Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«Cosas Que Mi Madre Dijo»—Nana Kwame Adjei–Brenyah

Lo que más le gustaba a mi madre decirme era, “No soy tu amiga.” Seguido me diría, “Eres mi hijo primogénito, mi único hijo,” como recordatorio para no morir. Amaba decir, como para mantenerme humilde, “Yo no tuve una madre. Tú tienes suerte. Tú tienes una madre.”

Cuando la tele se apagó, mi madre dijo, “Qué bueno. Ahora puedes leer más.” Luego, nuestra casa en las faldas de un monte perdió toda su vida: gas, agua, lo eléctrico.

Un día llegué a casa al cálido aroma de pollo y arroz. No había podido robarme una segunda hamburguesa en la cafetería de la escuela ese día. Mi estómago lloraba. En casa, el refri se había vuelto un ataúd que no lleva nada. La estufa y el horno eran pura decoración con la intención de hacer ver la caja moribunda como un hogar. El hambre pintaba esos días.

“¿De dónde es esto?” pregunté, de una vez sirviéndome una porción saludable de una olla gris desgastada.

Mi madre pretendió no escucharme. Estaba estudiando las páginas de su masiva biblia blanca en la mesa de la cocina. Anchas hojas de luz atravesaban la ventana y la cubrían. Pasaba sus días leyendo esa enorme biblia. Las páginas se deterioraban a finas láminas con sus dedos revoloteando de salmo a salmo. Ella estaría dormida al primer salpicón del atardecer. Yo, por otro lado, estaría despierto por horas. Intentando hacer tarea con el brillo azul de mi celular, aferrándome a su luz hasta que se me muera. En la noche, el hambre y yo nos acurrucamos juntos. Me quedaba dormido pensando que un día yo podría cambiarlo todo.

Esa tarde me comí el pollo y el arroz. Sabía a pimienta y humo. “¿Cómo hiciste esto, Mamá?” pregunté de nuevo. Me miró por encima de su biblia. “Auwrade. ¿Oraste antes de comer? ¿Recitaste tus salmos hoy?” Comí rápido, ávidamente. Mastiqué los huesos hasta que se hicieron astillas en mi boca.

Otra cosa que mi madre decía seguido: “Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.”

Luego, cuando estaba en el jardín, dudoso de regresar a la caja moribunda mientras el sol se sumergía, encontré un cachito de pasto quemado y un pequeño círculo de rocas y piedritas ennegrecidas. Una luna de ceniza marcada en un mar del salvaje pasto verde. Toqué una piedra gris parcialmente ennegrecida por flamas para ver si seguía caliente. Me sentí orgulloso y avergonzado.

Para que quede claro, sé que tuve suerte, sé que tengo suerte, no creo que eres estúpida, sé que no soy tu amigo, espero que puedas estar orgullosa de mí.


“Things My Mother Said”—extraído del libro Friday Black publicado en Octubre del 2018.

Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«Hoy Cuando Te Pregunté Sobre Una Pareja Que Conocíamos En Canberra»—Kathy Fish

¿Cuáles eran sus nombres?

Él trabajó contigo. Sus hijas la hacían de niñeras. ¿Recuerdas que criaban gallinas en su jardín antes de que fuera cool criar gallinas en tu jardín? Ella me llamaba “linda” y por mucho tiempo pensé que me estaba llamando “vida.” ¿Crees que sigan vivos? Te apuesto a que no los reconocería si pasara al lado de ellos en la calle. Hay tanta gente como esa ahora. Podría llenar un auditorio con todos.

Sacudiste la cabeza como lo haces y te pusiste tus audífonos de regreso, tus pies en el sofá, y bajaste la mirada a tu pantalla. Tu espalda estaba contra la ventana y había comenzado a nevar.

Sacudí mis brazos y deslizaste los audífonos de nuevo hacia arriba, dejándolos encima de tu cabeza como orejas de ratón invertidas.

¿Pero tú qué piensas? ¿Cuál es el punto de lo que sea si una no puede recordar a las personas? Ellos me gustaban tanto. Él había bromeado que bombardear la Casa Blanca sería un desperdicio de buenos explosivos. ¿Qué estaba pasando en el mundo en ese entonces? ¡Cómo nos reímos! Ni me acuerdo cómo se veía. Pequeño y delgado, eso es todo. ¡Qué raro!

Me miraste como si estuviera describiendo la redondez de la tierra o el verde del pasto. No es tan raro, dijiste, jalando tus audífonos a cubrir tus oídos. Algo en tu compu te estaba haciendo reír. Afuera, guantes blancos se habían formado en los pequeños puños de los pinos.

Al rato, cuando cerré los ojos, vino a mí: Sus nombres eran Arlo y Helen Freitag. Tenían cuatro hijas y un basset hound. Un día después de Navidad, nos sentamos alrededor en su comedor mientras Helen contaba una historia muy larga. No recuerdo la historia y no recuerdo el nombre del basset hound o siquiera los nombres de sus hijas, pero recuerdo el ventilador barriendo nuestras caras y el bebé llorando y lo llenos y acalorados y borrachos que estábamos. Cuando ella finalmente terminó todos estábamos tan aliviados. Luego Arlo Freitag jaló a su esposa y la besó de lleno en los labios, y por un buen tiempo.


“Today When I Asked You About A Couple We Knew In Canberra”—extraído de la revista Washington Square Review publicada en la primavera del 2020.

Categorías
cuentos Ficción

«Catedral»—Raymond Carver

Este hombre ciego, un viejo amigo de mi esposa, estaba de camino a pasar la noche aquí. Su esposa había muerto. Así que estaba visitando a los familiares de la esposa muerta, en Connecticut. Llamó a mi esposa desde la casa de sus suegros. Se hicieron arreglos. Él vendría en tren, un viaje de cinco horas, y mi esposa se encontraría con él en la estación. No lo había visto desde que trabajó para él un verano en Seattle hace diez años. Pero ella y el ciego habían mantenido contacto. Grababan cintas y las mandaban por correo de ida y vuelta. No me entusiasmaba la idea de su visita. No era nadie que yo conociera. Y el que fuera ciego me molestaba. Mi idea de ceguera venía de las películas. En las películas, el ciego se mueve lentamente y nunca se ríe. A veces los guiaban perros. Un hombre ciego en mi casa no es algo que quería.

Ese verano en Seattle ella necesitaba un trabajo. No tenía nada de dinero. El hombre con el que se iba a casar al final del verano estaba en la academia de policías. Él tampoco tenía nada de dinero. Pero ella estaba enamorada del güey, y él enamorado de ella, etc. Ella había visto algo en el periódico: SE BUSCA AYUDA—Leyéndole a Hombre Ciego, y un número de teléfono. Ella llamó y fue para allá, la contrataron ahí mismo. Trabajó con este ciego todo el verano. Le leyó casos, reportes, ese tipo de cosas. Le ayudó a organizar su pequeña oficina en el departamento de servicio social. Se volvieron buenos amigos, mi esposa y el ciego. En su último día en la oficina, el ciego preguntó si podía tocar su cara. Ella dijo que sí. Me dijo que con sus dedos tocó cada parte de su cara, su nariz—¡hasta su cuello! Nunca lo olvidó. Hasta intentó escribir un poema sobre ello. Ella siempre estaba intentando escribir un poema. Escribía un poema o dos cada año, normalmente después de que algo muy importante le hubiera sucedido.

Cuando ella y yo empezamos a salir, me enseñó el poema. En el poema, ella recordaba sus dedos y la manera en que se habían movido por su cara. En el poema, ella hablaba de lo que había sentido en ese momento, de lo que pasaba por su mente cuando el ciego tocó su nariz y sus labios. Puedo recordar que no me había impresionado mucho el poema. Claro, no le dije eso. Tal vez solo no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que escojo cuando quiero leer algo.

Bueno, este hombre que disfrutó de sus favores primero, este futuro-oficial, él había sido su amor desde la infancia. Así que bueno. Lo que digo es que al final del verano ella dejó que el ciego le tocara la cara con sus manos, le dijo adiós, se casó con su amor de infancia y así, quien para ese entonces ya era un oficial comisionado, y se mudó de Seattle. Pero habían mantenido contacto, ella y el ciego. Ella lo contactó primero después de un año, más o menos. Ella lo llamó una noche desde una base de la Fuerza Aérea en Alabama. Quería hablar. Hablaron. Él le pidió que le mandara una cinta y le contara sobre su vida. Y eso es lo que hizo. Mandó la cinta. En la cinta, ella le contaba al ciego que amaba a su esposo pero que no le gustaba dónde vivían y no le gustaba que era parte de la cosa esa del complejo militar-industrial. Le contó que había escrito un poema y que él era parte. Le contó que estaba escribiendo un poema sobre cómo era ser la esposa de un oficial de la Fuerza Aérea. El poema aún no estaba terminado. Aún lo estaba escribiendo. El ciego grabó una cinta. Le mandó la cinta. Ella hizo una cinta. Y así fue por años. Al oficial de mi esposa lo mandaban de una base a otra. Ella mandó cintas desde BFA Moody, McGuire, McConnell, y finalmente Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió muy sola y separada de personas que ella seguía perdiendo en esa vida tan movida. Llegó a sentir que ya no podía dar otro paso. Entonces fue y se tragó todas las pastillas y cápsulas del botiquín y las bajó con una botella de ginebra. Después se metió a un baño caliente y ahí se desmayó.

Pero en vez de morirse, se enfermó. Vomitó. Su oficial—¿por qué debería darle nombre? él fue el amor de la infancia, ¿qué más quiere?—llegó a casa de algún lado, la encontró, y llamó a una ambulancia. Un tiempo después, ella lo puso todo en una cinta y le mandó la cinta al ciego. Por años ella puso todo tipo de cosas en cintas y le mandó las cintas así nomás. Además de escribir un poema cada año, creo que era su pasatiempo principal. En una cinta, ella le dijo al ciego que había decidido dejar de vivir con su oficial por un tiempo. En otra cinta, le contó sobre su divorcio. Ella y yo comenzamos a salir, y claro que le contó al ciego sobre ello. Le contó todo, o así me parecía. Una vez me preguntó si me gustaría escuchar la última cinta que le había enviado el ciego. Esto fue hace un año. Yo estaba en la cinta, me dijo. Así que dije que okay, que la escucharía. Nos serví unos tragos y nos acomodamos en la sala. Nos alistamos para escuchar. Primero insertó la cinta en el reproductor y ajustó unos botones. Luego empujó una palanquita. La cinta soltó un chillido y luego alguien empezó a hablar en esta voz fuerte. Le bajó al volumen. Después de unos minutos de charla inofensiva, escuché mi propio nombre en la boca de este extraño, ¡este ciego que ni conozco! Y luego esto: “De todo lo que me has dicho de él, solo puedo concluir—” Pero fuimos interrumpidos, un golpe en la puerta, algo, y nunca regresamos a la cinta. Tal vez es mejor así. Ya había escuchado todo lo que quería.

Ahora este mismo ciego iba a venir a mi casa a dormir.

“Tal vez lo puedo llevar a jugar boliche,” le dije a mi esposa. Ella estaba preparando un guisado de papa. Dejó el cuchillo que estaba usando y se volteó.

“Si me amas,” dijo, “puedes hacer esto por mí. Si no me amas, okay. Pero si tú tuvieras un amigo, cualquier amigo, y el amigo viniera a visitar, lo haría sentir cómodo.” Se limpió las manos con la toalla para secar platos.

“Yo no tengo amigos ciegos,” le dije.

“Tú no tienes amigos,” dijo ella. “Punto. Además,” dijo, “¡no manches, su esposa acaba de morir!”

No contesté. Me había contado un poco sobre la esposa del ciego. Su nombre era Beulah. ¡Beulah! Ese nombre es de alguien de color.

“¿Su esposa era Negra?” pregunté.

“¿Estás loco?” dijo mi esposa. “¿Te pegaste en la cabeza o algo?” Recogió una papa. La vi caer al piso y rodar bajo la estufa. “¿Qué te pasa?” dijo. “¿Estás borracho?”

“Solo preguntaba,” dije.

Justo entonces mi esposa me puso al corriente con más detalle del que me importaba. Me serví un trago y me senté en la cocina para escuchar. Pedazos de la historia empezaban a caer en su lugar.

Beulah había ido a trabajar para el ciego el verano después de que mi esposa había dejado de trabajar para él. Pronto Beulah y el ciego se armaron una boda en una iglesia. Era una boda pequeña—¿quién querría ir a una boda así en primer lugar?—solo ellos dos, más el ministro y la esposa del ministro. De igual manera, una boda en una iglesia. Era lo que Beulah había querido, él había dicho. Pero aún en ese entonces Beulah debió haber estado cargando el cáncer en sus glándulas. Después de que habían sido inseparables por ocho años—palabra de mi esposa, inseparables—la salud de Beulah rápidamente decayó. Se murió en una habitación de un hospital en Seattle, el ciego sentado al lado de su cama, agarrando su mano. Se habían casado, vivieron y trabajaron juntos, durmieron juntos—tuvieron sexo, seguro—y luego el ciego tuvo que enterrarla. Todo esto sin siquiera poder haber visto cómo se veía la maldita mujer. Era algo que solo no entiendo. Escuchando esto, me sentí mal por el ciego, por un momento. Y luego me encontré pensando en qué vida tan lamentable habría de haber tenido esta mujer. Imagina a una mujer que nunca pudo verse a sí misma como se veía en los ojos de su amado. Una mujer que podría ir día tras día y nunca recibir el menor de los cumplidos de parte de su amado. Una mujer cuyo marido nunca le pudo haber leído la expresión en su cara, fuera miseria o algo mejor. Alguien que podría usar maquillaje o no—¿qué diferencia le haría a él? Ella podría, si quisiera, usar sombra verde en un ojo, un alfiler en su fosa nasal, pantalones amarillos, y zapatos morados, no importaría. Y luego deslizarse a la muerte, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos derramando lágrimas—lo estoy imaginando ahora—su último pensamiento tal vez este: que él nunca supo cómo se veía, y ella en un exprés hacia la tumba. A Robert lo dejaron con una pequeña póliza de seguro y con media moneda de veinte pesos mexicanos. La otra mitad de la moneda se fue a la caja, con ella. Patético.

Así que cuando llegó la hora, mi esposa fue al depósito a recogerlo. Sin nada qué hacer más que esperar—seguro, lo culpaba por eso—me estaba echando un trago, viendo la tele, cuando escuché el carro llegando. Me levanté del sofá con mi trago y fui a la ventana a ver.

Vi a mi esposa riéndose mientras estacionaba el carro. La vi salir del carro y cerrar la puerta. Todavía traía una sonrisa. Simplemente increíble. Fue al otro lado del carro, a donde el ciego ya se estaba empezando a bajar. Este ciego, imagina esto, ¡traía una barba enorme! ¡Una barba en un ciego! Demasiado, digo yo. El ciego agarró una maleta del asiento trasero y la sacó jalandola. Mi esposa lo tomó del brazo, cerró la puerta del carro, y, hablando todo el camino, lo movió por la cochera y luego por los escalones que dan a la entrada de la casa. Apagué la tele. Me terminé mi trago, enjuagué el vaso, sequé mis manos. Y luego fui a la puerta.

Mi esposa dijo, “Quiero que conozcas a Robert. Robert, este es mi esposo. Te he contado todo sobre él.” Ella estaba radiante. Traía a este ciego agarrado de la manga de su abrigo.

El ciego dejó su maleta y me extendió la mano.

La tomé. Apretó fuerte, sostuvo mi mano, y luego la soltó.

“Siento como si ya te conociera,” gritó.

“Igualmente,” dije. No supe qué más decir. Luego dije, “Bienvenido. He escuchado mucho de ti.” Nos comenzamos a mover, un pequeño grupo, de la entrada a la sala, mi esposa guiándolo del brazo. El ciego estaba cargando su maleta en su otra mano. Mi esposa dijo cosas como, “Aquí a tu izquierda, Robert. Sí, así. Ahora con cuidado, ahí hay una silla. Eso. Siéntate justo aquí. Este es el sofá. Acabamos de comprar este sofá hace dos semanas.”

Empecé a decir algo sobre el viejo sofá. Me gustaba ese viejo sofá. Pero no dije nada. Luego quise decir algo más, platiquilla, sobre el viaje escénico por el Hudson. Como de camino a Nueva York, te deberías sentar del lado derecho del tren, y viniendo de Nueva York, del lado izquierdo.

“¿Te fue bien en el tren?” dije. “¿De qué lado te sentaste en el tren, por cierto?”

“Qué pregunta, ¡de qué lado!” dijo mi esposa. “¿Qué importa de qué lado?” dijo.

