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«La Marca en la Pared»—Virginia Woolf

Tal vez era la mitad de enero de este año cuando miré por primera vez hacia arriba y vi la marca en la pared. Para poder obtener una cita es necesario recordar lo que una ha visto. Así que ahora pienso en el fuego; en la estable capa de luz amarilla que pega en la página de mi libro; las tres flores de crisantemo en el plato redondo de vidrio en el mantel. Sí, ha de haber sido invierno, y nos acabábamos de terminar nuestro té, porque recuerdo que yo estaba fumando un cigarro cuando miré hacia arriba y vi la marca en la pared por primera vez. Vi a través del humo de mi cigarro y mi ojo se sostuvo en las brasas ardiendo, y esa vieja fantasía sobre la bandera rojo oscuro papaloteando desde la torre del castillo me vino a la mente, y pensé en la cabalgada de caballeros rojos marchando por un lado de la roca negra. Más que nada para mi alivio, ver la marca en la pared interrumpió esa fantasía, ya que es una vieja fantasía, una fantasía automática, tal vez hecha cuando yo era una niña. La marca era una marca pequeña y redonda, negra en la pared blanca, como 15 o 18 centímetros arriba del mantel.

Qué preparados están nuestros pensamientos para crear un hormiguero alrededor de un nuevo objeto, levantándolo un poquito, como las hormigas cargan un pedacito de paja con tanto afán, y luego lo dejan… Si esa marca fue hecha por un clavo, no pudo haber sido para una foto, tuvo que haber sido para una pintura en miniatura—una miniatura de una dama con rizos blancos empolvados, con mejillas empolvadas, y labios como claveles rojos. Un fraude, por supuesto, ya que la gente que ha tenido esta casa antes que nosotros hubieran escogido pinturas de esa manera—una pintura vieja para un cuarto viejo. Ese es el tipo de gente que era—gente muy interesante, y yo pienso en ellos tan seguido, en lugares tan extraños, porque una nunca los verá de nuevo, jamás, una nunca sabrá qué es lo que sucedió después. Ellos querían dejar esta casa porque ellos querían cambiar su estilo de muebles, o eso dijo él, y él estaba en el proceso de decir que en su opinión el arte debería tener ideas detrás de él, cuando fuimos desgarradas en pedazos, como una es desgarrada en pedazos lejos de la vieja a punto de servir el té, y del joven a punto de pegarle a la pelota de tenis en el jardín trasero de una hacienda en los suburbios mientras una pasa rápido en el tren.

Pero en cuanto a esa marca, no estoy segura de ello; al fin de cuentas no creo que haya sido hecha por un clavo; es demasiado grande, demasiado redonda, para eso. Tal vez me levante, pero si me levanto y la miro, apuesto a que no sabré qué decir con certidumbre; porque ya que algo está hecho, nadie nunca sabe cómo sucedió. ¡Ay! mi queridísima yo misma, el misterio de la vida; ¡la inexactitud del pensamiento! ¡La ignorancia de la humanidad! Para mostrar qué tan poquito control de nuestras posesiones tenemos—qué tan accidental es este asunto de vivir después de toda nuestra civilización—déjenme contar unas cuantas cosas que he perdido en una vida, comenzando, ya que esa siempre parece la más misteriosa de todas las pérdidas—¿y qué gato, qué ratón mordisquearía—tres frascos azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego estaban las jaulas de pájaro, los aros de hierro, los patines de fierro, la cubeta para carbón de la Reina Anne, el tablero de Bagatelle, el órgano portátil—todos desaparecidos, y joyas también. Los ópalos y las esmeraldas, mienten sobre las raíces de los nabos. ¡Qué asunto tan cortante es el estar segura! La maravilla es que tengo algo de ropa cubriendo mi espalda, que me siento rodeada de muebles sólidos en este mismo momento. Porque, si una quiere comparar la vida con lo que sea, una debe sentirlo como si fuera lanzada por un tubo a cien por hora—¡aterrizando en el otro lado sin un solo broche en el cabello! ¡Disparada a los pies de Dios completamente desnuda! ¡Tambaleándose pies sobre cabeza por los valles de asfódelo como paquetes de papel café pasando por un tiro de la oficina postal! Con el cabello de una volando detrás como cola de caballo de carreras. Sí, eso parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo desperdicio y la reparación; todo tan casual, todo tan al azar…

Pero después de la vida. El jalón lento en los tallos verdes que da paso a la copa de la flor, mientras se voltea, diluvia a una con luz púrpura y roja. Porque, después de todo, ¿no debería una nacer ahí de la misma manera en la que una nace aquí, indefensa, sin palabras, sin la habilidad de enfocar la vista, agarrándose de las raíces del césped, en los dedos de los pies de los Gigantes? Y para decir cuáles son árboles, y cuáles son hombres y mujeres, o si hay tales cosas, ella no estará en condición de hacer algo por cincuenta años, o por ahí. No habrá nada más que espacios de luz y oscuridad, intersectados por tallos gruesos, y, tal vez más arriba, manchas en forma de rosas de colores indistintos—rosas oscuros y azules—las cuales, conforme pasa el tiempo, van a obtener una forma más definitiva, van a volverse—no sé qué…

Y aún así esa marca en la pared no es un hoyo, después de todo. Hasta puede haber sido causada por una sustancia negra y redonda, como un pequeño pétalo de rosa que haya sido olvidado por el verano, y yo, no siendo un ama de casa muy vigilante—mira todo el polvo en el mantel, por ejemplo, el polvo que, como dicen, enterró a la ciudad de Troya tres veces, solo fragmentos de vasijas se rehúsan absolutamente a la aniquilación, hasta donde una puede creer.

El árbol de afuera de la ventana golpea muy suavemente el vidrio… Quiero pensar en silencio, con calma, con espacio, sin ser interrumpida nunca, sin tener que levantarme de mi silla nunca, quiero deslizarme con facilidad de una cosa a otra, sin sentido de hostilidad alguna, sin obstáculo. Quiero sumergirme más y más hondo, lejos de la superficie, con sus duros y separados hechos. Quiero estabilizarme, déjenme agarrar la onda de la primera idea que pase… Shakespeare… Bueno, él es tan bueno como algún otro. Un hombre que se sentó sólidamente en un sillón, y miró dentro del fuego, así que—una lluvia de ideas cayó perpetuamente desde un Cielo muy lejos en las alturas a través de su mente. Él recargó su frente en su mano, y la gente, mirando a través de la puerta abierta—ya que se supone que esta escena toma lugar en la noche de un verano—pero qué aburrido es esto, ¡la ficción histórica! No me interesa para nada. Cómo quisiera poder encontrarme con una pista de pensamiento agradable, una pista que refleje indirectamente algún crédito a mi misma, ya que esos son los pensamientos más agradables, y muy frecuentes hasta en la mente de gente modesta y del color de ratones, gente que genuinamente cree que no le gusta oír sus propias alabanzas a sí mismas. Esos no son pensamientos directamente alabando a una misma; esa es su belleza; son pensamientos como este:

“Y luego entré al cuarto. Estaban discutiendo botánica. Yo les dije cómo había visto una flor creciendo en un montoncito de polvo en el sitio de una casa vieja en Kingsway. La semilla, les dije, debió haber sido sembrada en el reino de Carlos I. ¿Qué flores crecieron en el reino de Carlos I?” yo pregunté—(pero no recuerdo la respuesta). Flores altas con borlas púrpuras, tal vez. Y así sigue. Todo el tiempo estoy vistiendo la figura de mí misma en mi propia mente, con amor, a escondidas, no adorándola abiertamente, porque si hiciera eso, me debería lanzar afuera, y estirar mi mano al instante por un libro como autoprotección. Así es, es curioso lo instintivamente que una protege la imagen de una misma de la idolatría, o de cualquier otro manejo que pudiera hacer esa imagen de una misma ridícula, o demasiado diferente a la original como para que alguien siga creyendo en ella. ¿O no es curioso para nada? Es un asunto de gran importancia. Supón que el espejo se destroza, la imagen desaparece, y la figura romántica con la profundidad del verde bosque ya no está ahí, solo queda ese caparazón de persona que es visto por otras personas—¡el mundo se vuelve tan superficial, calvo, prominente, sin aire! Un mundo en el que no se debería vivir. Mientras nos miramos la una a la otra en omnibuses y en el metro, estamos viendo al espejo; esa es la razón detrás de la vaguedad, del reflejo del lagrimeo en nuestros ojos. Y los novelistas en el futuro van a darse más y más cuenta de la importancia de estas reflexiones, porque por supuesto que no hay una reflexión, sino hay un número casi infinito; aquellas son las profundidades que van a explorar, esos los fantasmas que van a perseguir, dejando la descripción de la realidad más y más fuera de sus historias, dando por sentado un conocimiento de ella, como le hicieron los griegos y tal vez Shakespeare—pero estas generalizaciones no valen nada. El sonido militar de la palabra es suficiente. Recuerda los artículos principales, los ministros de gabinete—toda una clase de cosas, cómo no, que como niña una pensaba en esa mismísima cosa, la cosa estándar, la cosa real, de la cual una no puede irse más que con el riesgo de una condena sin nombre. Las generalizaciones traen de vuelta, de alguna manera, los domingos en Londres, las caminatas domingueras, las comidas domingueras, y también las maneras en las que se habla de los muertos, de la ropa, de hábitos—como el hábito de sentarse todas juntas en un cuarto hasta cierta hora, aunque a nadie le guste. Había una regla para todo. La regla para los manteles en ese periodo de tiempo en particular, era que tenían que estar hechos de tapiz con pequeños cuadritos amarillos marcados en ellos, como podrás ver en las fotos de las alfombras en los corredores de los palacios reales. Manteles de otro tipo no eran manteles de verdad. Qué impactante, y aún así qué maravilloso, fue descubrir que estas cosas reales, las comidas domingueras, los paseos domingueros, las casas de campo, y los manteles, no eran completamente reales, que eran, por supuesto, mitad fantasma, y la condena que visitaba a quien no creyera en esas cosas era únicamente un sentido de libertad ilegítima. ¿Qué tomará ahora el lugar de esas cosas, me pregunto, de esas cosas estándar, cosas reales? Los hombres, tal vez, si tú eres una mujer; el punto de vista masculino que gobierna nuestras vidas, que decide el estándar, que establece la Tabla de Precedencia de Whitaker, la cual se ha vuelto, yo supongo, desde la guerra, mitad fantasma para muchos hombres y mujeres, quienes pronto, una puede esperar, van a ser burlados hasta unirse al polvo en el basurero donde van los fantasmas, los aparadores de caoba y las impresiones de pinturas de Landseer, Dioses y Demonios, el Infierno y así, dejándonos atrás a todas con un sentido intoxicante de libertad ilegítima—si es que la libertad existe…

Bajo algunas luces, esa marca en la pared de hecho parece proyectarse desde la pared. Ni parece completamente circular. No puedo estar segura, pero parece crear una sombra perceptible, sugiriendo que si corriera mi dedo por ese pedazo de pared, la marca, en algún punto, ascendería como por un pequeño túmulo, un túmulo suave como uno de esos montecitos en el sur de Downs, los cuales son, dicen, o tumbas o campo. De esos dos yo preferiría que fueran tumbas, deseando la melancolía, como la mayoría de los ingleses, y encontrando natural el pensar sobre los huesos extendidos debajo del césped, al final de una caminata… Debe haber algún libro sobre eso. Algún anticuario debe haber excavado esos huesos y les debe haber dado nombre… ¿Qué tipo de hombre es un anticuario, me pregunto? Coroneles retirados, en su mayoría, me atrevería a decir, liderando grupos de viejos trabajadores hasta la cima, aquí, examinando terrones de tierra y piedra, y comenzando correspondencia con el clero vecino, el cual, siendo abierto a la hora del desayuno, les da un sentimiento de importancia, y para la comparación de puntas de flecha se necesitan viajes a través del país visitando los pueblitos, una necesidad agradable para ellos y para sus viejas esposas, quienes desean hacer jalea de ciruela o limpiar el estudio, y tienen toda razón para mantener esa gran pregunta del campo o tumba perpetuamente suspendida, mientras el coronel mismo se siente agradablemente filosófico al acumular evidencia para ambos lados de la pregunta. Es verdad que al final se inclina en creer que es campo; y, siendo opuesto, hace que otro haga el panfleto que está a punto de leer en la reunión trimestral de la sociedad local, cuando un infarto lo recuesta, y sus últimos pensamientos conscientes no son de esposa o de hijo, sino del campo y de la flecha ahí, la cual ahora está en una vitrina en el museo local, junto con el pie de una asesina china, un manojo de clavos isabelinos, una gran cantidad de pipas de arcilla de tudor, un pedazo de cerámica romana, y la copa de vino de la cual Nelson bebía—comprobando que yo realmente no sé qué.

