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«Todd»—Etgar Keret

Mi amigo Todd quiere que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama.
“Ya has escrito cuentos que hacen a las chicas llorar,” dice. “Y unos que las hace reír. Así que ahora escribe uno que las haga brincar a la cama conmigo.”
Le intento explicar que no funciona de esa manera. Es cierto, hay algunas chicas que lloran cuando leen mis cuentos, y hay algunos chicos que—
“Olvida a los chicos,” Todd interrumpe. “Los chicos no me las hacen. Te lo digo de neta, para que no escribas un cuento que lleve a cualquiera que lo lea a mi cama, solo chicas. Te lo digo para evitar penas.”
Así que le explico de nuevo, en mi tono paciente, que no funciona de esa manera. Un cuento no es un hechizo mágico o hipnoterapia; un cuento solo es una manera de compartir con otras personas algo que sientes, algo íntimo, a veces hasta vergonzoso, que—
“Va,” Todd interrumpe de nuevo, “entonces hay que compartir algo vergonzoso con tus lectores que haga que las chicas brinquen a la cama conmigo.” Todd solo no escucha. Nunca escucha, por lo menos a mi no.
Conocí a Todd en un evento de lectura que organizó en Denver. Esa noche, cuando habló de los cuentos que amaba, se emocionó tanto que comenzó a tartamudear. Tiene mucha pasión, ese Todd, y mucha energía, y es obvio que no sabe realmente a dónde canalizarlo todo. No platicamos mucho, pero vi de inmediato que era una persona lista y un mensch. Alguien en quién puedes depender. Todd es el tipo de persona que quieres a tu lado en una casa en llamas o en un barco que se hunde. El tipo de güey que sabes que no saltará a un bote salvavidas dejándote atrás.
Pero en este momento no estamos en una casa en llamas o en un barco que se hunde, solo estamos bebiendo lattés de leche de soya orgánica en una cafetería naturista toda funky en Williamsburg. Y eso me pone un poco triste. Porque si hubiera algo quemándose o hundiéndose en el área, podría recordar por qué me cae bien, pero cuando Todd comienza a fastidiarme con que le escriba un cuento, es difícil de digerir.
“Titula el cuento ‘Todd el Hombre,’” me dice. “O tan solo ‘Todd.’ ¿Sabes qué? Solo ‘Todd’ está mejor. Así, las chicas que lo lean no sabrán hacia dónde va el cuento, y luego, al final, cuando llegue—bam! No sabrán qué les pegó. De repente, todas me verán diferente. De repente, todas sentirán su pulso palpitar en sus sienes, y tragaran saliva y dirán, ‘Dime, Todd, ¿vives por aquí?’ o ‘Detente, no me veas así,’ pero en un tono que realmente dice lo opuesto: ‘Por favor, por favor, sigue mirándome así,’ y las miraré, y sucederá, de repente, como si no tuviera nada que ver con el cuento que tú escribiste. Eso es todo. Ese es el tipo de cuento que quiero que escribas para mi. ¿Entiendes?”
Y le digo, “Todd, no te he visto en un año. Cuéntame qué te ha estado pasando, ¿qué hay de nuevo? Pregúntame cómo estoy, cómo está mi hijo.”
“No hay nada de nuevo conmigo,” dice impacientemente, “y no necesito preguntarte sobre tu hijo, ya sé todo sobre él. Te escuché en la radio hace unos días. Todo lo que hiciste en esa jodida entrevista fue hablar de él. Cómo dijo esto y cómo dijo lo otro. El entrevistador te pregunta sobre escribir, sobre la vida en Israel, sobre la amenaza Iraní, y como mandíbula de Rottweiler, te enganchas a frases de tu hijo, como si fuera algún tipo de genio Zen.”