“Solo preguntaba,” dije.

“Del lado derecho,” dijo el ciego. “No me había subido a un tren en casi cuarenta años. No desde que era un niñito. Con mi papá y mi mamá. Ha sido mucho tiempo. Casi se me había olvidado la sensación. Ahora tengo invierno en mi barba,” dijo. “O eso me han dicho, de todos modos. ¿Me veo distinguido, querida?” el ciego le dijo a mi esposa.

“Te ves distinguido, Robert,” dijo ella. “Robert,” dijo. “Robert, es tan bueno verte.”

Mi esposa al fin quitó su mirada del ciego y me miró a mí. Tuve el sentimiento de que no le gustó lo que vio. Me dio igual.

Nunca había conocido, personalmente, a alguien que estuviera ciego. Este ciego estaba ya muy en sus cuarentas, un hombre pesado y calvo con hombros encorvados, como si estuviera cargando un gran peso ahí. Usaba pantalones color café, zapatos color café, una camisa color café clarito, una corbata, y un rompevientos. Elegante. También traía esta barba enorme. Pero no usaba bastón y no usaba lentes oscuros. Siempre había pensado que lentes oscuros eran necesarios para los ciegos. Cómo quisiera que trajera un par. A primer vistazo, sus ojos se veían como los de cualquiera. Pero si mirabas bien, había algo diferente en ellos. Demasiado blanco en la iris, por un lado, y las pupilas parecían moverse por todos lados sin su conocimiento, o sin que él pudiera detenerlo. Qué miedo. Mientras me le quedaba viendo a su cara, vi la pupila izquierda girar hacia su nariz mientras la otra hacía un esfuerzo para quedarse en un solo lugar. Pero era solo un esfuerzo, ya que un ojo estaba vagando sin su conocimiento, o sin querer.

Dije, “Déjame prepararte un trago. ¿Cuál es tu placer? Tenemos un poquito de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.”

“Compadre, yo soy hombre de whiskey,” dijo rápidamente con su vozarrón.

“Cierto,” dije. ¡Compadre! “Seguro que lo eres. Lo sabía.”

Dejó que sus dedos tocaran su maleta, que estaba arrimada al lado del sofá. Estaba orientándose. No lo culpo por eso.

“Me llevo eso a tu cuarto,” dijo mi esposa.

“No, está bien,” el ciego dijo fuertemente. “Puede subir cuando yo suba.”

“¿Algo de agua con el whiskey?” dije.

“Muy poquita,” dijo él.

“Lo sabía,” dije.

Él dijo, “Solo unas gotas. El actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como ese güey. Cuando bebo agua, dijo Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whiskey, bebo whiskey.” Mi esposa se rió. El ciego puso su mano bajo su barba. Levantó su barba lentamente y la dejó caer.

Preparé los tragos, tres vasos grandes de whiskey con unas gotas de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y platicamos sobre los viajes de Robert. Primero el vuelo largo de la costa oeste a Connecticut, cubrimos eso. Luego de Connecticut para acá en tren. Nos tomamos otro trago para platicar de esa parte del viaje.

Recordé haber leído en alguna parte que los ciegos no fuman porque, se especulaba, no podían ver el humo que exhalaban. Pensé que sabía eso y hasta ahí llegaba mi conocimiento sobre la gente ciega. Pero este hombre viejo fumó su cigarro hasta el filtro y luego prendió otro. Este ciego llenó el cenicero y mi esposa lo vació.

Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, nos tomamos otro trago. Mi esposa llenó el plato de Robert con filete en cubos, guisado de papas, ejotes. Yo le mantequillé dos pedazos de pan. Dije, “Aquí hay pan con mantequilla para ti.” Bebí de mi trago. “Ahora, oremos,” dije, y el ciego agachó la cabeza. Mi esposa me miró, boquiabierta. “Oremos para que el teléfono no suene y la comida no se enfríe,” dije.

Le entramos. Nos comimos todo lo que había de comer en la mesa. Comimos como si no hubiera mañana. No hablamos. Comimos. Descuartizamos. Casi nos comemos la mesa. Comimos seriamente. El ciego localizó de inmediato sus comidas, sabía exactamente dónde estaba todo en su plato. Lo miré con admiración mientras usaba su cuchillo y su tenedor para la carne. Cortaba dos pedazos de carne, los llevaba a su boca, y luego se lanzaba por las papas, luego los ejotes, y luego rompía un pedazo del pan con mantequilla y se comía eso. Seguiría todo eso con un gran trago de leche. Tampoco parecía molestarle usar sus dedos de vez en cuando.

Nos terminamos todo, incluyendo la mitad de un pay de fresa. Por un rato, nos quedamos sentados como aturdidos. Sudor en nuestras caras. Finalmente, nos levantamos de la mesa y dejamos los platos sucios. No miramos atrás. Fuimos a la sala y nos hundimos en nuestros lugares de nuevo. Robert y mi esposa en el sofá. Yo en el sillón grande. Nos tomamos dos o tres tragos más mientras ellos hablaban sobre las cosas importantes que les habían pasado en los últimos diez años. La mayoría del tiempo yo solo escuchaba. De vez en cuando participaba. No quería que él pensara que me había ido del cuarto, y no quería que ella pensara que me estaba sintiendo excluido. Hablaban de cosas que les habían pasado a ellos—¡a ellos!—estos últimos diez años. En vano esperé escuchar mi nombre en los dulces labios de mi esposa: “Y luego mi querido esposo llegó a mi vida”—algo así. Pero no escuché nada de eso. Más plática sobre Robert. Robert había hecho un poco de todo, al parecer, un ciego mil-usos así normalón. Pero más recientemente, él y su esposa habían tenido una distribuidora de Amway, de la cual, por lo que entendí, habían ganado bastante. El ciego también era un radioaficionado. Hablaba en su vozarrón sobre conversaciones que había tenido con otros radioaficionados en Guam, en las Filipinas, en Alaska, hasta en Tahití. Dijo que tendría muchos amigos allá, si alguna vez quisiera visitar esos lugares. De vez en cuando volteaba su cara ciega hacia mí, ponía su mano bajo su barba, y me preguntaba algo. ¿Cuánto tiempo llevaba en mi posición actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Me quedaría en ese trabajo? (¿Qué opción había?) Finalmente, cuando pensé que se estaba cansando, me levanté y prendí la tele.

Mi esposa me miró irritada. Se estaba enojando hasta casi explotar. Luego se volteó con Robert y dijo, “Robert, ¿tú tienes tele?”

El ciego dijo, “Querida, tengo dos teles. Una a color y una cosa solo de blanco y negro, una vieja reliquia. Es chistoso, pero si prendo la tele, y siempre la estoy prendiendo, prendo la de color. Qué chistoso, ¿no creen?”

No sabía qué decir a eso. No tenía nada en lo absoluto qué decir a eso. Sin opinión. Así que vi el programa de noticias e intenté escuchar lo que el locutor decía.

“Esta es una tele a color,” dijo el ciego. “No me pregunten cómo, pero puedo reconocerlo.”

“Cambiamos a color hace tiempo,” dije.

El ciego bebió de su trago. Levantó su barba, la olfateó, y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Acomodó su cenicero en la mesita de al lado, y luego llevó el encendedor a su cigarro. Se reclinó para atrás en el sofá y cruzó sus tobillos.

Mi esposa cubrió su boca, y luego bostezó. Se estiró. Dijo, “Creo que iré arriba y me pondré mi bata. Creo que me voy a cambiar. Robert, tú ponte cómodo.”

“Estoy cómodo,” dijo el ciego.

“Quiero que te sientas cómodo en esta casa,” dijo ella.

“Estoy cómodo,” dijo el ciego.

Ya que ella se había ido del cuarto, él y yo escuchamos el reporte del clima y luego el resumen deportivo. Para ese entonces, ella se había ido por tanto tiempo que no sabía si iba a regresar. Pensé que tal vez se había ido a la cama. Deseé que regresara acá con nosotros. No quería que me dejaran solo con un ciego. Le pregunté si quería otro trago, y dijo que seguro. Luego le pregunté si quería fumar algo de mota conmigo. Le dije que justo había rolado un porrazo. No lo había hecho, pero planeaba hacerlo en como dos sacudidas.

“Sí probaría un poco contigo,” dijo.

“Cómo no,” dije. “Es lo mejor.”

Preparé nuestros tragos y me senté en el sofá con él. Luego nos rolé dos porros bien gordos. Me prendí uno y lo pasé. Lo puse entre sus dedos. Lo agarró e inhaló.

“Manténlo adentro tanto como puedas,” le dije. Pude ver que no sabía ni cómo empezar.

Mi esposa regresó usando su bata rosa y sus pantuflas rosas.

“¿Qué es lo que huelo?” dijo ella.

“Pensé que podríamos fumar algo de cannabis,” dije.

Mi esposa me dio una mirada salvaje. Luego miró al ciego y dijo, “Robert, no sabía que fumabas.”

Él dijo, “Pues ahora lo hago, querida. Hay una primera vez para todo. Pero aún no siento nada.”

“Esto está bastante leve,” dije. “No es muy fuerte. Es mota razonable,” dije. “No alborota.”

“No mucho, compadre,” dijo él, y se rió.

Mi esposa se sentó en el sofá entre el ciego y yo. Le pasé el porro. Lo tomó y le dió unos toques y me lo regresó. “¿A qué lado iba?” dijo ella. Luego dijo, “No debería andar fumando esto. Si ya casi ni puedo abrir los ojos. Fue esa cena. No debí haber comido tanto.”

“Fue el pay de fresa,” dijo el ciego. “Eso fue lo que lo hizo,” dijo, y se rió con su enorme risa. Luego sacudió la cabeza.

“Hay más pay de fresa,” dije.

“¿Quieres un poco más, Robert?” dijo mi esposa.

“Tal vez en un ratito,” dijo.

Le dimos nuestra atención a la tele. Mi esposa bostezó de nuevo. Dijo, “Tu cama ya está hecha, para cuando quieras ir a dormir, Robert. Sé que has de haber tenido un día muy largo. Así que cuando estés listo para ir a la cama, solo dilo.”

Le jaló el brazo, “¿Robert?”

Agarró la onda y dijo, “La he pasado muy bien. Esto está mucho mejor que las cintas, ¿no?”

Yo dije, “Ahí te va,” y le puse el porro entre los dedos. Él inhaló, sostuvo, y luego soltó el humo. Era como si lo hubiera estado haciendo desde que tenía nueve años.

“Gracias, compa,” dijo. “Pero creo que ya estoy. Creo que ya lo empiezo a sentir,” dijo. Le ofreció la bachita a mi esposa.

“Aquí igual,” dijo ella. “Ya estoy, también.” Agarró la bacha y me la pasó. “Puede que me quede aquí sentada entre ustedes dos con los ojos cerrados. Pero no dejen que eso les moleste, ¿okay? Cualquiera de los dos. Si les molesta, me dicen. Si no, puede que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que estén listos para ir a la cama,” dijo ella. “Tu cama ya está hecha, Robert, para cuando estés listo. Está justo al lado de nuestro cuarto al subir las escaleras. Te mostraremos cuando estés listo. Ahí me despiertan, muchachos, si me quedo dormida.” Dijo eso y luego cerró los ojos y se durmió.

El programa de noticias terminó. Me paré y cambié de canal. Regresé a sentarme en el sofá. Cómo quería que mi esposa no se hubiera doblado. Su cabeza quedó en la parte de atrás del sofá, su boca abierta. Había girado su cuerpo, entonces la bata se había deslizado un poco, revelando una pierna jugosa. Me estiré para cubrir de nuevo la pierna con la bata, y fue entonces cuando vi al ciego. ¡Qué demonios! Le descubrí la pierna de nuevo.

“Tú me dices cuando quieras más pay de fresa,” dije.

“Lo haré,” dijo.

Dije, “¿Estás cansado? ¿Quieres que te lleve a tu cama? ¿Estás listo para ya darle?”

“Todavía no,” dijo. “No, me quedo despierto contigo, compa. Si eso está bien. Me quedo despierto hasta que tú estés listo para ya dormir. No hemos tenido la oportunidad de platicar. ¿Sabes a lo que me refiero? Siento como que ella y yo hemos monopolizado la noche.” Levantó su barba y la dejó caer. Agarró sus cigarros y su encendedor.

“Está bien,” dije. Y luego dije, “me gusta la compañía.”

Y creo que era verdad. Cada noche fumaba hierba y me quedaba despierto todo el tiempo que pudiera antes de quedarme dormido. Mi esposa y yo casi nunca íbamos a la cama al mismo tiempo. Cuando yo sí iba a dormir, tenía estos sueños. A veces me despertaba de uno de ellos, mi corazón todo loco.

Algo acerca de la iglesia y la edad Media estaba en la tele. No el tipo de cosa que normalmente ves en la tele. Yo quería ver algo más. Le cambié a otros canales. Pero no había nada en ellos, tampoco. Así que le regresé al primer canal y me disculpé.

“Compadre, está bien,” dijo el ciego. “Está bien por mí. Lo que quieras ver está bien. Siempre estoy aprendiendo algo. El aprendizaje nunca termina. No me lastimará aprender algo esta noche. Tengo oídos,” dijo.

No dijimos nada por un buen rato. Él estaba inclinado hacia adelante con su cabeza girada hacia mí, su oído derecho apuntando hacia la tele. Muy desconcertante. De vez en cuando sus párpados caían y luego se abrían otra vez rápidamente. De vez en cuando ponía sus dedos en su barba y la jalaba, como si estuviera pensando sobre algo que estaba escuchando en la tele.

En la pantalla, un grupo de hombres usando capuchas estaba siendo atormentado por hombres vestidos con disfraces de esqueletos y por hombres vestidos de diablos. Los hombres vestidos de diablos traían máscaras, cuernos, y colas largas. Este show era parte de una procesión. El hombre inglés que narraba la cosa dijo que sucedía en España una vez al año. Le intenté explicar al ciego lo que estaba sucediendo.

“Esqueletos,” dijo. “Yo sé sobre esqueletos,” dijo, y asintió con la cabeza.

La tele mostraba esta catedral. Luego había un vistazo largo y lento a otra. Finalmente, la imagen cambiaba a la famosa que está en París, con sus contrafuertes voladores y sus espirales que suben hasta las nubes. La cámara se alejaba para mostrar la catedral entera en el horizonte.

Había veces en las que el hombre inglés que decía cosas se callaba, simplemente dejaba que la cámara se moviera por encima de las catedrales. O la cámara haría un tour entero por las afueras, hombres en los campos caminando detrás de bueyes. Esperé tanto como pude. Luego sentí la necesidad de decir algo. Dije, “Están mostrando el exterior de la catedral, ahora. Gárgolas. Pequeñas estatuas talladas como monstruos. Ahora supongo que están en Italia. Sí, están en Italia. Hay pinturas en las paredes de esta iglesia.”

“¿Y son pinturas al fresco, compadre?” preguntó, y bebió de su trago.

Yo agarré mi vaso. Pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pudiera recordar. “¿Me estás preguntando si esas son al fresco?” dije. “Esa es una buena pregunta. No lo sé.”

La cámara se movió a una catedral en las afueras de Lisboa. Las diferencias en la catedral portuguesa comparada a la francesa y la italiana no eran muy grandes. Pero ahí estaban. Más que nada cosas de interiores. Luego algo se me ocurrió, y dije, “Algo se me acaba de ocurrir. ¿Tú tienes idea de lo que es una catedral? O sea, ¿cómo se ven? ¿Me entiendes? Si alguien te dice catedral, ¿tienes noción alguna de lo que están hablando? ¿Sabes la diferencia entre eso y una iglesia bautista, por ejemplo?”

Dejó el humo escurrir de su boca. “Sé que a cientos de trabajadores les tomaba cincuenta o cien años construirlas,” dijo. “Acabo de escuchar al hombre decir eso, claro. Sé que generaciones de las mismas familias trabajaron en una catedral. Lo escuché decir eso, también. Los hombres que comenzaron el trabajo de su vida en ellas, esos hombres nunca vivieron para ver su trabajo completado. En ese sentido, compa, no son muy diferentes al resto de nosotros, ¿o no?” Se rió. Luego sus párpados cayeron de nuevo. Su cabeza cayó. Parecía estar quedándose dormido. Tal vez se estaba imaginando a sí mismo en Portugal. La tele ahora mostraba otra catedral. Esta estaba en Alemania. La voz del hombre inglés siguió como robot. “Catedrales,” dijo el ciego. Se sentó y giró su cabeza, atrás y adelante. “Si quieres saber la verdad, compadre, eso es todo lo que sé. Lo que dije. Lo que lo escuché decir. ¿Pero tal vez tú podrías describirme una? Cómo quisiera que lo hicieras. Me gustaría eso. Si quieres saber, realmente no tengo una buena idea.”

