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«C R O 0 C R»—Kurt Vonnegut

Todo era perfectamente estupendo.

No había prisiones, ni barrios bajos, ni asilos mentales, ni inválidos, ni pobreza, ni guerras.

Todas las enfermedades fueron conquistadas. También la vejez.

La muerte, a excepción de los accidentes, era una aventura para voluntarios.

La población de los Estados Unidos estaba estabilizada en cuarenta millones de almas.

Una mañana brillante en el Hospital Acosta-dos de Chicago, un hombre llamado Edward K. Wehling, Jr., esperó a su esposa a dar a luz. Era el único hombre esperando. Ya no mucha gente nacía en cualquier día.

Wehling tenía cincuenta y seis, un chavito en una población cuya edad promedio era ciento veintinueve años.

Los rayos X habían revelado que su esposa iba a tener trillizos. Los niños serían sus primeros.

El joven Wehling estaba hundido en su silla, su cabeza en su mano. Estaba tan arrugado, tan quieto y sin color que casi casi era invisible. Su camuflaje era perfecto, ya que la sala de espera también tenía un aire de desorden y de desánimo. Las sillas y los ceniceros habían sido alejados de las paredes. El piso estaba pavimentado con trapos salpicados.

El cuarto estaba siendo redecorado. Estaba siendo redecorado como un memorial a un hombre que se había ofrecido como voluntario para morir. 

Un hombre viejo y sardónico, de como doscientos años, se sentó en una escalerilla, pintando un mural que no le gustaba. Antes, cuando la gente envejecía notablemente, cualquiera diría que tenía treinta y cinco, o por ahí. La vejez lo había tocado solo eso cuando encontraron la cura para la vejez.

El mural en el que él trabajaba mostraba un jardín muy nítido. Hombres y mujeres de blanco, doctoras y enfermeros, levantaban la tierra, plantaban semillas, quitaban insectos, echaban fertilizante.

Hombres y mujeres en uniformes morados quitaban hierbas, cortaban plantas que estaban viejas y enfermas, rastrillaban hojas, llevaban la basura a los quemadores.

Nunca, nunca, nunca—ni siquiera en la Holanda medieval ni en el viejo Japón—se había visto un jardín más formal, mejor cuidado. Cada planta tenía todo el abono, la luz, el agua y la nutrición que podría usar.

Un enfermero miró el mural y al muralista. “Se ve tan real,” dijo. “Prácticamente puedo imaginar que estoy parado en medio de él.”

“¿Qué te hace pensar que no estás en él?” dijo el pintor. Le dio una sonrisa satírica. “Se llama ‘El Jardín Feliz de Vida,’ ya sabes.”

“Qué bien por el Dr. Hitz,” dijo el enfermero.

Él se refería a una de esas figuras de blanco, cuya cabeza era el retrato del Dr. Benjamín Hitz, el obstetra general del hospital. Hitz era un hombre cegadoramente guapo.

“Muchas caras aún por rellenar,” dijo el enfermero. Él se refería a que muchas de las figuras del mural aún estaban en blanco. Todos los espacios en blanco iban a ser rellenados con los retratos de mucha gente importante o del personal del hospital o de la oficina de Chicago del Buró Federal de Terminación.

“Ha de ser bonito ser capaz de crear imágenes que parezcan algo,” dijo el enfermero.

La cara del pintor se retorció con odio. “¿Crees que estoy orgulloso de esta mancha?” dijo. “¿Crees que esta es mi idea de cómo es la vida en realidad?”

“¿Y cuál es su idea de cómo es la vida?” dijo el enfermero.

El pintor indicó un trapo asqueroso. “Ahí hay una buena imagen de ella,” dijo él. “Enmarca eso, y tendrás una imagen una pinche vista mucho más honesta que esta.”

“Como que es usted un pato viejo y aguitado, ¿no?” dijo el enfermero.

“¿Es un crimen serlo?” dijo el pintor.

El enfermero levantó los hombros. “Si no le gusta aquí, Abuelo—” dijo, y terminó el pensamiento con el número telefónico que la gente que no quiere seguir viviendo suponían llamar. El cero en el número telefónico se pronunciaba como un “no.”

El número era: “C R O 0 C R.”

Era el número telefónico de una institución cuyos apodos fantásticos incluían: “El Automático,” “La Tierra de los Pájaros,” “La Fábrica de Latas,” “La Caja del Gato,” “El Des-Ruidoso,” “El Facilito,” “El A-Dios, Madre,” “El Hooligan Feliz,” “El Bésame-Rápido,” “El Suertudo Pierre,” “El Fondote,” “El Licuado de Advertencia,” “El Ya-No-Llores,” y “El NTP.”

“Ser o no ser” era el número telefónico de las cámaras de gas municipales del Buró Federal de Terminación.