“De verdad es muy listo,” digo defensivamente. “Tiene un ángulo de vida único. Diferente al de nosotros, los adultos.”
“Bien por él,” Todd se queja. “Entonces, ¿qué? ¿Me vas a escribir ese cuento o no?”
Así que estoy sentado en la madera falsa del escritorio de plástico del hotel de cinco estrellas falsas que son tres estrellas que el consulado Israelí rentó para mi por dos días, intentando escribirle a Todd su cuento. Me cuesta trabajo encontrar algo en mi vida que esté lleno del tipo de emoción que hará que las chicas brinquen a la cama de Todd. No entiendo, por cierto, qué problema tiene Todd con encontrar chicas por su cuenta. Es un güey que se ve bien y es bastante encantador, el tipo que embaraza a una mesera guapa de algún comedor en algún pueblo pequeño y se larga. Tal vez ese es el problema: no proyecta lealtad. Hacia las mujeres, quiero decir. Románticamente hablando. Porque cuando se trata de casas en llamas o barcos que se hunden, como ya lo he dicho, puedes contar en él hasta el final. Así que tal vez eso es lo que debería escribir: un cuento que haga que las chicas piensen que Todd será fiel. Que podrán confiar en él. O lo opuesto: un cuento que le haga claro a todas las chicas que lo lean que la lealtad y la confianza están sobrevalorados. Que tienes que seguir a tu corazón a todo lo que da y no preocuparte sobre el futuro. Sigue a tu corazón y encuéntrate embarazada mucho después de que Todd se haya largado a organizar una lectura de poesía en Marte, patrocinado por NASA. Y durante la transmisión en vivo, cinco años después, cuando le dedique el evento a ti y a Sylvia Plath, podrás apuntar con un dedo a la pantalla en tu sala y decir, “¿Ves ese hombre en el traje espacial, Todd Junior? Ése es tu papá.”
Tal vez debería escribir un cuento sobre eso. Sobre una mujer que conoce a alguien como Todd, y es encantador y está a favor del amor libre y eterno y toda esa mierda en la que creen los hombres que quieren cogerse a todo el mundo. Y le da una apasionada explicación sobre la evolución, sobre cómo las mujeres son monógamas porque quieren a un hombre para proteger a sus hijos, y sobre cómo los hombres son polígamos porque quieren impregnar al mayor número de mujeres posible, y no hay nada que puedas hacer al respecto, es la naturaleza, y es más fuerte que cualquier candidato conservador a la presidencia, o cualquier artículo de Cosmopolitan llamado “Cómo Aferrarte a Tu Esposo.”
“Tienes que vivir en el momento,” el tipo en el cuento dirá, luego se acostará con ella y le romperá el corazón. Él nunca actuará como cualquier mierda que ella puede olvidar fácilmente. Él actuará como Todd. Lo que significa que aún cuando le jode la vida entera, él será amable y lindo y exhaustivamente intenso, y—sí—también conmovedor. Y eso hará que todo ese negocio de dejarlo sea aún más difícil. Pero al final, cuando suceda, ella se dará cuenta que la relación aún valió la pena. Y esa es la parte difícil: la parte de “Aún valió la pena.” Porque puedo conectar con el resto del escenario como un celular al internet, pero la parte de “Aún valió la pena” es más complicada. ¿Qué podría obtener la chica del cuento de todo ese accidente de golpe y fuga con Todd además de otra triste abolladura en su alma?