Me le quedé viendo duro a la toma de la catedral en la tele. ¿Cómo podría siquiera comenzar a describirla? Pero supón que mi vida dependiera de ello. Supón que mi vida está siendo amenazada por un güey ahí todo loco que dijo que lo tengo que hacer o voy a ver.

Me le quedé viendo más a la catedral antes de que la imagen cambiara a los campos. No había caso. Volteé a ver al ciego y dije, “Para empezar, son muy altas.” Estaba viendo a mi alrededor buscando pistas. “Llegan bien alto. Arriba y arriba. Hacia el cielo. Son tan grandes, algunas de ellas, que necesitan tener estos soportes. Para mantenerlas paradas, por así decirlo. Estos soportes se llaman contrafuertes. Como que recuerdan a viaductos, por alguna razón. ¿Pero tal vez tampoco sabes de viaductos? A veces las catedrales tienen demonios y cosas así talladas en el frente. A veces reyes y reinas. No me preguntes por qué es así,” dije.

Él asentía con la cabeza. Su torso entero parecía estar moviéndose para adelante y atrás.

“No lo estoy haciendo muy bien, ¿verdad?” dije.

Paró de asentir y se inclinó hacia adelante, en la orilla del sofá. Mientras me escuchaba, recorría sus dedos por su barba. Podía ver que no le llegaba lo que yo decía. Pero aún así esperó a que continuara. Asintió, como para animarme. Intenté pensar en qué más decir. “Son muy grandes,” dije. “Son enormes. Están hechas de piedra. Mármol también, a veces. En esos tiempos, Dios era una parte importante en la vida de todos. Puedes verlo en la construcción de estas catedrales. Lo siento,” dije, “pero parece que eso es lo mejor que puedo hacer por ti. Solo no soy bueno describiéndolo.”

“Está bien, compadre,” dijo el ciego. “Hey, escucha. Espero que no te importe que pregunte. ¿Puedo preguntarte algo? Déjame hacerte una pregunta simple, de sí o no. Solo me da curiosidad, y sin ofender. Eres mi anfitrión. ¿Pero déjame preguntarte si eres religioso de alguna manera? ¿No te importa que pregunte?”

Sacudí la cabeza. Aunque él no podía ver eso. Un guiño es lo mismo que asentir con la cabeza, para un ciego. “Supongo que no creo en eso. En nada. A veces es difícil. ¿Sabes lo que digo?”

“Seguro, lo sé,” dijo.

“Okay,” dije.

El inglés seguía narrando. Mi esposa suspiró en su sueño. Tomó un respiro largo y siguió durmiendo.

“Tendrás que disculparme,” dije. “Pero no puedo decirte cómo se ve una catedral. Solo no está en mí el poder hacerlo. No puedo hacer más de lo que ya hice.”

El ciego se sentó muy quieto, su cabeza agachada, mientras me escuchaba.

Dije, “La verdad es que las catedrales no son nada especial para mí. Nada. Catedrales. Son algo que ver en la tele tarde en la noche. Eso es todo lo que son.”

Fue entonces que el ciego aclaró su garganta. Sacó algo. Agarró un pañuelo de su bolsa trasera. Luego dijo, “Lo entiendo, compa. Está bien. Sucede. No te preocupes.” Dijo, “Hey, escúchame. ¿Me harías un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no buscas un poco de papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos una juntos. Tráete una pluma y papel grueso. Ándale, compadre, ve por las cosas.”

Así que fui para arriba. Mis piernas se sentían como si no tuvieran fuerza. Se sentían como se sienten después de correr un poco. Busqué en el cuarto de mi esposa. Encontré unas plumas en una canastita en su mesa. Y luego intenté pensar en dónde buscar el tipo de papel del que él hablaba.

Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de compras con cáscaras de cebolla en el fondo. Vacié la bolsa y la sacudí. La traje a la sala y me senté cerca de sus piernas. Moví algunas cosas, suavicé las arrugas de la bolsa, y la extendí en la mesa de centro.

El ciego se bajó del sofá y se sentó al lado de mí, en la alfombra.

Recorrió sus dedos por el papel. Los pasó por arriba y abajo y por los lados del papel. Las esquinas, hasta las esquinas. Tocó las esquinas.

“Muy bien,” dijo. “Muy bien, hagámoslo.”

Encontró mi mano, la mano con la pluma. Cerró su mano sobre mi mano. “Adelante, compadre, dibuja,” dijo. “Dibuja. Ya verás. Yo seguiré contigo. Estará bien. Solo comienza ahora, como te digo. Ya verás. Dibuja,” dijo el ciego.

Así que comencé. Primero dibujé una caja que parecía una manguera. Podía ser la casa en la que yo vivía. Luego le puse un techo. A cada esquina del techo, dibujé chapiteles. Bien loco.

“Chido,” dijo. “Fantástico. Lo estás haciendo bien,” dijo. “Nunca pensaste que algo así pasaría en tu vida, ¿o sí, compadre? Bueno, es una vida extraña, ya lo sabemos. Síguele. No pares.”

Le puse ventanas con arcos. Dibujé los contrafuertes volando. Le colgué unas buenas puertas. No podía parar. La estación en la tele ya no estaba al aire. Dejé la pluma y cerré y abrí los dedos. El ciego sintió el papel. Movió las puntas de los dedos sobre el papel, sobre todo lo que había dibujado, y asintió.

“Lo estás haciendo bien,” dijo el ciego.

Agarré la pluma de nuevo, y él encontró mi mano. Le seguí. No soy artista. Pero de todos modos le seguí.

Mi esposa abrió los ojos y se nos quedó viendo. Se sentó en el sofá, la bata toda abierta. Dijo, “¿Qué están haciendo? Díganme, quiero saber.”

Yo no le contesté.

El ciego dijo, “Estamos dibujando una catedral. Él y yo estamos trabajando en eso. Presiona duro,” me dijo a mí. “Así. Así está bien,” dijo. “Seguro. Lo tienes, compadre. Lo puedo sentir. No creíste que podrías. Pero puedes, ¿o no? Estás cocinando con gas, ya. ¿Entiendes lo que digo? De veras que nos va a salir algo hermoso aquí en un minuto. ¿Qué tal va ese viejo brazo?” dijo. “Ahora ponle gente ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?”

Mi esposa dijo, “¿Qué está pasando? Robert, ¿qué estás haciendo? ¿Qué está pasando?”

“Está bien,” le dijo él a ella. “Ahora cierra los ojos,” el ciego me dijo a mí.

Eso hice. Los cerré justo como me dijo.

“¿Están cerrados?” me dijo. “Sin trampa.”

“Están cerrados,” dije.

“Manténlos así,” dijo. “Ahora, no vayas a parar. Dibuja.”

Así que le seguimos. Sus dedos sobre mis dedos mientras mi mano iba por el papel. Nunca he sentido algo así en mi vida hasta ahora.

Luego dijo, “Creo que ya está. Creo que lo tienes.” Dijo, “Dale un vistazo. ¿Qué piensas?”

Pero tenía mis ojos cerrados. Y pensé que los mentendría así por un rato más. Pensé que era algo que debía hacer.

“¿Entonces?” dijo. “¿Estás viendo?”

Mis ojos todavía cerrados. Estaba en mi casa. Sabía eso. Pero no sentía como si estuviera dentro de nada.

Le dije, “De veras que es algo hermoso.”


Extraído del libro “Cathedral” por Raymond Carver, publicado en 1983.

Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«El Chacal»—Joy Baglio

Es viernes por la noche y has hecho lo impensable. Sacaste la bola de boliche de tu padre, la del Chacal Fantasma, de su estuche rígido, cerrado con llave debajo de la cama de tu madre—la bola que parece una versión púrpura y negra de la tierra, la cabeza de un chacal saliendo de los remolinos—y te lanzaste a reunirte con Teddy y Zeke y Evan y Marya, más que nada con Marya, para una noche de boliche, el juego con el que tu padre muerto estaba obsesionado: el juego que, según tu madre, arruina a la gente.

Justificas tu desobediencia con lógica: tu madre pudo haber escondido la bola, o se pudo haber deshecho de ella, o por lo menos pudo haber mantenido la llave en secreto, pero no lo hizo, así que, ¿qué te detiene? Y luego está el hecho de que de todos modos la bola es técnicamente tuya, te la dejó tu padre a ti, así que, ¿por qué deberías sentirte culpable?

Teddy te dijo que en Victoria Lanes, 9pm, y entonces llegas temprano al tenue lobby, eres el primero, el velcro de tus zapatos rayados ya amarrado, el Chacal aferrado entre tus manos como si tuvieras miedo de que pudiera desaparecer.

Teddy es tu único amigo, y hasta él mostró duda en su invitación: “Sabes, probablemente podrías venir con nosotros en la noche, no creo que les importe.” Y ahora, no sabes realmente por qué viniste más que por la necesidad de escapar el estar solo con tu madre cada noche y la tele y el gato moribundo que te odia, y las fotos escondidas de tu padre que emanan una presencia que sientes quemando a través de la puerta del closet. Le dijiste que sí a Teddy porque por qué no, porque estás cansado de las reglas de tu madre, porque es el último mes del noveno grado y tal vez este es el mes en el que las cosas cambian, el mes en el que ya no estás atrapado en casa, el mes en el que Zeke deja de hacer esos resoplidos cuando hablas en clase, el mes en el que ya no te avientan chícharos cubiertos de leche en la cafetería, y Marya va a estar ahí, y aunque jugar boliche es un recuerdo distante y borroso, has pensado en ello seguido, una parte de ti que quiere sentir la experiencia del juego que tu padre amó.

“¿Y a él quién lo invitó?” escuchas cuando los demás llegan, y luego “¿No está muerto su papá o algo así?” y Teddy sacude los hombros, como si no supiera. Zeke te está viendo como si hubiera algo mal con tu cara, y Evan actúa como si no te ve. Están en la fila, esperando sus zapatos, y tú estás a una distancia segura, haciendo como si no te das cuenta de nada, eres bueno fingiendo. Trazas el Chacal con tu dedo. No has sostenido esta bola en años, no desde que tu padre la puso en tus manos y dijo “Esta es la que uso cuando de veras quiero ganar” y tú te le quedaste viendo como si fuera el mejor secreto que te habían contado en tu vida.

Eres el último en llegar a la banca. Zeke está operando la computadora y pregunta en voz alta “¿Cuál era su nombre?” Estás parado ahí mismo, pero no te voltea a ver, y Teddy murmura tu nombre como si fuera una palabra vergonzosa. La familia en el carril de al lado está cantando Las Mañanitas, el olor de pizza y grasa en el aire, y ahora es tu turno, ni te habías dado cuenta, ¿y por qué decidiste hacer esto de nuevo, en frente de todos ellos? Hay una bola de disco lanzando estrellas que giran por el suelo de madera del carril, y el Chacal se siente sudoroso y demasiado pesado en tu mano, y casi se te cae.

Recuerdas la última vez que viste a tu padre jugar boliche, como un mes antes del accidente. Es uno de los recuerdos más claros que tienes de él, uno de los últimos, también. Te sientas detrás de él en la banca, y el Chacal Fantasma rodando hacia los bolos, su cara saliendo del sistema de retorno de bolas, tu padre guiñándote el ojo después de cada chuza, o a la mujer sentada al lado de ti, nunca estuviste seguro. La habías visto antes con tu padre, una vez en el carro, otra vez con su mano en su brazo. Notaste cómo ella lo miraba, sus ojos feroces y ansiosos y felices, no como los ojos de tu madre. Cuando cayó la llamada un mes después, de algún lugar en Nevada, casi del otro lado del país, te preguntaste si la voz tan delgada y asustada en el otro lado era esa misma mujer. “Lo siento,” es lo que dijo. “Siento ser la que te tiene que decir esto.” Y luego: “Dejó algo para ti.”

Ahora estás sentado con la bola en tus manos. Puedes sentir su calor, puedes ver las líneas aceitosas que serpentean por su superficie, las que tu padre marcaría con gis blanco después de un juego, para saber cómo migraría el eje del giro, un código extraño que solo él podía leer, pero ahora tú lo ves casi brillando, como un sendero de gusanos iridiscentes, y el Chacal parece susurrar por tus dedos. Tal vez tu madre solo tiene miedo de que encontrarás éxito como él lo había hecho, de que la abandonarás, de que te olvidarás de todas las cosas que “niños como tú” (sus palabras) suelen olvidar.

Tu primera chuza y nadie parece notarlo. Tu nombre parpadea en la pantalla pero nadie está viendo, y luego es el turno de Zeke, y tú eres invisible. “Buena,” dice Marya. Está sentada al lado de ti en la banca, en unos jeans y un suéter blanco, y puedes sentir con precisión la distancia entre sus hombros y los tuyos. “Pura suerte,” dices, pero no estás tan seguro. Normalmente no crees en estas cosas, pero pensaste que sentiste su brazo guiando al tuyo, agregando fuerza a tu swing, torque a tu mano justo en último momento, pensaste que lo escuchaste susurrar, “Así” desde algún lugar detrás de ti (o fue eso el puro ruido de los demás) y tal vez es su aliento el que derriba los bolos, no el Chacal.

Pura chiripa, piensas, pero lo raro es que pasa de nuevo en tu siguiente turno. Y de nuevo. Y de nuevo. Turkey, tres chuzas seguidas. Tu cuarto turno: hambone. Tu quinto y hay un zumbido en tus oídos y tus dedos son brillantina y la bola parece hacer cascadas como algo líquido. Tu sexto y ya casi tienes doscientos puntos, y Marya se está riendo con nervios cada vez que te toca, porque ¿Cómo puede estar pasando esto? Porque, ¿Quién eres? Zeke y Evan están callados, y Teddy te hace chócalas y dice, “Les dije que era especial,” y ellos piden usar el Chacal, y dices “Seguro,” pero siempre la mandan al canal, y luego te toca, y son siete seguidas, luego un Schleifer (un término que te enseñó tu padre, cuando los bolos parecen caer uno por uno hasta que no hay ni uno), y luego un Golden Turkey, ocho seguidas, el Chacal una mancha borrosa por el carril. Escuchas: “Está usando una bola rara,” y “Su papá era como profesional, ¿verdad?” y “¡Está haciendo trampa! ¡Hace pura chuza!”

En la banca, esperando tu último turno, el carril cambia, como un estremecimiento rápido, una falla, o tal vez algo anda mal con tus ojos: puedes ver los diminutos rasguños en la madera del piso, los píxeles en las estrellas verdes que giran. Puedes escuchar los golpes de zapatos con la madera, el girar y resoplar del regreso de bolas. Cada sonido es preciso, aislado, y puedes sentir las huellas de los dedos de tu padre en la bola, también, donde su pulgar giraría en el hoyo y lanzaría la cosa como si no pesara nada, y sientes los ojos negros del Chacal sobre ti, y ¿No hay como un dios egipcio con cabeza de chacal? Uno de los niños del carril de al lado ha estado mirando y llega contigo, apunta a la bola: “¿Es magia?” Lo miras preguntándote lo mismo, pero es Marya la que dice, “No es magia; es él,” y el niño te mira con los ojos bien abiertos.

Cuando ves a tu madre en el lobby—sí, ya te cachó, llamó a la mamá de Teddy y a la de Marya y sin duda dijeron algo como, “¿No te dijo que fueron todos a jugar boliche esta noche?”—es como si el techo se cayera con prisa, y no te puedes mover. Casi puedes escuchar sus palabras: “¿Por qué harías esto, jugar el juego que arruinó a tu padre, el juego que se lo llevó?” Pero es tu último turno, te toca, y Marya está diciendo “¡Muéstranos cómo se hace!”—y hasta Zeke está aplaudiendo y chiflando como si ahora estuviera en tu equipo—y aunque sabes que tu mundo no va a cambiar pronto, sabes que pronto se abrirá, más amplio y más amplio y tan amplio que no vas a saber que siquiera hay un techo, y estás pensando en este mundo sin techo que te espera, no en la cara de tu madre, y das tres pasos y lanzas la bola.


“The Jackal”—extraído de la revista Conjunctions publicada el 6 de octubre del 2021.

Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«Lo Profundo»—Anthony Doerr

Tom nace en 1914 en Detroit, a medio kilómetro de Sal Internacional. Su padre está fuera de escena, en algún paradero desconocido. Su madre opera una pensión llena de puertas con llave, detrás de las cuales estaba inundado de las sombrías posesiones de itinerantes trabajadores de sal: abrigos del color de ratones, botas andrajosas, aguatintas de mujeres desvestidas, sus senos de un anaranjado desteñido. Cada seis meses un minero es despedido, es reclutado, o muere, y es reemplazado por otro, así que desde muy temprano en su vida Tom puede ver cómo el mundo continuamente se drena de hombres jóvenes, dejando atrás solo objetos—bolsas de tabaco vacías, navajas sin filo, pantalones pasmados de sal—mudo, incapaz de memoria.

