírse, aunque nada de esto era chistoso, “¡Pero aquí he estado todo el tiempo!” Y él contestó, “No, no lo estabas. No lo estabas. Yo estaba aquí, y tú no estabas aquí.” Y luego, ese día, después de su almuerzo y antes de su siesta, a menos que sea antes de su almuerzo y después de su siesta, la esposa escuchó al esposo llamándola, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, y el pensamiento vino a ella, No. Me esconderé de él. Pero ella no haría algo tan infantil. En vez de eso se paró en las escaleras y con sus manos alrededor de su boca como altavoz le contestó, “Estoy aquí. Siempre estoy aquí. ¿Dónde más estaría?” Pero el esposo no podía escucharla y seguía llamando, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, hasta que al fin ella gritó, “¿Qué quieres? Ya te dije, estoy aquí.” Pero el esposo no podía escuchar y siguió llamando, “¿Aló? ¿Dónde estás? ¡Aló!”, y finalmente la esposa no tuvo opción más que ceder, ya que el esposo sonaba muy frustrado y enojado y ansioso. Descendiendo las escaleras, ella se tropezó y se cayó, se cayó duro, y su cuello se rompió en un instante, y se murió al pie de las escaleras, mientras en uno de los cuartos de abajo, o tal vez en la bodega, o en el deck del jardín de atrás de la casa, el esposo seguía llamando, con una urgencia creciente, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”


“Where Are You?”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 5 de julio del 2018.

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cuentos Ficción literatura moderna

“La Serie de Oradores del Sur de Asia Presenta al Arqueólogo y Aventurero Indiana Jones”—Tania James

“Pero, si me preguntan a mí,” dijo Indiana Jones, “pertenece en un museo.”

Hizo una pausa para que eso pegara.

Estaba sentado en el escenario enfrente de la moderadora, una mujer india cuyo nombre había fracasado en recordar. Sus piernas estaban cruzadas por la rodilla. (Las piernas sí las recordaría.) Tomó el vaso de agua de la diminuta mesa entre ellos y bebió.

La moderadora descruzó las piernas y volteó hacia la audiencia. “Hagamos una pausa aquí para tomar preguntas.”

Él siguió la mirada de la moderadora hacia las masas de gente, desbordando por los pasillos, pegadas a la pared. Por primera vez en la noche, intentó distinguir caras. Muchas de ellas eran de color. Caras de color. No es algo malo. Su mejor amigo era egipcio.

Un micrófono le fue dado al primer cuestionador, un hombre de piel café. “Gracias por su discurso, Dr. Jones. Me pregunto sobre la aldea india, la que lo mandó a usted a su misión de rescatar una piedra mística.”

“La piedra Sankara, correcto. Los aldeanos me mandaron a recuperarla y salvar a sus niños secuestrados de un culto demoníaco.”

“Me preguntaba cómo se llamaba esa aldea.”

“No lo recuerdo.”

“¿No lo recuerda?”

“Acababa de bajar en una balsa por una cascada. Me perdonarán si no recuerdo el nombre de la aldea.” Indy sonrió de un modo que esperaba fuera encantador.

“¿Creo que era Mayapur?” la moderadora intervino, consultando sus notas.

“Eso mero, Mayapur,” Indy dijo. “Y el líder de la aldea se llamaba Chamán.”

“Chamán,” el cuestionador dijo. “Solo… Chamán.”

“Correcto.”

“Entonces si fuera a Mayapur y fuera por ahí preguntando por un tipo que se llama Chamán, la gente estaría como, ah sí, Chamán, vive por, no sé, la Calle Cherokee.”

“Mira, viejo, no sé cual es tu problema—”

“Mi problema es que todos estos nombres suenan inventados.”

“Todos los nombres son inventados. Hey, a mi me dieron el nombre de mi mascota, ¡un perro!”

Algunas personas se rieron. Indy solicitó la siguiente pregunta.

Vino de una mujer bonita en una falda apretada. “Hola, Dr. Jones,” dijo ella, y, conforme prosiguió, él se encontró recordando a una estudiante, una niña, de sus días de profesor. “¿Usted mencionó que, en el banquete del maharajá, fue servido un postre de sesos de mono congelados?”

Él asintió con la cabeza, aún pensando en la estudiante que solía sentarse en la primera fila de su clase de historia. Una vez, en sus párpados, ella le había escrito un mensaje. “Te” en su párpado derecho, y “Amo” en el izquierdo.

“Algunos dicen que esta idea de los asiáticos comiendo sesos de mono es una leyenda urbana, basada en un malentendido del chino hóu tóu gū, que traducido es ‘hongo cabeza de mono.’ ¿Podría ser que usted comió sopa de hongo cabeza de mono? Es un platillo manchuriano.”

Indy recordó la manera en que su ex-estudiante había cerrado y abierto los ojos. Te amo. Te amo. Era más o menos repugnante pensar en ella escribiendo en sus propios párpados. Pero más o menos asombroso, también. ¿Qué no haría ella?

“¿Dr. Jones?” la cuestionadora dijo.

Indy miró a la moderadora, quien también lo estaba mirando a él, de manera ilegible. “Solo comí lo que me dijeron que comiera,” dijo.

Silencio. Bebió un largo trago de agua.

El mundo se ha vuelto hostil a su forma de investigación. Lo que no daría por estar de regreso en las junglas de Honduras o saltando entre trenes a través de una Europa ocupada por nazis, donde él podría dejar que su látigo hablara. Había aceptado esta chamba por los honorarios, más que nada.

Para la pregunta final, la moderadora señaló a una mujer diminuta con cabello negro ondulante. “Sr. Jones,” dijo ella, ya fastidiándolo, ya que él tenía un doctorado. “¿Cómo respondería al reclamo de que usted es más roba-tumbas que arqueólogo? ¿Y hay algún mérito en el argumento de que estas reliquias no pertenecen a museos europeos, sino a los lugares de donde han sido saqueadas?”