“Cuando se despertó en la cama, él ya se había ido,” Todd lee la página en voz alta, “pero su olor se quedó. El olor de las lágrimas de un niño cuando hace un berrinche en la juguetería…”
Se detiene de repente y me mira decepcionado. “¿Qué es esta mierda?” me pregunta. “Mi sudor no huele. No mames, yo ni sudo. Compré un desodorante especial que está activo las veinticuatro horas del día, y no solo me lo pongo en las axilas, sino en todo mi cuerpo, hasta en mis manos, por lo menos dos veces al día. Y el niño… qué manera de arruinarlo, güey. Una chica que lea un cuento como este—ni de chiste viene conmigo.”
“Léelo hasta el final,” le digo. “Es un buen cuento. Cuando terminé de escribirlo, lloré.”
“Bien por ti,” Todd dice. “Doble bien por ti. ¿Sabes cuándo fue la última vez que lloré? Cuando me caí de mi bici de montaña y me abrí el cráneo y necesité veinte puntadas. Eso es dolor, también, y no tenía seguro médico, tampoco, entonces, mientras me cosían, no podía ni gritar y sentirme mal por mi mismo como cualquier otra persona, porque yo tenía que pensar de dónde sacaría ese dinero. Esa fue la última vez que lloré. Y el hecho de que tú lloraste, es conmovedor, de verdad, pero no resuelve mis problemas con las chicas.”
“Solo intento decir que es un buen cuento,” le digo, “y que me da gusto que lo escribí.”
“Nadie te pidió que escribieras un buen cuento,” dice Todd, enojándose. “Te pedí que escribieras un cuento que me ayude. Que le ayude a tu amigo lidiar con un problema real. Es como si te hubiera pedido donar sangre para salvar mi vida y en vez escribes un buen cuento y lloras cuando lo lees en mi funeral.”
“No estás muerto,” digo. “Ni siquiera te estás muriendo.”
“Sí lo estoy,” Todd grita, “lo estoy. Me estoy muriendo. Estoy solo y para mi, solo es como pinche muerto. ¿No ves eso? Yo no tengo un hijo locuaz en kinder cuyos comentarios inteligentes puedo compartir con mi hermosa esposa. No lo tengo. ¿Y este cuento? No dormí toda la noche. Solo me acosté en la cama y pensé: Ya casi está aquí, mi amigo escritor de Israel está a punto de lanzarme un salvavidas, y ya no estaré solo. Y mientras estoy aquí con ese pensamiento alentador, tú estás sentado, escribiendo un cuento hermoso.”
Hay una pequeña pausa, y al final le digo a Todd que lo siento. Las pequeñas pausas sacan eso de mi. Todd asiente con la cabeza y dice que no me preocupe. Que él mismo se dejó llevar un poco de más. Es totalmente su culpa. Nunca me debió haber pedido hacer una cosa tan estúpida, para empezar, pero estaba desesperado. “Se me olvidó por un minuto que tú eres tan estricto sobre escribir que necesitas metáforas y percepciones y todo eso. En mi imaginación era más sencillo, más divertido. No una obra maestra. Algo ligero. Algo que comienza con ‘Mi amigo Todd me pidió que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama’ y termina con algún truco cool postmodernista. Ya sabes, sin sentido, pero no ordinariamente sin sentido. Sexy sin sentido. Misterioso.”
“Puedo hacer eso,” le digo después de otra pequeña pausa. “Puedo escribir uno así, también.”