Tom tiene cuatro cuando se empieza a desmayar. Podría estar doblando la esquina, respirando duro, y las luces se van. Madre lo cargará adentro, lo recostará en el sillón, y mandará a alguien a traer al doctor.

Defecto del tabique auricular. Un hoyo en el corazón. El doctor dice que la sangre salpica del lado izquierdo al derecho. Su corazón tendrá que hacer tres veces el trabajo. Esperanza de vida de dieciséis. Dieciocho, si tiene suerte. Lo mejor es que no se emocione.

Madre entrena su voz a un susurro. Aquí tienes, aquí está, mi pequeño y dulce Tomcat. Mueve el catre de Tom a un closet en el piso de arriba—sin luces brillantes, sin ruidos fuertes. En las mañanas le sirve un vaso de suero de leche, luego lo dirige hacia las escobas o el estropajo de acero. Ve despacio, le murmura. Él talla la estufa de carbón, barre los escalones de mármol. De vez en cuando levanta la mirada de su trabajo y se queda viendo la cara del huésped más viejo, el Sr. Weems, mientras marcha hacia abajo, un señor de cincuenta tapado contra el frío, se va a descender en un elevador trescientos metros bajo la tierra. Tom se imagina su descenso, luces tenues y esporádicas pasando y alejándose, cables sacudiéndose, una media docena de otros mineros apachurrados en la jaula, junto a él, cada uno pensando sus propios pensamientos, pensamientos de hombres, hundiéndose más en la ciudad debajo de la ciudad, donde las mulas se paran, esperando, y las lámparas de aceite queman en las paredes, y cuartos brillando de sal se alejan hacia vastos arcos más allá del alcance más lejanos de la luz.

Dieciséis, Tom piensa. Dieciocho si tengo suerte.

La escuela es una cabaña de tres cuartos repleta con la descendencia de trabajadores de sal, de carbón, de hierro. Chamacos irlandeses, polacos, armenios. A Madre el patio de la escuela le parece mil hectáreas de un candente pandemonio. No corras, no pelees, ella susurra. Nada de juegos. En su primer día, ella lo saca de clase después de una hora. Shhh, dice ella, y le amarra los brazos alrededor como sogas.

Tom va de arriba a abajo entrando y saliendo de los primeros grados. A veces ella lo mantiene fuera de la escuela por semanas enteras de jalón. Cuando tiene diez, ya está en remedial de todo. Lo estoy intentando, tartamudea, pero las letras giran fuera de las páginas y corren contra las ventanas como nieve. Tonto, los otros niños declaran, y a Tom le parece acertado.

Tom barre, talla, limpia el escaloncillo con piedra pómez un centímetro cuadrado a la vez. Lento como la melaza en enero, dice el Sr. Weems, pero le guiña el ojo a Tom cuando lo dice.

Cada día, todo el día, la sal encuentra su manera de entrar. Se incrusta en lavabos, se aposenta en las orillas de los rodapiés. Se escurre de los huéspedes, también: de oídos, botas, pañuelos. Surcos de brillo se reúnen en las cobijas: una lección diaria sobre la insidia.

Comienza por las orillas, luego talla el centro. La ropa de cama los jueves. Los inodoros los viernes.

Tiene doce cuando la Sra. Fredericks le pide a los niños que den reportes. Ruby Hornaday es la sexta en ir. Ruby tiene el cabello como llamas, la navidad como cumpleaños, y un borracho como papá. Ella es una de dos niñas que llegaron al cuarto grado.

Ella lee de unas notas con un terror controlado. Si crees que el lago es grande deberías ver el mar. Es tres cuartos de la Tierra. Y eso es solo la superficie. Alguien avienta un lápiz. Las arrugas en la frente de Ruby se acentúan. Los animales terrestres viven en el suelo o en árboles ratas y gusanos y gaviotas y así. Pero los animales marinos viven en todas partes viven en las olas y viven en medio del agua y viven en cañones diez kilómetros abajo.

Ella pasa un libro rojo. Dentro de él hay bloques de texto y placas fotográficas a todo color que hacen que el corazón de Tom haga boom en sus oídos. Una tormenta de pececillos dientudos. Un reino de coral morado. Cinco estrellas de mar anaranjadas cementadas a una roca.

Ruby dice, Detroit solía tener palmeras y corales y conchas de mar. Detroit solía ser un mar de cinco kilómetros de profundidad.

La Sra. Fredericks pregunta, Ruby, ¿de dónde sacaste ese libro? pero para ese entonces Tom apenas está respirando. Flores transparentes con tentáculos con veneno y prados de almejas y esferas rosadas con mil alfileres en sus espaldas. Intenta preguntar, ¿Éstas son reales? pero burbujas brillantes salen de su boca y flotan al techo. Cuando se cae, el escritorio cae con él.

El doctor dice que es mejor si Tom no va a la escuela y Madre está de acuerdo. Manténte dentro, dice el doctor. Si te emocionas, piensa en algo azul. Madre solamente lo deja bajar para comer y para quehaceres. De otra manera, se queda en su closet. Debemos tener más cuidado, Tomcat, ella susurra, y pone su mano en su frente.

Tom pasa horas largas en el piso junto a su catre, armando y rearmando el mismo rompecabezas: un pueblo suizo. Quinientas piezas, nueve de ellas faltantes. A veces el Sr. Weems le lee a Tom novelas de aventura. Están explotando una nueva vena abajo en las minas y en los respiros entre las palabras del Sr. Weems, Tom puede sentir explosiones reverberar a través de trescientos metros de piedra y sacudir la frágil bomba en su pecho.

Él extraña la escuela. Extraña el cielo. Extraña todo. Cuando el Sr. Weems está en la mina y Madre está abajo, Tom suele deslizarse al final del pasillo y mueve las cortinas y presiona su frente contra el vidrio. Los niños corren por las calles nevadas y luces brillan en las ventanas de la fundidora y vagones de tren pasan por vías elevadas. Mineros del primer turno emergen de la boca del elevador en grupos de seis y sacan estuches de cigarro de sus overoles y encienden cerillos y se derraman como insectos cubiertos de sal hacia la noche, mientras las figuras más oscuras de los mineros de segundo turno estampan sus pies en el frío, esperando afuera de las jaulas para su turno en la fosa.

En sueños él ve abanicos de mar ondeando y escuelas de mero y rayos de luz bajo el agua. Ve a Ruby Hornaday abrir la puerta de su closet. Ella trae puesto un casco de buceo de cobre; se inclina sobre su catre hasta poner la ventana de su casco a un par de centímetros de su cara.

Se levanta de un shock. Un calor se acumula en su ingle. Piensa, Azul, azul, azul.

Un lloviznante sábado, suena el timbre. Cuando Tom abre la puerta, Ruby Hornaday está parada en el escaloncillo bajo la lluvia.

Hola. Tom parpadea una docena de veces. Gotas de lluvia crean miles de círculos que intersectan entre sí en los charcos de la calle. Ruby sostiene un frasco: seis renacuajos negros se retuercen en unos centímetros de agua.

Me pareció que tú podrías estar interesado en criaturas de agua.

Tom intenta contestar, pero el cielo entero se apresura a través de la puerta abierta y dentro de su boca.

No te vas a desmayar otra vez, ¿o sí?

El Sr. Weems se asoma al vestíbulo. Por Dios, niño, está tan mojada como una iglesia, tienes que invitar a la dama a pasar.

Ruby se para en los azulejos y gotea. El Sr. Weems sonríe. Tom murmura, Mi corazón.

Ruby le ofrece el frasco. Quédatelos si quieres. Pronto serán ranas. Gotas brillan en sus pestañas. La lluvia le pega su camisa a sus clavículas. Bueno, eso sí que es algo, dice el Sr. Weems. Le da una palmada a Tom en la espalda. ¿No es así, Tom?

Tom está abriendo su boca. Está diciendo, Tal vez yo podría—justo cuando Madre baja las escaleras con sus enormes zapatos negros. Problema, susurra el Sr. Weems.

Madre tira los renacuajos en una zanja. Su cara dice que mantiene compostura pero sus ojos dicen que va a borrarlo todo. El Sr. Weems se inclina sobre las fichas de dominó y susurra, Madre es tan dura como una piedra en el camino, pero ya la quebraremos, Tom, vas a ver.

Tom susurra, Ruby Hornaday, hacia el espacio sobre su catre. Ruby Hornaday. Ruby Hornaday. Una extraña e incontenible alegría se infla peligrosamente en su pecho.

El Sr. Weems inicia conversaciones largas con Madre en la cocina. Tom sobreescucha cachitos: El niño necesita mover sus piernas. El niño debería tomar aire.

La voz de Madre es un látigo. Está enfermo.

¡Está vivo! ¿Para qué lo estás guardando?

Madre deja a Tom ir a recoger carbón del depósito y bienes enlatados de la comisaría. Los martes tendrá permiso de caminar al carnicero en Dearborn. Con cuidado, Tomcat, no te apresures.

Tom se mueve por la colonia ese primer martes con algo como éxtasis en sus venas. Por los largos caminos agravados, más allá de las cabañas del pozo y las montañas de superficie de sal azul y blanca, las bodegas como catedrales oscuras, las máquinas de carga como armaduras demoníacas. A todo su alrededor la monumental industria de Detroit golpea y resuena. El niño se dice a sí mismo que es un cazador de tesoros, un héroe de una de las historias de aventura del Sr. Weems, un caballero en una importante misión, un espía tras líneas enemigas. Mantiene sus manos en sus bolsillos y su cabeza hacia abajo y su paso lento, pero su alma sigue firmemente, sin peso, jubilante, brillando a través de la penumbra.

En mayo de ése año, 1929, Tom, de catorce años, está caminando por la calle pensando que la primavera sucede aunque no estés poniendo atención; que sucede debajo de la nieve, más allá de las paredes—la primavera sucede en la oscuridad mientras sueñas—cuando Ruby Hornaday sale de las hierbas. Tiene una manguera guanga amarrada alrededor de su hombro y unos gogles de natación en una mano y una bomba de aire en la otra. Necesito tu ayuda. El pulso de Tom vuela.

Tengo que ir a la carnicería.

Como quieras. Ruby se da la vuelta para irse. Pero realmente no hay opción, para nada.

Ella lo lleva al oeste, lejos de la mina, a través de montes de máquinas oxidándose. Se saltan una reja, cruzan un valle de semillas, y caminan medio kilómetro por los pinos hasta llegar a un pantano donde familias de garzas se paran por las espadañas como flores blancas.

Dentro por mi boca, dice ella, y comienza a recoger piedras. Fuera por mi nariz. Tú bombeas, Tom. ¿Entiendes? En el agua verde, medio metro debajo, Tom puede reconocer las figuras tenues de unos cuantos peces deslizándose a través de enclaves de hierba.

Ruby mete el final de la manguera al agua. Con una cuerda con cera amarra el otro final a la bomba de aire. Luego llena sus bolsillos con piedras. Camina hacia el agua, mira hacia atrás y dice, Tú bombea, y pone la manguera en su boca. Los gogles de natación van sobre sus ojos; su cara va dentro del agua.

El pantano se cierra sobre la espalda de Ruby, y la manguera se va alejando de la orilla. Tom comienza a bombear aire. El cielo se desliza por encima. Círculos de manguera flotan bajo la luz ahí afuera, cambiando de vez en cuando. Burbujas ocasionales salen, cada vez desde más lejos.

Un minuto, dos minutos. Tom bombea. Su corazón hace su frágil trabajo.

Él no debería estar aquí. Él no debería estar aquí mientras esta encantadora niña flaca se ahoga en un pantano. Si eso es lo que está haciendo. Una de las sonrisas del Sr. Weems le viene: Estás temblando como una aguja en un poste.

Después de cuatro o cinco minutos bajo el agua, Ruby sube de regreso. Un tapete neón hecho de alga le cuelga en el cabello, y sus pies descalzos son enormes botas de lodo. Empuja las espadañas para crear su camino. Hilos de baba cuelgan de su barbilla. Sus labios están azules. Tom se siente mareado. El cielo se vuelve líquido.

Increíble, Ruby jadea. Pinche increíble. Sostiene sus pantalones mojados y llenos de piedras con ambas manos, y mira a Tom a través de los lentes ondulados de sus gogles. La sangre de Tom es como una tormenta por sus túneles sin luz.

Él tiene que trotar para llegar a la carnicería y para regresar a casa antes del mediodía. Es la primera vez que Tom puede recordar permitirse correr, y sus piernas se sienten como vidrio. Al final del camino, a cien metros de su casa, se detiene y jadea con la canasta de carne en sus brazos y escupe un gargajo de sangre hacia los dientes de león. Sudor empapa su camisa. Libélulas se precipitan y flotan. Golondrinas inscriben letras por el cielo. La calle parece hacer olas y doblarse y enderezarse de nuevo.

Solo cien metros más. Forza a su corazón a calmarse. Todo, piensa Tom, sigue un camino andado por quienes han ido antes: garzas, nubes, renacuajos. Todo todo todo.

El siguiente martes, Ruby lo encuentra al final de la calle. Y el martes después de ese. Se saltan la reja, cruzan el campo; ella lo lleva a lugares que él nunca soñó que existían. Lugares donde las estructuras de las obras de sal se vuelven espejismos en el horizonte, lugares donde la luz del sol pasa por arboledas de arce y hace que el suelo tiemble con sombra de hoja. Se asoman a una fundidora donde hombres sin camisa y con máscaras derraman hierro derretido de un contenedor a otro; suben un montecito de raíces donde crece un árbol joven como una mano solitaria estirándose desde el más allá. Tom sabe que lo está arriesgando todo—su libertad, la confianza de Madre, hasta su vida—¿pero cómo puede parar? ¿Cómo puede decir no? Decirle no a Ruby Hornaday sería decirle no al mundo.

Algunos martes Ruby trae consigo su libro rojo con sus imágenes de corales y cosas gelatinosas y volcanes marinos. Ella le dice que cuando crezca va a ir a fiestas donde las anfitrionas reman a sus huéspedes al mar y todos se ponen cascos especiales para ir por caminatas por el suelo del mar. Ella le dice que va a ser un buzo que se hunde un kilómetro en el mar dentro de una bola de acero con una ventana. En el suelo del océano, ella dice, va a encontrar un universo separado, un lugar hecho de colores: escuelas de peces brillando verde, galaxias vivientes rodando a través de lo negro.

En el océano, dice Ruby, la mitad de las rocas están vivas. La mitad de las plantas son animales.

Se agarran de la mano; mastican chicle Indio. Ella le llena la mente de bosques de alga y de paisajes marinos y de delfines. Cuando crezca, dice Ruby. Cuando crezca

Cuatro veces más Ruby camina por debajo de la superficie de un pantano del río Rouge mientras Tom se para en la orilla bombeando aire. Cuatro veces más la ve salir de regreso como una fiebre. Anfibia. Se ríe. Significa dos vidas.

Luego Tom corre a la carnicería y corre a casa, y su corazón corre, y manchas se expanden como tinta frente a sus ojos. A veces en las tardes, cuando se para de sus quehaceres, su visión se vuelve manchas violeta. Ve el blanco brillante de los túneles de sal, el rojo del libro de Ruby, el naranja de su cabello—se la imagina de grande, parada en la punta de un barco, y siente el núcleo de luz amarillo limón prendiéndose más y más dentro de él. Se escurre por los espacios entre sus costillas, por entre sus dientes, por las pupilas de sus ojos. Piensa: ¡Es tanto! ¡Tanto!

Así que ahora tienes quince. ¿Y el doctor dice dieciséis?

Dieciocho si tengo suerte.

Ruby le da vuelta a su libro en sus manos. ¿Cómo es eso? ¿Saber que no vas a tener todos los años que deberías?

No me siento tan cortado por la vida cuando estoy contigo, quiere decir, pero su voz se quiebra en corta y el enunciado se fractura.

Se besan solo esa vez. Es torpe. Él cierra sus ojos y se inclina hacia adelante, pero algo cambia y Ruby no está donde él espera que esté. Sus dientes chocan. Cuando abre sus ojos, ella está viendo a su izquierda, sonriendo un poco, oliendo a lodo, y los miles de diminutos pelos güeros sobre su labio superior capturan la luz.