El pintor hizo un gesto de me vale al enfermero. “Cuando yo decida que es hora,” dijo, “no será en El Fondote.”

“Con que eres un hazlo-tú-mismo, ¿eh?” dijo el enfermero. “Es un trabajo sucio, Abuelo. ¿Por qué no le tiene un poco de consideración a las personas que tienen que limpiar detrás de usted?”

El pintor expresó con una obscenidad su falta de preocupación por las tribulaciones de sus sobrevivientes. “El mundo podría usar mucho más desmadre, si me preguntas a mí,” dijo.

El enfermero se rió y siguió.

Wehling, el padre que esperaba, murmuró algo sin levantar la cabeza. Y luego guardó silencio de nuevo.

Una mujer tosca y formidable entró a la sala de espera usando tacones de aguja. Sus zapatos, medias, gabardina, bolsa, y gorra de ultramar eran todas moradas, el morado que el pintor llamaba “el color de las uvas en el Día del Juicio.”

El medallón en su bolsa morada de gaita era el sello de la División de Servicio del Buró Federal de Terminación, un águila sentada en un torniquete.

La mujer tenía mucho vello facial—un claro bigote, de hecho. Algo curioso sobre las anfitrionas de las cámaras de gas era que, sin importar qué tan hermosas y femeninas eran cuando eran reclutadas, todas traían bigote a los cinco años, o menos.

“¿Aquí es a dónde se supone que voy?” le dijo ella al pintor.

“Mucho dependería de qué vienes a hacer,” dijo él. “No vas a tener un bebé ahora mismo, ¿o sí?”

“Me dijeron que supongo posar para una pintura,” dijo ella. “Mi nombre es Leora Duncan.” Ella esperó.

“¿A qué hora, Duncan?” dijo él.

“¿Qué?” dijo ella.

“Olvídalo,” dijo él.

“Qué bonita pintura,” dijo ella. “Se ve igualito al cielo o algo.”

“O algo,” dijo el pintor. Tomó una lista de nombres del bolsillo de su bata. “Duncan, Duncan, Duncan,” dijo, escaneando la lista. “Sí—aquí está. Tiene el derecho a ser inmortalizada. ¿Ve algún cuerpo sin cara en el que le gustaría que yo cuelgue su cabeza? Todavía nos quedan varias opciones.”

Ella estudió el mural sin ánimo. “Chale,” dijo ella, “todas son lo mismo para mí. No sé nada sobre arte.”

“Un cuerpo es un cuerpo, ¿eh?” dijo él. “Bueno, bueno. Como maestro de las artes finas, le recomiendo este cuerpo de aquí.” Le indicó una figura sin cara de una mujer cargando tallos secos a un quemador de basura.

“Pues,” dijo Leora Duncan, “como que eso es más para el personal de disposición, ¿no? O sea, yo estoy en servicio. No hago nada de disposición.”

El pintor aplaudió con alegría sarcástica. “Dice que no sabe nada sobre el arte, y luego, en su siguiente aliento, ¡comprueba que sabe más sobre él que yo! ¡Claro que la cargadora de tallos secos está mal para una anfitriona! Una cortadora, una podadora—esas son más su rol.” Le indicó una figura de morado que estaba serruchando una rama muerta de un árbol de manzanas. “¿Qué tal ella?” dijo él. “¿No le gusta ella ni un poquito?”

“Uy—” dijo ella, y se sonrojó y se volvió humilde—“eso—eso me pone justo al lado del Dr. Hitz.”

“¿Y eso le molesta?” dijo él.

“¡Por todos los cielos, no!” dijo ella. “Es solo que—solo que es tan grande el honor.”

“Ah, usted… usted lo admira, ¿eh?” dijo él.

“¿Quién no lo admira?” dijo ella, adorando el retrato de Hitz. Era el retrato de un omnipotente Zeus, bronceado y de cabello blanco, de doscientos cuarenta años de edad. “¿Quién no lo admira?” dijo ella de nuevo. “Él fue el responsable de establecer la primerísima cámara de gas en Chicago.”

“Nada me daría más placer,” dijo el pintor, “que ponerla a su lado por el resto del tiempo. Serruchando el brazo de—¿sí se te hace algo apropiado?”

“Pues es más o menos lo que hago,” dijo ella. Le daba tristeza lo que ella hacía. Lo que ella hacía era darle a las personas comodidad mientras las mata.

Y, mientras Leora Duncan posaba para su retrato, entra a la sala de espera el mismísimo Dr. Hitz. Él medía más de dos metros, y resonaba con importancia, logros, y la alegría de vivir.

“¡Bueno, señorita Duncan! ¡Señorita Duncan!” dijo, e hizo un chiste. “¿Qué hace usted aquí?” dijo él. “Aquí no es donde la gente se va. ¡Aquí es donde llegan!”

“Vamos a estar en la misma pintura, juntos,” dijo ella con timidez.