No, no, nada es comprobado, nada es conocido. Y si yo fuera a levantarme en este mismo momento y asegurarme de que la marca en la pared realmente es—¿qué se puede decir?—la cabeza de un viejo y enorme clavo, martillado hace doscientos años, la cual ahora tiene, gracias al paciente desgaste de muchas generaciones de sirvientas, su cabeza asomada por encima de la capa de pintura, y apenas está mirando por primera vez la vida moderna de un cuarto de pared blanca e iluminado por el fuego de la chimenea, ¿qué debería ganar ahora?—¿Conocimiento? ¿Temas para más especulación? Puedo pensar sentada tan bien como puedo pensar parada. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros hombres más ilustres sino descendientes de brujas y ermitaños que se agachaban en cuevas y en bosques, cocinando hierbas, interrogando ratoncitos y escribiendo el lenguaje de las estrellas? Y entre menos los honremos mientras nuestras supersticiones disminuyen y nuestro respeto por la belleza y la salud de la mente incrementa… Sí, una puede imaginar un mundo muy agradable. Un mundo silencioso y espacioso, con las flores tan rojas y azules en los campos abiertos. Un mundo sin profesores o especialistas o sirvientas con perfiles de policía, un mundo en el que una se pudiera cortar con su pensamiento de la misma manera en la que un pez corta el agua con su aleta, mordisqueando los tallos de los lirios de agua, flotando, suspendido por encima de nidos de huevos blancos de mar… Qué paz la que hay aquí abajo, con las raíces en el centro del mundo y mirando hacia arriba a través de aguas grises, con sus espontáneos destellos de luz, y sus reflexiones—si no fuera por el Almanaque de Whitaker—¡si no fuera por la Tabla de Precedencia!

Debo saltar a ver por mí misma lo que esa marca en la pared es en realidad—¿un clavo, una hoja de rosa, una grieta en la madera?

Aquí está la naturaleza de nuevo jugando su viejo juego de autoconservación. Este tren de pensamiento, ella percibe, amenaza a ser una pérdida total de energía, hasta alguna colisión con la realidad, ya que, ¿quién va a ser capaz de levantar un dedo en contra de la Tabla de Precedencia de Whitaker? Al Arzobispo de Canterbury le sigue el Lord Canciller; al Lord Canciller le sigue el Arzobispo de York. Todos le siguen a alguien, esa es la filosofía de Whitaker; y la gran cosa es saber quién le sigue a quién. Whitaker sabe, y tú deja que eso, la Naturaleza aconseja, te sirva de consuelo, en lugar de enfurecerte; y si no puedes encontrar consuelo, si debes romper esta hora de paz, piensa en esa marca en la pared.

Yo entiendo el juego de la Naturaleza—me incita a tomar acción para terminar cualquier pensamiento que amenace excitar o causar dolor. Así que, yo supongo, de ahí viene nuestro ligero resentimiento hacia los hombres de acción—hombres, asumimos, que no piensan. Aún así, no hay daño en detener por completo los pensamientos desagradables viendo la marca en la pared.

Así es, ahora que ya fijé mis ojos en ella, siento que ya conseguí una tabla para flotar en el mar; siento un sentido satisfactorio de realidad que al instante manda a los dos Arzobispos y al Lord Canciller a la sombra de sombras. Aquí hay algo definitivo, algo real. Así que, despertando de un sueño de horror de medianoche, una enciende la luz sin ganas y se queda quieta, adorando el clóset con cajones, adorando la solidez, adorando la realidad, adorando al mundo impersonal que es prueba de una existencia diferente a la nuestra. Eso es de lo que una quiere estar segura… La madera es algo agradable en lo que pensar. Viene de un árbol; y los árboles crecen, y no sabemos cómo crecen. Por años y años crecen, sin ponernos atención a nosotras, en los valles, en los bosques, y por los lados de los ríos—todas las cosas en las que una le agrada pensar. Las vacas mueven sus colas debajo de ellas en tardes acaloradas; ríos pintan tan verdes que cuando una polla de agua se sumerge, una espera ver sus plumas todas verdes cuando sale de nuevo. Me gusta pensar en los peces balanceados en contra de la corriente como banderas ondeando; y en los escarabajos de agua lentamente alzando domos de lodo en la cama del río. Me gusta pensar en el árbol mismo: primero la sensación cercana y seca de ser madera; luego el soportar la tormenta; luego el lento y delicioso deslice de savia. Me gusta pensar en él, también, en las noches de invierno, parado en el campo vacío con todas las hojas cerradas, nada suave expuesto a las balas de hierro de la luna, un mástil desnudo en una tierra que va tambaleándose, tambaleándose, toda la noche. La canción de los pájaros debe sonar muy fuerte y extraña en junio; y qué frío han de sentir los pies de los insectos sobre él, mientras crean su laborioso progreso por las grietas de la corteza, o mientras toman el sol sobre el delgado verde de las hojas, y miran directamente enfrente de ellas con ojos cortados como diamantes rojos… Una por una las fibras se rompen bajo la inmensa presión fría de la tierra, y luego la última tormenta llega y, cayendo, las ramas más altas se clavan a la tierra de nuevo. Aún así, la vida no termina con nada; hay millones de vidas pacientes y observadoras, aún, buscando un árbol, por todo el mundo, en habitaciones, en barcos, en el pavimento, en salas, donde hombres y mujeres se sientan después del té, fumando cigarros. Está lleno de pensamientos pacíficos, pensamientos felices, este árbol. Me debería gustar cada uno por separado—pero algo se está interponiendo… ¿Dónde estaba? ¿De qué se ha tratado todo? ¿Sobre un árbol? ¿Un río? ¿El sur? ¿El Almanaque de Whitaker? ¿Los campos de asfódelo? No puedo recordar ni una cosa. Todo se mueve, se cae, se resbala, desaparece… Hay una convulsión de temas inmensa. Alguien está parada por encima de mí y diciendo—

“Voy a salir a comprar el periódico.”

“¿Sí?”

“Aunque ya me vale comprar el periódico… Nada pasa, nunca. Maldita sea esta guerra. ¡Pinche guerra!… De cualquier manera, no sé por qué deberíamos tener un caracol en nuestra pared.”

¡Ah, la marca en la pared! Era un caracol.


“The Mark on the Wall”—extraído del ebook Monday or Tuesday, publicado originalmente en 1921 y el 25 de junio del 2009 en el Proyecto Gutenberg.

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«C R O 0 C R»—Kurt Vonnegut

Todo era perfectamente estupendo.

No había prisiones, ni barrios bajos, ni asilos mentales, ni inválidos, ni pobreza, ni guerras.

Todas las enfermedades fueron conquistadas. También la vejez.

La muerte, a excepción de los accidentes, era una aventura para voluntarios.

La población de los Estados Unidos estaba estabilizada en cuarenta millones de almas.

Una mañana brillante en el Hospital Acosta-dos de Chicago, un hombre llamado Edward K. Wehling, Jr., esperó a su esposa a dar a luz. Era el único hombre esperando. Ya no mucha gente nacía en cualquier día.

Wehling tenía cincuenta y seis, un chavito en una población cuya edad promedio era ciento veintinueve años.

Los rayos X habían revelado que su esposa iba a tener trillizos. Los niños serían sus primeros.

El joven Wehling estaba hundido en su silla, su cabeza en su mano. Estaba tan arrugado, tan quieto y sin color que casi casi era invisible. Su camuflaje era perfecto, ya que la sala de espera también tenía un aire de desorden y de desánimo. Las sillas y los ceniceros habían sido alejados de las paredes. El piso estaba pavimentado con trapos salpicados.

El cuarto estaba siendo redecorado. Estaba siendo redecorado como un memorial a un hombre que se había ofrecido como voluntario para morir. 

Un hombre viejo y sardónico, de como doscientos años, se sentó en una escalerilla, pintando un mural que no le gustaba. Antes, cuando la gente envejecía notablemente, cualquiera diría que tenía treinta y cinco, o por ahí. La vejez lo había tocado solo eso cuando encontraron la cura para la vejez.

El mural en el que él trabajaba mostraba un jardín muy nítido. Hombres y mujeres de blanco, doctoras y enfermeros, levantaban la tierra, plantaban semillas, quitaban insectos, echaban fertilizante.

Hombres y mujeres en uniformes morados quitaban hierbas, cortaban plantas que estaban viejas y enfermas, rastrillaban hojas, llevaban la basura a los quemadores.

Nunca, nunca, nunca—ni siquiera en la Holanda medieval ni en el viejo Japón—se había visto un jardín más formal, mejor cuidado. Cada planta tenía todo el abono, la luz, el agua y la nutrición que podría usar.

Un enfermero miró el mural y al muralista. “Se ve tan real,” dijo. “Prácticamente puedo imaginar que estoy parado en medio de él.”

“¿Qué te hace pensar que no estás en él?” dijo el pintor. Le dio una sonrisa satírica. “Se llama ‘El Jardín Feliz de Vida,’ ya sabes.”

“Qué bien por el Dr. Hitz,” dijo el enfermero.

Él se refería a una de esas figuras de blanco, cuya cabeza era el retrato del Dr. Benjamín Hitz, el obstetra general del hospital. Hitz era un hombre cegadoramente guapo.

“Muchas caras aún por rellenar,” dijo el enfermero. Él se refería a que muchas de las figuras del mural aún estaban en blanco. Todos los espacios en blanco iban a ser rellenados con los retratos de mucha gente importante o del personal del hospital o de la oficina de Chicago del Buró Federal de Terminación.

“Ha de ser bonito ser capaz de crear imágenes que parezcan algo,” dijo el enfermero.

La cara del pintor se retorció con odio. “¿Crees que estoy orgulloso de esta mancha?” dijo. “¿Crees que esta es mi idea de cómo es la vida en realidad?”

“¿Y cuál es su idea de cómo es la vida?” dijo el enfermero.

El pintor indicó un trapo asqueroso. “Ahí hay una buena imagen de ella,” dijo él. “Enmarca eso, y tendrás una imagen una pinche vista mucho más honesta que esta.”

“Como que es usted un pato viejo y aguitado, ¿no?” dijo el enfermero.

“¿Es un crimen serlo?” dijo el pintor.

El enfermero levantó los hombros. “Si no le gusta aquí, Abuelo—” dijo, y terminó el pensamiento con el número telefónico que la gente que no quiere seguir viviendo suponían llamar. El cero en el número telefónico se pronunciaba como un “no.”

El número era: “C R O 0 C R.”

Era el número telefónico de una institución cuyos apodos fantásticos incluían: “El Automático,” “La Tierra de los Pájaros,” “La Fábrica de Latas,” “La Caja del Gato,” “El Des-Ruidoso,” “El Facilito,” “El A-Dios, Madre,” “El Hooligan Feliz,” “El Bésame-Rápido,” “El Suertudo Pierre,” “El Fondote,” “El Licuado de Advertencia,” “El Ya-No-Llores,” y “El NTP.”

“Ser o no ser” era el número telefónico de las cámaras de gas municipales del Buró Federal de Terminación.

El pintor hizo un gesto de me vale al enfermero. “Cuando yo decida que es hora,” dijo, “no será en El Fondote.”

“Con que eres un hazlo-tú-mismo, ¿eh?” dijo el enfermero. “Es un trabajo sucio, Abuelo. ¿Por qué no le tiene un poco de consideración a las personas que tienen que limpiar detrás de usted?”

El pintor expresó con una obscenidad su falta de preocupación por las tribulaciones de sus sobrevivientes. “El mundo podría usar mucho más desmadre, si me preguntas a mí,” dijo.

El enfermero se rió y siguió.

Wehling, el padre que esperaba, murmuró algo sin levantar la cabeza. Y luego guardó silencio de nuevo.

Una mujer tosca y formidable entró a la sala de espera usando tacones de aguja. Sus zapatos, medias, gabardina, bolsa, y gorra de ultramar eran todas moradas, el morado que el pintor llamaba “el color de las uvas en el Día del Juicio.”

