Categorías
cuentos Ficción literatura moderna

«El Chacal»—Joy Baglio

Es viernes por la noche y has hecho lo impensable. Sacaste la bola de boliche de tu padre, la del Chacal Fantasma, de su estuche rígido, cerrado con llave debajo de la cama de tu madre—la bola que parece una versión púrpura y negra de la tierra, la cabeza de un chacal saliendo de los remolinos—y te lanzaste a reunirte con Teddy y Zeke y Evan y Marya, más que nada con Marya, para una noche de boliche, el juego con el que tu padre muerto estaba obsesionado: el juego que, según tu madre, arruina a la gente.

Justificas tu desobediencia con lógica: tu madre pudo haber escondido la bola, o se pudo haber deshecho de ella, o por lo menos pudo haber mantenido la llave en secreto, pero no lo hizo, así que, ¿qué te detiene? Y luego está el hecho de que de todos modos la bola es técnicamente tuya, te la dejó tu padre a ti, así que, ¿por qué deberías sentirte culpable?

Teddy te dijo que en Victoria Lanes, 9pm, y entonces llegas temprano al tenue lobby, eres el primero, el velcro de tus zapatos rayados ya amarrado, el Chacal aferrado entre tus manos como si tuvieras miedo de que pudiera desaparecer.

Teddy es tu único amigo, y hasta él mostró duda en su invitación: “Sabes, probablemente podrías venir con nosotros en la noche, no creo que les importe.” Y ahora, no sabes realmente por qué viniste más que por la necesidad de escapar el estar solo con tu madre cada noche y la tele y el gato moribundo que te odia, y las fotos escondidas de tu padre que emanan una presencia que sientes quemando a través de la puerta del closet. Le dijiste que sí a Teddy porque por qué no, porque estás cansado de las reglas de tu madre, porque es el último mes del noveno grado y tal vez este es el mes en el que las cosas cambian, el mes en el que ya no estás atrapado en casa, el mes en el que Zeke deja de hacer esos resoplidos cuando hablas en clase, el mes en el que ya no te avientan chícharos cubiertos de leche en la cafetería, y Marya va a estar ahí, y aunque jugar boliche es un recuerdo distante y borroso, has pensado en ello seguido, una parte de ti que quiere sentir la experiencia del juego que tu padre amó.

“¿Y a él quién lo invitó?” escuchas cuando los demás llegan, y luego “¿No está muerto su papá o algo así?” y Teddy sacude los hombros, como si no supiera. Zeke te está viendo como si hubiera algo mal con tu cara, y Evan actúa como si no te ve. Están en la fila, esperando sus zapatos, y tú estás a una distancia segura, haciendo como si no te das cuenta de nada, eres bueno fingiendo. Trazas el Chacal con tu dedo. No has sostenido esta bola en años, no desde que tu padre la puso en tus manos y dijo “Esta es la que uso cuando de veras quiero ganar” y tú te le quedaste viendo como si fuera el mejor secreto que te habían contado en tu vida.

Eres el último en llegar a la banca. Zeke está operando la computadora y pregunta en voz alta “¿Cuál era su nombre?” Estás parado ahí mismo, pero no te voltea a ver, y Teddy murmura tu nombre como si fuera una palabra vergonzosa. La familia en el carril de al lado está cantando Las Mañanitas, el olor de pizza y grasa en el aire, y ahora es tu turno, ni te habías dado cuenta, ¿y por qué decidiste hacer esto de nuevo, en frente de todos ellos? Hay una bola de disco lanzando estrellas que giran por el suelo de madera del carril, y el Chacal se siente sudoroso y demasiado pesado en tu mano, y casi se te cae.

Recuerdas la última vez que viste a tu padre jugar boliche, como un mes antes del accidente. Es uno de los recuerdos más claros que tienes de él, uno de los últimos, también. Te sientas detrás de él en la banca, y el Chacal Fantasma rodando hacia los bolos, su cara saliendo del sistema de retorno de bolas, tu padre guiñándote el ojo después de cada chuza, o a la mujer sentada al lado de ti, nunca estuviste seguro. La habías visto antes con tu padre, una vez en el carro, otra vez con su mano en su brazo. Notaste cómo ella lo miraba, sus ojos feroces y ansiosos y felices, no como los ojos de tu madre. Cuando cayó la llamada un mes después, de algún lugar en Nevada, casi del otro lado del país, te preguntaste si la voz tan delgada y asustada en el otro lado era esa misma mujer. “Lo siento,” es lo que dijo. “Siento ser la que te tiene que decir esto.” Y luego: “Dejó algo para ti.”