La penúltima vez que Tom y Ruby están juntos, el último martes de octubre, 1929, todo es extraño. La manguera se rompe, Ruby está molesta, y una cortina ha caído, de alguna manera, entre ellos.

Regrésate, dice Ruby. Probablemente ya es mediodía. Vas a llegar tarde. Pero suena como si estuviera hablándole a través de un túnel. Pecas fluyen y florecen por su cara. La luz se va del pantano.

En el largo camino por los pinos comienza a llover. Tom llega a la carnicería y de regreso a casa con la canasta y la ternera molida, pero cuando abre la puerta al salón de Madre, las cortinas soplan hacia adentro. Las sillas dejan su lugar y se arrastran hacia él. La luz del día se vuelve solo un par de rayos sacudiéndose, y el Sr. Weems pasa frente a sus ojos, pero Tom no escucha pasos, ni voces: solo un rugido interno y el metrónomo mojado de sus exhalaciones. De repente es un buzo mirando a través de una ventana gruesa y neblinosa a un mundo de inmensa presión. Está caminando por el suelo del mar. Los labios de Madre dicen, ¿No he dado lo suficiente? Oh Señor, ¿no lo he intentado? Luego se va.

En algo más profundo que un sueño, Tom camina los caminos de sal mil metros debajo de la casa. Al principio todo es oscuridad, pero después de lo que puede ser un minuto o un día o un año, ve pequeños destellos de luz verde ahí afuera, en galerías distantes, cientos de metros a lo lejos. Cada destello inicia una reacción en cadena de destellos más allá de él, así que cuando se voltea en círculo lentamente puede percibir grandes señales de luz que fluyen en todas las direcciones, túneles de verde creando arcos hacia la oscuridad—cada destello brillando por solo un momento antes de desvanecerse, pero en ese momento repitiendo todo lo que vino antes, todo lo que viene a continuación.

Se despierta a un mundo desinflado. Los periódicos están llenos de suicidios; el precio del gas se ha triplicado. Los mineros susurran que las obras de sal están en problemas.

Las botellas de leche se venden a un dólar. No hay mantequilla, casi no hay carne. La fruta se vuelve un recuerdo. La mayoría de las noches Madre sirve solo repollo y pan de soda. Y sal.

No hay más viajes a la carnicería; el carnicero cierra de todos modos. Para noviembre, los huéspedes de Madre están desapareciendo. El Sr. Beeson se va primero, luego el Sr. Fackler. Tom espera a que Ruby llegue a la puerta pero ella no lo hace. Imágenes de ella suben por los lados de sus párpados, y se los talla hasta que desaparecen. Cada mañana se sale de su closet y lleva su corazón traidor a la cocina como un huevo.

El mundo se está tragando a la gente como dulces, niño, dice el Sr. Weems. Nadie está dejando dirección.

El Sr. Hanson sigue, luego el Sr. Heathcock. Para abril las obras de sal ya operan solo dos días a la semana, y el Sr. Weems, Madre, y Tom están solos en la cena.

Dieciséis. Dieciocho si tiene suerte. Tom mueve sus pocas cosas a uno de los cuartos vacíos en el primer piso, y Madre no dice ni una palabra. Él piensa en Ruby Hornaday: sus ojos azul pálido, sus flamas de cabello. ¿Estará por ahí en la ciudad, en algún lado, ahorita mismo? ¿O estará a cinco mil kilómetros de aquí? Luego deja esas preguntas a un lado.

Madre obtiene una fiebre en 1932. Se la come desde adentro. Aún se pone sus vestidos de cintura alta, se amarra su delantal. Cocina cada comida y plancha el traje del Sr. Weems cada domingo. Pero en un mes se ha vuelto alguien más, un demonio vacío en la ropa de Madre—perfectamente firme en la mesa, ojos que arden, nada en su plato.

Tiene una manera de poner su mano en la frente de Tom mientras él trabaja. Tom va a estar cargando carbón o arreglando una pipa o barriendo el salón, el sol frío y blanco detrás de las cortinas, y Madre aparecerá de la nada y pondrá su helada palma sobre sus cejas, y él cerrará sus ojos y sentirá su corazón romperse solo un poquito más.

Anfibia. Significa dos vidas.

Al Sr. Weems lo despiden. Se pone su traje, empaca su dominó, y deja una dirección en el centro de la ciudad.

Pensé que nadie estaba dejando dirección.

Eres tan verdadero como un mapa, Tom. Verdadero como el imán al hierro. Y lágrimas se derraman de los ojos del viejo minero.

Una mañana azul, no mucho después de eso, por primera vez en la memoria de Tom, Madre no está por la estufa cuando entra a la cocina. La encuentra arriba, sentada en su cama, vestida completamente con su abrigo y zapatos y con su rosario sostenido a su pecho. El cuarto está nítido, la casa silenciosa.

Los pagos se hacen cada quince. Su voz es ceniza. El destello en el techo necesita un reemplazo. Hay noventa y un dólares en el cajón.

Madre.

Shhh, Tomcat, susurra. No te emociones.

Tom logra dos pagos más. Luego el banco viene por la casa. Él camina aturdido por el aguanieve que sopla al final del camino y gira a la derecha y se tambalea por las hierbas secas hasta que encuentra el viejo camino y camina por debajo de los pinos crujientes al pantano de Ruby. El hielo se ha agrupado en las orillas, pero el agua en el centro es tan oscura como estaño derretido.

Se para ahí por un largo tiempo. A la oscuridad creciente le dice, Yo aquí sigo, ¿pero dónde estás tú? Su sangre salpica de aquí a allá, y la nieve se junta en sus pestañas, y tres patos salen en espirales de la noche y aterrizan silenciosamente en el agua.

La mañana siguiente él pasa caminando la reja de Sal Internacional con catorce dólares en su bolsillo. Se sube al tranvía que lo lleva al centro por un nickel y se baja en Washington Boulevard. Entre los edificios el sol sale del color del acero, y Tom levanta su cara hacia él pero no siente nada de calor. Pasa borrachos catatónicos de rodillas en cajas, tan quietos como estatuas, y ventana vacía tras ventana vacía de viejos negocios. En un comedor una mesera le trae una taza de café con pequeños discos brillantes de grasa flotando.

Las calles están llenas de caras, solemnes y pálidas, flacas y hambrientas; ninguna le pertenece a Ruby. Él bebe una segunda taza de café y come un plato de huevos con pan tostado. Una mujer emerge de una puerta y avienta el agua de una sartén a la banqueta, y el agua brilla en la luz un momento antes de caer. En un callejón una mula está recostada de lado, o dormida o muerta. Eventualmente la mesera dice, ¿Te estás mudando aquí? y Tom se va. Camina lentamente hacia la dirección que había copiado y recopiado en una hoja del papel para escribir de Madre. Montecillos congelados de nieve arada están orillados contra los edificios, y las pequeñas ventanas doradas de arriba parecen estar a kilómetros.

Es una pensión. El Sr. Weems está en una mesa chueca jugando dominó solito. Voltea hacia arriba, dice, Mierda tan segura como la gravedad, y tira su té.

Por milagro el Sr. Weems tiene una nieta que se encarga del turno nocturno en la sala de partos en el hospital City General. La sala está en el cuarto piso. En el elevador Tom no sabe si está ascendiendo o descendiendo. La nieta lo mira de arriba a abajo y checa sus ojos y su lengua para ver si tiene fiebre y lo contrata ahí mismo. El mundo se va a Hades pero los bebés siguen naciendo, dice ella, y le da un uniforme blanco.

Diez horas cada noche, seis noches a la semana, Tom da rondas por los pasillos con carritos de lavandería, llevando ropa sucia y pañales a las bodegas, y trayendo ropa limpia y pañales de regreso. Trae comidas, se lleva bandejas. Las noches lluviosas son las más ocupadas. Las lunas llenas y los días festivos empatan en segundo lugar. Dios nos guarde de un día festivo lluvioso y con luna llena.

Los doctores caminan por las filas de camas inyectando a madres embarazadas con morfina y algo llamado escopolamina que las hace olvidar. A veces hay gritos. A veces el corazón de Tom retruena por ninguna razón que él pueda identificar. En los cuartos de parto siempre hay sangre nueva en los azulejos que reemplaza la sangre vieja que Tom acaba de limpiar.

Los pasillos están deslumbrantes a toda hora, pero afuera de las ventanas la oscuridad presiona muy cerca, y en las horas más delgadas de esas noches Tom tiene una sensación como si el hospital estuviera profundo bajo el agua, el suelo balanceándose suavemente, las luces de edificios vecinos como escuelas de peces brillantes, la presión del mar alrededor.

Cumple dieciocho. Luego diecinueve. Todas las figuras apáticas que ve: niños empujados por la entrada del hospital, sus ojos vacíos con hambre; granjeros inundando los parques; familias durmiendo sin cobija—gente a quien nada de lo que queda en el mundo le llega a sorprender. Hay tantos de ellos, como si en algún lado en el campo grandes granjas bombearan miles de hombres arruinados cada minuto, como si los que vienen tambaleándose por las banquetas fueran solo fracciones de las multitudes detrás de ellos.

¿Pero no hay cosas buenas, también? ¿No hay personas ayudándose la una a la otra en estos lugares derrelictos? Tom comparte su paga con el Sr. Weems. Le trae periódicos que encuentra tirados y se pelea con las palabras de los cómics. Cumple veinte y el Sr. Weems hornea un pastel pulposo y lleno de cáscara de huevo y le pone veinte cerillos, y Tom le sopla a todos.

Se desmaya en el trabajo: una vez en el elevador, dos veces en el gran, pulsante cuarto de lavandería en el sótano. En su mayor parte lo puede esconder. Pero una noche se desmaya en el pasillo afuera de la sala de espera. Una enfermera llamada Fran lo lleva a un closet. No puedes dejar que te vean así, dice ella, y le limpia la cara y le regresa su ser.

El closet es más que un closet. El aire está caliente, vaporoso; huele como a jabón. En una pared hay un lavamanos; lámparas de calor están sujetadas debajo de diferentes gabinetes. En la otra pared había dos pequeñas puertas.

Tom regresa a la misma silla en la esquina del cuarto de Fran cuando se empieza a sentir mareado. Tres, cuatro, a veces diez veces en una noche, él ve a una enfermera cargar a un recién nacido por la pequeña puerta en la izquierda y depositarlo en el escritorio enfrente de Fran.

Ella les quita pequeños gorritos y desenvuelve cobijas. Sus cuerpecitos son rojos o morados; tienen pequeños y brillantes dedos rojos, nada de cejas, nada de rodillas, nada de expresión excepto un constante, agitado alarido. Su voz es un susurro: Pues aquí está, ahí va, OK ahora, bebé, nomás te levanto por aquí. Sus muñecas son de la circunferencia del dedo meñique de Tom.

Fran toma un nuevo trapo de un montón, lo sumerge en agua caliente, y limpia cada centímetro de la criatura—oídos, axilas, párpados—lavando los pedazos de placenta, sangre seca, todos los fluidos lechosos que lo acompañaban a este mundo. Mientras tanto la niña la mira de regreso con sus ojos en blanco y memorizando, viendo lo nuevo de todas las cosas. ¿Sabiendo qué? Solo luz y oscuridad, solo madre, solo fluido.

Fran seca a la bebé y toma su cabeza con sus dedos y le pone un pañal y le pone de nuevo el gorrito. Susurra, Aquí tienes, ves que buena niña eres, ahí vas, y con una mano libre extiende dos nuevas y frescas sábanas, y cubre a la bebé—envuelve, envuelve, voltea—y la deja en una cuna con ruedas para que Tom la lleve a la guardería, donde esperará con los otros bajo las luces, como rebanadas de pan.

En una revista Tom encuentra una fotografía a color de un esqueleto de trescientos años de una ballena, completo en un plano costal en un lugar llamado Finlandia. La arranca, la estudia bajo la luz de una lámpara. ¿Ves, le murmura al Sr. Weems, cómo las flores más cercanas a él son las más brillantes? ¿Ves cómo las hojas más cercanas son las del verde más oscuro?

Tom tiene veintiuno y se desmaya tres veces a la semana cuando, un miércoles en enero, él ve, entre las drogadas y aturdidas madres en sus filas de camas, la inconfundible cara de Ruby Hornaday. Cabello naranja flameante, pecas por todos sus cachetes, manos dobladas en su pierna, y un delgado anillo de matrimonio en su dedo. El material de la sala se ondula. Tom se recarga en su carrito para no caerse.

Azul, susurra. Azul, azul, azul.

Se va a su silla en la esquina del cuarto de lavado de Fran e intenta suprimir su corazón. En cualquier minuto, piensa él, su bebé va a pasar por esa puerta.

Dos horas después, empuja su carrito a la sala de postparto, y Ruby se ha ido. El turno de Tom termina; toma el elevador hacia abajo. Afuera, la lluvia se asienta en la ciudad con ligereza. Las luces de la calle brillan amarillas. Las avenidas de la mañana temprana están vacías a excepción del ocasional auto, pasando con un suspiro húmedo. Tom se sostiene con una mano en los ladrillos y cierra sus ojos.

Un policía lo ayuda a llegar a casa. Todo ese día Tom pasa recostado sobre su estómago en su cama rentada y re-copia la carta hasta que pequeños soles destellan detrás de sus ojos. Kerida Ruby, te vi en el hospital y vi a tu bebé también. Sus ojos son muy vonitos. Fran dise que luego problemente ban a ser azul. Madre se ha ido y estoy tan solo como el oseano artico. 

Esa noche en el hospital Fran encuentra la dirección. Tom incluye la foto del esqueleto de ballena de la revista y le pega una estampa adicional para la buena suerte. Piensa: Ves como las flores más cercanas a él son las más brillantes. Ves como las hojas más cercanas son las del verde más oscuro.

Duerme, paga su renta, camina las treinta y un cuadras a su trabajo. Checa el correo todos los días. Y el invierno palidece y la primavera se fortalece y Tom pierde un poco de esperanza.

Una mañana en el desayuno, el Sr. Weems lo mira y le dice, Ni siquiera estás aquí, Tom. Tienes un pie del otro lado del río. Tienes que regresarlo a este lado.

Pero ese mismo día, llega. Querido Tom, me gustó escuchar de ti. No han sido diez años pero se sienten como mil. Estoy casada, probablemente adivinaste eso. El bebé es Arthur. Tal vez sus ojos se volverán azules. Tal vez.

Un presidente calvo está en la estampa. El papel huele como a papel, nada más. Tom pasa un dedo por cada palabra, sonándolas en voz alta. Asegurándose que no se le haya ido nada.

Se que estas casada y no quiero nada mas que felisidad para ti pero ¿tal vez te pudiera ver una vez? Podriamos encontrarnos en el akuario. Si no escrives de regreso esta bien ya se porque.

Dos semanas más. Querido Tom, no quiero nada más que felicidad para ti también. ¿Qué te parece el siguiente martes? Traeré al bebé, ¿okay?

El siguiente martes, el primero de mayo, Tom se va del hospital después de su turno. Su visión destellea en las esquinas, y escucha la voz de Madre: Con cuidado, Tomcat. No vale la pena el riesgo. Camina despacio al final de la cuadra y se sube al primer tranvía a Isla Belle, donde se baja a un amanecer dorado.

Hay pocos autos alrededor, todos estacionados, uno un Ford con un regalo enorme envuelto con listón amarillo en el asiento de atrás. Un hombre viejo con cara arrugada barre los caminos de grava. La luz del sol pega en el rocío y hace que el césped esté en fuego.

La fachada del acuario es Gótica y está cubierta de hierbas. Tom encuentra una banca afuera y espera a que su pulso se estabilice. Los techos de vidrio del conservatorio de flores reflejan una nube que pasa. Eventualmente un hombre en overol abre la reja, y Tom compra dos entradas, luego piensa en el bebé y compra una tercera. Regresa a la banca con las tres entradas en sus dedos temblando.

A las once el cielo está lleno de una neblina platino y la isla está repleta. Hombres en bicicletas pasan por los caminos. Una niña vuela un papalote amarillo.

¿Tom?

Ruby Hornaday se materializa frente a él—hombros erectos, cabello corto, empujando una carreola de cromo. Se para rápidamente, y el parque se le va de la vista y luego le regresa.

Perdón que vengo tarde, dice ella.

Se ve digna, y delgada. Dos trazos rápidos como cejas, la misma nariz estrecha. Nada de maquillaje. Nada de joyería. Esos ojos azul pálido y ese cabello.

Mueve su cabeza de lado un poco. Mírate nomás. Todo crecidito.

Tengo entradas, dice él.

¿Cómo está el Sr. Weems?

Oh, él está hecho de sal, vivirá para siempre.