El medallón en su bolsa morada de gaita era el sello de la División de Servicio del Buró Federal de Terminación, un águila sentada en un torniquete.

La mujer tenía mucho vello facial—un claro bigote, de hecho. Algo curioso sobre las anfitrionas de las cámaras de gas era que, sin importar qué tan hermosas y femeninas eran cuando eran reclutadas, todas traían bigote a los cinco años, o menos.

“¿Aquí es a dónde se supone que voy?” le dijo ella al pintor.

“Mucho dependería de qué vienes a hacer,” dijo él. “No vas a tener un bebé ahora mismo, ¿o sí?”

“Me dijeron que supongo posar para una pintura,” dijo ella. “Mi nombre es Leora Duncan.” Ella esperó.

“¿A qué hora, Duncan?” dijo él.

“¿Qué?” dijo ella.

“Olvídalo,” dijo él.

“Qué bonita pintura,” dijo ella. “Se ve igualito al cielo o algo.”

“O algo,” dijo el pintor. Tomó una lista de nombres del bolsillo de su bata. “Duncan, Duncan, Duncan,” dijo, escaneando la lista. “Sí—aquí está. Tiene el derecho a ser inmortalizada. ¿Ve algún cuerpo sin cara en el que le gustaría que yo cuelgue su cabeza? Todavía nos quedan varias opciones.”

Ella estudió el mural sin ánimo. “Chale,” dijo ella, “todas son lo mismo para mí. No sé nada sobre arte.”

“Un cuerpo es un cuerpo, ¿eh?” dijo él. “Bueno, bueno. Como maestro de las artes finas, le recomiendo este cuerpo de aquí.” Le indicó una figura sin cara de una mujer cargando tallos secos a un quemador de basura.

“Pues,” dijo Leora Duncan, “como que eso es más para el personal de disposición, ¿no? O sea, yo estoy en servicio. No hago nada de disposición.”

El pintor aplaudió con alegría sarcástica. “Dice que no sabe nada sobre el arte, y luego, en su siguiente aliento, ¡comprueba que sabe más sobre él que yo! ¡Claro que la cargadora de tallos secos está mal para una anfitriona! Una cortadora, una podadora—esas son más su rol.” Le indicó una figura de morado que estaba serruchando una rama muerta de un árbol de manzanas. “¿Qué tal ella?” dijo él. “¿No le gusta ella ni un poquito?”

“Uy—” dijo ella, y se sonrojó y se volvió humilde—“eso—eso me pone justo al lado del Dr. Hitz.”

“¿Y eso le molesta?” dijo él.

“¡Por todos los cielos, no!” dijo ella. “Es solo que—solo que es tan grande el honor.”

“Ah, usted… usted lo admira, ¿eh?” dijo él.

“¿Quién no lo admira?” dijo ella, adorando el retrato de Hitz. Era el retrato de un omnipotente Zeus, bronceado y de cabello blanco, de doscientos cuarenta años de edad. “¿Quién no lo admira?” dijo ella de nuevo. “Él fue el responsable de establecer la primerísima cámara de gas en Chicago.”

“Nada me daría más placer,” dijo el pintor, “que ponerla a su lado por el resto del tiempo. Serruchando el brazo de—¿sí se te hace algo apropiado?”

“Pues es más o menos lo que hago,” dijo ella. Le daba tristeza lo que ella hacía. Lo que ella hacía era darle a las personas comodidad mientras las mata.

Y, mientras Leora Duncan posaba para su retrato, entra a la sala de espera el mismísimo Dr. Hitz. Él medía más de dos metros, y resonaba con importancia, logros, y la alegría de vivir.

“¡Bueno, señorita Duncan! ¡Señorita Duncan!” dijo, e hizo un chiste. “¿Qué hace usted aquí?” dijo él. “Aquí no es donde la gente se va. ¡Aquí es donde llegan!”

“Vamos a estar en la misma pintura, juntos,” dijo ella con timidez.

“¡Qué bien!” dijo el Dr. Hitz con sinceridad. “Y qué pintura tan chida, ¿no?”

“Y seguro que es todo un honor salir en ella con usted,” dijo ella.

“Déjeme decirle,” dijo él, “que el honor de salir en ella con usted es mío. Sin mujeres como usted, este maravilloso mundo que tenemos no sería posible.”

La saludó y siguió hacia la puerta que daba a las salas de parto. “Adivine qué acaba de nacer,” dijo él.

“No puedo,” dijo ella.

“¡Trillizos!” dijo él.

“¡Trillizos!” dijo ella. Su exclamación era por las implicaciones legales de trillizos.

La ley decía que ningún recién nacido podía sobrevivir a menos que los padres del nacido encontraran a alguien que sirviera de voluntario para morir. Unos trillizos, si es que todos han de vivir, requieren tres voluntarios.

“¿Y los padres tienen tres voluntarios?” dijo Leora Duncan.

“Lo último que escuché,” dijo el Dr. Hitz, “es que tenían a uno, y estaban intentando conseguir a otros dos.”

“No creo que la hayan hecho,” dijo ella. “Nadie ha hecho tres citas con nosotros. Nada más que solteros el día de hoy, a menos que alguien haya llamado después de que me fui. ¿Cuál es el nombre?”

“Wehling,” dijo el padre que esperaba, sentándose derecho, con los ojos rojos y hecho un desastre. “Edward K. Wehling, Jr., es el nombre del feliz padre-a-ser.”

Alzó su mano derecha, miró hacia un lugar en la pared, y se rió con una risa brusca y malvada. “Presente,” dijo.

“Ay, Sr. Wehling,” dijo el Dr. Hitz, “no lo vi.”

“El hombre invisible,” dijo Wehling.

“Me acaban de llamar para decirme que sus trillizos han nacido,” dijo el Dr. Hitz. “Todos están bien, y la madre también. Voy a verlos ahorita mismo.”

“Woohoo,” dijo Wehling vacíamente.

“No suena muy feliz,” dijo el Dr. Hitz.

“¿Qué hombre en mis zapatos no estaría feliz?” dijo Wehling. Con sus manos hizo gestos para simbolizar simplicidad valemadrista. “Todo lo que tengo que hacer es escoger cuál de los trillizos va a vivir, y luego llevar a mi abuelo materno al Hooligan Feliz, y regresar aquí con un recibo.»

El Dr. Hitz se volvió algo rudo con Wehling, imponiéndose sobre él. “¿Usted no cree en el control de la población, Sr. Wehling?” dijo.

“Creo que es perfectamente entusiasta,” dijo Wehling, tenso.

“¿Le gustaría regresar a los viejos tiempos, cuando la población del planeta era veinte billones—a punto de convertirse en cuarenta billones, luego ochenta billones, luego ciento sesenta y seis billones? ¿Sabe usted lo que es una drupa, Sr. Wehling?” dijo Hitz.

“Nop,” dijo Wehling, resentido.

“Una drupa, Sr. Wehling, es lo que cubre a una de las pequeñitas semillitas, es uno de los granitos pulposos de una zarzamora,” dijo el Dr. Hitz. “¡Sin control de la población, los seres humanos ya estaríamos arrimados en la superficie de este viejo planeta como drupas en una zarzamora! ¡Piénselo!”

Wehling siguió mirando el mismo lugar en la pared.

“En el año 2000,” dijo el Dr. Hitz, “antes de que los científicos vinieran y escribieran la ley, no había suficiente agua potable para todos, ni nada que comer más que alga marina—y aún así la gente insistía en su derecho de reproducirse como conejos. Y en su derecho, si era posible, de vivir para siempre.”

“Quiero a esos niños,” dijo Wehling silenciosamente. “Quiero a los tres.”

“Claro que los quieres,” dijo el Dr. Hitz. “Es algo humano.”

“Tampoco quiero que mi abuelo muera,” dijo Wehling.

“Nadie es realmente feliz sin llevar a un pariente cercano a La Caja del Gato,” dijo el Dr. Hitz con gentileza, con simpatía.

“Quisiera que la gente no le dijera así,” dijo Leora Duncan.

“¿Qué?” dijo el Dr. Hitz.

“Quisiera que la gente no le dijera ‘La Caja del Gato,’ y cosas así,” dijo ella. “Le da a la gente la impresión equivocada.”

“Tiene toda la razón,” dijo el Dr. Hitz. “Discúlpeme.” Se corrigió a sí mismo, le dio a las cámaras de gas municipales su título oficial, un título que nadie usa en ninguna conversación. “Debí haber dicho, ‘El Estudio de Suicidio Ético,’” dijo.

“Eso suena mucho mejor,” dijo Leora Duncan.

“Esta niña o niño suyo—cualquiera con el que usted decida quedarse, Sr. Wehling,” dijo el Dr. Hitz. “Él o ella va a vivir una vida en un planeta feliz, con espacio, limpio, y rico, gracias al control de la población. En un jardín como el mural de ahí.” Sacudió su cabeza. “Hace dos siglos, cuando yo era joven, era un infierno que nadie pensaba podría durar otros veinte años. Ahora siglos de paz y plenitud se estiran delante de nosotros tan lejos como a la imaginación tenga ganas de viajar.”

Él sonrió luminosamente.

La sonrisa se desvaneció cuando vio que Wehling acababa de sacar un revólver.

Wehling le disparó al Dr. Hitz hasta matarlo. “Hay espacio para uno—uno grandioso,” dijo él.

Y luego le disparó a Leora Duncan. “Solo es la muerte,” le dijo a ella mientras caía. “¡Listo! Espacio para dos.”

Y luego se disparó a sí mismo, haciendo espacio para los tres de sus hijos.

Nadie vino corriendo. Nadie, al parecer, escuchó los disparos.

El pintor se sentó en la cima de su escalerilla, mirando, hacia abajo, la lamentable escena.

El pintor pensó profundamente en el rompecabezas melancólico de la vida exigiendo nacer, y, ya nacida, exigiendo dar frutos… multiplicarse y vivir tanto sea posible—hacer todo eso en un planeta muy pequeño que tendría que durar para siempre.

Todas las respuestas que se le ocurrían al pintor eran severas. Más severas, seguramente, que una Caja del Gato, que un Happy Hooligan, que un A-Dios, Madre. Pensó en la guerra. Pensó en las plagas. Pensó en el hambre.

Sabía que nunca pintaría de nuevo. Dejó su pincel caer a los trapos debajo de él. Y luego decidió que ya había tenido suficiente de vida en el Jardín Feliz de la Vida, también, y bajó de la escalera lentamente.

Tomó la pistola de Wehling, con verdadera intención de dispararse a sí mismo.

Pero no pudo.

Y luego vio la cabina telefónica en la esquina del cuarto. Fue hacia ella y marcó el número que recordaba bien: “C R O 0 C R.”

“Buró Federal de Terminación,” dijo la muy cálida voz de una anfitriona.

“¿Qué tan pronto podría obtener una cita?” preguntó él, hablando con mucho cuidado.

“Probablemente lo podríamos encajar en el horario de la tarde, señor,” dijo ella. “Hasta podría ser temprano, si nos llega una cancelación.”

“Bueno,” dijo el pintor, “inclúyame, si puede, por favor.” Y le dio su nombre, deletreandolo.

“Gracias, señor,” dijo la anfitriona. “Su ciudad le da las gracias; su país le da las gracias; su planeta le da las gracias. Pero más que nada, le dan las gracias las generaciones futuras.”


“2 B R 0 2 B”—extraído del ebook publicado el 3 de mayo del 2007 en el Proyecto Gutenberg.

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cuentos Ficción

«La Maestra»—Antón Chéjov

Salieron a las ocho y media.

El camino pavimentado estaba seco, un espléndido sol de abril derramaba calor, pero aún había nieve en las zanjas y en el bosque. El invierno, malvado, oscuro, largo, había terminado tan recientemente; la primavera había llegado de repente; pero ni el calor ni el bosque lánguido y transparente, calentado por el aliento de la primavera, ni los pájaros negros volando en los campos sobre enormes charcos que eran como lagos, ni este maravilloso cielo, inmensamente profundo, al cual pareciera que uno se pudiera sumergir con tanta alegría, le ofrecían algo nuevo e interesante a Marya Vasilyevna, quien estaba sentada en la carreta. Llevaba ya trece años enseñando en la escuela, y en el transcurso de todos esos años había ido al pueblo por su salario mil veces; y fuese primavera, como ahora, o una noche lluviosa de otoño, o invierno, a ella le daba igual, y lo que ella siempre, sin variar, anhelaba, era llegar a su destino tan pronto como fuese posible.