“¿Sabes qué?” Indy dijo. “Tengo un par de preguntas. ¿Alguna vez te han azotado a latigazos y alimentado la sangre de Kali a la fuerza? ¿Has sido lisiada por una muñeca de vudú? Yo ya hice todo eso, no por mí mismo, sino por los aldeanos de esa aldea y sus niños. Yo soy el bueno aquí, no el malo.”

“Dr. Jones,” la moderadora dijo, “la pregunta tenía que ver con objetos robados—”

“Bueno, pues adivinen qué, el tiro les sale por la culata…” Su voz se fue perdiendo. Él estaba pensando en el Santo Grial, la copa del rey de reyes, cayendo fuera de su alcance, cayendo a un abismo debajo del Templo del Sol. ¿Y no era siempre así? ¿No lo había eludido finalmente cada objeto que había amado, desapareciendo aún más en la bóveda de la historia? Silenciosamente dijo, “nunca he puesto nada en un museo.”

Miró al piso. El murmullo general era insoportablemente doloroso.

Finalmente, escuchó la gentil voz de la moderadora: “Indiana… Indiana…”

Su tono sonaba tanto como el de su padre en ese momento. Miró en sus cálidos ojos cafés.

“Indy, te trajimos aquí para hablar.”

Estoy hablando.”

“No, para que nosotros pudiéramos hablar contigo.” Le dio una sonrisa con simpatía. “Indy, la verdad es que a muchos de nosotros nos pareces muy heróico y muy sexy. Pero esta misión en India es confusa. Por un lado, estamos halagados. Por otro lado, estamos enojados. Es que es un círculo muy difícil de cuadrar, ¿sabes?”

Indy suspiró; él lo sabía. Las cosas se pusieron raras en India. En el fondo, él siempre lo había sabido.

“¿Podemos estar de acuerdo, Indy, en que India fue un paso en falso? ¿En que deberías quedarte solo con lo de luchar contra nazis?”

“Teoréticamente, seguro, pero el partido nazi ha desaparecido.”

“Y aún así todavía hay nazis. Siempre habrá nazis.”

Frunció el ceño, sospechoso. Cuando miró hacia la audiencia, podía ver olas de caras asintiendo, confirmando la perdurable presencia de nazis. Su mirada se fijó en el signo rojo de salida, brillando como la ardiente piedra Sankara.

“Bueno, entonces,” dijo, “supongo que tengo trabajo qué hacer.”

Estiró sus brazos debajo de la silla para recuperar el fedora que había guardado detrás de sus tobillos todo este tiempo, el sombrero que lo había visto cruzar cada aventura, y se lo puso en la cabeza. Se levantó y trotó hacia un lado, bajando las escaleras. Mientras iba por el pasillo central, la gente comenzó a aplaudir, con incertidumbre al principio. No importaba. Él estaba agradecido. Lo habían salvado.


“The South Asian Speakers Series Presents the Archeologist and Adventurer Indiana Jones”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 27 de agosto del 2020.

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«Lo Gris»—Sheila Heti

El mundo entero aún podría ser gris, como lo era en el pasado, en esas viejas películas. Pero un día los colores llegaron, en algún tiempo entre ese entonces y ahora. Creo que deben haber sido las guerras. Después de las guerras la gente dijo, Necesitamos alguna razón para estar menos molestos. Alguien sugirió, ¿Colores? El mundo acordó que se necesitaban los colores, para jalar a todos fuera de la desesperación de los moribundos, y de todos esos montones de huesos. Trajeron los colores. Solo los transportaron en camiones, y todos tomaron cuanto color pudieran. Era un trabajo para cada persona en el planeta, poner colores donde deben ir. Algunas cosas se decidieron por adelantado, como hacer el pasto verde, y te multarían si hacías el tuyo rojo o azul. Pero otras cosas tú podías decidir, como el color de tu camisa. Era un pequeño comité de gente el que tomaba las decisiones grandes, era necesario, pero también lo era cada humilde individuo, haciendo su propio trabajo. El mundo respiró hondo con alivio: ¡todo era mucho más hermoso ahora! Y por varios días no hubo guerras, solo gente disfrutando de los colores, pero los humanos se adaptan rápidamente a lo que es hermoso y agradable, y luego las guerras iniciaron de nuevo, y el comité fue disuelto.

Hace mucho tiempo yo era parte de este comité—no el original, sino el conmemorativo, formado por las hijas del comité. Nos reunimos para tomar nota sobre qué había sucedido realmente en esas conversaciones, para que le pudiéramos contar al mundo. Le preguntamos a nuestros padres, ¿Cómo era estar en el comité? ¿Cómo eran esas juntas? Pero habían perdido sus memorias, algunos de ellos, y otros estaban enojados con los demás miembros del comité, y no nos dirían por qué. Reunimos muy poca información rescatable para el mundo, para la posteridad. Luego nos disolvimos, también. Nos dijimos a nosotras mismas, Solo disfrutemos los colores. ¿A quién le importa cómo llegaron aquí? Así que eso hicimos. Nos convertimos en cualquiera, no archivistas del pasado, sino gente regular caminando a través de los colores del presente, como si no supiéramos nada.

Luego, un día, Amanda pensó que en realidad solo deberíamos platicar con la gente del mundo que había participado en dispersar los colores sobre la tierra, solo gente regular, la gente que lo hizo. El resto de las hijas estaban agotadas, pero yo quería hacerlo con ella, porque ella me gustaba y sonaba divertido. Pregunté si ella pensaba que debería traer mi cámara de cine, y dijo que sí, podríamos hacer un documental. Fuimos a un pequeño pueblo y nos paramos en la plaza y acosamos a la gente que iba por ahí haciendo sus compras domingueras y les preguntamos cómo era cuando empezaron a haber colores, ¿y habían participado en colorear todo? Solo le preguntamos a gente vieja. La mayoría no quería hablar con nosotras, pero una señora viejita sí. Nos invitó a su departamento por un té.