Comienzan a caminar por un camino entre las filas de bancas y los brillantes árboles. Ocasionalmente le toma el brazo para estabilizarlo, aunque su toque solo lo desorienta más.

Pensé que tal vez tú estabas lejos, dice él. Pensé que tal vez te fuiste al mar.

Ruby detiene la carreola y carga al bebé a su pecho—él está envuelto en un cobertor azul—y luego pasan el torniquete.

El acuario es oscuro y húmedo y delineado de ambos lados por tanques de paredes de vidrio. Helechos cuelgan del techo, y niños pequeños se inclinan sobre los rieles y presionan sus narices al vidrio. Creo que le gusta, dice Ruby. ¿O no, bebé? Los ojos del niño están bien abiertos. Peces nadan en lentas elipsis detrás del vidrio.

Ven calamares traslúcidos con colas de sacacorchos, pulpos rosas brillantes como linternas flotantes, manatíes en azul y violeta y dorado. Azulejos verdes iridiscentes brillan en el techo y avientan patrones de luz ondulante por el piso.

En una alberca circular en el mero centro del edificio, figuras oscuras corren en coordinación. Lucios, murmura Ruby, ¿o no lo son?

Tom parpadea.

Estás pálido, dice ella.

Tom sacude su cabeza.

Ella le ayuda a salir a la luz del sol, bajo el cielo y los árboles. El bebé está en la carreola chupando su puño, examinando las nubes con gran intensidad, y Ruby guía a Tom a una banca.

Autos y camiones y una limusina blanca pasan lentamente por el puente blanco, por arriba del río. La ciudad brilla en la distancia.

Gracias, dice Tom.

¿Por qué?

Por esto.

¿Cuántos años tienes ahora, Tom?

Veintiuno. Igual que tú. Una brisa sacude ligeramente a los árboles, y las hojas vibran con luz. Todo es radiante.

El mundo se va a hades pero los bebés siguen naciendo, susurra Tom.

Ruby mira en la carreola y ajusta algo, y por un momento la parte de atrás de su cuello, entre su cabello y su collar, se expone. La vista de esas dos vértebras, cubiertas por su pálida piel, llena a Tom con un querer que quiebra los jardines abiertos. Por un momento parece que Ruby se va arrastrándose lentamente lejos de él, como si él es un nadador atrapado en una ola, y con cada brazada la parte de atrás de su cuello se aleja más hacia la distancia. Luego ella se sienta de regreso, y el parque se restablece, y puede sentir la banca volverse sólida bajo él una vez más.

Solía pensar, dice Tom, que tenía que tener cuidado con cuánto vivía. Como si la vida fuera una bolsa llena de monedas. Solo tienes tantas y no las quieres gastar todas en un lugar.

Ruby lo mira. Sus pestañas suben y bajan.

Pero ahora sé que la vida es la única cosa en el mundo que nunca se termina. A mí tal vez se me termine la mía, y a ti algún día la tuya, pero al mundo nunca se le terminará la suya. Y todos somos muy suertudos de ser parte de algo como eso.

Ella se le queda viendo. Algunos merecen más suerte de la que han tenido.

Tom sacude su cabeza. Cierra sus ojos. Yo también he sido suertudo. He sido absolutamente suertudo.

El bebé empieza a hacer ruido, un ligero chillido volviéndose un llanto. Ruby dice, Hambriento.

Una puerta se abre en la grava debajo de los pies de Tom, de interior negro como el ojo de una cerradura, y él mira hacia abajo.

¿Estarás bien?

Estaré bien.

Adiós, Tom. Le toca el brazo una vez, luego se va, empujando la carreola a través de la multitud. Él la mira desaparecer en pedazos: primero sus piernas, luego sus caderas, luego sus hombros, y finalmente la parte de atrás de su brillante cabeza.

Y luego Tom se sienta, sus manos en sus piernas, vivo, por un día más.


Extraído de 4th Estate (en línea), publicado en el 2010.

Categorías
cuentos Ficción

«Mi Tío Fred»—Heinrich Böll

La única persona que hace tolerables mis recuerdos de los años después de 1945 es mi Tío Fred. Vino de la guerra a la casa una tarde de verano, con ropa modesta, usando su única posesión, una lata, en un hilo alrededor de su cuello, y aguantando el insignificante peso de unas cuantas colas de cigarrillo que guardaba cuidadosamente en una cajita. Abrazó a mi madre, me besó a mí y a mi hermana, balbuceó algo como “Pan, sueño, tabaco,” y se hizo bolita en el sofá de nuestra familia, así que lo recuerdo como un hombre considerablemente más largo que nuestro sofá, un hecho que lo obligaba a: o mantener sus piernas arriba, o simplemente dejarlas colgando sobre la orilla. Ambas alternativas lo hacían quejarse amargamente contra la generación de nuestros abuelos, a quienes les debíamos la adquisición de este valioso mueble. Él llamaba a estas dignas personas búhos constipados, odiaba su preferencia hacia el rosa nauseabundo de la tapicería, pero no dejaba que nada de esto lo detuviera de complacerse con sueño frecuente y prolongado.

Yo, por mi parte, estaba haciendo una tarea ingrata en nuestra inocente familia: yo tenía catorce en ese entonces, y era el único contacto con esa memorable institución a la cual llamábamos el mercado negro. A mi padre lo habían matado en la guerra, a mi madre le daban una pensión diminuta, y el resultado era que yo tenía el trabajo de regatear para vender los restos de pertenencias rescatadas o de intercambiarlos por pan, carbón y tabaco. En esos días el carbón era la causa de considerables violaciones de derechos de propiedad a las cuales hoy tendríamos que llamar, francamente, robo. Así que la mayoría de los días me verías saliendo a robar o a regatear, y mi madre, aunque se daba cuenta de la necesidad de estas deshonrosas actividades, siempre tenía lágrimas en sus ojos mientras veía cómo me iba a mis complicados asuntos. Era mi responsabilidad, por ejemplo, convertir una almohada en pan, una taza de porcelana en sémola, o tres volúmenes de Gustav Freytag en dos onzas de café, tareas a las cuales yo me dedicaba con cierta cantidad de entusiasmo deportista, pero no completamente sin un sentido de humillación y de miedo. Ya que los valores—así es como los adultos les llamaban, en aquellos tiempos—habían cambiado sustancialmente, y de vez en cuando yo estaba expuesto a la sospecha infundada de deshonestidad porque el valor de un artículo regateado no correspondía en lo más mínimo al que mi madre pensaba que era el apropiado. Debo decir que no era nada agradable la tarea de actuar como negociador entre dos mundos de valores diferentes, mundos que desde entonces parecen haber convergido.

La llegada del Tío Fred nos llevó a todos a esperar una incondicional ayuda masculina. Pero comenzó por decepcionarnos. Desde el primerísimo día yo estaba seriamente preocupado por su apetito, y cuando, sin andar pajareando, le dije esto a mi madre, ella sugirió que lo dejara “encontrar sus pies.” Tardó casi ocho semanas en encontrar sus pies. A pesar del abuso del insatisfactorio sofá, él dormía ahí sin mucho problema y pasaba el día quedándose dormido o describiendo, en una voz de mártir, en qué posición prefería dormir.

Creo que su posición favorita era como la de un corredor a punto de arrancar. Le encantaba acostarse sobre su espalda después de comer, sus piernas arriba, convirtiendo un pedazo enorme de pan en migajas que atrapaba con su boca, y luego se rolaba un cigarro y se dormía por el resto del día hasta la hora de cenar. Era un hombre muy alto y muy pálido, y había una cicatriz circular en su barbilla que hacía que su cara se viera como una estatua de mármol dañada. Aunque su apetito por la comida y el sueño seguían preocupándome, me caía muy bien. Él era el único con quien yo podía por lo menos discutir teorías sobre el mercado negro sin meterme en un pleito. Obviamente él sabía todo acerca del conflicto entre los dos mundos de valores.

Aunque sí, casi le rogamos que nos platicara de la guerra, nunca lo hizo; dijo que no valía la pena hablar de eso. Lo único que a veces haría era contarnos acerca de su inducción, que parecía haber consistido más que nada en una persona uniformada de voz muy alta dándole la orden al Tío Fred de orinar en un tubo de ensayo, una orden que el Tío Fred no fue inmediatamente capaz de acatar, el resultado siendo que su carrera militar estaba condenada desde el principio. Él sostuvo que el interés del Reich de Alemania por su orina lo había llenado de una desconfianza considerable, una desconfianza que confirmó de manera abominable durante seis años de guerra.

Él había sido librero antes de la guerra, y cuando pasaron las primeras cuatro semanas en nuestro sofá, mi madre sugirió, en su manera gentil, de hermana, que investigara sobre su antigua empresa—él cautelosamente me pasó esta sugerencia a mí, pero lo único que descubrí fue un montón de escombros de como seis metros de altura que localicé en la parte de la ciudad que está en ruinas, después de como una hora de pilgrimaje. El Tío Fred se vió muy tranquilo con mis noticias.

Se echó para atrás en su silla, se roló un cigarro, asintió con aire de triunfo hacia mi madre, y le pidió que sacara sus antiguas cosas. En una esquina de nuestra habitación había una caja de madera cuidadosamente cerrada con clavos, la cual abrimos con un martillo y unas tenazas, bajo mucha especulación; lo que encontramos fue: veinte novelas de tamaño mediano y calidad mediocre, un reloj de bolsillo de oro, lleno de polvo pero intacto, dos pares de tirantes, unos cuadernos, su diploma de la Cámara de Comercio, y una libreta de ahorros que mostraban un saldo de mil doscientos marcos. Me dieron a mí la libreta de ahorros para que recolectara el dinero, y el resto de las cosas me las dieron para que las vendiera, incluyendo el diploma de la Cámara de Comercio—aunque para esto no hubo quien ni regateara, ya que el nombre del Tío Fred había sido inscrito en él en tinta india negra.

Esto significaba que por las siguientes cuatro semanas éramos libres de nuestras preocupaciones por pan, por tabaco, y por carbón, que era un gran alivio en especial para mí, ya que todas las escuelas abrieron sus puertas de nuevo, y yo tenía la obligación de completar mi educación.

Hasta este día, mucho después de haber completado mi educación, tengo buenos recuerdos de las sopas que solíamos obtener, más que nada porque podíamos obtener estas comidas casi sin luchar por ellas, y por eso le daban un tono feliz y contemporáneo a todo el sistema educativo.

Pero el evento más increíble durante este periodo era el hecho de que el Tío Fred al fin tomó la iniciativa fácil unas ocho semanas después de su regreso seguro a casa.

Una mañana a fines del verano se levantó del sofá, se rasuró con tanto detalle que nos sentimos aprensivos, nos pidió unos calzones limpios, me pidió prestada mi bicicleta, y desapareció.

Su regreso, ya tarde esa noche, fue acompañado por un montón de ruido y un penetrante olor a vino; el olor a vino emanaba de la boca de mi tío, y el ruidazal se podía rastrear a como media docena de cubetas galvanizadas que había amarrado juntas con una cuerda gruesa. Nuestra confusión no nos dejó hasta que descubrimos que había decidido resucitar el comercio de flores en nuestra destruida ciudad. A mi madre, quien estaba llena de sospecha hacia el nuevo mundo de valores, le valió esa idea, diciendo que nadie iba a querer comprar flores. Pero estaba equivocada.

Era una memorable mañana cuando ayudamos al Tío Fred a llevar las cubetas bien llenas a la parada de tranvía donde se instaló con su negocio. Y aún recuerdo vívidamente cómo se veían esos tulipanes rojos y amarillos, los húmedos claveles, y nunca voy a olvidar lo impresionante que se veía ahí parado en medio de todas las figuras grises y los montones de escombros, empezando: “Flores, flores frescas—¡sin necesidad de cupones!” No necesito describir cómo su negocio floreció: fue un éxito enorme e inmediato. En cuestión de cuatro semanas él ya era dueño de tres docenas de cubetas galvanizadas, dos sucursales, y un mes después ya estaba pagando impuestos. Se respiraba un aire diferente en toda la ciudad: puestos de flores aparecían en esquina tras esquina, era imposible mantener el ritmo de la demanda; se conseguían más y más cubetas, se instalaron cabinas de flores y se armaron carritos de prisa.

De cualquier manera, nos mantuvo abastecidos no solo de flores frescas, sino también de pan y de carbón, y yo pude retirarme del negocio de corredor de bienes, un hecho que ayudó mucho a levantar mis estándares morales. Durante varios años, ya, el Tío Fred ha sido un hombre de sustancia: sus sucursales aún prosperan, tiene un carro, y me ve a mí como su heredero, y me han dicho que me meta a estudiar comercio para que pueda encargarme del lado de los impuestos del negocio, aún antes de heredar cosa alguna.

Cuando lo veo hoy, una figura sólida detrás del volante de su carro rojo, me parece raro recordar que de verdad había un tiempo en mi vida en el cual su apetito me causaba noches sin dormir.


Extraído del libro “Absent Without Leave” por Heinrich Böll, publicado en 1967.

Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«¿Dónde Estás?»—Joyce Carol Oates

El esposo había caído en el hábito de llamar a la esposa desde algún lugar en la casa—si ella estaba en el piso de arriba, él estaba abajo; si ella estaba abajo, él estaba arriba—y cuando ella contestaba, “¿Sí? ¿Qué?”, él seguiría llamándola, como si no la hubiera escuchado y con aire de paciencia tensa: “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?” Y entonces ella no tenía opción más que apurarse hacia él, donde sea que él estuviera, en algún otro lado en la casa, abajo, arriba, en el sótano o afuera en el pórtico, en el patio trasero o en la cochera. “¿Sí?”, ella contestaría, intentando mantener la calma. “¿Qué pasa?” Y él le diría—una queja, un comentario, una observación, un recordatorio, una pregunta—y luego, después, ella lo escucharía llamándola de nuevo con una nueva urgencia, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, y ella le contestaría, “¿Sí? ¿Qué pasa?”, intentando determinar dónde estaba. Él seguiría llamándola, sin escucharla, ya que no le gustaba usar su aparato para el oído en la casa, donde solo estaba la esposa para ser escuchada. Se quejaba de que uno de los pequeños dispositivos en forma de caracol le causaba dolor en el oído, el delicado oído interno estaba rojo y hasta había sangrado, entonces él llamaría, de mal humor, “¿Aló? ¿Dónde estás?”—ya que la mujer siempre se estaba yendo a algún lado fuera del rango de su escucha, y nunca sabía dónde diablos estaba ella o qué estaba haciendo; a veces, su propia existencia lo exasperaba—hasta que finalmente ella cedió y corrió sin aliento buscándolo, y cuando él la vio le dijo, quejándose, “¿Dónde estabas? Me preocupo por ti cuando no contestas.” Y ella le dijo, riéndose, intentando reírse, aunque nada de esto era chistoso, “¡Pero aquí he estado todo el tiempo!” Y él contestó, “No, no lo estabas. No lo estabas. Yo estaba aquí, y tú no estabas aquí.” Y luego, ese día, después de su almuerzo y antes de su siesta, a menos que sea antes de su almuerzo y después de su siesta, la esposa escuchó al esposo llamándola, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, y el pensamiento vino a ella, No. Me esconderé de él. Pero ella no haría algo tan infantil. En vez de eso se paró en las escaleras y con sus manos alrededor de su boca como altavoz le contestó, “Estoy aquí. Siempre estoy aquí. ¿Dónde más estaría?” Pero el esposo no podía escucharla y seguía llamando, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”, hasta que al fin ella gritó, “¿Qué quieres? Ya te dije, estoy aquí.” Pero el esposo no podía escuchar y siguió llamando, “¿Aló? ¿Dónde estás? ¡Aló!”, y finalmente la esposa no tuvo opción más que ceder, ya que el esposo sonaba muy frustrado y enojado y ansioso. Descendiendo las escaleras, ella se tropezó y se cayó, se cayó duro, y su cuello se rompió en un instante, y se murió al pie de las escaleras, mientras en uno de los cuartos de abajo, o tal vez en la bodega, o en el deck del jardín de atrás de la casa, el esposo seguía llamando, con una urgencia creciente, “¿Aló? ¿Hola? ¿Dónde estás?”


“Where Are You?”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 5 de julio del 2018.

Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

“La Serie de Oradores del Sur de Asia Presenta al Arqueólogo y Aventurero Indiana Jones”—Tania James

“Pero, si me preguntan a mí,” dijo Indiana Jones, “pertenece en un museo.”

Hizo una pausa para que eso pegara.

Estaba sentado en el escenario enfrente de la moderadora, una mujer india cuyo nombre había fracasado en recordar. Sus piernas estaban cruzadas por la rodilla. (Las piernas sí las recordaría.) Tomó el vaso de agua de la diminuta mesa entre ellos y bebió.