Ella sentía como si hubiera estado viviendo por esos lugares por mucho, mucho tiempo, por cien años, y le parecía que ya conocía cada piedra, cada árbol en el camino del pueblo a su escuela. Aquí estaba su pasado y su presente, y se podía imaginar ningún otro futuro más que la escuela, el camino al pueblo y de regreso, y de nuevo la escuela y de nuevo el camino.

Había perdido el hábito de pensar sobre su vida antes de que se volviera maestra y había olvidado casi todo sobre esa época. Había tenido un padre y una madre; habían vivido en Moscú en un departamento grande cerca de la Puerta Roja, pero todo lo que quedaba en su memoria de esa parte de su vida era algo borroso y sin forma, como un sueño. Su padre había muerto cuando ella tenía diez años, y su madre había muerto pronto después de eso. Ella había tenido un hermano, un oficial; al principio acostumbraban escribirse el uno al otro, luego su hermano había dejado de contestar sus cartas, había perdido el hábito. De sus viejas pertenencias todo lo que quedaba era una foto de su madre, pero la humedad de la escuela había desvanecido la imagen, y ahora nada se le podía reconocer más que el cabello y las cejas.

Cuando ya habían recorrido un par de kilómetros, el viejo Semyon, quien estaba conduciendo, volteó y dijo:

“Han detenido a un oficial en el pueblo. Se lo han llevado. Dicen que él y unos alemanes mataron a Alexeyev, el alcalde, en Moscú.»

“¿Quién te dijo eso?”

“Lo leyeron en el periódico, en la casa de Iván Ionov.”

Y de nuevo hubo un largo silencio. Marya Vasilyevna se puso a pensar en su escuela, en los exámenes que se aproximaban, y en la niña y los cuatro niños a quienes mandaría a hacerlos. Y justo cuando pensaba en esos exámenes, la alcanzó un terrateniente llamado Hanov en una carroza de cuatro caballos, el mismísimo hombre que había sido el examinador en su escuela el año pasado. En cuanto él se acercó a su lado, la reconoció y la saludó.

“Buenos días,” dijo. “¿Está conduciendo hacia su casa, señorita?”

Este Hanov, un hombre de como cuarenta, con una cara desgastada y una expresión sin vida, estaba comenzando a envejecer notablemente, pero aún le parecía guapo y atractivo a las mujeres. Él vivía solo en su gran hacienda, no estaba en el servicio militar, y se decía que no hacía nada en casa más que caminar de un lado de su cuarto al otro, chiflando, o jugar ajedrez con su viejo lacayo. Se decía, también, que bebía mucho. Y de hecho, en los exámenes del año pasado, los mismos papeles que él había traído olían a perfume y vino. En esa ocasión, todo lo que usó era nuevecito, y a Marya Vasilyevna le había parecido muy atractivo, y, sentada a su lado, había sentido vergüenza. Ella estaba acostumbrada a ver examinadores fríos y prácticos en la escuela, pero este no recordaba ni una sola oración, no sabía qué preguntas hacer, era excedidamente amable y considerado, y solo daba las calificaciones más altas.

“Estoy de camino a visitar a Bakvist,” él siguió hablándole a Marya Vasilyevna, “pero me pregunto si estará en su casa.”

Salieron del camino pavimentado a un camino de tierra, Hanov liderando el camino y Semyon siguiéndolo. El equipo de cuatro caballos se mantenía por la brecha, lentamente jalando la pesada carroza por el lodo. Semyon cambiaba su ruta todo el tiempo, dejando la brecha de vez en cuando para conducir sobre un montecillo, ahora para bordear un prado, y se bajaba de la carreta con frecuencia, para ayudar al caballo. Marya Vasilyevna siguió pensando en la escuela, y preguntándose si el problema de aritmética de los exámenes estaría fácil o difícil. Y estaba muy irritada con la oficina en Zemstvo, donde no había encontrado a nadie el día anterior. ¡Qué negligencia! Por los últimos dos años ella les había estado pidiendo que despidieran al conserje, que no hacía nada, era grosero con ella, y castigaba a los niños, pero a ella nadie le prestaba atención.

Era difícil encontrar al presidente en la oficina y cuando lo encontrabas, él te diría, con lágrimas en sus ojos, que no tenía tiempo; el inspector había visitado la escuela una sola vez en tres años y no sabía nada de nada sobre ella, ya que antes él trabajaba en el Departamento de Finanzas y había obtenido el puesto de inspector escolar por palancas; la junta escolar rara vez se reunía y nadie sabía dónde; el fideicomisario era un campesino medio analfabeta, dueño de una curtiduría, estúpido, tosco, y un buen amigo del conserje—y Dios sabrá a quién podría ella acudir con sus quejas y preguntas.

“De veras que es muy guapo,” ella pensó, volteando a ver a Hanov.
Mientras tanto, el camino se ponía peor y peor. Manejaron hacia adentro del bosque. Aquí no había manera de salirse del camino, los surcos eran profundos, y agua desbordaba en ellos. Las ramas les pegaban en la cara.

“¿Qué tal el camino?” preguntó Hanov, y se rió.

La maestra lo miró y no pudo entender por qué este extraño sujeto vivía aquí. Su dinero, su interesante apariencia, su finura, ¿qué le podían conseguir en este maldito lugar, con su lodo, su aburrimiento? La vida no le concedió ningún privilegio, y aquí está, como Semyon, trotando lentamente por un camino abominable, sufriendo los mismos malestares. ¿Por qué vivir aquí, cuando uno tiene la oportunidad de vivir en Petersburgo o fuera del país? ¿Y no parecía como si, para un hombre tan rico como él, convertir esta brecha en un buen camino, para evitar tener que pasar esta miseria y ver el sufrimiento escrito en las caras de su conductor y en la de Semyon, fuera una cuestión sencilla? Pero solo se reía, y no le pedía nada más a la vida. Él era amable, gentil, ingenuo; no tenía comprensión de esta ruda vida, no la conocía, de la misma manera en la que no conocía las oraciones en las examinaciones. No le dio nada a la escuela más que unos globos, y con eso creyó sinceramente que era una persona de uso y un trabajador prominente en el campo de educación popular. ¿Y quién necesitaba sus globos aquí?

“¡Agárrese, Vasilyevna!” dijo Semyon.

La carreta se sacudió violentamente y estaba a punto de voltearse; algo pesado le cayó a Marya Vasilyevna en los pies—eran sus compras. Había una subida empinada por un camino lodoso; riachuelos ruidosos fluían por zanjas curvas; el agua había creado grietas en el camino; y ¡cómo podía uno conducir por aquí! Los caballos respiraban con pesar. Hanov se salió de su carroza y caminó a la orilla de la ruta usando su abrigo largo. Estaba caliente.

“¿Qué tal el camino?” repitió, y se rió. “Esta es la manera de quebrar tu carroza.”

“¿Y quién te dijo que fueras conduciendo en este clima?” le preguntó Semyon, gruñón. “Deberías quedarte en casa.”

“Me aburro en casa, abuelo. No me gusta quedarme en casa.”

Al lado del viejo Semyon, Hanov se veía fuerte y lleno de vigor, pero había algo apenas perceptible en su paso que lo traicionaba y lo hacía ver como una criatura débil, ya arruinada, acercándose a su fin. Y de repente parecía como si hubiese un olorcillo de licor en el bosque. Marya Vasilyevna se sintió asustada, y se llenó de lástima por este hombre que se estaba haciendo pedazos sin rima y sin razón, y se le ocurrió que si ella fuera su esposa o su hermana, dedicaría su vida entera a rescatarlo. ¡Su esposa! La vida era tan ordenada que aquí estaba él viviendo en su gran mansión solito, mientras ella vivía en un maldito pueblo solita, y por alguna razón el simple pensamiento que él y ella pudieran encontrarse en condiciones iguales, y que se volvieran íntimos, parecía imposible, absurdo. Fundamentalmente, la vida estaba tan arreglada y las relaciones humanas complicadas más allá de cualquier entendimiento que cuando lo piensas da miedo, y tu corazón se sumerge.

“Y no puedes entender,” ella pensó, “por qué Dios le da buena apariencia, amabilidad, encanto, y ojos melancólicos a personas débiles, infelices, inútiles—por qué son tan atractivos.”

“Aquí debemos ir a la derecha,” dijo Hanov, subiéndose a su carroza. “¡Adiós! ¡Mis mejores deseos!”

Y de nuevo ella se puso a pensar en sus alumnos, en los exámenes, en el conserje, en la junta escolar; y cuando el viento le trajo el sonido de la carroza alejándose estos pensamientos se mezclaban con otros. Ella quería pensar en ojos hermosos, en el amor, en la felicidad que nunca sería…

¿Su esposa? Hace frío por la mañana, no hay nadie para prender la estufa, el conserje se ha ido a algún lado; los niños entran tan pronto como hay luz, llenos de nieve y lodo y haciendo ruido; todo es tan incómodo, tan desagradable. Ella solo tiene un cuarto pequeño y una cocina cercana. Todos los días, cuando termina de dar clases, tiene un dolor de cabeza, y después de cenar tiene agruras. Tiene que recolectar dinero de los niños para leña y para pagarle al conserje, y para dárselo al fideicomisario, y luego para implorarle—a ese insolente y sobrealimentado campesino—por el amor de Dios que le mande leña. Y en la noche ella sueña con exámenes, con campesinos, con tormentas de nieve. Y esta vida la ha envejecido y endurecido, la ha vuelto poco atractiva, angular, y torpe, como si hubieran chorreado plomo dentro de ella. Le tiene miedo a todo y en presencia de un miembro de la junta directiva de Zemstvo o del fideicomisario, ella se para y no se atreve a sentarse de nuevo. Y usa expresiones humildes cuando menciona a cualquiera de ellos. Y a nadie le gusta ella, y la vida pasa tristemente, sin calor, sin amigable simpatía, sin conocidos interesantes. Dada su posición, ¡qué terrible sería si ella se enamorara!

“¡Agárrese, Vasilyevna!”

Otra subida empinada.

Ella había comenzado a dar clases por necesidad, sin sentirse llamada a esa vocación; y nunca había pensado en una vocación, en la necesidad de conocimiento iluminante; y siempre le pareció que lo más importante en su trabajo no eran ni los niños, ni el conocimiento, sino los exámenes. ¿Y cuándo tendría tiempo de pensar en una vocación, o en cualquier conocimiento divino? Los maestros, los médicos humildes, los asistentes de doctores, por todo su trabajo tan terriblemente duro, no tienen ni siquiera el consuelo de pensar que están sirviendo a un bien, o a la gente, porque sus cabezas siempre están llenas de pensamientos sobre su pan de cada día, sobre leña, sobre caminos peligrosos, sobre enfermedades. Es una existencia dura y monótona, y solo los imperturbables caballos de carreta como Marya Vasilyevna pueden aguantarla por mucho tiempo; gente con vida, alerta e impresionable, que habla de su llamado y de servir al bien, se cansa rápidamente, y abandona el trabajo.

Semyon seguía escogiendo el camino más seco y corto, viajando a través de un prado, ahora por detrás de las cabañas, pero en un lugar los campesinos no lo dejaban pasar, y en otro la tierra le pertenecía al sacerdote, así que no la podían cruzar, y en otro Iván Ionov había comprado una parcela de tierra y había creado una zanja a su alrededor. Se regresaban una y otra vez.

Llegaron a Nizhneye Gorodishche. Cerca de la casa de té, en la tierra nevada y llena de caca, había vagones estacionados cargados de botellas de aceite. Había mucha gente en la casa de té, todos conductores, y olía a vodka, tabaco, y piel de oveja. El lugar era muy ruidoso, con gritos y golpes de la puerta, la cual estaba sujetada con una polea. En la tienda de al lado alguien tocaba el acordeón sin parar. Marya Vasilyevna estaba sentada, tomando té, mientras en la mesa de al lado unos campesinos bebían vodka y cerveza, sudorosos por el té que ya habían tomado y por el mal aire.

“¡Hey, Kuzma!” la gente gritaba y gritaba, puro caos y confusión. “¿Qué pasa?” “¡El Señor nos bendiga!” “Iván Dementyich, ¡eso lo haré por ti!” “¡Mira, por aquí, amigo!”

Un campesino con marcas de viruela y una barba negra, bien borracho, de repente se sorprendió por algo y comenzó a decir groserías.