“¡Qué bien!” dijo el Dr. Hitz con sinceridad. “Y qué pintura tan chida, ¿no?”

“Y seguro que es todo un honor salir en ella con usted,” dijo ella.

“Déjeme decirle,” dijo él, “que el honor de salir en ella con usted es mío. Sin mujeres como usted, este maravilloso mundo que tenemos no sería posible.”

La saludó y siguió hacia la puerta que daba a las salas de parto. “Adivine qué acaba de nacer,” dijo él.

“No puedo,” dijo ella.

“¡Trillizos!” dijo él.

“¡Trillizos!” dijo ella. Su exclamación era por las implicaciones legales de trillizos.

La ley decía que ningún recién nacido podía sobrevivir a menos que los padres del nacido encontraran a alguien que sirviera de voluntario para morir. Unos trillizos, si es que todos han de vivir, requieren tres voluntarios.

“¿Y los padres tienen tres voluntarios?” dijo Leora Duncan.

“Lo último que escuché,” dijo el Dr. Hitz, “es que tenían a uno, y estaban intentando conseguir a otros dos.”

“No creo que la hayan hecho,” dijo ella. “Nadie ha hecho tres citas con nosotros. Nada más que solteros el día de hoy, a menos que alguien haya llamado después de que me fui. ¿Cuál es el nombre?”

“Wehling,” dijo el padre que esperaba, sentándose derecho, con los ojos rojos y hecho un desastre. “Edward K. Wehling, Jr., es el nombre del feliz padre-a-ser.”

Alzó su mano derecha, miró hacia un lugar en la pared, y se rió con una risa brusca y malvada. “Presente,” dijo.

“Ay, Sr. Wehling,” dijo el Dr. Hitz, “no lo vi.”

“El hombre invisible,” dijo Wehling.

“Me acaban de llamar para decirme que sus trillizos han nacido,” dijo el Dr. Hitz. “Todos están bien, y la madre también. Voy a verlos ahorita mismo.”

“Woohoo,” dijo Wehling vacíamente.

“No suena muy feliz,” dijo el Dr. Hitz.

“¿Qué hombre en mis zapatos no estaría feliz?” dijo Wehling. Con sus manos hizo gestos para simbolizar simplicidad valemadrista. “Todo lo que tengo que hacer es escoger cuál de los trillizos va a vivir, y luego llevar a mi abuelo materno al Hooligan Feliz, y regresar aquí con un recibo.»

El Dr. Hitz se volvió algo rudo con Wehling, imponiéndose sobre él. “¿Usted no cree en el control de la población, Sr. Wehling?” dijo.

“Creo que es perfectamente entusiasta,” dijo Wehling, tenso.

“¿Le gustaría regresar a los viejos tiempos, cuando la población del planeta era veinte billones—a punto de convertirse en cuarenta billones, luego ochenta billones, luego ciento sesenta y seis billones? ¿Sabe usted lo que es una drupa, Sr. Wehling?” dijo Hitz.

“Nop,” dijo Wehling, resentido.

“Una drupa, Sr. Wehling, es lo que cubre a una de las pequeñitas semillitas, es uno de los granitos pulposos de una zarzamora,” dijo el Dr. Hitz. “¡Sin control de la población, los seres humanos ya estaríamos arrimados en la superficie de este viejo planeta como drupas en una zarzamora! ¡Piénselo!”

Wehling siguió mirando el mismo lugar en la pared.

“En el año 2000,” dijo el Dr. Hitz, “antes de que los científicos vinieran y escribieran la ley, no había suficiente agua potable para todos, ni nada que comer más que alga marina—y aún así la gente insistía en su derecho de reproducirse como conejos. Y en su derecho, si era posible, de vivir para siempre.”

“Quiero a esos niños,” dijo Wehling silenciosamente. “Quiero a los tres.”

“Claro que los quieres,” dijo el Dr. Hitz. “Es algo humano.”

“Tampoco quiero que mi abuelo muera,” dijo Wehling.

“Nadie es realmente feliz sin llevar a un pariente cercano a La Caja del Gato,” dijo el Dr. Hitz con gentileza, con simpatía.

“Quisiera que la gente no le dijera así,” dijo Leora Duncan.

“¿Qué?” dijo el Dr. Hitz.

“Quisiera que la gente no le dijera ‘La Caja del Gato,’ y cosas así,” dijo ella. “Le da a la gente la impresión equivocada.”

“Tiene toda la razón,” dijo el Dr. Hitz. “Discúlpeme.” Se corrigió a sí mismo, le dio a las cámaras de gas municipales su título oficial, un título que nadie usa en ninguna conversación. “Debí haber dicho, ‘El Estudio de Suicidio Ético,’” dijo.

“Eso suena mucho mejor,” dijo Leora Duncan.