Su departamento estaba lleno de colores, justo como el resto del mundo, excepto por un rincón, el cual seguía gris. Era su propio rincón secreto que no había sido coloreado—¡tal vez el único lugar en el mundo como este! El mundo hubiera estado agitado de saber que un rincón no había sido rellenado; pero ella dijo que en cincuenta años, sesenta, setenta, ella no había dejado pasar a nadie. Ella prefirió renunciar a esposos y amigas, para que ella pudiera conservar un rincón del mundo sin color.

Claramente le era relajante tenerlo, tan relajante como un ratoncito gris que es un amigo. Ay, nos dijo, mientras hablaba para la cámara, evitando hacer contacto visual con ella, sus dedos jugando con su taza en su pequeño platillo de porcelana, era todo de lo que la gente podía hablar—¿qué color le vas a poner a esto? ¿Qué color le vas a poner a eso? ¿No es tan hermoso todo ahora? ¿Cómo pudimos vivir con todo ese gris? ¿Por qué le tomó tanto tiempo al mundo? ¿No es bonito como todos estamos cooperando?

Ella estaba haciendo expresiones agrias mientras imitaba a aquellas personas de hace tanto tiempo, muchas de ellas ya muertas, dijo. Ella también había caído en esa locura por un ratito, coloreando cualquier cosa a la vista, hasta cosas que no estaban en su jurisdicción colorear, como la reja del vecino.

Pero un día ella regresó a su departamento, donde aún no había rellenado el rincón. Había estado coloreando otras cosas, solo lo había dejado pasar. Ella pensó, estoy cansada, lo haré mañana. Nos dijo esto mirando hacia abajo. ¿Y qué pasó? Bueno, mañana se convirtió en mañana, como le pasa a tantas de nosotras. Siguió apareciendo en su lista de qué-haceres, como una de esas cosas que se quedan ahí por tantos meses que ya ni las notas. Y los meses se volvieron años, y de alguna manera nunca lo hizo. ¿Qué onda con esas cosas que nunca se van de la lista? ¿Será que en realidad no queremos hacerlas? ¿O será que ni siquiera necesitamos hacerlas? Las ponemos ahí porque pensamos que deberíamos. ¿Por qué no solo ya las quitamos? Así que finalmente lo quitó de la lista, y para ese entonces al mundo ya ni le quedaba suficiente color como para que ella rellenara el rincón.

Se quedó en ese departamento—varios amigos la alentaron a mudarse, ya que los inmigrantes se estaban mudando a su edificio, así que sus amigos pensaban que se debería mudar. Pero, a pesar de que no era fan de los inmigrantes, a ella no le importaba mucho, eran lindos vecinos, y ese rincón gris la tranquilizaba de una manera muy curiosa. Ella lo veía cada día mientras tomaba su té. No, nunca tenía compañía en su departamento, y sí, sus preciosos vecinos inmigrantes pensaban que era medio mamona, ¿pero qué suponía hacer ella si alguno de ellos se enteraba y le decía a alguien? No podía tomar ese riesgo. Así que no tomó ese riesgo. Finalmente se levantó para dejarnos salir, muy muy tristemente. Nos pidió que por favor no publiquemos nuestro documental, o escribamos sobre él, hasta que ella se muera. Ella quería vivir con ese rinconcito de esa manera hasta morir, y que no se la llevaran de ahí o a la cárcel, y que no viniera alguien de algún comité a colorear el rincón, así que accedimos, porque sentimos lástima por ella, y nos cayó bien.

Bueno, al fin murió el año pasado, y la siguiente semana se estrena nuestro documental, pero estamos tristes por eso. Más que nada, ojalá no hubiéramos estado esperando este aniversario, el año desde su muerte, con el tipo de deseo que toda la gente siente al querer mostrarle al mundo lo que ha hecho. Estamos orgullosas del cortometraje que creamos, y de que encontramos esta historia, pero no de que ella haya tenido que morir para que lo coloquemos en el mundo. Mejor que ella hubiera vivido, y vivido con su rincón, a que nosotras podamos enseñar nuestra película. ¿Por qué siempre hay tanta tristeza cuando ocurre algo bueno, un balance entre lo bueno y lo malo? ¿No podría haber dicho, ¡Muéstrenle su película al mundo! y haberse sentido segura de que ya a nadie le importa un rinconcito que no ha sido rellenado? No, pero tal vez ella sabía algo que nosotras no, algo de los colores, y de lo gris, y de los rincones, y de lo que se te permite en tu privacidad, en tu pequeño departamentito, y de lo que no.


“Grayness”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 16 de julio del 2020.

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«El Príncipe Feliz»—Oscar Wilde

En la cima de la ciudad, en una columna alta, estaba parada la estatua del Príncipe Feliz. Estaba adornado por hoja de oro fino, y por ojos tenía dos brillantes zafiros, y un rubí grande y rojo deslumbraba de la empuñadura de su espada.

Él era muy admirado, así es. “Es tan bello como una veleta,” admiró uno de los Cancilleres del pueblo que buscaba ganar una reputación de buen gusto artístico; “no solo es muy útil,” agregó, con miedo a que la gente lo juzgue impráctico, lo cual de veras que no era.

“¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz?” preguntó una sensible madre a su pequeñito, quien lloraba por la luna. “El Príncipe Feliz nunca soñaría en llorar por nada.”

“Yo estoy contento de que hay alguien en el mundo que es muy feliz,” murmuró un hombre decepcionado, mientras admiró con ojos llorosos la magnífica estatua.

“Está igualito a un ángel,” dijeron los Niños de la Caridad, cuando salieron de la catedral en sus vestimentas escarlata y con sus delantales blancos, limpios.

“¿Cómo lo saben?” dijo el Maestro Matemático, “si nunca han visto a uno.”

“¡Ah! cómo no, en nuestros sueños,” contestaron los chamacos; y el Maestro Matemático frunció el ceño y se puso muy severo, porque él no estaba de acuerdo con que los niños soñaran.