“¡Hey, tú! ¿Por qué hablas así?” Semyon, quien estaba sentado algo alejado de los demás, dijo, enojado. “¿Qué no ves a la joven?”

“¡La joven!” alguien se burló desde otra esquina.

“¡La puerca!”

“No quise decir nada—”  el pequeño campesino estaba avergonzado. “Discúlpeme. Yo pago mis dineros y la joven paga los suyos. ¿Cómo está, señorita?”

“¿Cómo le va?” contestó la maestra.

“Le doy las muchas gracias.”

Marya Vasilyevna tomó su té con placer, y ella, también, comenzó a ponerse roja como los campesinos, y de nuevo se puso a pensar sobre la leña, sobre el conserje…

“Espera, hermano,” alguien dijo desde la mesa de al lado. “Es la señorita maestra de Vyazovye. Lo sé; ella es del buen tipo.”

“¡Es buena gente!”

La puerta azotaba sin cesar, algunos entrando, otros saliendo. Marya Vasilyevna siguió ahí sentada, pensando en las mismas cosas todo el tiempo, mientras el acordeón siguió tocando y tocando detrás de la pared. Los charcos de luz que había en el piso se movieron al mostrador, luego a la pared, y finalmente desaparecieron por completo; esto significaba que ya era después del mediodía. Los campesinos de la mesa de al lado se alistaban para irse. El pequeño campesino se acercó a Marya Vasilyevna tambaleándose un poco para sacudir su mano; siguiendo ese ejemplo, los demás sacudieron la mano de Marya Vasilyevna al salir, uno por uno, y la puerta rechinó y se azotó nueve veces.

“Vasilyevna, alístese,” Semyon le dijo.

Se fueron. Y de nuevo iban a un ritmo lento.

“Hace tiempo estaban construyendo una escuela aquí en Nizhneye Gorodishche,” dijo Semyon, volteando a verla. “¡Se hacían cosas malvadas en ese entonces!”

“¿Qué, cómo?”

“Dicen que el presidente de la junta se embolsó mil fríamente, y el fideicomisario otros mil, y el maestro quinientos.”

“La escuela entera solo cuesta mil. Está mal armar chismes de la gente de esa manera, abuelo. Nada de eso tiene sentido.”

“No sé. Yo solo repito lo que dice la gente.”

Pero estaba claro que Semyon no le creía a la maestra. Los campesinos no le creían. Siempre pensaban que le pagaban demasiado, veintiún rublos al mes (cinco hubieran sido suficientes), y que ella se embolsaba la mayoría del dinero que recibía para leña y para el salario del conserje. El fideicomisario pensaba lo mismo que los campesinos, y él mismo ganaba algo por la leña y recibía un sueldo de parte de los campesinos por actuar como fideicomisario—sin el conocimiento de las autoridades.

El bosque, gracias a Dios, estaba detrás de ellos, y ahora sería un camino despejado y nivelado hasta Vyazovye, y ya no tendrían que viajar muy lejos. Todo lo que tenían que hacer era cruzar el río, luego las vías del tren, y luego estarían en Vyazovye.

“¿A dónde vas?” Marya Vasilyevna le preguntó a Semyon. “Toma el camino a la derecha, cruzando el puente.”

“Pero es lo mismo si vamos por acá, no está tan profundo.”

“Pues no vayas a ahogar al caballo.”

“¿Qué?”

“Mira, Hanov está conduciendo hacia el puente también,” dijo Marya Vasilyevna, viendo al equipo de cuatro caballos lejos a su derecha. “Creo que es él.”

“Segurísimo que es él. Así que no encontró a Bakvist en su casa. Qué estúpido es. ¡Señor, apiádate de nosotros! Está conduciendo por allá, ¿y para qué? Es dos kilómetros enteros más corto por aquí.”

Llegaron al río. En el verano es una corriente delgada, fácil de cruzar y normalmente ya seco en agosto, pero ahora, después de las inundaciones de primavera, era un río de doce metros de anchura, rápido, lodoso, y frío; en la orilla, y hasta el agua, había marcas de llanta frescas, así que había sido cruzado justo por ahí.

“¡Arre!” gritó Semyon con ira y ansiedad, jalando las riendas violentamente y moviendo sus codos como un pájaro mueve sus alas. “¡Arre!”

El caballo entró al agua hasta su panza y se detuvo, pero luego luego se movió de nuevo, esforzando sus músculos, y Marya Vasilyevna sintió frío en sus pies.

“¡Arre!” ella también gritó, parándose. “¡Arre!”

Llegaron a la otra orilla.

“¡Qué buen desastre, el Señor se apiade de nosotros!” murmuró Semyon, acomodando el arnés del caballo. “Es una aflicción, este Zemstvo.”

Sus zapatos estaban llenos de agua, las orillas de su vestido y de su abrigo estaban empapadas y goteando; el azúcar y la harina se habían mojado, y eso era lo peor de todo, y Marya Vasilyevna solo pudo sobarse las manos con desesperación y dijo:

“¡Ay Semyon, Semyon! ¡Qué tipo eres, de verdad!”

En el cruce de vías de tren, la pluma estaba abajo. Un tren exprés venía de la estación. Marya Vasilyevna se paró en frente del cruce, esperando a que el tren pase, temblando del frío. Ya se podía ver Vyazovye, y la escuela con el techo verde, y la iglesia con sus cruces como en llamas, reflejando el sol del atardecer; y las ventanas de la estación también parecían estar en llamas, y un humo rosado salía del motor… Y le pareció a ella que todo temblaba del frío.

Aquí estaba el tren; las ventanas, como las cruces de la iglesia, reflejaban la luz flameante; le lastimaba los ojos verlas. En uno de los vagones de primera clase, una dama estaba parada, y Marya Vasilyevna la vio de reojo cuando pasó enfrente. ¡Su madre! ¡Qué semejanza! Su madre había tenido el mismo cabello abundante, la misma frente, y esa misma manera de sujetar su cabeza. Y con una claridad asombrosa, por primera vez en esos trece años, ella pudo imaginar lúcidamente a su madre, a su padre, su hermano, su departamento en Moscú, el acuario con los pececitos, todo hasta el más mínimo detalle; de repente escuchó los sonidos del piano, la voz de su padre; se sintió como era en ese entonces, joven, guapa, bien vestida, en un cuarto brillante y calientito, con su propia gente. Un sentimiento de alegría y felicidad de repente la abrumó, y se agarró la cabeza en éxtasis, y dijo suavemente, implorando:

“¡Mamá!”

Y comenzó a llorar, sin saber por qué.

Justo en ese momento Hanov llegó con su equipo de cuatro caballos, y viéndolo ella imaginó una felicidad como nunca la ha habido, y sonrió y le asintió como si él fuera igual a ella, como si fueran íntimos, y le pareció a ella que el cielo, las ventanas, los árboles, todo brillaba con su felicidad, su triunfo. No, su padre y su madre nunca habían muerto, ella nunca había sido maestra, eso había sido un largo, raro, y opresivo sueño, y ahora había despertado…

Y de repente todo eso se desvaneció. La pluma estaba subiendo lentamente. Marya Vasilyevna, entumecida y temblando del frío, se subió a la carreta. La carroza con cuatro caballos cruzó las vías del tren y Semyon la siguió. El guardia del cruce se quitó su sombrero.

“Vyazovye. Hemos llegado.”


“The Schoolmistress”—extraído de la colleción The Schoolmistress and Other Stories publicada el 21 de febrero del 2006 en el Proyecto Gutenberg.

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cuentos Ficción

«Estoy Viva, Te Amo, Te Veo En Reno»—Vylar Kaftan

Tenemos una historia de conexiones perdidas, tú y yo. Hace años, cuando dijiste adiós desde el lanzamiento, mi vuelo estaba aterrizando en Zúrich. Había cambiado de avión, había sido desviada desde Fráncfort. Por eso te contestó mi buzón de voz. Hubiera contestado si hubiera podido, y te hubiera deseado suerte, aunque tú quisieras una vida sin mi. Nunca pude ver Europa satélite, como tú—solo Europa continente, donde conocí a mi primer esposo. El que deseé que fueras tú.

Cuando escuché tu mensaje, me dio gusto que estabas feliz—sí, siempre te he querido feliz, aún durante nuestro divorcio. Pensé en ti viajando a Alfa Centauri, el tiempo entre nosotros dilatándose como un portal. Lo imaginé como una película en cámara lenta. Estarías de regreso en cuarenta años. Yo tendría sesenta y cuatro, y tú solo tendrías la mitad de eso.

Guardé tu mensaje por semanas, hasta que lo borré por accidente. Se sintió simbólico. Seríamos más felices separados, pensé. Pero “separados” era siempre la manera en la que estábamos conectados. La palabra nos define en relación al otro: uno no puede estar separado sin el otro.

—.—.—.—.—

Einstein pasó diez años pensando en un espejo que le preocupaba. Si viajaba a la velocidad de la luz y miraba en un espejo de mano, ¿vería su reflejo o no? Dejando a un lado cuestiones de vampirismo, o cuestiones de la calidad necesaria para que un espejo no se rompa a altas velocidades, la respuesta tiene que ser sí. La relatividad significa que no sabes qué tan rápido vas a menos que tengas un punto de referencia.

—.—.—.—.—

Hemos estado juntos desde que tengo memoria. Solo niños, corriendo por los suburbios de Sacramento. Me gustabas porque tú sí jugarías con una niña. Yo corría más rápido, peleaba más fuerte, y pegaba más fuerte que cualquier niño—y lo sabía. ¿Recuerdas esa vez que jugamos a Capturar la Bandera y tú no podías encontrar la mía? La atoré en unos tubos de desagüe. Todavía se alcanzaba a ver la puntita. Eso cuenta.

Yo era la vecina de al lado—ningún peligro, de confianza, indeseable. Cuando tenía trece, y tú tenías dieciséis—estaba loca por ti. Pero tú estabas ciego. “Mejores amigos para siempre,” me dijiste.

Pensé que nunca me verías como una mujer de tu edad. Tenía que escuchar de todas las chavas con las que saliste. ¿Recuerdas esa pelirroja culera que le robaba cigarros a su abuela? Seguro le dio cáncer de pulmón.

“Mejores amigos,” también te dije. Estábamos juntos, pero separados.

Antes me preguntaba cómo hacerle para que me vieras. ¿Debería decirte lo que sentía por ti? ¿O quedarme callada y esperar a que me vieras?

Pero tú tomaste la decisión por mi: me dejaste y te fuiste a la militar. Así que yo me uní al Cuerpo de Paz—el opuesto polar de lo que tú hiciste. Esto nos unió de nuevo como imanes. Por eso terminamos viviendo juntos en San Francisco. Roomies y amantes.

No sabía, en ese entonces, claro—pero todo esto lo descifré en nuestro viaje a Alfa Centauri.

Dos imanes, separados, continúan ejerciendo fuerza el uno hacia el otro. Su poder vive en el espacio entre ellos.

—.—.—.—.—

Einstein dice que nada se mueve a la velocidad de la luz, ya que entre más rápido vayan las cosas, más pesadas se vuelven.

Es verdad que mientras aceleraba, todo pesaba más: dos décadas de criar hijos, malabareando clases de flauta con mi carrera de fotografía, balanceando el peso de un matrimonio contra la independencia de la soltería. Pero el peso es relativo, y lo que es pesado en la Tierra es ligero en la luna y monstruoso en Júpiter. Aún así la masa es la misma. Entre más cambian las cosas, más permanecen igual.

Cuando pienso en los cambios en las vidas de mis padres—y en cuántas cosas más he visto, en menos años—pienso en la ley de Moore.

Mi mundo se duplica cada año. En algún lado en la antigua Italia, Galileo está buscando por el cielo con su telescopio, preguntándose por qué su vida no se siente tan plena como debería. Es porque yo lo tengo todo, cuatro siglos después—su vida, y la de otros millones.

La secuencia de duplicación sorprende a las personas que nunca lo habían pensado bien.

—.—.—.—.—

Reno, una vez me dijiste. Reno, Nevada. Cuando vivimos en San Francisco, en ese mini-departamento arriba de la taquería en Mission District. ¿Recuerdas esa conversación? Estábamos sentados en ese horrible sofá café que rescataste de un basurero. Estabas calentando la cena en el micro, y el cuarto olía a curry. La neblina llegó a la ciudad y los dos usábamos suéteres viejos. Todavía no entendía la relevancia de Reno.

“Si nos separamos,” dijiste.