“Esta niña o niño suyo—cualquiera con el que usted decida quedarse, Sr. Wehling,” dijo el Dr. Hitz. “Él o ella va a vivir una vida en un planeta feliz, con espacio, limpio, y rico, gracias al control de la población. En un jardín como el mural de ahí.” Sacudió su cabeza. “Hace dos siglos, cuando yo era joven, era un infierno que nadie pensaba podría durar otros veinte años. Ahora siglos de paz y plenitud se estiran delante de nosotros tan lejos como a la imaginación tenga ganas de viajar.”

Él sonrió luminosamente.

La sonrisa se desvaneció cuando vio que Wehling acababa de sacar un revólver.

Wehling le disparó al Dr. Hitz hasta matarlo. “Hay espacio para uno—uno grandioso,” dijo él.

Y luego le disparó a Leora Duncan. “Solo es la muerte,” le dijo a ella mientras caía. “¡Listo! Espacio para dos.”

Y luego se disparó a sí mismo, haciendo espacio para los tres de sus hijos.

Nadie vino corriendo. Nadie, al parecer, escuchó los disparos.

El pintor se sentó en la cima de su escalerilla, mirando, hacia abajo, la lamentable escena.

El pintor pensó profundamente en el rompecabezas melancólico de la vida exigiendo nacer, y, ya nacida, exigiendo dar frutos… multiplicarse y vivir tanto sea posible—hacer todo eso en un planeta muy pequeño que tendría que durar para siempre.

Todas las respuestas que se le ocurrían al pintor eran severas. Más severas, seguramente, que una Caja del Gato, que un Happy Hooligan, que un A-Dios, Madre. Pensó en la guerra. Pensó en las plagas. Pensó en el hambre.

Sabía que nunca pintaría de nuevo. Dejó su pincel caer a los trapos debajo de él. Y luego decidió que ya había tenido suficiente de vida en el Jardín Feliz de la Vida, también, y bajó de la escalera lentamente.

Tomó la pistola de Wehling, con verdadera intención de dispararse a sí mismo.

Pero no pudo.

Y luego vio la cabina telefónica en la esquina del cuarto. Fue hacia ella y marcó el número que recordaba bien: “C R O 0 C R.”

“Buró Federal de Terminación,” dijo la muy cálida voz de una anfitriona.

“¿Qué tan pronto podría obtener una cita?” preguntó él, hablando con mucho cuidado.

“Probablemente lo podríamos encajar en el horario de la tarde, señor,” dijo ella. “Hasta podría ser temprano, si nos llega una cancelación.”

“Bueno,” dijo el pintor, “inclúyame, si puede, por favor.” Y le dio su nombre, deletreandolo.

“Gracias, señor,” dijo la anfitriona. “Su ciudad le da las gracias; su país le da las gracias; su planeta le da las gracias. Pero más que nada, le dan las gracias las generaciones futuras.”


“2 B R 0 2 B”—extraído del ebook publicado el 3 de mayo del 2007 en el Proyecto Gutenberg.

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«La Maestra»—Antón Chéjov

Salieron a las ocho y media.

El camino pavimentado estaba seco, un espléndido sol de abril derramaba calor, pero aún había nieve en las zanjas y en el bosque. El invierno, malvado, oscuro, largo, había terminado tan recientemente; la primavera había llegado de repente; pero ni el calor ni el bosque lánguido y transparente, calentado por el aliento de la primavera, ni los pájaros negros volando en los campos sobre enormes charcos que eran como lagos, ni este maravilloso cielo, inmensamente profundo, al cual pareciera que uno se pudiera sumergir con tanta alegría, le ofrecían algo nuevo e interesante a Marya Vasilyevna, quien estaba sentada en la carreta. Llevaba ya trece años enseñando en la escuela, y en el transcurso de todos esos años había ido al pueblo por su salario mil veces; y fuese primavera, como ahora, o una noche lluviosa de otoño, o invierno, a ella le daba igual, y lo que ella siempre, sin variar, anhelaba, era llegar a su destino tan pronto como fuese posible.

Ella sentía como si hubiera estado viviendo por esos lugares por mucho, mucho tiempo, por cien años, y le parecía que ya conocía cada piedra, cada árbol en el camino del pueblo a su escuela. Aquí estaba su pasado y su presente, y se podía imaginar ningún otro futuro más que la escuela, el camino al pueblo y de regreso, y de nuevo la escuela y de nuevo el camino.

Había perdido el hábito de pensar sobre su vida antes de que se volviera maestra y había olvidado casi todo sobre esa época. Había tenido un padre y una madre; habían vivido en Moscú en un departamento grande cerca de la Puerta Roja, pero todo lo que quedaba en su memoria de esa parte de su vida era algo borroso y sin forma, como un sueño. Su padre había muerto cuando ella tenía diez años, y su madre había muerto pronto después de eso. Ella había tenido un hermano, un oficial; al principio acostumbraban escribirse el uno al otro, luego su hermano había dejado de contestar sus cartas, había perdido el hábito. De sus viejas pertenencias todo lo que quedaba era una foto de su madre, pero la humedad de la escuela había desvanecido la imagen, y ahora nada se le podía reconocer más que el cabello y las cejas.