Una noche voló por encima de la ciudad una pequeña Golondrina macho. Sus amigos se habían ido a Egipto hace seis semanas, pero él se había quedado atrás, ya que estaba enamorado del Junco más hermoso. Lo había conocido al principio de la primavera, mientras volaba por el río persiguiendo una enorme mariposa amarilla, y había sido tan atraído por su delgada cintura que se detuvo a hablar con él.

“¿Será que te amo?” dijo la Golondrina, a quien le gustaba ser muy directo, y el Junco le hizo una reverencia. Entonces él voló alrededor y alrededor del Junco, tocando el agua con sus alas, creando pequeñas olas plateadas. Esta era su manera de ligar y de ser novios, y duró todo el verano.

“Es una atracción ridícula,” twittearon las demás Golondrinas; “él no tiene dinero, y tiene demasiadas relaciones;” y eso sí era verdad, ya que el río estaba lleno de Juncos. Luego, cuando el otoño llegó, todos ellos se fueron volando.

Después de que se habían ido, él se sintió solito, y comenzó a cansarse de su amante. “No tiene conversación,” dijo, “y me da miedo que es muy coqueto, ya que siempre está ligándose al viento.” Y sí, cada vez que el viento soplaba, el Junco se movía con perfecta gracia. “Admito que él es doméstico,” continuó, “pero yo amo viajar, y mi esposo, en consecuencia, también debe amar viajar.”

“¿Vienes conmigo, nos vamos lejos?” al fin le dijo la Golondrina al Junco; pero el Junco sacudió su cabeza, estaba atado a su hogar.

“Has estado jugando conmigo,” lloró el ave. “Me voy a las pirámides. ¡Adiós!” y se fue volando.

Todo el día voló, y en la noche llegó a la ciudad. “¿Dónde será que me instalo?” dijo; “espero que el pueblo se haya preparado.”

Luego vio la estatua en la alta columna.

“Ahí voy a instalarme, a poner mi nido,” gritó; “qué fino lugar, con tanto aire fresco.” Así que anidó justo entre los pies del Príncipe Feliz.

“Tengo una habitación de oro,” se dijo suavemente a sí mismo mientras miró a su alrededor, y se preparó para dormir; pero justo cuando estaba poniendo su cabeza debajo de su ala, le cayó una gran gota de agua. “¡Qué cosa tan curiosa!” gritó; “no hay ni una sola nube en el cielo, las estrellas brillan con claridad, y aún así, está lloviendo. El clima en el norte de Europa realmente es mierda. A las Golondrinas antes nos gustaba la lluvia, pero era solamente nuestro egoísmo.”

Otra gota cayó.

“¿De qué sirve esta estatua si no puede cubrirme de la lluvia?” dijo; “tengo que buscar un buen lugar, como de chimenea,” y se dispuso a irse volando.

Pero antes de que abriera sus alas, una tercera gota cayó, y él miró hacia arriba y vio—¡Ah! ¿qué es lo que vio?

Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y lágrimas corrían por sus mejillas doradas. Su cara era tan hermosa bajo la luz de la luna, que la pequeña Golondrina se llenó de lástima.

“¿Quién eres?” le dijo.

“Soy el Príncipe Feliz.”

“¿Entonces por qué estás llorando?” preguntó la Golondrina; “sí que me empapaste.”

“Cuando yo estaba vivo y tenía un corazón humano.” contestó la estatua, “no sabía lo que las lágrimas eran, ya que vivía en el Palacio de Sans-Souci, donde la tristeza no es bienvenida. Durante el día jugaba con mis compas en el jardín, y en la noche yo lideraba el baile del Gran Salón. Alrededor del jardín había una barda elevada, pero nunca me importó mucho preguntar qué había detrás de ella, todo acerca de mí era tan hermoso. Mis mensajeros me llamaban el Príncipe Feliz, y sí que era feliz, si el placer es la felicidad. Así que viví, y luego morí. Y ahora que estoy muerto me han colocado aquí tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón está hecho de plomo, no puedo elegir más que llorar.”

“¡Qué! ¿no es de oro sólido?” se dijo la Golondrina a sí mismo. Era demasiado cortés como para hacer algún comentario personal en voz alta.

“Muy, muy lejos,” la estatua continuó en una voz baja y musical, “muy lejos en una pequeña calle hay una pobre casa. Una de las ventanas está abierta, y por ahí puedo ver a una mujer sentada en una mesa. Su cara está flaca y desgastada, y tiene manos rojas y gruesas, todas picadas por la aguja, ya que ella es una costurera. Está bordando unas passifloras en una túnica de seda para que la más hermosa de todas las damas de honor de la Reina use en el siguiente gran baile. En una cama en la esquina del cuarto, su pequeño niño está acostado, enfermo. Tiene fiebre, y está pidiendo naranjas. Su madre no tiene nada que darle más que agua del río, así que él llora. Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina, ¿no te lanzas a llevarle el rubí que adorna la empuñadura de mi espada? Mis pies están atados a este pedestal y no me puedo mover.”

“Es que me esperan en Egipto,” dijo la Golondrina. “Mis amigos Golondrinas están volando por todo el río Nilo, hablando con las enormes flores de loto. Pronto irán a dormir en la tumba del gran Rey. El Rey mismo está ahí, en su sarcófago pintado. Está envuelto con lino amarillo, y embalmado con especies. Alrededor de su cuello está una cadena de jade verde pálido, y sus manos son como hojas viejas.”

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “¿no te quedas conmigo por una noche, y la haces de mensajero? El niño tiene tanta sed, y la madre está tan triste.”

“No creo que me gusten los niños,” dijo la Golondrina. “El verano pasado, cuando me estaba quedando por el río, había dos niños malos, los hijos del molinero, y siempre me estaban aventando piedras. Nunca me dieron claro; nosotros las Golondrinas volamos demasiado bien como para eso, y, aparte, yo vengo de una familia famosa por su agilidad; pero aún así, era una señal de falta de respeto.”