“¿Por qué Reno?”

“Está tierra adentro. Cuando el gran terremoto llegue a la bahía, Reno estará a salvo. O si hay un ataque de misiles o algo. Nadie le apunta a Reno.”

“Estás siendo paranoico,” te dije.

Te dio igual. “Ya sé.”

Habíamos estado viviendo juntos por seis meses. Éramos buenos roomies—los dos escandalosos, nada ordenados. Tú sacabas la basura y yo me encargaba del correo; los dos lavábamos los platos cuando era necesario, y nunca más que eso. No me importaban tus esquís de agua recargados contra el refri, o tu libro de física tirado entre las manchas de pizza de la alfombra. A ti no te importaba la manera en la que siempre azotaba puertas y cajones, sin importar lo silenciosa que intentaba ser. Era un buen arreglo. Pero no era lo que quería.

Sabía que me amabas, por supuesto. Estaba escrito en tus ojos cuando me mirabas, un problema sin respuesta clara. Cuando una fuerza irresistible se encuentra con un objeto inalterable, ¿qué sucede?

Se encuentran. Eso es todo lo que sabemos. En relación al otro, están en contacto. Desde adentro del objeto o de la fuerza, no hay manera de saber si estás en movimiento.

—.—.—.—.—

Por un rato, yo era Caronte a tu Plutón, conservando las mismas caras el uno al otro mientras circulábamos sin fin.

Y en todo esto tú todavía pensabas en mí como una luna, y en ti como un planeta. Pero no es tan fácil como eso. Nuestra órbita es errática, una elipse entre círculos, un patrón poco convencional en un sistema solar normal. ¿Ves el sol, lejos, en la distancia? Aún cuando nuestra órbita pasa cerca del sol, toma cuatro horas para que su luz nos alcance. Es un punto central que nos mantiene capturados. Lo rodeamos para que no nos vayamos volando al espacio. Es un punto de referencia, y comprueba que siempre estamos en movimiento.

Seguimos moviéndonos, junto con todo lo demás. Aún si no podemos ver a dónde o cómo.

—.—.—.—.—

Para cuando nos juntamos, fue más por conveniencia que por cualquier otra cosa.

Era lo que hacíamos: tener sexo, pelear, cortar, conocer a alguien más. Y luego, cuando la nueva relación se quemaba, como una cinta de magnesio flameada y desaparecida, nos encontraríamos de nuevo.

Lo mejor entre nosotros era el sexo. Nos peleábamos—oh, sí, nos peleábamos—y luego cogíamos para reconciliarnos. Duro, caliente, cachondo. Me entrarías justo antes de que estuviera lista—haciéndome lista—luego terminarías justo después de mi, los dos colapsaríamos juntos, atrapados en los pozos de gravedad del otro.

Cuando dormías, acariciaba tus dedos ásperos, llenos de callos, y las cortadas en tus pies que te salían por esquiar en agua y que cerrabas con Kola Loka. Yo pensaría en nuestra siguiente pelea, y mi cuerpo se estremecía queriéndote.

“Me caso contigo,” una vez dijiste, “si no encuentras a alguien más.”

Me reí porque pensé que estabas bromeando. Ni podías proponerme matrimonio bien.

Era el último empujón en la órbita decadente. Yo no iba a ser tu plan B. Desde la vez que dijiste eso, nuestra ruta hacia abajo era garantizada, calculable. Nos peleamos por el recibo telefónico, por las sobras de comida china, por el plato roto que no se barrió. Cuando me dijiste de tu nuevo trabajo reparando naves de relatividad, yo estaba contenta, en secreto. Tu trabajo te llevaría a Reno. Fuera de mi camino.

—.—.—.—.—

Yo te había superado completamente, nos había superado—o por lo menos lo había hecho cuando te fuiste. Yo estaba lista para alguien nuevo.

Gunther, el ingeniero alemán, era todo lo que tú no fuiste. Así que me casé con él. Una vez que sabías sus primeros dígitos, se repetían en un patrón predecible. Era un maravilloso padre a nuestros dos hijos. Pensé en ti, a veces, cuando criaba a mis niños, perfectos cuadrados en su mundo racional. Nunca te olvidé.

Gracias a la genética, supimos sobre los problemas de corazón de Gunther desde antes de que sucedieran. Él duró más de veinticinco años, y luego desapareció. Mis hijos ya estaban viviendo por su cuenta, así que tenía tiempo y dinero. Era libre de escoger irracionalmente, así que comencé a esquiar en agua.

Cuando regresaste, estaba sorprendida de que hayas llegado a mi puerta—y hasta más sorprendida de que me quisieras. No pensé que te quedarías conmigo—un treintañero guapo con esta vieja seca. Decías y decías que te gustaba mi madurez, que pensabas que yo era sexy. Pero para mí era diferente. Te vi como a mis niños. Más como un hijo que una pareja.

Si no encuentras a alguien más.

Es una terrible propuesta. Hace que una mujer se sienta como si solo la estuvieras aguantando. Y encontré a alguien más. Llevaba veinticinco años felices con él, mientras tú solo atravesaste unos meses. Acumulé el peso de años—de una mujer construyendo décadas con su pareja, de una madre reviviendo al criar a sus hijos. Todo el peso que acumulé—sin mencionar mi nueva panza.

Pero me casé contigo de todos modos. Tú querías estar conmigo, lo dijiste. Todos tus pensamientos recientes te lo dijeron. Mi edad no importaba—aún me querías a , la mujer que habías amado todo este tiempo, tú lo dijiste.

En cuanto a mí, tenía todo lo que siempre había querido—pero no era lo que pensé que sería.

Una noche, después de hacer el amor en la playa, miré las estrellas. Brillaban con la luz de hace billones de años. Las estrellas nos ofrecieron tiempo separados. Por eso vendí todo lo que tenía—para ver lo que tú habías visto.

Las nuevas naves de relatividad eran aún más rápidas que la tuya había sido, y ahora estaban abiertas a turistas. Solo habían sido cuarenta años aquí, al final del día. Perdón que no te dejé una nota.

Pensé que todo era relativo.

—.—.—.—.—

Gunther siempre era paciente conmigo. Lento. Esperaría a que yo tuviera un orgasmo, como si estuviera sosteniendo abierta la puerta del carro para que me suba, y luego se vendría rápidamente, y en silencio. A veces yo pretendía que él era tú para que las cosas fueran más excitantes. Una vez imaginé que él era Albert Einstein. Era el acento, lo juro.

Contigo, el tirón electromagnético nos unió. Podíamos ionizar un poco, visitando otras moléculas y formando uniones débiles—pero siempre regresábamos a estar juntos, circulándonos el uno al otro sin fin.

Un electrón y un protón. Tú y yo.

Por mucho tiempo pensé que yo era el electrón, girando en patrones salvajes a tu alrededor. Luego me di cuenta de que el electrón eras tú, porque yo siempre supe o dónde estabas o qué tan rápido ibas, pero nunca ambos.

—.—.—.—.—

Así que te dejé y me fui a las estrellas, como tú lo habías hecho. ¡Alfa Centauri! La brillante estrella marcada en mi mente. Era una vacación para mi, un tiempito lejos de la Tierra. Por primera vez, vi las luces de cerca. La nave de lujo iba al 99% de la velocidad de la luz. Mucho más rápido de lo que tú fuiste, más rápido que antes.

Pensé que estarías muerto cuando yo regresara. Simplificaba las cosas. Ponía un alto a las peleas. Tú serías cenizas, como siempre habías querido. Ni siquiera tendría que ver tu cuerpo. Lo pensé, mientras miraba por la ventana de la nave, y me di cuenta de que todavía estaba pensando en ti. Ahí fue cuando me di cuenta de que no importa qué tan lejos me fuera, o qué tan rápido, aún respondo a ti en todas las maneras.

Cada acción produce una reacción igual y opuesta. Nuestro enlace me jala de regreso, y te amo.

—.—.—.—.—

Razones por las cuales te he amado:

  1. Sí.
  2. Sí, otra vez.
  3. Porque tú eres tú.

Ninguna de estas son amor, tal vez, pero son fuerzas de física. Y si el amor no está sujeto a la física, entonces no tiene lugar en nuestro universo. No puedo creer que eso sea cierto.

—.—.—.—.—

Justo cuando regresé, tú te fuiste de nuevo, como una bola de metal pegándole a otra—el lado opuesto de nuestro juguete de energía cinética. Tú estabas por la galaxia de Andrómeda, moviéndote al 99.38% de la velocidad de la luz.

Más sencillo, de hecho. Tenía sesenta y ocho. Tú te habías ido.

Era tiempo de seguir adelante.

El mundo había cambiado desde que me fui. La expectativa de vida humana había subido a 150 años. Nunca lo había imaginado posible. Me quedaban décadas para la música, el arte, lo que sea que yo soñara. Mi salud era buena—se deshicieron de un tumor maligno en mi pecho y me hicieron un riñón nuevo, dos veces—pero fuera de eso, mi cuerpo siguió funcionando por años.

Pero la parálisis de mi sistema nervioso—eso no tenía cura. Elegí la criogénesis, esperando que encontraran una cura. Si la encontraban, años después, me revivirían y me curarían.

Fue emocionante. Me preguntaba si sería difícil dormir, como en Nochebuena—sin saber lo que la mañana de la Navidad traería. Pero claro, el congelamiento fue instantáneo. Mientras me acostaba en la cámara de congelación, estaba pensando: Reno. Ahí es a donde debí haber ido, cuando llegó el desastre. Estaba pensando en ti.

Y luego estaba congelada, como Caronte y Plutón.

—.—.—.—.—

Si soy un tren saliendo de Filadelfia a las 3:00, yendo a 80 kilómetros por hora, y tú eres un tren en las mismas vías saliendo de San Francisco a las 4:00, yendo a 90 kilómetros por hora, ¿a qué hora vamos a chocar y salir de las vías?

Más importante, si nos movemos a la velocidad de la luz, y apunto una luz hacia ti, ¿vas a parpadear y me vas a decir que te deje de cegar, o no me vas a ver hasta que ya es demasiado tarde?

Si Einstein está volando al lado de nuestro tren, viendo un espejo y preguntándose a dónde se fue su reflejo—¿vas a preguntarle si hay algo que puede estar quieto, o si todo siempre está en movimiento? En relación a todo lo demás, por supuesto.

Y pregunta sobre Reno. Si nuestros trenes chocan ahí, ¿deberíamos considerar que han dejado de moverse? ¿O siguen en movimiento en la Tierra, en relación a todo lo demás en el universo?

—.—.—.—.—

Todos estamos unidos en el mismo futuro, excepto tú. El tiempo se mueve tan rápidamente—acelerando hasta el punto en el que casi no podemos imaginar qué es lo que sigue. Me fui a dormir esperando ser curada. En vez de eso, la inteligencia artificial me despertó y me dijo que yo ya no necesitaba mi cuerpo. Descargó mi mente, y ahora veo. Tú y yo somos excéntricos, pero parte de un sistema solar, y ya sé a dónde pertenecemos. Viajar por circuitos para mí es fácil, expandir mi mente por toda la red—y luego condensarme tan diminuta que puedo ser insignificante en el universo, aquí en un rincón de una ciudad virtual.

Veo que han despachado una nave en tu búsqueda, moviéndose al 99.99% de la velocidad de la luz. Te alcanzará eventualmente. Te descargarán y te mandarán volando de regreso a mí. Aquí, donde pertenecemos. Creo que nunca dejé tu órbita.

—.—.—.—.—

Te escribí un mensaje largo para explicarte todo esto, pero creo que voy a borrarlo todo y dejar solo ocho palabras. Te cuento el resto cuando llegues—cuando nuestro movimiento perpetuo llegue a una parada relativa.


“I’m Alive, I Love You, I’ll See You In Reno”—extraído de la revista en línea Lightspeed Magazine, publicado en el 2010.

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«Intentaba Describir Cómo Se Siente» y Otros Cuentos—Noy Holland

Intentaba Describir Cómo Se Siente

Es como estar en una ciudad hermosa en la noche de una inundación bíblica. Un millón de dólares—todos míos—ya gastados. Como una pelota de playa saltando suelta por el mar. Baby, apareces en mi avenida, baby, y los edificios caen a sus rodillas. Yo soy la inundación yo soy la inundación que los derriba. Yo soy el zoológico y los animales en él y te doy de comer de mi mano. Come de mi mano. Tienes que dejarme. Cada chico que he amado se arrancó la cara y te la dio. Todos ellos son tú. Es tu cara en lugar de estrellas y estrellas en movimiento, árticas—y tú eres el atar. La corona brillante de Cristo. Tú me haces soltarme desde el centro, soy una cosa derretida. Soy como fuego pero lento como piedra. Como si fuera el planeta y tú el eje. Sé el eje. Tú sé la cosa en la que giro. Arriba en lo ígneo. Arriba en la decadencia. Hazme una luna, creador de lunas. Woo. Así así así.