Cuando ya habían recorrido un par de kilómetros, el viejo Semyon, quien estaba conduciendo, volteó y dijo:

“Han detenido a un oficial en el pueblo. Se lo han llevado. Dicen que él y unos alemanes mataron a Alexeyev, el alcalde, en Moscú.»

“¿Quién te dijo eso?”

“Lo leyeron en el periódico, en la casa de Iván Ionov.”

Y de nuevo hubo un largo silencio. Marya Vasilyevna se puso a pensar en su escuela, en los exámenes que se aproximaban, y en la niña y los cuatro niños a quienes mandaría a hacerlos. Y justo cuando pensaba en esos exámenes, la alcanzó un terrateniente llamado Hanov en una carroza de cuatro caballos, el mismísimo hombre que había sido el examinador en su escuela el año pasado. En cuanto él se acercó a su lado, la reconoció y la saludó.

“Buenos días,” dijo. “¿Está conduciendo hacia su casa, señorita?”

Este Hanov, un hombre de como cuarenta, con una cara desgastada y una expresión sin vida, estaba comenzando a envejecer notablemente, pero aún le parecía guapo y atractivo a las mujeres. Él vivía solo en su gran hacienda, no estaba en el servicio militar, y se decía que no hacía nada en casa más que caminar de un lado de su cuarto al otro, chiflando, o jugar ajedrez con su viejo lacayo. Se decía, también, que bebía mucho. Y de hecho, en los exámenes del año pasado, los mismos papeles que él había traído olían a perfume y vino. En esa ocasión, todo lo que usó era nuevecito, y a Marya Vasilyevna le había parecido muy atractivo, y, sentada a su lado, había sentido vergüenza. Ella estaba acostumbrada a ver examinadores fríos y prácticos en la escuela, pero este no recordaba ni una sola oración, no sabía qué preguntas hacer, era excedidamente amable y considerado, y solo daba las calificaciones más altas.

“Estoy de camino a visitar a Bakvist,” él siguió hablándole a Marya Vasilyevna, “pero me pregunto si estará en su casa.”

Salieron del camino pavimentado a un camino de tierra, Hanov liderando el camino y Semyon siguiéndolo. El equipo de cuatro caballos se mantenía por la brecha, lentamente jalando la pesada carroza por el lodo. Semyon cambiaba su ruta todo el tiempo, dejando la brecha de vez en cuando para conducir sobre un montecillo, ahora para bordear un prado, y se bajaba de la carreta con frecuencia, para ayudar al caballo. Marya Vasilyevna siguió pensando en la escuela, y preguntándose si el problema de aritmética de los exámenes estaría fácil o difícil. Y estaba muy irritada con la oficina en Zemstvo, donde no había encontrado a nadie el día anterior. ¡Qué negligencia! Por los últimos dos años ella les había estado pidiendo que despidieran al conserje, que no hacía nada, era grosero con ella, y castigaba a los niños, pero a ella nadie le prestaba atención.

Era difícil encontrar al presidente en la oficina y cuando lo encontrabas, él te diría, con lágrimas en sus ojos, que no tenía tiempo; el inspector había visitado la escuela una sola vez en tres años y no sabía nada de nada sobre ella, ya que antes él trabajaba en el Departamento de Finanzas y había obtenido el puesto de inspector escolar por palancas; la junta escolar rara vez se reunía y nadie sabía dónde; el fideicomisario era un campesino medio analfabeta, dueño de una curtiduría, estúpido, tosco, y un buen amigo del conserje—y Dios sabrá a quién podría ella acudir con sus quejas y preguntas.

“De veras que es muy guapo,” ella pensó, volteando a ver a Hanov.
Mientras tanto, el camino se ponía peor y peor. Manejaron hacia adentro del bosque. Aquí no había manera de salirse del camino, los surcos eran profundos, y agua desbordaba en ellos. Las ramas les pegaban en la cara.

“¿Qué tal el camino?” preguntó Hanov, y se rió.

La maestra lo miró y no pudo entender por qué este extraño sujeto vivía aquí. Su dinero, su interesante apariencia, su finura, ¿qué le podían conseguir en este maldito lugar, con su lodo, su aburrimiento? La vida no le concedió ningún privilegio, y aquí está, como Semyon, trotando lentamente por un camino abominable, sufriendo los mismos malestares. ¿Por qué vivir aquí, cuando uno tiene la oportunidad de vivir en Petersburgo o fuera del país? ¿Y no parecía como si, para un hombre tan rico como él, convertir esta brecha en un buen camino, para evitar tener que pasar esta miseria y ver el sufrimiento escrito en las caras de su conductor y en la de Semyon, fuera una cuestión sencilla? Pero solo se reía, y no le pedía nada más a la vida. Él era amable, gentil, ingenuo; no tenía comprensión de esta ruda vida, no la conocía, de la misma manera en la que no conocía las oraciones en las examinaciones. No le dio nada a la escuela más que unos globos, y con eso creyó sinceramente que era una persona de uso y un trabajador prominente en el campo de educación popular. ¿Y quién necesitaba sus globos aquí?