Pero el Príncipe Feliz se vio tan triste que la pequeña Golondrina se sintió mal. “Hace mucho frío aquí,” dijo; “pero me quedaré contigo por una noche, y seré tu mensajero.”

“Gracias, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe.

Así que la Golondrina tomó el gran rubí de la espada del Príncipe, y se fue volando con él en su pico por encima de los techos del pueblo.

Pasó por la torre de la catedral, donde los ángeles de mármol blanco habían sido esculpidos. Pasó por el palacio y escuchó el sonido de baile. Una hermosa jovencita salió al balcón con su amante. “Qué maravillosas son las estrellas,” le dijo él a ella, “¡y qué maravilloso es el poder del amor!”

“Espero que mi vestido esté listo a tiempo para el Baile Estatal,” ella contestó; “he pedido que le borden passifloras; pero las costureras son tan huevonas.”

Pasó por encima del río, y vio las linternas colgando de los mástiles del barco. Pasó por el Ghetto, y vio a los viejos Judíos negociando uno con el otro, y pesando dinero en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa y miró hacia adentro. El niño se retorcía con fiebre en su cama, y la madre ya se había quedado dormida, estaba tan cansada. El ave brincó hacia adentro, y dejó el gran rubí en la mesa, al lado del dedal de la mujer. Luego voló suavemente alrededor de la cama, abanicando la frente del niño con sus alas. “Qué fresco me siento,” dijo el niño, “debo estar mejorando”; y se hundió en un delicioso sueño.

Luego la Golondrina voló de regreso al Príncipe Feliz, y le contó lo que había hecho. “Es curioso,” dijo, “pero ahora me siento calientito, aunque hace tanto frío.”

“Eso es porque acabas de hacer una buena acción,” dijo el Príncipe. Y la pequeña Golondrina comenzó a pensar, y luego se quedó dormido. Pensar siempre le causaba sueño.

Cuando el amanecer llegó, él bajó volando al río y se bañó. “Qué fenómeno tan destacable,” dijo el Profesor de Ornitología mientras pasaba por el puente. “¡Una Golondrina en invierno!” Y escribió una carta larga sobre eso para el periódico local. Todos lo parafraseaban, ya que estaba lleno de palabras que no podían entender.

“Esta noche me voy a Egipto,” dijo la Golondrina, con gran ánimo. Visitó todos los monumentos públicos, y se sentó por un buen rato en la cima del campanario de la iglesia. A donde sea que fuera, los Gorriones chillaban y se decían entre sí, “¡Qué extraño y distinguido sujeto!” Lo cual él lo disfrutaba mucho.

Cuando salió la luna, él voló de regreso al Príncipe Feliz. “¿Tienes algún encargo de Egipto?” le dijo; “apenas voy a arrancar.”

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “¿no te quedas conmigo una noche más?”

“Es que me están esperando en Egipto,” contestó la Golondrina. “Mañana mis amigos van a volar a la Segunda Catarata. El caballo de río se asienta ahí entre los juncos, y en un gran trono de granito se sienta el Dios Memnón. Toda la noche él mira las estrellas, y cuando llega la estrella mañanera brillando, él grita una vez, con alegría, y luego se queda en silencio. Al mediodía, los leones amarillos bajan a la orilla del río a beber. Tienen ojos como piedras verdes de berilo, y su rugir es más fuerte que el rugir de la catarata.”

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “lejos, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en un desván. Está recargado con un escritorio cubierto de papeles, y en una vasija a su lado hay un montón de violetas ya marchitas. Su cabello es un café fresco, y sus labios son tan rojos como una granada, y tiene unos grandes ojos soñadores. Está intentando terminar una obra para el Director del Teatro, pero tiene demasiado frío como para seguir escribiendo. No hay fuego en su parrilla, y el hambre lo ha hecho desmayarse.”

“Me quedaré contigo una noche más,” dijo la Golondrina, quien realmente tenía un buen corazón. “¿Será que le llevo otro rubí?”

“¡Lástima, ya no tengo otro rubí!” dijo el Príncipe; “mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos de unos zafiros muy raros, traídos de India hace mil años. Arranca uno de ellos y llévaselo a él. Él lo venderá al joyero, y comprará comida y leña, y terminará su obra.”

“Mi queridísimo Príncipe,” dijo la Golondrina, “es que no puedo hacer eso”; y comenzó a llorar.

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “haz lo que digo que hagas.”

Así que la Golondrina le arrancó un ojo al Príncipe, y se fue volando al desván del estudiante. Era fácil entrar, ya que había un hoyo en el techo. El joven tenía su cabeza enterrada en sus manos, así que no escuchó el papaloteo de las alas del pájaro, y cuando alzó la cabeza, encontró el hermoso zafiro recostado en las violetas marchitas.

“Estoy comenzando a sentirme apreciado,” chilló; “esto debe ser de un gran admirador. Ahora sí que puedo terminar mi obra,” y se vio tan feliz.

Al día siguiente, la Golondrina bajó volando al puerto. Se sentó en el mástil de un barco enorme y miró a los marineros jalando unos cofres masivos fuera la bodega usando cuerdas. “¡A-hoy!” todos gritaban cada vez que un cofre salía. “¡Me voy a Egipto!” gritó la Golondrina, pero a nadie le importó, y cuando la luna salió, él se fue volando de regreso al Príncipe Feliz.

“Vengo a decirte adiós,” él chilló.

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “¿no te quedas conmigo una noche más?”

“Es invierno,” contestó la Golondrina, “y la helada nieve ya va a llegar. En Egipto, el sol es tan cálido sobre las verdes palmeras, y los cocodrilos se acuestan en el lodo y se ven todos huevones. Mis compañeros están construyendo un nido en el Templo de Baalbek, y las palomas rosas y blancas las miran y hacen coo. Querido Príncipe, debo dejarte, pero nunca te olvidaré, y la siguiente primavera vendré con dos hermosas joyas para reemplazar las que tú has dado. El rubí va a ser más rojo que una rosa, y el zafiro tan azul como el gran mar.”