Extraído de la revista en línea Electric Literature publicada el 27 de marzo del 2013.

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«El Gran Silencio» — Ted Chiang

Los humanos usan Arecibo para buscar inteligencia extraterrestre. Su deseo de hacer conexión es tan fuerte que han creado un oído capaz de escuchar a través del universo.
Pero mis compañeros loros y yo estamos justo aquí. ¿Por qué no están interesados en escuchar nuestras voces?
Somos una especie no-humana capaz de comunicarnos con ellos. ¿No somos exactamente lo que los humanos están buscando?

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El universo es tan vasto que la vida inteligente seguramente debe haber surgido muchas veces. El universo es también tan viejo que incluso una especie tecnológica habría tenido tiempo de expandirse y llenar la galaxia. Y aún así no hay señal de vida en ningún lugar más que en la Tierra. Los humanos llaman a esto la Paradoja de Fermi.
Una solución propuesta a la Paradoja de Fermi es que las especies inteligentes intentan activamente ocultar su presencia, para evitar ser el blanco de invasores hostiles.
Hablando como miembro de una especie que casi ha sido llevada a la extinción por los humanos, yo puedo corroborar que esta es una sabia estrategia.
Hace sentido permanecer en silencio y evitar llamar la atención.

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La Paradoja de Fermi a veces es conocida como el Gran Silencio. El universo debe ser una cacofonía de voces, pero en vez es desconcertantemente silencioso.
Algunos humanos teorizan que las especies inteligentes se vuelven extintas antes de que puedan expandirse al espacio exterior. Si están en lo correcto, entonces la calma del cielo nocturno es el silencio de un cementerio.
Hace cientos de años, mi especie era tan abundante que el Bosque de Río Abajo retumbaba con nuestras voces. Ahora ya casi nos vamos por completo. Pronto, puede que esta selva tropical sea tan silenciosa como el resto del universo.

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Había un loro gris africano llamado Alex. Era famoso por sus habilidades cognitivas. Digo, famoso entre los humanos.
Una investigadora humana llamada Irene Pepperberg pasó treinta años estudiando a Alex. Encontró que Alex no solo sabía las palabras para figuras y colores, en realidad entendía los conceptos de figura y color.
Muchos científicos se mostraron escépticos de que un pájaro pudiera comprender conceptos abstractos. A los humanos les gusta pensar que son únicos. Pero eventualmente Pepperberg los convenció de que Alex no solo estaba repitiendo palabras, sino que entendía lo que estaba diciendo.
De todos mis primos, Alex fue el que más se acercó a ser tomado en serio como un compañero de comunicación por los humanos.
Alex murió repentinamente, cuando aún era relativamente joven. La noche antes de que muriera, Alex le dijo a Pepperberg, “Tú sé buena. Te amo.”
Si los humanos están buscando una conexión con un no-humano inteligente, ¿qué más pueden pedir?

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Cada loro tiene un llamado único que usa para identificarse; los biólogos se refieren a esto como el “llamado de contacto” del loro.
En 1974, los astrónomos usaron Arecibo para transmitir un mensaje hacia el espacio exterior con la intención de demostrar inteligencia humana. Ese fue el llamado de contacto de la humanidad.
En la naturaleza, los loros nos dirigimos por nuestros nombres. Un pájaro imita el llamado de contacto del otro para llamar su atención.
Si los humanos alguna vez detectan el mensaje de Arecibo siendo enviado de regreso a la Tierra, sabrán que alguien está intentando llamar su atención.

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Los loros somos aprendices vocales: aprendemos a hacer nuevos sonidos después de que los escuchamos. Es una habilidad que pocos animales poseemos. Un perro puede entender docenas de comandos, pero nunca hará nada más que ladrar.
Los humanos también son aprendices vocales. Tenemos eso en común. Así que los humanos y los loros comparten una relación especial con el sonido. Nosotros no solamente gritamos. Pronunciamos. Enunciamos.
Tal vez por eso los humanos construyeron Arecibo en la manera en la que lo hicieron. Un recibidor no tiene que ser un transmisor, pero Arecibo es ambos. Es un oído para escuchar, y una boca para hablar.

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Los humanos han vivido junto a los loros por miles de años, y solo recientemente han considerado la posibilidad de que podemos ser inteligentes.
Supongo que no los puedo culpar. Nosotros los loros antes pensábamos que los humanos no eran muy brillantes. Es difícil hacer sentido de un comportamiento tan diferente al tuyo.
Pero los loros son más similares a los humanos que cualquier especie extraterrestre será, y los humanos nos pueden observar de cerca; nos pueden ver al ojo. ¿Cómo esperan reconocer una inteligencia alienígena si todo lo que pueden hacer es escuchar a escondidas, desde una distancia de cien años luz?

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No es coincidencia que “aspiración” signifique ambos, la esperanza y el acto de respirar.
Cuando hablamos, usamos el aliento en nuestros pulmones para dar forma física a nuestros pensamientos. Los sonidos que hacemos son simultáneamente nuestras intenciones y nuestra fuerza de vida.
Hablo, entonces soy. Los aprendices vocales, como los loros y los humanos, somos tal vez los únicos que comprendemos completamente la verdad de esto.