“¡Agárrese, Vasilyevna!” dijo Semyon.

La carreta se sacudió violentamente y estaba a punto de voltearse; algo pesado le cayó a Marya Vasilyevna en los pies—eran sus compras. Había una subida empinada por un camino lodoso; riachuelos ruidosos fluían por zanjas curvas; el agua había creado grietas en el camino; y ¡cómo podía uno conducir por aquí! Los caballos respiraban con pesar. Hanov se salió de su carroza y caminó a la orilla de la ruta usando su abrigo largo. Estaba caliente.

“¿Qué tal el camino?” repitió, y se rió. “Esta es la manera de quebrar tu carroza.”

“¿Y quién te dijo que fueras conduciendo en este clima?” le preguntó Semyon, gruñón. “Deberías quedarte en casa.”

“Me aburro en casa, abuelo. No me gusta quedarme en casa.”

Al lado del viejo Semyon, Hanov se veía fuerte y lleno de vigor, pero había algo apenas perceptible en su paso que lo traicionaba y lo hacía ver como una criatura débil, ya arruinada, acercándose a su fin. Y de repente parecía como si hubiese un olorcillo de licor en el bosque. Marya Vasilyevna se sintió asustada, y se llenó de lástima por este hombre que se estaba haciendo pedazos sin rima y sin razón, y se le ocurrió que si ella fuera su esposa o su hermana, dedicaría su vida entera a rescatarlo. ¡Su esposa! La vida era tan ordenada que aquí estaba él viviendo en su gran mansión solito, mientras ella vivía en un maldito pueblo solita, y por alguna razón el simple pensamiento que él y ella pudieran encontrarse en condiciones iguales, y que se volvieran íntimos, parecía imposible, absurdo. Fundamentalmente, la vida estaba tan arreglada y las relaciones humanas complicadas más allá de cualquier entendimiento que cuando lo piensas da miedo, y tu corazón se sumerge.

“Y no puedes entender,” ella pensó, “por qué Dios le da buena apariencia, amabilidad, encanto, y ojos melancólicos a personas débiles, infelices, inútiles—por qué son tan atractivos.”

“Aquí debemos ir a la derecha,” dijo Hanov, subiéndose a su carroza. “¡Adiós! ¡Mis mejores deseos!”

Y de nuevo ella se puso a pensar en sus alumnos, en los exámenes, en el conserje, en la junta escolar; y cuando el viento le trajo el sonido de la carroza alejándose estos pensamientos se mezclaban con otros. Ella quería pensar en ojos hermosos, en el amor, en la felicidad que nunca sería…

¿Su esposa? Hace frío por la mañana, no hay nadie para prender la estufa, el conserje se ha ido a algún lado; los niños entran tan pronto como hay luz, llenos de nieve y lodo y haciendo ruido; todo es tan incómodo, tan desagradable. Ella solo tiene un cuarto pequeño y una cocina cercana. Todos los días, cuando termina de dar clases, tiene un dolor de cabeza, y después de cenar tiene agruras. Tiene que recolectar dinero de los niños para leña y para pagarle al conserje, y para dárselo al fideicomisario, y luego para implorarle—a ese insolente y sobrealimentado campesino—por el amor de Dios que le mande leña. Y en la noche ella sueña con exámenes, con campesinos, con tormentas de nieve. Y esta vida la ha envejecido y endurecido, la ha vuelto poco atractiva, angular, y torpe, como si hubieran chorreado plomo dentro de ella. Le tiene miedo a todo y en presencia de un miembro de la junta directiva de Zemstvo o del fideicomisario, ella se para y no se atreve a sentarse de nuevo. Y usa expresiones humildes cuando menciona a cualquiera de ellos. Y a nadie le gusta ella, y la vida pasa tristemente, sin calor, sin amigable simpatía, sin conocidos interesantes. Dada su posición, ¡qué terrible sería si ella se enamorara!

“¡Agárrese, Vasilyevna!”

Otra subida empinada.