“En la plaza, aquí abajo,” dijo el Príncipe feliz, “está parada una pequeña cerillera. Ha dejado caer sus cerillos en el desagüe, y se han echado a perder. Su padre la va a golpear si no trae de regreso dinero, y ella está llorando. No tiene ni zapatos ni medias, y su pequeña cabeza está desnuda. Arranca mi otro ojo, y dáselo, y su padre no la va a golpear.”

“Me quedo contigo una noche más,” dijo la Golondrina, “pero no puedo arrancarte el ojo. Quedarías bastante ciego.”

“Golondrina, Golondrina, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “haz lo que digo que hagas.”

Así que le arrancó el otro ojo al Príncipe, y bajó volando con él. Se paseó por la pequeña cerillera y le dejó la joya en la palma de su mano. “Qué bonito pedacito de vidrio,” dijo la pequeña; y se fue corriendo a casa, riendo.

Luego la Golondrina regresó al Príncipe. “Ahora estás ciego,” le dijo, “así que me voy a quedar contigo para siempre.”

“No, pequeñita Golondrina,” dijo el pobre Príncipe, “debes irte a Egipto.”

“Me voy a quedar contigo para siempre,” dijo la Golondrina, y se durmió en los pies del Príncipe.

Todo el día siguiente se sentó en el hombro del Príncipe, y le contó historias de lo que había visto en tierras extrañas. Le contó de los ibis rojos, que se paran en largas filas en las orillas del Nilo, y cachan peces de colores con sus picos; de la Esfinge, que es tan vieja como el mismísimo mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; de los comerciantes, que caminan lento al lado de sus camellos, y llevan canicas de ámbar en sus manos; del Rey de las Montañas de la Luna, quien es tan negro como el ébano, y adora un enorme cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera, y tiene a veinte sacerdotes dándole de comer pasteles de miel; y de los pigmeos que navegan sobre un gran lago abordo de enormes hojas planas, y siempre están en guerra con las mariposas.

“Mi querida pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “me cuentas de cosas maravillosas, pero más maravilloso que cualquier cosa es el sufrimiento de hombres y mujeres. No hay Misterio tan grande como la Miseria. Vuela sobre mi ciudad, pequeñita Golondrina, y dime qué es lo que ves ahí.”

Así que la Golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos llenos de felicidad en sus bellas casas, mientras los mendigos se sentaban por las rejas. Voló por las vías oscuras, y vio las caras pálidas de los niños hambrientos mirando sin energía las calles negras. Bajo el arco de un puente, dos pequeños estaban agarrados en los brazos del otro, intentando mantenerse calientes. “¡Qué hambre tenemos!” dijeron. “Sáquense de aquí,” les gritó el Vigilante, y se fueron a la lluvia.

Luego voló de regreso al Príncipe y le contó lo que había visto.

“Estoy cubierto de oro fino,” dijo el Príncipe, “debes quitarmelo, hoja por hoja, y dárselo a mis pobres; los vivos siempre piensan que el oro los puede hacer felices.”

Hoja tras hoja del oro fino, la Golondrina quitó, hasta que el Príncipe Feliz se veía muy sombrío y gris. Hoja tras hoja del oro fino, el ave le llevó a los pobres, y las caras de los niños tomaron color, y se rieron y jugaron en la calle. “¡Ya tenemos pan!” lloraron.

Luego vino la nieve, y después de la nieve una helada. Las calles parecían hechas de plata, brillaban tanto; carámbanos largos como dagas de cristal colgaban de las esquinas de los techos, todos salían usando abrigos de piel, y los pequeños niños usaban sombreritos escarlata y patinaban sobre el hielo.

La pobre, pequeña Golondrina tenía más y más frío, pero no iba a dejar al Príncipe, ya que lo amaba demasiado. Recogió migajas afuera de la puerta del panadero cuando el panadero no estaba mirando, y trataba de mantenerse caliente aleteando sus alas.

Pero finalmente, él sabía que iba a morir. Apenas tuvo suficiente fuerza para volar al hombro del Príncipe una vez más. “¡Adiós, mi querido Príncipe!” murmuró, “¿me dejas besar tu mano?”

“Estoy feliz de que al fin vas a Egipto, pequeñita Golondrina,” dijo el Príncipe, “te has quedado aquí demasiado tiempo; pero me debes besar en los labios, porque te amo.”

“No es a Egipto a donde voy,” dijo la Golondrina. “Voy a la Casa de la Muerte. La Muerte es el hermano del Sueño, ¿o no es así?”

Y besó al Príncipe Feliz en los labios, luego cayó muerto a sus pies.

Y en ese momento, dentro de la estatua sonó un crack curioso, como si algo se hubiera roto. El hecho es que el corazón de plomo se había quebrado en dos pedazos. De verdad que era una helada terriblemente dura.

La mañana siguiente, temprano, el Alcalde estaba caminando por la plaza de abajo acompañado de los Cancilleres del pueblos. Mientras pasaba por la columna, miró hacia arriba, hacia la estatua: “¡Por Dios! ¡Qué chafa se ve el Príncipe Feliz!” dijo.

“¡Sí, qué chafa!” chillaron los Cancilleres del pueblo, quienes siempre estaban de acuerdo con el Alcalde; y subieron a verlo bien.

“El rubí se ha caído de su espada, sus ojos ya no están, y ya no es de oro,” dijo el Alcalde, “¡apenas y se ve mejor que un mendigo!”

“Apenitas mejor que un mendigo,” dijeron los Cancilleres del pueblo,

“¡Y hasta hay un pájaro muerto a sus pies!” continuó el Alcalde. “De verdad que necesitamos emitir una proclamación que diga que ningún pájaro tiene permiso para morir aquí.” Y el Secretario del ayuntamiento tomó nota de la sugerencia.