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Hay un placer que viene con dar forma a los sonidos con tu boca. Es tan primitivo y visceral que, a través de su historia, los humanos han considerado la actividad como una ruta a lo divino.
Los místicos pitagóricos creían que las vocales representaban la música de las esferas, y cantaban para extraer poder de ellas.
Los cristianos pentecostales creen que cuando hablan en lenguas, están hablando el lenguaje usado por los ángeles en el cielo.
Los hindúes brahmán creen que al recitar mantras están fortaleciendo los bloques de construcción de la realidad.
Solo una especie de aprendices vocales atribuiría tal importancia al sonido en sus mitologías. Nosotros los loros podemos apreciar eso.

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De acuerdo a la mitología hindú, el universo fue creado con un sonido: “om.” Es una sílaba que contiene en ella todo lo que ha sido y todo lo que será.
Cuando el telescopio Arecibo es apuntado hacia el espacio entre las estrellas, escucha un ligero zumbido.
Los astrónomos llaman a eso el fondo del microondas cósmico. Es la radiación residual del Big Bang, la explosión que creó el universo hace catorce billones de años.
Pero también puedes pensar de eso como una reverberación apenas audible de ese “om” original. Esa sílaba fue tan resonante que el cielo nocturno seguirá vibrando mientras el universo exista.
Cuando Arecibo no está escuchando nada más, escucha la voz de la creación.

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Nosotros los loros puertorriqueños tenemos nuestros propios mitos. Son más sencillos que la mitología humana, pero creo que los humanos los disfrutarían.
Pero bueno, lamentablemente nuestros mitos están siendo perdidos a medida que mi especie se extingue. Dudo que los humanos hayan descifrado nuestro lenguaje antes de que muramos.
Así que la extinción de mi especie no solo significa la pérdida de un grupo de pájaros. También es la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros rituales, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz.

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La actividad humana ha llevado a mi especie al borde de la extinción, pero no los culpo por eso. No lo hicieron con maldad. Solo no estaban poniendo atención.
Y los humanos crean mitos tan hermosos; qué imaginaciones tienen. Tal vez por eso es que sus aspiraciones son tan inmensas. Mira a Arecibo. Cualquier especie que pueda construir semejante cosa debe tener grandeza.
Mi especie probablemente no estará aquí mucho más tiempo; es probable que muramos antes de nuestra hora y nos unamos al Gran Silencio. Pero antes de que nos vayamos, estamos mandando un mensaje a la humanidad. Solo esperamos que el telescopio en Arecibo les permita escucharlo.
El mensaje es este:

Tú sé buena. Te amo.


Extraído de la revista en línea Electric Literature publicada el 12 de octubre del 2016.

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¡Bienvenido/bienvenida!

¡Qué gusto encontrarte aquí! Este espacio lo creé contigo en mente. Mi nombre es Manuel, soy un apasionado por la literatura—por las palabras—y quiero compartir esa pasión contigo.

Sé que no es sencillo comenzar a leer ficción. Tal vez no sabes con qué libro comenzar, o con qué autoras o autores. Este espacio está diseñado con eso en mente. Aquí no tendrás que comprometerte a leer ni un sólo libro. ¡De verdad, ni uno! Lo que aquí encontrarás es una oportunidad diferente: leer una probadita del trabajo de diferentes autoras y autores, una historia corta.

Te tomará poco tiempo leer cada cuento, y conocerás una variedad de voces y puntos de vista. ¡Capaz y te enamoras de lo que escribe alguno o alguna!

Recuerda que siempre encontrarás mi contacto y podrás recomendarme alguna historia o mandarme el mensaje que quieras. Ojalá me escribas, ¡me encantaría escuchar de ti! Y suscríbete para recibir noticias y sorpresas. ¡Habrá aún más cosas bonitas en el futuro!

Ahora venga, ¡a leer más cuentos!