Ella había comenzado a dar clases por necesidad, sin sentirse llamada a esa vocación; y nunca había pensado en una vocación, en la necesidad de conocimiento iluminante; y siempre le pareció que lo más importante en su trabajo no eran ni los niños, ni el conocimiento, sino los exámenes. ¿Y cuándo tendría tiempo de pensar en una vocación, o en cualquier conocimiento divino? Los maestros, los médicos humildes, los asistentes de doctores, por todo su trabajo tan terriblemente duro, no tienen ni siquiera el consuelo de pensar que están sirviendo a un bien, o a la gente, porque sus cabezas siempre están llenas de pensamientos sobre su pan de cada día, sobre leña, sobre caminos peligrosos, sobre enfermedades. Es una existencia dura y monótona, y solo los imperturbables caballos de carreta como Marya Vasilyevna pueden aguantarla por mucho tiempo; gente con vida, alerta e impresionable, que habla de su llamado y de servir al bien, se cansa rápidamente, y abandona el trabajo.

Semyon seguía escogiendo el camino más seco y corto, viajando a través de un prado, ahora por detrás de las cabañas, pero en un lugar los campesinos no lo dejaban pasar, y en otro la tierra le pertenecía al sacerdote, así que no la podían cruzar, y en otro Iván Ionov había comprado una parcela de tierra y había creado una zanja a su alrededor. Se regresaban una y otra vez.

Llegaron a Nizhneye Gorodishche. Cerca de la casa de té, en la tierra nevada y llena de caca, había vagones estacionados cargados de botellas de aceite. Había mucha gente en la casa de té, todos conductores, y olía a vodka, tabaco, y piel de oveja. El lugar era muy ruidoso, con gritos y golpes de la puerta, la cual estaba sujetada con una polea. En la tienda de al lado alguien tocaba el acordeón sin parar. Marya Vasilyevna estaba sentada, tomando té, mientras en la mesa de al lado unos campesinos bebían vodka y cerveza, sudorosos por el té que ya habían tomado y por el mal aire.

“¡Hey, Kuzma!” la gente gritaba y gritaba, puro caos y confusión. “¿Qué pasa?” “¡El Señor nos bendiga!” “Iván Dementyich, ¡eso lo haré por ti!” “¡Mira, por aquí, amigo!”

Un campesino con marcas de viruela y una barba negra, bien borracho, de repente se sorprendió por algo y comenzó a decir groserías.

“¡Hey, tú! ¿Por qué hablas así?” Semyon, quien estaba sentado algo alejado de los demás, dijo, enojado. “¿Qué no ves a la joven?”

“¡La joven!” alguien se burló desde otra esquina.

“¡La puerca!”

“No quise decir nada—”  el pequeño campesino estaba avergonzado. “Discúlpeme. Yo pago mis dineros y la joven paga los suyos. ¿Cómo está, señorita?”

“¿Cómo le va?” contestó la maestra.

“Le doy las muchas gracias.”

Marya Vasilyevna tomó su té con placer, y ella, también, comenzó a ponerse roja como los campesinos, y de nuevo se puso a pensar sobre la leña, sobre el conserje…

“Espera, hermano,” alguien dijo desde la mesa de al lado. “Es la señorita maestra de Vyazovye. Lo sé; ella es del buen tipo.”

“¡Es buena gente!”

La puerta azotaba sin cesar, algunos entrando, otros saliendo. Marya Vasilyevna siguió ahí sentada, pensando en las mismas cosas todo el tiempo, mientras el acordeón siguió tocando y tocando detrás de la pared. Los charcos de luz que había en el piso se movieron al mostrador, luego a la pared, y finalmente desaparecieron por completo; esto significaba que ya era después del mediodía. Los campesinos de la mesa de al lado se alistaban para irse. El pequeño campesino se acercó a Marya Vasilyevna tambaleándose un poco para sacudir su mano; siguiendo ese ejemplo, los demás sacudieron la mano de Marya Vasilyevna al salir, uno por uno, y la puerta rechinó y se azotó nueve veces.

“Vasilyevna, alístese,” Semyon le dijo.

Se fueron. Y de nuevo iban a un ritmo lento.

“Hace tiempo estaban construyendo una escuela aquí en Nizhneye Gorodishche,” dijo Semyon, volteando a verla. “¡Se hacían cosas malvadas en ese entonces!”

“¿Qué, cómo?”

“Dicen que el presidente de la junta se embolsó mil fríamente, y el fideicomisario otros mil, y el maestro quinientos.”

“La escuela entera solo cuesta mil. Está mal armar chismes de la gente de esa manera, abuelo. Nada de eso tiene sentido.”

“No sé. Yo solo repito lo que dice la gente.”

Pero estaba claro que Semyon no le creía a la maestra. Los campesinos no le creían. Siempre pensaban que le pagaban demasiado, veintiún rublos al mes (cinco hubieran sido suficientes), y que ella se embolsaba la mayoría del dinero que recibía para leña y para el salario del conserje. El fideicomisario pensaba lo mismo que los campesinos, y él mismo ganaba algo por la leña y recibía un sueldo de parte de los campesinos por actuar como fideicomisario—sin el conocimiento de las autoridades.