Así que tiraron la estatua del Príncipe Feliz. “Como ya no es hermoso, ya no tiene uso,” dijo el Profesor de Arte de la Universidad.

Luego derritieron la estatua en una fundidora, y el Alcalde organizó una reunión de la Corporación para decidir qué se haría con el metal. “Debemos tener otra estatua, por supuesto,” dijo, “y debe ser una estatua de mí mismo.”

“De mí mismo,” dijo cada uno de los Cancilleres del pueblo, y se pelearon. La última vez que escuché de ellos, todavía se estaban peleando.

“¡Qué cosa tan extraña!” dijo el capataz de los trabajadores en la fundidora. “Este corazón roto de plomo no se derrite en la fundidora. Debemos tirarlo.” Así que lo tiraron en un montón de polvo donde también estaba la Golondrina muerta.

“Tráiganme las dos cosas más preciosas en la ciudad,” le dijo Dios a uno de Sus Ángeles; y el Ángel Le trajo el corazón de plomo y el pájaro muerto.

“Has escogido bien,” dijo Dios, “ya que en el jardín del Paraíso, este pequeño pájaro cantará para siempre, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará.”


“The Happy Prince”—extraído del ebook The Happy Prince and Other Tales, publicado originalmente en 1888, y el 6 de mayo de 1997 en el Proyecto Gutenberg.