Ahora estás sentado con la bola en tus manos. Puedes sentir su calor, puedes ver las líneas aceitosas que serpentean por su superficie, las que tu padre marcaría con gis blanco después de un juego, para saber cómo migraría el eje del giro, un código extraño que solo él podía leer, pero ahora tú lo ves casi brillando, como un sendero de gusanos iridiscentes, y el Chacal parece susurrar por tus dedos. Tal vez tu madre solo tiene miedo de que encontrarás éxito como él lo había hecho, de que la abandonarás, de que te olvidarás de todas las cosas que “niños como tú” (sus palabras) suelen olvidar.

Tu primera chuza y nadie parece notarlo. Tu nombre parpadea en la pantalla pero nadie está viendo, y luego es el turno de Zeke, y tú eres invisible. “Buena,” dice Marya. Está sentada al lado de ti en la banca, en unos jeans y un suéter blanco, y puedes sentir con precisión la distancia entre sus hombros y los tuyos. “Pura suerte,” dices, pero no estás tan seguro. Normalmente no crees en estas cosas, pero pensaste que sentiste su brazo guiando al tuyo, agregando fuerza a tu swing, torque a tu mano justo en último momento, pensaste que lo escuchaste susurrar, “Así” desde algún lugar detrás de ti (o fue eso el puro ruido de los demás) y tal vez es su aliento el que derriba los bolos, no el Chacal.

Pura chiripa, piensas, pero lo raro es que pasa de nuevo en tu siguiente turno. Y de nuevo. Y de nuevo. Turkey, tres chuzas seguidas. Tu cuarto turno: hambone. Tu quinto y hay un zumbido en tus oídos y tus dedos son brillantina y la bola parece hacer cascadas como algo líquido. Tu sexto y ya casi tienes doscientos puntos, y Marya se está riendo con nervios cada vez que te toca, porque ¿Cómo puede estar pasando esto? Porque, ¿Quién eres? Zeke y Evan están callados, y Teddy te hace chócalas y dice, “Les dije que era especial,” y ellos piden usar el Chacal, y dices “Seguro,” pero siempre la mandan al canal, y luego te toca, y son siete seguidas, luego un Schleifer (un término que te enseñó tu padre, cuando los bolos parecen caer uno por uno hasta que no hay ni uno), y luego un Golden Turkey, ocho seguidas, el Chacal una mancha borrosa por el carril. Escuchas: “Está usando una bola rara,” y “Su papá era como profesional, ¿verdad?” y “¡Está haciendo trampa! ¡Hace pura chuza!”

En la banca, esperando tu último turno, el carril cambia, como un estremecimiento rápido, una falla, o tal vez algo anda mal con tus ojos: puedes ver los diminutos rasguños en la madera del piso, los píxeles en las estrellas verdes que giran. Puedes escuchar los golpes de zapatos con la madera, el girar y resoplar del regreso de bolas. Cada sonido es preciso, aislado, y puedes sentir las huellas de los dedos de tu padre en la bola, también, donde su pulgar giraría en el hoyo y lanzaría la cosa como si no pesara nada, y sientes los ojos negros del Chacal sobre ti, y ¿No hay como un dios egipcio con cabeza de chacal? Uno de los niños del carril de al lado ha estado mirando y llega contigo, apunta a la bola: “¿Es magia?” Lo miras preguntándote lo mismo, pero es Marya la que dice, “No es magia; es él,” y el niño te mira con los ojos bien abiertos.

Cuando ves a tu madre en el lobby—sí, ya te cachó, llamó a la mamá de Teddy y a la de Marya y sin duda dijeron algo como, “¿No te dijo que fueron todos a jugar boliche esta noche?”—es como si el techo se cayera con prisa, y no te puedes mover. Casi puedes escuchar sus palabras: “¿Por qué harías esto, jugar el juego que arruinó a tu padre, el juego que se lo llevó?” Pero es tu último turno, te toca, y Marya está diciendo “¡Muéstranos cómo se hace!”—y hasta Zeke está aplaudiendo y chiflando como si ahora estuviera en tu equipo—y aunque sabes que tu mundo no va a cambiar pronto, sabes que pronto se abrirá, más amplio y más amplio y tan amplio que no vas a saber que siquiera hay un techo, y estás pensando en este mundo sin techo que te espera, no en la cara de tu madre, y das tres pasos y lanzas la bola.


“The Jackal”—extraído de la revista Conjunctions publicada el 6 de octubre del 2021.

Por manucalvi

Apasionado por la lectura. Escritor. Poeta.

Una respuesta a ««El Chacal»—Joy Baglio»

Manuel, me encantó este cuento, es tan real, describe en diferentes foreman’s a algunos de mis alumnos de la preparatoria. Todos tratando de encontrar su lugar en esa sociedad cambiante de la adolescencia.
Gracias por compartirlo

Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s