La moderadora descruzó las piernas y volteó hacia la audiencia. “Hagamos una pausa aquí para tomar preguntas.”

Él siguió la mirada de la moderadora hacia las masas de gente, desbordando por los pasillos, pegadas a la pared. Por primera vez en la noche, intentó distinguir caras. Muchas de ellas eran de color. Caras de color. No es algo malo. Su mejor amigo era egipcio.

Un micrófono le fue dado al primer cuestionador, un hombre de piel café. “Gracias por su discurso, Dr. Jones. Me pregunto sobre la aldea india, la que lo mandó a usted a su misión de rescatar una piedra mística.”

“La piedra Sankara, correcto. Los aldeanos me mandaron a recuperarla y salvar a sus niños secuestrados de un culto demoníaco.”

“Me preguntaba cómo se llamaba esa aldea.”

“No lo recuerdo.”

“¿No lo recuerda?”

“Acababa de bajar en una balsa por una cascada. Me perdonarán si no recuerdo el nombre de la aldea.” Indy sonrió de un modo que esperaba fuera encantador.

“¿Creo que era Mayapur?” la moderadora intervino, consultando sus notas.

“Eso mero, Mayapur,” Indy dijo. “Y el líder de la aldea se llamaba Chamán.”

“Chamán,” el cuestionador dijo. “Solo… Chamán.”

“Correcto.”

“Entonces si fuera a Mayapur y fuera por ahí preguntando por un tipo que se llama Chamán, la gente estaría como, ah sí, Chamán, vive por, no sé, la Calle Cherokee.”

“Mira, viejo, no sé cual es tu problema—”

“Mi problema es que todos estos nombres suenan inventados.”

“Todos los nombres son inventados. Hey, a mi me dieron el nombre de mi mascota, ¡un perro!”

Algunas personas se rieron. Indy solicitó la siguiente pregunta.

Vino de una mujer bonita en una falda apretada. “Hola, Dr. Jones,” dijo ella, y, conforme prosiguió, él se encontró recordando a una estudiante, una niña, de sus días de profesor. “¿Usted mencionó que, en el banquete del maharajá, fue servido un postre de sesos de mono congelados?”

Él asintió con la cabeza, aún pensando en la estudiante que solía sentarse en la primera fila de su clase de historia. Una vez, en sus párpados, ella le había escrito un mensaje. “Te” en su párpado derecho, y “Amo” en el izquierdo.

“Algunos dicen que esta idea de los asiáticos comiendo sesos de mono es una leyenda urbana, basada en un malentendido del chino hóu tóu gū, que traducido es ‘hongo cabeza de mono.’ ¿Podría ser que usted comió sopa de hongo cabeza de mono? Es un platillo manchuriano.”

Indy recordó la manera en que su ex-estudiante había cerrado y abierto los ojos. Te amo. Te amo. Era más o menos repugnante pensar en ella escribiendo en sus propios párpados. Pero más o menos asombroso, también. ¿Qué no haría ella?

“¿Dr. Jones?” la cuestionadora dijo.

Indy miró a la moderadora, quien también lo estaba mirando a él, de manera ilegible. “Solo comí lo que me dijeron que comiera,” dijo.

Silencio. Bebió un largo trago de agua.

El mundo se ha vuelto hostil a su forma de investigación. Lo que no daría por estar de regreso en las junglas de Honduras o saltando entre trenes a través de una Europa ocupada por nazis, donde él podría dejar que su látigo hablara. Había aceptado esta chamba por los honorarios, más que nada.

Para la pregunta final, la moderadora señaló a una mujer diminuta con cabello negro ondulante. “Sr. Jones,” dijo ella, ya fastidiándolo, ya que él tenía un doctorado. “¿Cómo respondería al reclamo de que usted es más roba-tumbas que arqueólogo? ¿Y hay algún mérito en el argumento de que estas reliquias no pertenecen a museos europeos, sino a los lugares de donde han sido saqueadas?”

“¿Sabes qué?” Indy dijo. “Tengo un par de preguntas. ¿Alguna vez te han azotado a latigazos y alimentado la sangre de Kali a la fuerza? ¿Has sido lisiada por una muñeca de vudú? Yo ya hice todo eso, no por mí mismo, sino por los aldeanos de esa aldea y sus niños. Yo soy el bueno aquí, no el malo.”

“Dr. Jones,” la moderadora dijo, “la pregunta tenía que ver con objetos robados—”

“Bueno, pues adivinen qué, el tiro les sale por la culata…” Su voz se fue perdiendo. Él estaba pensando en el Santo Grial, la copa del rey de reyes, cayendo fuera de su alcance, cayendo a un abismo debajo del Templo del Sol. ¿Y no era siempre así? ¿No lo había eludido finalmente cada objeto que había amado, desapareciendo aún más en la bóveda de la historia? Silenciosamente dijo, “nunca he puesto nada en un museo.”

Miró al piso. El murmullo general era insoportablemente doloroso.

Finalmente, escuchó la gentil voz de la moderadora: “Indiana… Indiana…”

Su tono sonaba tanto como el de su padre en ese momento. Miró en sus cálidos ojos cafés.

“Indy, te trajimos aquí para hablar.”

Estoy hablando.”

“No, para que nosotros pudiéramos hablar contigo.” Le dio una sonrisa con simpatía. “Indy, la verdad es que a muchos de nosotros nos pareces muy heróico y muy sexy. Pero esta misión en India es confusa. Por un lado, estamos halagados. Por otro lado, estamos enojados. Es que es un círculo muy difícil de cuadrar, ¿sabes?”

Indy suspiró; él lo sabía. Las cosas se pusieron raras en India. En el fondo, él siempre lo había sabido.

“¿Podemos estar de acuerdo, Indy, en que India fue un paso en falso? ¿En que deberías quedarte solo con lo de luchar contra nazis?”

“Teoréticamente, seguro, pero el partido nazi ha desaparecido.”

“Y aún así todavía hay nazis. Siempre habrá nazis.”

Frunció el ceño, sospechoso. Cuando miró hacia la audiencia, podía ver olas de caras asintiendo, confirmando la perdurable presencia de nazis. Su mirada se fijó en el signo rojo de salida, brillando como la ardiente piedra Sankara.

“Bueno, entonces,” dijo, “supongo que tengo trabajo qué hacer.”

Estiró sus brazos debajo de la silla para recuperar el fedora que había guardado detrás de sus tobillos todo este tiempo, el sombrero que lo había visto cruzar cada aventura, y se lo puso en la cabeza. Se levantó y trotó hacia un lado, bajando las escaleras. Mientras iba por el pasillo central, la gente comenzó a aplaudir, con incertidumbre al principio. No importaba. Él estaba agradecido. Lo habían salvado.


“The South Asian Speakers Series Presents the Archeologist and Adventurer Indiana Jones”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 27 de agosto del 2020.

Categorías
cuentos Ficción

«Lo Gris»—Sheila Heti

El mundo entero aún podría ser gris, como lo era en el pasado, en esas viejas películas. Pero un día los colores llegaron, en algún tiempo entre ese entonces y ahora. Creo que deben haber sido las guerras. Después de las guerras la gente dijo, Necesitamos alguna razón para estar menos molestos. Alguien sugirió, ¿Colores? El mundo acordó que se necesitaban los colores, para jalar a todos fuera de la desesperación de los moribundos, y de todos esos montones de huesos. Trajeron los colores. Solo los transportaron en camiones, y todos tomaron cuanto color pudieran. Era un trabajo para cada persona en el planeta, poner colores donde deben ir. Algunas cosas se decidieron por adelantado, como hacer el pasto verde, y te multarían si hacías el tuyo rojo o azul. Pero otras cosas tú podías decidir, como el color de tu camisa. Era un pequeño comité de gente el que tomaba las decisiones grandes, era necesario, pero también lo era cada humilde individuo, haciendo su propio trabajo. El mundo respiró hondo con alivio: ¡todo era mucho más hermoso ahora! Y por varios días no hubo guerras, solo gente disfrutando de los colores, pero los humanos se adaptan rápidamente a lo que es hermoso y agradable, y luego las guerras iniciaron de nuevo, y el comité fue disuelto.

Hace mucho tiempo yo era parte de este comité—no el original, sino el conmemorativo, formado por las hijas del comité. Nos reunimos para tomar nota sobre qué había sucedido realmente en esas conversaciones, para que le pudiéramos contar al mundo. Le preguntamos a nuestros padres, ¿Cómo era estar en el comité? ¿Cómo eran esas juntas? Pero habían perdido sus memorias, algunos de ellos, y otros estaban enojados con los demás miembros del comité, y no nos dirían por qué. Reunimos muy poca información rescatable para el mundo, para la posteridad. Luego nos disolvimos, también. Nos dijimos a nosotras mismas, Solo disfrutemos los colores. ¿A quién le importa cómo llegaron aquí? Así que eso hicimos. Nos convertimos en cualquiera, no archivistas del pasado, sino gente regular caminando a través de los colores del presente, como si no supiéramos nada.

Luego, un día, Amanda pensó que en realidad solo deberíamos platicar con la gente del mundo que había participado en dispersar los colores sobre la tierra, solo gente regular, la gente que lo hizo. El resto de las hijas estaban agotadas, pero yo quería hacerlo con ella, porque ella me gustaba y sonaba divertido. Pregunté si ella pensaba que debería traer mi cámara de cine, y dijo que sí, podríamos hacer un documental. Fuimos a un pequeño pueblo y nos paramos en la plaza y acosamos a la gente que iba por ahí haciendo sus compras domingueras y les preguntamos cómo era cuando empezaron a haber colores, ¿y habían participado en colorear todo? Solo le preguntamos a gente vieja. La mayoría no quería hablar con nosotras, pero una señora viejita sí. Nos invitó a su departamento por un té.

Su departamento estaba lleno de colores, justo como el resto del mundo, excepto por un rincón, el cual seguía gris. Era su propio rincón secreto que no había sido coloreado—¡tal vez el único lugar en el mundo como este! El mundo hubiera estado agitado de saber que un rincón no había sido rellenado; pero ella dijo que en cincuenta años, sesenta, setenta, ella no había dejado pasar a nadie. Ella prefirió renunciar a esposos y amigas, para que ella pudiera conservar un rincón del mundo sin color.

Claramente le era relajante tenerlo, tan relajante como un ratoncito gris que es un amigo. Ay, nos dijo, mientras hablaba para la cámara, evitando hacer contacto visual con ella, sus dedos jugando con su taza en su pequeño platillo de porcelana, era todo de lo que la gente podía hablar—¿qué color le vas a poner a esto? ¿Qué color le vas a poner a eso? ¿No es tan hermoso todo ahora? ¿Cómo pudimos vivir con todo ese gris? ¿Por qué le tomó tanto tiempo al mundo? ¿No es bonito como todos estamos cooperando?

Ella estaba haciendo expresiones agrias mientras imitaba a aquellas personas de hace tanto tiempo, muchas de ellas ya muertas, dijo. Ella también había caído en esa locura por un ratito, coloreando cualquier cosa a la vista, hasta cosas que no estaban en su jurisdicción colorear, como la reja del vecino.

Pero un día ella regresó a su departamento, donde aún no había rellenado el rincón. Había estado coloreando otras cosas, solo lo había dejado pasar. Ella pensó, estoy cansada, lo haré mañana. Nos dijo esto mirando hacia abajo. ¿Y qué pasó? Bueno, mañana se convirtió en mañana, como le pasa a tantas de nosotras. Siguió apareciendo en su lista de qué-haceres, como una de esas cosas que se quedan ahí por tantos meses que ya ni las notas. Y los meses se volvieron años, y de alguna manera nunca lo hizo. ¿Qué onda con esas cosas que nunca se van de la lista? ¿Será que en realidad no queremos hacerlas? ¿O será que ni siquiera necesitamos hacerlas? Las ponemos ahí porque pensamos que deberíamos. ¿Por qué no solo ya las quitamos? Así que finalmente lo quitó de la lista, y para ese entonces al mundo ya ni le quedaba suficiente color como para que ella rellenara el rincón.

Se quedó en ese departamento—varios amigos la alentaron a mudarse, ya que los inmigrantes se estaban mudando a su edificio, así que sus amigos pensaban que se debería mudar. Pero, a pesar de que no era fan de los inmigrantes, a ella no le importaba mucho, eran lindos vecinos, y ese rincón gris la tranquilizaba de una manera muy curiosa. Ella lo veía cada día mientras tomaba su té. No, nunca tenía compañía en su departamento, y sí, sus preciosos vecinos inmigrantes pensaban que era medio mamona, ¿pero qué suponía hacer ella si alguno de ellos se enteraba y le decía a alguien? No podía tomar ese riesgo. Así que no tomó ese riesgo. Finalmente se levantó para dejarnos salir, muy muy tristemente. Nos pidió que por favor no publiquemos nuestro documental, o escribamos sobre él, hasta que ella se muera. Ella quería vivir con ese rinconcito de esa manera hasta morir, y que no se la llevaran de ahí o a la cárcel, y que no viniera alguien de algún comité a colorear el rincón, así que accedimos, porque sentimos lástima por ella, y nos cayó bien.

Bueno, al fin murió el año pasado, y la siguiente semana se estrena nuestro documental, pero estamos tristes por eso. Más que nada, ojalá no hubiéramos estado esperando este aniversario, el año desde su muerte, con el tipo de deseo que toda la gente siente al querer mostrarle al mundo lo que ha hecho. Estamos orgullosas del cortometraje que creamos, y de que encontramos esta historia, pero no de que ella haya tenido que morir para que lo coloquemos en el mundo. Mejor que ella hubiera vivido, y vivido con su rincón, a que nosotras podamos enseñar nuestra película. ¿Por qué siempre hay tanta tristeza cuando ocurre algo bueno, un balance entre lo bueno y lo malo? ¿No podría haber dicho, ¡Muéstrenle su película al mundo! y haberse sentido segura de que ya a nadie le importa un rinconcito que no ha sido rellenado? No, pero tal vez ella sabía algo que nosotras no, algo de los colores, y de lo gris, y de los rincones, y de lo que se te permite en tu privacidad, en tu pequeño departamentito, y de lo que no.


“Grayness”—extraído de la revista The New Yorker publicada el 16 de julio del 2020.

Categorías
cuentos Ficción

«La Marca en la Pared»—Virginia Woolf

Tal vez era la mitad de enero de este año cuando miré por primera vez hacia arriba y vi la marca en la pared. Para poder obtener una cita es necesario recordar lo que una ha visto. Así que ahora pienso en el fuego; en la estable capa de luz amarilla que pega en la página de mi libro; las tres flores de crisantemo en el plato redondo de vidrio en el mantel. Sí, ha de haber sido invierno, y nos acabábamos de terminar nuestro té, porque recuerdo que yo estaba fumando un cigarro cuando miré hacia arriba y vi la marca en la pared por primera vez. Vi a través del humo de mi cigarro y mi ojo se sostuvo en las brasas ardiendo, y esa vieja fantasía sobre la bandera rojo oscuro papaloteando desde la torre del castillo me vino a la mente, y pensé en la cabalgada de caballeros rojos marchando por un lado de la roca negra. Más que nada para mi alivio, ver la marca en la pared interrumpió esa fantasía, ya que es una vieja fantasía, una fantasía automática, tal vez hecha cuando yo era una niña. La marca era una marca pequeña y redonda, negra en la pared blanca, como 15 o 18 centímetros arriba del mantel.

Qué preparados están nuestros pensamientos para crear un hormiguero alrededor de un nuevo objeto, levantándolo un poquito, como las hormigas cargan un pedacito de paja con tanto afán, y luego lo dejan… Si esa marca fue hecha por un clavo, no pudo haber sido para una foto, tuvo que haber sido para una pintura en miniatura—una miniatura de una dama con rizos blancos empolvados, con mejillas empolvadas, y labios como claveles rojos. Un fraude, por supuesto, ya que la gente que ha tenido esta casa antes que nosotros hubieran escogido pinturas de esa manera—una pintura vieja para un cuarto viejo. Ese es el tipo de gente que era—gente muy interesante, y yo pienso en ellos tan seguido, en lugares tan extraños, porque una nunca los verá de nuevo, jamás, una nunca sabrá qué es lo que sucedió después. Ellos querían dejar esta casa porque ellos querían cambiar su estilo de muebles, o eso dijo él, y él estaba en el proceso de decir que en su opinión el arte debería tener ideas detrás de él, cuando fuimos desgarradas en pedazos, como una es desgarrada en pedazos lejos de la vieja a punto de servir el té, y del joven a punto de pegarle a la pelota de tenis en el jardín trasero de una hacienda en los suburbios mientras una pasa rápido en el tren.