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«Todd»—Etgar Keret

Mi amigo Todd quiere que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama.
“Ya has escrito cuentos que hacen a las chicas llorar,” dice. “Y unos que las hace reír. Así que ahora escribe uno que las haga brincar a la cama conmigo.”
Le intento explicar que no funciona de esa manera. Es cierto, hay algunas chicas que lloran cuando leen mis cuentos, y hay algunos chicos que—
“Olvida a los chicos,” Todd interrumpe. “Los chicos no me las hacen. Te lo digo de neta, para que no escribas un cuento que lleve a cualquiera que lo lea a mi cama, solo chicas. Te lo digo para evitar penas.”
Así que le explico de nuevo, en mi tono paciente, que no funciona de esa manera. Un cuento no es un hechizo mágico o hipnoterapia; un cuento solo es una manera de compartir con otras personas algo que sientes, algo íntimo, a veces hasta vergonzoso, que—
“Va,” Todd interrumpe de nuevo, “entonces hay que compartir algo vergonzoso con tus lectores que haga que las chicas brinquen a la cama conmigo.” Todd solo no escucha. Nunca escucha, por lo menos a mi no.
Conocí a Todd en un evento de lectura que organizó en Denver. Esa noche, cuando habló de los cuentos que amaba, se emocionó tanto que comenzó a tartamudear. Tiene mucha pasión, ese Todd, y mucha energía, y es obvio que no sabe realmente a dónde canalizarlo todo. No platicamos mucho, pero vi de inmediato que era una persona lista y un mensch. Alguien en quién puedes depender. Todd es el tipo de persona que quieres a tu lado en una casa en llamas o en un barco que se hunde. El tipo de güey que sabes que no saltará a un bote salvavidas dejándote atrás.
Pero en este momento no estamos en una casa en llamas o en un barco que se hunde, solo estamos bebiendo lattés de leche de soya orgánica en una cafetería naturista toda funky en Williamsburg. Y eso me pone un poco triste. Porque si hubiera algo quemándose o hundiéndose en el área, podría recordar por qué me cae bien, pero cuando Todd comienza a fastidiarme con que le escriba un cuento, es difícil de digerir.
“Titula el cuento ‘Todd el Hombre,’” me dice. “O tan solo ‘Todd.’ ¿Sabes qué? Solo ‘Todd’ está mejor. Así, las chicas que lo lean no sabrán hacia dónde va el cuento, y luego, al final, cuando llegue—bam! No sabrán qué les pegó. De repente, todas me verán diferente. De repente, todas sentirán su pulso palpitar en sus sienes, y tragaran saliva y dirán, ‘Dime, Todd, ¿vives por aquí?’ o ‘Detente, no me veas así,’ pero en un tono que realmente dice lo opuesto: ‘Por favor, por favor, sigue mirándome así,’ y las miraré, y sucederá, de repente, como si no tuviera nada que ver con el cuento que tú escribiste. Eso es todo. Ese es el tipo de cuento que quiero que escribas para mi. ¿Entiendes?”
Y le digo, “Todd, no te he visto en un año. Cuéntame qué te ha estado pasando, ¿qué hay de nuevo? Pregúntame cómo estoy, cómo está mi hijo.”
“No hay nada de nuevo conmigo,” dice impacientemente, “y no necesito preguntarte sobre tu hijo, ya sé todo sobre él. Te escuché en la radio hace unos días. Todo lo que hiciste en esa jodida entrevista fue hablar de él. Cómo dijo esto y cómo dijo lo otro. El entrevistador te pregunta sobre escribir, sobre la vida en Israel, sobre la amenaza Iraní, y como mandíbula de Rottweiler, te enganchas a frases de tu hijo, como si fuera algún tipo de genio Zen.”
“De verdad es muy listo,” digo defensivamente. “Tiene un ángulo de vida único. Diferente al de nosotros, los adultos.”
“Bien por él,” Todd se queja. “Entonces, ¿qué? ¿Me vas a escribir ese cuento o no?”
Así que estoy sentado en la madera falsa del escritorio de plástico del hotel de cinco estrellas falsas que son tres estrellas que el consulado Israelí rentó para mi por dos días, intentando escribirle a Todd su cuento. Me cuesta trabajo encontrar algo en mi vida que esté lleno del tipo de emoción que hará que las chicas brinquen a la cama de Todd. No entiendo, por cierto, qué problema tiene Todd con encontrar chicas por su cuenta. Es un güey que se ve bien y es bastante encantador, el tipo que embaraza a una mesera guapa de algún comedor en algún pueblo pequeño y se larga. Tal vez ese es el problema: no proyecta lealtad. Hacia las mujeres, quiero decir. Románticamente hablando. Porque cuando se trata de casas en llamas o barcos que se hunden, como ya lo he dicho, puedes contar en él hasta el final. Así que tal vez eso es lo que debería escribir: un cuento que haga que las chicas piensen que Todd será fiel. Que podrán confiar en él. O lo opuesto: un cuento que le haga claro a todas las chicas que lo lean que la lealtad y la confianza están sobrevalorados. Que tienes que seguir a tu corazón a todo lo que da y no preocuparte sobre el futuro. Sigue a tu corazón y encuéntrate embarazada mucho después de que Todd se haya largado a organizar una lectura de poesía en Marte, patrocinado por NASA. Y durante la transmisión en vivo, cinco años después, cuando le dedique el evento a ti y a Sylvia Plath, podrás apuntar con un dedo a la pantalla en tu sala y decir, “¿Ves ese hombre en el traje espacial, Todd Junior? Ése es tu papá.”
Tal vez debería escribir un cuento sobre eso. Sobre una mujer que conoce a alguien como Todd, y es encantador y está a favor del amor libre y eterno y toda esa mierda en la que creen los hombres que quieren cogerse a todo el mundo. Y le da una apasionada explicación sobre la evolución, sobre cómo las mujeres son monógamas porque quieren a un hombre para proteger a sus hijos, y sobre cómo los hombres son polígamos porque quieren impregnar al mayor número de mujeres posible, y no hay nada que puedas hacer al respecto, es la naturaleza, y es más fuerte que cualquier candidato conservador a la presidencia, o cualquier artículo de Cosmopolitan llamado “Cómo Aferrarte a Tu Esposo.”
“Tienes que vivir en el momento,” el tipo en el cuento dirá, luego se acostará con ella y le romperá el corazón. Él nunca actuará como cualquier mierda que ella puede olvidar fácilmente. Él actuará como Todd. Lo que significa que aún cuando le jode la vida entera, él será amable y lindo y exhaustivamente intenso, y—sí—también conmovedor. Y eso hará que todo ese negocio de dejarlo sea aún más difícil. Pero al final, cuando suceda, ella se dará cuenta que la relación aún valió la pena. Y esa es la parte difícil: la parte de “Aún valió la pena.” Porque puedo conectar con el resto del escenario como un celular al internet, pero la parte de “Aún valió la pena” es más complicada. ¿Qué podría obtener la chica del cuento de todo ese accidente de golpe y fuga con Todd además de otra triste abolladura en su alma?
“Cuando se despertó en la cama, él ya se había ido,” Todd lee la página en voz alta, “pero su olor se quedó. El olor de las lágrimas de un niño cuando hace un berrinche en la juguetería…”
Se detiene de repente y me mira decepcionado. “¿Qué es esta mierda?” me pregunta. “Mi sudor no huele. No mames, yo ni sudo. Compré un desodorante especial que está activo las veinticuatro horas del día, y no solo me lo pongo en las axilas, sino en todo mi cuerpo, hasta en mis manos, por lo menos dos veces al día. Y el niño… qué manera de arruinarlo, güey. Una chica que lea un cuento como este—ni de chiste viene conmigo.”
“Léelo hasta el final,” le digo. “Es un buen cuento. Cuando terminé de escribirlo, lloré.”
“Bien por ti,” Todd dice. “Doble bien por ti. ¿Sabes cuándo fue la última vez que lloré? Cuando me caí de mi bici de montaña y me abrí el cráneo y necesité veinte puntadas. Eso es dolor, también, y no tenía seguro médico, tampoco, entonces, mientras me cosían, no podía ni gritar y sentirme mal por mi mismo como cualquier otra persona, porque yo tenía que pensar de dónde sacaría ese dinero. Esa fue la última vez que lloré. Y el hecho de que tú lloraste, es conmovedor, de verdad, pero no resuelve mis problemas con las chicas.”
“Solo intento decir que es un buen cuento,” le digo, “y que me da gusto que lo escribí.”
“Nadie te pidió que escribieras un buen cuento,” dice Todd, enojándose. “Te pedí que escribieras un cuento que me ayude. Que le ayude a tu amigo lidiar con un problema real. Es como si te hubiera pedido donar sangre para salvar mi vida y en vez escribes un buen cuento y lloras cuando lo lees en mi funeral.”
“No estás muerto,” digo. “Ni siquiera te estás muriendo.”
“Sí lo estoy,” Todd grita, “lo estoy. Me estoy muriendo. Estoy solo y para mi, solo es como pinche muerto. ¿No ves eso? Yo no tengo un hijo locuaz en kinder cuyos comentarios inteligentes puedo compartir con mi hermosa esposa. No lo tengo. ¿Y este cuento? No dormí toda la noche. Solo me acosté en la cama y pensé: Ya casi está aquí, mi amigo escritor de Israel está a punto de lanzarme un salvavidas, y ya no estaré solo. Y mientras estoy aquí con ese pensamiento alentador, tú estás sentado, escribiendo un cuento hermoso.”
Hay una pequeña pausa, y al final le digo a Todd que lo siento. Las pequeñas pausas sacan eso de mi. Todd asiente con la cabeza y dice que no me preocupe. Que él mismo se dejó llevar un poco de más. Es totalmente su culpa. Nunca me debió haber pedido hacer una cosa tan estúpida, para empezar, pero estaba desesperado. “Se me olvidó por un minuto que tú eres tan estricto sobre escribir que necesitas metáforas y percepciones y todo eso. En mi imaginación era más sencillo, más divertido. No una obra maestra. Algo ligero. Algo que comienza con ‘Mi amigo Todd me pidió que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama’ y termina con algún truco cool postmodernista. Ya sabes, sin sentido, pero no ordinariamente sin sentido. Sexy sin sentido. Misterioso.”
“Puedo hacer eso,” le digo después de otra pequeña pausa. “Puedo escribir uno así, también.”


Extraído de la revista en línea Electric Literature publicada el 27 de marzo del 2013.