Barney Greengrass

Él es un gran ruso judío del Bronx. Sus manos son enormes. Toma el lápiz de su boca, marcas de diente en la madera, y le dice a ella, Tenemos una conexión psíquica. Él le toma la orden y regresa con cuatro servilletas para que ella anote sus respuestas. Ahora, mírame. Aleja la mirada. Cualquier ciudad. Tu helado favorito. Cualquier palabra en español. Cualquier número entre uno y mil. 978. FLOTACIÓN. CHOCOLATE. CHICAGO. No leí tu mente. La alimenté. Las respuestas lúcidas y como bloques y nuevas.


Vegas

Cuando Danny y su novia de muchos años terminan, ella ofrece, como consolación, hacerle su trabajo dental gratis. Ella es dentista. O, trabaja para una dentista. Ella lo pone bajo sedación. Danny está bajo tanta sedación, él revive la escena de un niño devorado detrás de plexiglás en el zoológico: el niño en un reto, el oso en el suelo, abierto, cortado. Ahí está el niño. Su cara es la de Danny. El oso es un oso polar viejo, el cielo ese azul loco. Mientras tanto la ex de Danny le arranca todos los dientes de su cabeza con ese instrumento que usan. Cuando él despierta, ella está en Vegas. Su novia actual, muerta de asco, no tarda nada en dejarlo, también. ¿Qué instrucción podríamos extraer de esta historia? ¿Qué debería hacer nuestro Danny?


Una Vez Escribí Un Cuento

Una vez escribí un cuento sobre un adicto al opio con un auto que se maneja solo.

Una vez escribí un cuento sobre un avestruz.

Una vez escribí un cuento sobre un niño ciego vestido en seda de superhéroe.

Una vez escribí un cuento sobre un colibrí ahogándose en un plato de crema.

Luego escribí un cuento sobre un adicto a los animales con una mula con dos orejas mordidas. La mula era Muescas. Siempre gentil. Cada noche de su vida, él le dijo a Muescas buenas noches hasta que al fin ella lo llevó lejos y desapareció.

Una vez escribí un cuento sobre hasta que la muerte nos separe. Extravagante, la noche de la boda, a nadie le alcanzaría para tanto lujo. La novia vestía de lentejuelas. La encontraron en el baño del motel. Su esposo la había acuchillado en la tina, las lentejuelas de la cama a la tina esparcidas como monedas, como escamas, como lentejuelas. Iridiscentes, incandescentes. Como una sirena, como un pájaro.

Una vez escribí un cuento sobre un niño que yo amé que destruyó todo lo que había hecho para mi y lo sigue destruyendo aún.

Una vez escribí un cuento sobre una Jennifer y un bebé llamado Lloyd y un judío.

Una vez escribí un cuento sobre ti.

Tú dijiste, ¿De qué se trata?

Yo dije, De ti.


Todos los cuentos extraídos del libro «I Was Trying To Describe What It Feels Like» por Noy Holland, publicado por Counterpoint Press en el 2017.

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«Después De Que Me Aventaran Al Río Y Antes De Ahogarme»—Dave Eggers

Oh soy un perro veloz. Soy veloz-veloz. Es verdad y amo ser veloz lo admito lo amo. Ya sabes de perros veloces. Perros que solo corren y dices, ¡Wow! ¡Ése es un perro veloz! Bueno ese soy yo. Un perro veloz. Soy un perro veloz veloz. ¡Hoooooooo! ¡Hooooooooooooo!
Deberías verme alguna vez. Solo mira lo rápido que voy cuando voy lo más rápido que puedo, cuando realmente me tengo que mover por algo, cuando de verdad voy—te digo, de veras me muevo, como un misil, como un misil entre árboles y alrededor de arbustos y luego pop! Puedo ir sobre una cerca o un bebé o una roca o lo que sea porque soy un perro veloz veloz y puedo brincar como una pinche gacela.
¡Hoooooooo! Güey, ay güey.
Lo amo lo amo. Corro para sentir el fresco aire fresco por mi pelaje. Corro para sentir el agua fría salir de mis ojos. Corro para sentir mi mandíbula aflojarse y mi lengua toda guanga y salida de un lado de mi boca y voy y voy y voy mi nombre es Steven.
Puedo comer pizza. Puedo comer pollo. Puedo comer yogurt y pan de centeno con semillas de comino. Realmente no importa. Dicen No, no, no te comas esa cosa, tú, eso no es para ti, es para nosotros, ¡para la gente! Y me lo como de todos modos, me lo como con gusto, me como la comida y me siento bien y vivo y corro y corro y miro a la gente y escucho sus estúpidas conversaciones saliendo de sus aperturas que son bocas y sus terribles ojos.
Lo veo en las ventanas. Veo lo que pasa. Veo los momentos de unión y calma y también la traición y yo corro y corro. Tú dime que lo que todos ellos dicen importa. He escuchado y hace mucho lo dejé de hacer. Solo dime que importa y te escucharé y voy a querer ser convencido. Tú dime que lo que se dice está haciendo una diferencia, que esas palabras valen la pena y significan algo. Yo veo lo que pasa. Vivo con gente que es alemana. Coleccionan jarras. Son buenas personas. Su hijo está muerto. Yo veo lo que pasa.
Cuando corro puedo dar vueltas como si fuera magia o algo. Puedo dar vuelta como si ni hubiera una vuelta. Doy vuelta y voy tan rápido que es como si todavía fuera recto. A través de los árboles como misil, por los árboles amo correr con mis garras alcanzando y agarrando tan rápido que es como si me estuviera llevando todo conmigo.
Wow, amo tanto todo esto.
Una vez estuve en un río. Me aventaron a un río cuando era pequeño. Nunca sabes. Estaba nadando, intentando saber por qué me habían aventado a un río. Tenía seis meses de nacido, y mis ojos quemaban, el agua estaba mala. Chapoteaba y era como rogar. La tierra en cualquier lado era una tira negra, indiferente. Vi el agua gris y luego el agua más oscura de abajo y luego mis piernas no funcionaban, estaban atoradas en un tipo de alga o telaraña y luego estaba en el aire.
Abrí mis ojos que quemaban y vi al hombre de amarillo. El pescador. Me levantaron del agua, el agua debajo de mi. Luego temblando en el piso de su bote blanco de plástico y me veían con sus bigotes. Me sequé con el sol. Me trajeron al lugar con las jaulas y grité por días. Otros también estaban gritando. Todos estaban locos. Luego gente y un auto y era nuevo en casa. Comí y dormí y estaba seco, paredes de madera. Dos personas y dos niñas, gemelas flacas que duermen en el cuarto de al lado, con una casa de muñecas entre ellas.
Cuando estoy afuera corro. Corro del cemento paso los lugares y luego a donde los lugares terminan y luego al bosque. En el bosque están los otros perros.
Yo soy el más veloz. Desde que Tomás se fue yo soy el más veloz. También salto lo más lejos. Ya no tengo que gritar. Puedo ir más allá de los edificios donde la gente se queja y luego al bosque donde no puedo oírlos y correr con estos perros. Hoooooooooooooooo! Me siento bien aquí, me siento fuerte. A veces soy una máquina, moviéndose tan rápido, una máquina con todo trabajando perfectamente, mis garras agarrando la tierra como si yo fuera el que la hace girar. Wow, oh, sí.
Todos los días en la calle paso a las mismas personas. Ahí están los hombres, dos de ellos, vendiendo burritos desde un food truck de aluminio. Ellos son hombres felices; su música está a todo volumen y tintinea como un brazalete. Ahí están las mujeres de la farmacia afuera en su break, fumando y riéndose, sus hombros temblando. Ahí está el hombre que duerme en el suelo con el hoyo en sus pantalones, por donde se le sale el culo crudo y lleno de percebes y todo azul-café. Un brazo extendido, intentando alcanzar la puerta del edificio. Él duerme tanto.
Cada noche camino desde la vecindad y me dirijo al bosque y me junto con los otros. Afuera está lleno de sombras, las nubes bajas. Veo los azules brincando adentro de las ventanas. Quiero a toda esa gente fuera de los edificios y llevadas al desierto para que podamos llenar los edificios con agua. Es una idea que tengo. Los edificios serían buenos si se llenaran con agua, o si estuvieran debajo del agua. Algo para limpiarlos, lo que sea. ¿Cuánto tardaría limpiar esos edificios? Señor, nadie sabe nada de esto. Tantos de los sonidos que escucho simplemente no puedo soportar. Esta gente.
Las únicas que me gustan son las niñas y los niños. Voy a las niñas y lamo a los niños. Corro hacia ellas y les encimo mi nariz en sus panzas. No quiero que trabajen. Quiero que se queden como están y que corran conmigo, aunque son lentos, tan tan lentos. Yo corro a su alrededor una y otra vez mientras ellas corren de frente. Son lentas pero son cosas perfectas, casi perfectas.
Paso los edificios. Adentro, las mujeres están poniendo hilos de cabello detrás de sus orejas, y sus hijos mayores se paran frente al espejo por horas, moviéndose tentativamente a su música. Sus padres están jugando ajederez con sus tíos que se están quedando con ellos por como un mes. Están felices de que se tienen los unos a los otros, y yo paso, mis garras haciendo click con el cemento, paso el hombre en el suelo con su brazo extendido, paso el food truck metálico con la música, y veo la luz detrás de los techos.
No he estado en un techo pero una vez estuve en un avión y me pregunté por qué nadie me había dicho. Que las nubes eran más encantadoras desde arriba.
Cuando los edificios se vacían, a veces veo al tren deslizarse a través de los árboles negros, todas las ventanas verdes y la gente de adentro en camisas blancas. Veo desde el bosque, la tierra en mis uñas tan suave. Solo no te puedo decir cuánto amo todo esto, este tren, este bosque, esta tierra, el olor de perros cercanos esperando para correr.