Pero en cuanto a esa marca, no estoy segura de ello; al fin de cuentas no creo que haya sido hecha por un clavo; es demasiado grande, demasiado redonda, para eso. Tal vez me levante, pero si me levanto y la miro, apuesto a que no sabré qué decir con certidumbre; porque ya que algo está hecho, nadie nunca sabe cómo sucedió. ¡Ay! mi queridísima yo misma, el misterio de la vida; ¡la inexactitud del pensamiento! ¡La ignorancia de la humanidad! Para mostrar qué tan poquito control de nuestras posesiones tenemos—qué tan accidental es este asunto de vivir después de toda nuestra civilización—déjenme contar unas cuantas cosas que he perdido en una vida, comenzando, ya que esa siempre parece la más misteriosa de todas las pérdidas—¿y qué gato, qué ratón mordisquearía—tres frascos azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego estaban las jaulas de pájaro, los aros de hierro, los patines de fierro, la cubeta para carbón de la Reina Anne, el tablero de Bagatelle, el órgano portátil—todos desaparecidos, y joyas también. Los ópalos y las esmeraldas, mienten sobre las raíces de los nabos. ¡Qué asunto tan cortante es el estar segura! La maravilla es que tengo algo de ropa cubriendo mi espalda, que me siento rodeada de muebles sólidos en este mismo momento. Porque, si una quiere comparar la vida con lo que sea, una debe sentirlo como si fuera lanzada por un tubo a cien por hora—¡aterrizando en el otro lado sin un solo broche en el cabello! ¡Disparada a los pies de Dios completamente desnuda! ¡Tambaleándose pies sobre cabeza por los valles de asfódelo como paquetes de papel café pasando por un tiro de la oficina postal! Con el cabello de una volando detrás como cola de caballo de carreras. Sí, eso parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo desperdicio y la reparación; todo tan casual, todo tan al azar…

Pero después de la vida. El jalón lento en los tallos verdes que da paso a la copa de la flor, mientras se voltea, diluvia a una con luz púrpura y roja. Porque, después de todo, ¿no debería una nacer ahí de la misma manera en la que una nace aquí, indefensa, sin palabras, sin la habilidad de enfocar la vista, agarrándose de las raíces del césped, en los dedos de los pies de los Gigantes? Y para decir cuáles son árboles, y cuáles son hombres y mujeres, o si hay tales cosas, ella no estará en condición de hacer algo por cincuenta años, o por ahí. No habrá nada más que espacios de luz y oscuridad, intersectados por tallos gruesos, y, tal vez más arriba, manchas en forma de rosas de colores indistintos—rosas oscuros y azules—las cuales, conforme pasa el tiempo, van a obtener una forma más definitiva, van a volverse—no sé qué…

Y aún así esa marca en la pared no es un hoyo, después de todo. Hasta puede haber sido causada por una sustancia negra y redonda, como un pequeño pétalo de rosa que haya sido olvidado por el verano, y yo, no siendo un ama de casa muy vigilante—mira todo el polvo en el mantel, por ejemplo, el polvo que, como dicen, enterró a la ciudad de Troya tres veces, solo fragmentos de vasijas se rehúsan absolutamente a la aniquilación, hasta donde una puede creer.

El árbol de afuera de la ventana golpea muy suavemente el vidrio… Quiero pensar en silencio, con calma, con espacio, sin ser interrumpida nunca, sin tener que levantarme de mi silla nunca, quiero deslizarme con facilidad de una cosa a otra, sin sentido de hostilidad alguna, sin obstáculo. Quiero sumergirme más y más hondo, lejos de la superficie, con sus duros y separados hechos. Quiero estabilizarme, déjenme agarrar la onda de la primera idea que pase… Shakespeare… Bueno, él es tan bueno como algún otro. Un hombre que se sentó sólidamente en un sillón, y miró dentro del fuego, así que—una lluvia de ideas cayó perpetuamente desde un Cielo muy lejos en las alturas a través de su mente. Él recargó su frente en su mano, y la gente, mirando a través de la puerta abierta—ya que se supone que esta escena toma lugar en la noche de un verano—pero qué aburrido es esto, ¡la ficción histórica! No me interesa para nada. Cómo quisiera poder encontrarme con una pista de pensamiento agradable, una pista que refleje indirectamente algún crédito a mi misma, ya que esos son los pensamientos más agradables, y muy frecuentes hasta en la mente de gente modesta y del color de ratones, gente que genuinamente cree que no le gusta oír sus propias alabanzas a sí mismas. Esos no son pensamientos directamente alabando a una misma; esa es su belleza; son pensamientos como este:

“Y luego entré al cuarto. Estaban discutiendo botánica. Yo les dije cómo había visto una flor creciendo en un montoncito de polvo en el sitio de una casa vieja en Kingsway. La semilla, les dije, debió haber sido sembrada en el reino de Carlos I. ¿Qué flores crecieron en el reino de Carlos I?” yo pregunté—(pero no recuerdo la respuesta). Flores altas con borlas púrpuras, tal vez. Y así sigue. Todo el tiempo estoy vistiendo la figura de mí misma en mi propia mente, con amor, a escondidas, no adorándola abiertamente, porque si hiciera eso, me debería lanzar afuera, y estirar mi mano al instante por un libro como autoprotección. Así es, es curioso lo instintivamente que una protege la imagen de una misma de la idolatría, o de cualquier otro manejo que pudiera hacer esa imagen de una misma ridícula, o demasiado diferente a la original como para que alguien siga creyendo en ella. ¿O no es curioso para nada? Es un asunto de gran importancia. Supón que el espejo se destroza, la imagen desaparece, y la figura romántica con la profundidad del verde bosque ya no está ahí, solo queda ese caparazón de persona que es visto por otras personas—¡el mundo se vuelve tan superficial, calvo, prominente, sin aire! Un mundo en el que no se debería vivir. Mientras nos miramos la una a la otra en omnibuses y en el metro, estamos viendo al espejo; esa es la razón detrás de la vaguedad, del reflejo del lagrimeo en nuestros ojos. Y los novelistas en el futuro van a darse más y más cuenta de la importancia de estas reflexiones, porque por supuesto que no hay una reflexión, sino hay un número casi infinito; aquellas son las profundidades que van a explorar, esos los fantasmas que van a perseguir, dejando la descripción de la realidad más y más fuera de sus historias, dando por sentado un conocimiento de ella, como le hicieron los griegos y tal vez Shakespeare—pero estas generalizaciones no valen nada. El sonido militar de la palabra es suficiente. Recuerda los artículos principales, los ministros de gabinete—toda una clase de cosas, cómo no, que como niña una pensaba en esa mismísima cosa, la cosa estándar, la cosa real, de la cual una no puede irse más que con el riesgo de una condena sin nombre. Las generalizaciones traen de vuelta, de alguna manera, los domingos en Londres, las caminatas domingueras, las comidas domingueras, y también las maneras en las que se habla de los muertos, de la ropa, de hábitos—como el hábito de sentarse todas juntas en un cuarto hasta cierta hora, aunque a nadie le guste. Había una regla para todo. La regla para los manteles en ese periodo de tiempo en particular, era que tenían que estar hechos de tapiz con pequeños cuadritos amarillos marcados en ellos, como podrás ver en las fotos de las alfombras en los corredores de los palacios reales. Manteles de otro tipo no eran manteles de verdad. Qué impactante, y aún así qué maravilloso, fue descubrir que estas cosas reales, las comidas domingueras, los paseos domingueros, las casas de campo, y los manteles, no eran completamente reales, que eran, por supuesto, mitad fantasma, y la condena que visitaba a quien no creyera en esas cosas era únicamente un sentido de libertad ilegítima. ¿Qué tomará ahora el lugar de esas cosas, me pregunto, de esas cosas estándar, cosas reales? Los hombres, tal vez, si tú eres una mujer; el punto de vista masculino que gobierna nuestras vidas, que decide el estándar, que establece la Tabla de Precedencia de Whitaker, la cual se ha vuelto, yo supongo, desde la guerra, mitad fantasma para muchos hombres y mujeres, quienes pronto, una puede esperar, van a ser burlados hasta unirse al polvo en el basurero donde van los fantasmas, los aparadores de caoba y las impresiones de pinturas de Landseer, Dioses y Demonios, el Infierno y así, dejándonos atrás a todas con un sentido intoxicante de libertad ilegítima—si es que la libertad existe…

Bajo algunas luces, esa marca en la pared de hecho parece proyectarse desde la pared. Ni parece completamente circular. No puedo estar segura, pero parece crear una sombra perceptible, sugiriendo que si corriera mi dedo por ese pedazo de pared, la marca, en algún punto, ascendería como por un pequeño túmulo, un túmulo suave como uno de esos montecitos en el sur de Downs, los cuales son, dicen, o tumbas o campo. De esos dos yo preferiría que fueran tumbas, deseando la melancolía, como la mayoría de los ingleses, y encontrando natural el pensar sobre los huesos extendidos debajo del césped, al final de una caminata… Debe haber algún libro sobre eso. Algún anticuario debe haber excavado esos huesos y les debe haber dado nombre… ¿Qué tipo de hombre es un anticuario, me pregunto? Coroneles retirados, en su mayoría, me atrevería a decir, liderando grupos de viejos trabajadores hasta la cima, aquí, examinando terrones de tierra y piedra, y comenzando correspondencia con el clero vecino, el cual, siendo abierto a la hora del desayuno, les da un sentimiento de importancia, y para la comparación de puntas de flecha se necesitan viajes a través del país visitando los pueblitos, una necesidad agradable para ellos y para sus viejas esposas, quienes desean hacer jalea de ciruela o limpiar el estudio, y tienen toda razón para mantener esa gran pregunta del campo o tumba perpetuamente suspendida, mientras el coronel mismo se siente agradablemente filosófico al acumular evidencia para ambos lados de la pregunta. Es verdad que al final se inclina en creer que es campo; y, siendo opuesto, hace que otro haga el panfleto que está a punto de leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando un infarto lo recuesta, y sus últimos pensamientos conscientes no son de esposa o de hijo, sino del campo y de la flecha ahí, la cual ahora está en una vitrina en el museo local, junto con el pie de una asesina china, un manojo de clavos isabelinos, una gran cantidad de pipas de arcilla de tudor, un pedazo de cerámica romana, y la copa de vino de la cual Nelson bebía—comprobando que yo realmente no sé qué.

No, no, nada es comprobado, nada es conocido. Y si yo fuera a levantarme en este mismo momento y asegurarme de que la marca en la pared realmente es—¿qué se puede decir?—la cabeza de un viejo y enorme clavo, martillado hace doscientos años, la cual ahora tiene, gracias al paciente desgaste de muchas generaciones de sirvientas, su cabeza asomada por encima de la capa de pintura, y apenas está mirando por primera vez la vida moderna de un cuarto de pared blanca e iluminado por el fuego de la chimenea, ¿qué debería ganar ahora?—¿Conocimiento? ¿Temas para más especulación? Puedo pensar sentada tan bien como puedo pensar parada. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros hombres más ilustres sino descendientes de brujas y ermitaños que se agachaban en cuevas y en bosques, cocinando hierbas, interrogando ratoncitos y escribiendo el lenguaje de las estrellas? Y entre menos los honremos mientras nuestras supersticiones disminuyen y nuestro respeto por la belleza y la salud de la mente incrementa… Sí, una puede imaginar un mundo muy agradable. Un mundo silencioso y espacioso, con las flores tan rojas y azules en los campos abiertos. Un mundo sin profesores o especialistas o sirvientas con perfiles de policía, un mundo en el que una se pudiera cortar con su pensamiento de la misma manera en la que un pez corta el agua con su aleta, mordisqueando los tallos de los lirios de agua, flotando, suspendido por encima de nidos de huevos blancos de mar… Qué paz la que hay aquí abajo, con las raíces en el centro del mundo y mirando hacia arriba a través de aguas grises, con sus espontáneos destellos de luz, y sus reflexiones—si no fuera por el Almanaque de Whitaker—¡si no fuera por la Tabla de Precedencia!

Debo saltar a ver por mí misma lo que esa marca en la pared es en realidad—¿un clavo, una hoja de rosa, una grieta en la madera?

Aquí está la naturaleza de nuevo jugando su viejo juego de autoconservación. Este tren de pensamiento, ella percibe, amenaza a ser una pérdida total de energía, hasta alguna colisión con la realidad, ya que, ¿quién va a ser capaz de levantar un dedo en contra de la Tabla de Precedencia de Whitaker? Al Arzobispo de Canterbury le sigue el Lord Canciller; al Lord Canciller le sigue el Arzobispo de York. Todos le siguen a alguien, esa es la filosofía de Whitaker; y la gran cosa es saber quién le sigue a quién. Whitaker sabe, y tú deja que eso, la Naturaleza aconseja, te sirva de consuelo, en lugar de enfurecerte; y si no puedes encontrar consuelo, si debes romper esta hora de paz, piensa en esa marca en la pared.

Yo entiendo el juego de la Naturaleza—me incita a tomar acción para terminar cualquier pensamiento que amenace excitar o causar dolor. Así que, yo supongo, de ahí viene nuestro ligero resentimiento hacia los hombres de acción—hombres, asumimos, que no piensan. Aún así, no hay daño en detener por completo los pensamientos desagradables viendo la marca en la pared.

Así es, ahora que ya fijé mis ojos en ella, siento que ya conseguí una tabla para flotar en el mar; siento un sentido satisfactorio de realidad que al instante manda a los dos Arzobispos y al Lord Canciller a la sombra de sombras. Aquí hay algo definitivo, algo real. Así que, despertando de un sueño de horror de medianoche, una enciende la luz sin ganas y se queda quieta, adorando el clóset con cajones, adorando la solidez, adorando la realidad, adorando al mundo impersonal que es prueba de una existencia diferente a la nuestra. Eso es de lo que una quiere estar segura… La madera es algo agradable en lo que pensar. Viene de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo crecen. Por años y años crecen, sin ponernos atención a nosotras, en los valles, en los bosques, y por los lados de los ríos—todas las cosas en las que una le agrada pensar. Las vacas mueven sus colas debajo de ellas en tardes acaloradas; ríos pintan tan verdes que cuando una polla de agua se sumerge, una espera ver sus plumas todas verdes cuando sale de nuevo. Me gusta pensar en los peces balanceados en contra de la corriente como banderas ondeando; y en los escarabajos de agua lentamente alzando domos de lodo en la cama del río. Me gusta pensar en el árbol mismo: primero la sensación cercana y seca de ser madera; luego el soportar la tormenta; luego el lento y delicioso deslice de savia. Me gusta pensar en él, también, en las noches de invierno, parado en el campo vacío con todas las hojas cerradas, nada suave expuesto a las balas de hierro de la luna, un mástil desnudo en una tierra que va tambaleándose, tambaleándose, toda la noche. La canción de los pájaros debe sonar muy fuerte y extraña en junio; y qué frío han de sentir los pies de los insectos sobre él, mientras crean su laborioso progreso por las grietas de la corteza, o mientras toman el sol sobre el delgado verde de las hojas, y miran directamente enfrente de ellas con ojos cortados como diamantes rojos… Una por una las fibras se rompen bajo la inmensa presión fría de la tierra, y luego la última tormenta llega y, cayendo, las ramas más altas se clavan a la tierra de nuevo. Aún así, la vida no termina con nada; hay millones de vidas pacientes y observadoras, aún, buscando un árbol, por todo el mundo, en habitaciones, en barcos, en el pavimento, en salas, donde hombres y mujeres se sientan después del té, fumando cigarros. Está lleno de pensamientos pacíficos, pensamientos felices, este árbol. Me debería gustar cada uno por separado—pero algo se está interponiendo… ¿Dónde estaba? ¿De qué se ha tratado todo? ¿Sobre un árbol? ¿Un río? ¿El sur? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Los campos de asfódelo? No puedo recordar ni una cosa. Todo se mueve, se cae, se resbala, desaparece… Hay una convulsión de temas inmensa. Alguien está parada por encima de mí y diciendo—

“Voy a salir a comprar el periódico.”

“¿Sí?”

“Aunque ya me vale comprar el periódico… Nada pasa, nunca. Maldita sea esta guerra. ¡Pinche guerra!… De cualquier manera, no sé por qué deberíamos tener un caracol en nuestra pared.”

¡Ah, la marca en la pared! Era un caracol.


“The Mark on the Wall”—extraído del ebook Monday or Tuesday, publicado originalmente en 1921 y el 25 de junio del 2009 en el Proyecto Gutenberg.