El bosque, gracias a Dios, estaba detrás de ellos, y ahora sería un camino despejado y nivelado hasta Vyazovye, y ya no tendrían que viajar muy lejos. Todo lo que tenían que hacer era cruzar el río, luego las vías del tren, y luego estarían en Vyazovye.

“¿A dónde vas?” Marya Vasilyevna le preguntó a Semyon. “Toma el camino a la derecha, cruzando el puente.”

“Pero es lo mismo si vamos por acá, no está tan profundo.”

“Pues no vayas a ahogar al caballo.”

“¿Qué?”

“Mira, Hanov está conduciendo hacia el puente también,” dijo Marya Vasilyevna, viendo al equipo de cuatro caballos lejos a su derecha. “Creo que es él.”

“Segurísimo que es él. Así que no encontró a Bakvist en su casa. Qué estúpido es. ¡Señor, apiádate de nosotros! Está conduciendo por allá, ¿y para qué? Es dos kilómetros enteros más corto por aquí.”

Llegaron al río. En el verano es una corriente delgada, fácil de cruzar y normalmente ya seco en agosto, pero ahora, después de las inundaciones de primavera, era un río de doce metros de anchura, rápido, lodoso, y frío; en la orilla, y hasta el agua, había marcas de llanta frescas, así que había sido cruzado justo por ahí.

“¡Arre!” gritó Semyon con ira y ansiedad, jalando las riendas violentamente y moviendo sus codos como un pájaro mueve sus alas. “¡Arre!”

El caballo entró al agua hasta su panza y se detuvo, pero luego luego se movió de nuevo, esforzando sus músculos, y Marya Vasilyevna sintió frío en sus pies.

“¡Arre!” ella también gritó, parándose. “¡Arre!”

Llegaron a la otra orilla.

“¡Qué buen desastre, el Señor se apiade de nosotros!” murmuró Semyon, acomodando el arnés del caballo. “Es una aflicción, este Zemstvo.”

Sus zapatos estaban llenos de agua, las orillas de su vestido y de su abrigo estaban empapadas y goteando; el azúcar y la harina se habían mojado, y eso era lo peor de todo, y Marya Vasilyevna solo pudo sobarse las manos con desesperación y dijo:

“¡Ay Semyon, Semyon! ¡Qué tipo eres, de verdad!”

En el cruce de vías de tren, la pluma estaba abajo. Un tren exprés venía de la estación. Marya Vasilyevna se paró en frente del cruce, esperando a que el tren pase, temblando del frío. Ya se podía ver Vyazovye, y la escuela con el techo verde, y la iglesia con sus cruces como en llamas, reflejando el sol del atardecer; y las ventanas de la estación también parecían estar en llamas, y un humo rosado salía del motor… Y le pareció a ella que todo temblaba del frío.

Aquí estaba el tren; las ventanas, como las cruces de la iglesia, reflejaban la luz flameante; le lastimaba los ojos verlas. En uno de los vagones de primera clase, una dama estaba parada, y Marya Vasilyevna la vio de reojo cuando pasó enfrente. ¡Su madre! ¡Qué semejanza! Su madre había tenido el mismo cabello abundante, la misma frente, y esa misma manera de sujetar su cabeza. Y con una claridad asombrosa, por primera vez en esos trece años, ella pudo imaginar lúcidamente a su madre, a su padre, su hermano, su departamento en Moscú, el acuario con los pececitos, todo hasta el más mínimo detalle; de repente escuchó los sonidos del piano, la voz de su padre; se sintió como era en ese entonces, joven, guapa, bien vestida, en un cuarto brillante y calientito, con su propia gente. Un sentimiento de alegría y felicidad de repente la abrumó, y se agarró la cabeza en éxtasis, y dijo suavemente, implorando:

“¡Mamá!”

Y comenzó a llorar, sin saber por qué.

Justo en ese momento Hanov llegó con su equipo de cuatro caballos, y viéndolo ella imaginó una felicidad como nunca la ha habido, y sonrió y le asintió como si él fuera igual a ella, como si fueran íntimos, y le pareció a ella que el cielo, las ventanas, los árboles, todo brillaba con su felicidad, su triunfo. No, su padre y su madre nunca habían muerto, ella nunca había sido maestra, eso había sido un largo, raro, y opresivo sueño, y ahora había despertado…

Y de repente todo eso se desvaneció. La pluma estaba subiendo lentamente. Marya Vasilyevna, entumecida y temblando del frío, se subió a la carreta. La carroza con cuatro caballos cruzó las vías del tren y Semyon la siguió. El guardia del cruce se quitó su sombrero.

“Vyazovye. Hemos llegado.”


“The Schoolmistress”—extraído de la colleción The Schoolmistress and Other Stories publicada el 21 de febrero del 2006 en el Proyecto Gutenberg.