En el bosque tenemos carreras y saltamos. Corremos desde la entrada del bosque, donde las veredas comienzan, por el negro-oscuro interior y fuera al prado y cruzando el prado y hacia el siguiente bosque, sobre el arroyo y luego a lo largo del arroyo hasta la autopista.
Esta noche es fresca, casi fría. No hay estrellas o nubes. Todos somos impotentes pero podemos correr. Troto por el sendero y veo a los demás. Seis de ellos esta noche—Edward, Franklin, Susan, Mary, Robert, y Victoria. Cuando los veo quiero estar enamorado de todos ellos al mismo tiempo. Quiero que todos estemos juntos; me siento tan bien de estar cerca de ellos. Algún tipo de matrimonio. Hablamos de que la noche está enfriando. Hablamos de que en el bosque no hace tanto frío cuando estamos juntitos. Conozco a todos estos perros menos a unos pocos.
Esta noche corro contra Edward. Edward es un bull terrier y es veloz y fuerte pero sus ojos quieren ganar demasiado; nos da miedo. No lo conocemos bien y se ríe demasiado fuerte y solo con sus propios chistes. No escucha; él espera.
La pista es una sencilla. Corremos desde la entrada por el negro-oscuro interior y fuera hacia el prado y a través del prado y al siguiente bosque, por el arroyo, luego sobre el espacio sobre las tuberías de drenaje y luego por el arroyo hasta la autopista.
El salto sobre las tuberías es la parte difícil. Corremos al lado del arroyo y luego la orilla del río sobre él se levanta así que estamos tres, cuatro metros sobre el arroyo y luego casi cinco. Después la orilla es interrumpida por una tubería, como de metro y medio de altura, así que la orilla a cinco metros tiene un espacio de cuatro metros y tenemos que correr y brincar para hacerla. Tenemos que sentirnos fuertes para hacerla. En la orilla del arroyo, cerca de la tubería, en la tierra y en las hierbas y en las ramas de los árboles grises y ásperos están las ardillas. Las ardillas tienen cosas que decir; hablan antes y después de que saltamos. A veces mientras saltamos ellas hablan.
“Está corriendo chistoso.”
“Ella no la va a hacer al otro lado.”
Cuando aterrizamos dicen cosas.
“Él no aterrizó tan bien como yo quería que lo hiciera.”
“Ella aterrizó mal. Porque aterrizó mal estoy enojada.”
Cuando no la hacemos al otro lado, y en lugar caemos a la orilla arenosa, las ardillas dicen otras cosas, sus ojos llenos de felicidad.
“Me hace reír que no la hizo al otro lado.”
“Estoy muy feliz de que haya caído y de que parece que está lastimado.”
No sé por qué las ardillas nos ven, o por qué nos hablan. Ellas no intentan brincar el hueco. El correr y el saltar se siente tan bien—hasta cuando no ganamos o nos caemos al hueco se siente tan bien cuando corremos y saltamos—y cuando terminamos las ardillas nos están hablando a nosotros y una a otra en sus pequeñas voces nerviosas.
Nosotros vemos a las ardillas y nos preguntamos por qué están ahí. Queremos que corran y salten con nosotros pero ellas no lo hacen. Ellas se sientan y hablan sobre las cosas que hacemos. A veces uno de los perros, irritado más allá de la tolerancia, captura a una ardilla con su boca y la tritura. Pero luego la siguiente noche están de regreso, todas las ardillas, más de ellas. Siempre más.
Esta noche voy a correr contra Edward y me siento bien. Mis ojos se sienten bien, como que voy a ver todo antes de que tenga que hacerlo. Veo colores como tú escuchas aviones jet.
Cuando corremos al lado del arroyo me siento fuerte y veloz. Hay espacio para que ambos corramos y yo quiero correr a lo largo del arroyo, quiero correr al lado de Edward y luego saltar. Es todo lo que puedo ver, el salto, la distancia debajo de nosotros, el momentum llevándome al otro lado del hueco. No manches, a veces solo quiero que este sentimiento se quede y dure.
Esta noche corro y Edward corre, y lo veo empujando duro, y sus garras agarrando, y parece que los dos estamos agarrando la misma cosa, agarrando hacia la misma cosa. Pero seguimos agarrando y agarrando y hay suficiente para que los dos agarremos, y después de nosotros habrá otros que agarrarán de esta tierra del arroyo y siempre siempre será así.
Edward me está empujando un poco mientras corro. Edward me está empujando, chocando contra mi. Todo lo que quiero es correr pero él está gritando y chocando conmigo, intentando morderme. Todo lo que quiero es correr y luego saltar. Estoy diciéndole que si los dos solo corremos y saltamos sin chocar ni morder vamos a correr más rápido y saltar más lejos. Seremos más fuertes y haremos cosas más hermosas. Él me muerde y choca conmigo y me grita de cosas mientras corremos. Cuando llegamos a la vuelta él me intenta hacer chocar contra el árbol. Me derrapo y luego encuentro mi equilibrio y sigo corriendo. Lo alcanzo rápido y porque soy más veloz lo alcanzo y lo rebaso y estamos en la recta y agarro velocidad, la reúno de todos lados, atraigo la energía de todo lo que vive a mi alrededor, se conduce a través de la tierra y mis garras mientras yo agarro y agarro y consigo toda la velocidad y luego veo el espacio. Dos zancadas más y salto.
Lo deberías hacer alguna vez. Soy un cohete. Mi tiempo sobre el hueco es una vida. Soy una nube, tan lenta, por un instante soy una nube lenta cuyo movimiento es elegante, indiferente, como el sueño.
Luego todo se acelera y las hojas y la tierra negra vienen hacia mi y yo aterrizo y me derrapo, mis garras llenándose de tierra y arena. Logro saltar el espacio por medio metro y volteo a ver a Edward brincando, y la cara de Edward mirando al otro lado, mirando a mi lado del espacio, y sus ojos aún en el pasto, explotando por él, y luego se está cayendo, y solo sus patas delanteras, sus garras, aterrizan sobre la orilla. Él grita algo mientras agarra, sus ojos intentando jalar el resto de él hacia arriba, pero se desliza hacia abajo por la orilla.
Él está bien pero en el pasado otros se han lastimado. Un perro, Wolfgang, murió aquí, hace años. Los otros perros y yo saltamos hacia abajo para ayudar a Edward a subir. Él está gimiendo pero está feliz de que estábamos corriendo juntos y de que saltó.
Las ardillas dicen cosas.
“Ese no fue tan buen salto.”
“Ese fue un terrible salto.”
“Él no estaba intentando lo suficiente cuando saltó.”
“Mal aterrizaje.”
“Pésimo aterrizaje.”
“Su mal aterrizaje me hace enojar mucho.”
Yo corro el resto de la pista solito. Termino y regreso y veo las otras carreras. Veo y me gusta verlos correr y saltar. Somos suertudos de tener estas piernas y este suelo, y que nuestros músculos funcionan con velocidad y que nuestra sangre se agita y de que podemos verlo todo.

Después de que todos corremos nos vamos a casa. Pocos de los perros viven al otro lado de la autopista, donde hay más tierra. Algunos viven por donde yo vivo, y trotamos juntos de regreso, cruzamos el bosque y fuera por la entrada y de regreso a las calles y los edificios con las luces azules brincando adentro. Ellos saben tan bien como yo sé. Ellos ven a los hombres y las mujeres hablando por el vidrio y diciendo nada. Ellos saben que adentro los niños están empujando sus juguetes por los suelos de madera. Y en sus camas la gente se estira por las sábanas, jalando, sus pies pataleando.
Rasco la puerta y pronto la puerta se abre. Piernas blancas desnudas debajo de una bata roja. Pelos negros corren por la piel blanca. Me como la comida y voy al cuarto y espero a que se duerman. Yo duermo al pie de la cama, sobre sus pies, sintiendo el aire de la ventana que apenas está abierta entrando de manera fresca y familiar. En el cuarto de al lado, las gemelas flacas duermen junto a su casa de muñecas.
La siguiente noche camino solito al bosque, mis garras taconeando en el cemento. El hombre que duerme duerme cerca de la puerta, sus manos entre sus rodillas, rezando. Veo a un grupo de hombres cantando en la esquina bien borrachos, pero son perfectos. Sus voces se juntan y pulen el aire entre ellos, sus voces libres y perfectas salen de sus bocas viejas y borrachas. Me siento y los veo hasta que me notan.
“Sácate de aquí, pinche perro.”
Veo los edificios terminar y espero al tren por las ramas. Espero y casi puedo escuchar el canto todavía. Espero y ya no quiero esperar pero entre más espero más espero que el tren sí llegue. Veo a un cuervo rebotar enfrente de mi, su cabeza pivoteando, paranoico. Luego el tren suena desde la parte negra y densa del bosque, donde no se puede ver, luego se puede ver, pasando por las partes ligeras del bosque, y sale disparado, los cuadritos verdes brillando y adentro los cuerpos con sus camisas blancas. Intento remojarme de esto. Esto no puedo creer que merezco. Quiero cerrar mis ojos para sentir esto más pero luego me doy cuenta de que no debería cerrar mis ojos. Mantengo mis ojos abiertos y veo y luego el tren se fue.
Esta noche corro contra Susan. Susan es una retriever, pequeña, veloz y bella con ojos negros. Arrancamos, a través de la entrada, por el negro-oscuro interior y fuera hacia el prado. En el prado respiramos el aire y sentimos la luz de la luna parcial. Tenemos sombras negras que se extienden a lo largo del pasto verde-gris. Corremos y nos miramos y sonreímos porque ambos sabemos lo bueno que esto es. Tal vez Susan es mi hermana.
Luego estamos llegando al segundo bosque y nos lanzamos como sexo y damos las vueltas, pasamos la curva donde Edward me empujó, y luego a lo largo del arroyo. Estamos corriendo juntos y no realmente compitiendo. Queremos que el otro corra más rápido, mejor. Nos miramos el uno al otro enamorados con nuestros movimientos y fuerza. Susan es tal vez mi mamá.
Luego la recta antes del brinco. Ahora tenemos que pensar en nuestras propias piernas y músculos y ritmo antes de saltar. Susan me voltea a ver y sonríe de nuevo pero se ve cansada. Dos zancadas más y salto y entonces soy la nube lenta mirando las caras de mis amigos, los otros perros fuertes, luego el suelo duro llega a mi y aterrizo y escucho su grito. Volteo a ver su cara cayendo y corro a la orilla. Robert y Victoria ya están ahí abajo con ella. Su pierna está rota y sangrando de la articulación. Grita y luego gime, sabiéndolo ya todo.
Las ardillas están arriba y hablando.
“Bueno, parece que le pasó lo que se merece.”
“Eso te pasa cuando no brincas bien.”
“Si fuera una mejor saltadora esto no hubiera pasado.”
Algunas de ellas se ríen. Franklin está enojado. Camina despacio a donde están sentadas; no se mueven. Toma a una de ellas en su mandíbula y todos sus huesos crujen. Sus voces siempre están hablando pero se nos olvida que son tan pequeñas, sus cabecitas y huesitos. Las demás salen corriendo. Él avienta a la ardilla quebrada al agua lenta.
Nos vamos a casa. Troto a los edificios con Susan en mi espalda. Pasamos las ventanas brillando de azul y los hombres en el food truck con la música a todo lo que da. La llevo a casa y rasco su puerta hasta que la dejan pasar. Me voy a casa y veo a las gemelas flacas con su casa de muñecas y voy al cuarto con la cama y caigo dormido antes de que lleguen.

La siguiente noche no quiero ir al bosque. No puedo ver a alguien caer, y no puedo escuchar a las ardillas, y no quiero que Franklin las aplaste en su mandíbula. Me quedo en casa y juego con las gemelas en sus pijamas. Me ponen sobre una funda de almohada y me jalan por los pasillos. Me encanta la velocidad y se ríen. Tomamos curvas donde me topo contra paredes y se ríen. Corro lejos de ellas y luego hacia ellas y por debajo de sus piernas. Gritan, les encanta. Las quiero tanto, a estas gemelas, y quiero que vengan y corran conmigo. Me quedo con ellas esta noche y luego me quedo en casa por días. Me alejo de las ventanas. Está calientito en la casa y como más y me siento con ellas mientras ven la tele. Llueve por una semana.
Cuando voy al bosque otra vez, después de diez días fuera, Susan ha perdido su pierna. Todos los perros están ahí. Susan tiene tres piernas, una venda alrededor de su hombro. Su sonrisa es una cosa nueva y más frágil. Hace más frío y el viento es gacho y penetrante. Mary dice que la lluvia ha agrandado al arroyo, su corriente está demasiado fuerte. El brinco sobre el drenaje es más ancho ahora, así que decidimos que no vamos a hacerlo.
Corro contra Franklin. Franklin todavía está enojado por lo de la pierna de Susan; ninguno de nosotros puede creer que cosas así pasan, que ella perdió una pierna y ahora cuando sonríe parece que está pidiendo morir.
Cuando llegamos a la recta me siento tan fuerte que sé que voy a seguirle. No estoy seguro de que la voy a hacer pero sé que puedo saltar y llegar lejos, más lejos que nunca, y sé que estaré flotando como una nube por tanto tiempo. Quiero esto. Quiero esto tanto, el flotar.
Corro y veo a las ardillas y sus bocas ya están formando las palabras que van a decir si no la hago al otro lado. En la recta Franklin se para y me grita para que yo pare pero son unas cuantas zancadas más y nunca me había sentido tan fuerte así que salto sí salto. Floto por mucho tiempo y lo veo todo. Veo mi cama y las caras de mis amigos y parece que ya lo saben.
Cuando mi cabeza golpeó fue obvio. Mi cabeza golpeó y hubo un momento en el cual aún podía ver—vi la cara de Susan, sus ojos bien abiertos, vi ramas entrecruzadas sobre mi y luego la corriente me llevo y caí.
Después de que me caí y estaba fuera de vista las ardillas hablaron.
“No debió haber saltado ese salto.”
“La neta se vió muy tonto cuando se pegó en la cabeza y se deslizó al agua.”
“Era un idiota.”
“Todo lo que hizo no tuvo valor.”
Franklin estaba enojado y agarró cinco o seis de ellas con su boca, triturándolas, aventándolas una después de otra. Los otros perros miraron; ninguno sabía si la matanza de ardillas los hacía feliz o no.

Después de que morí, muchas cosas pasaron que no esperaba.
La primera es que ahí estaba, adentro de mi cuerpo, por un buen tiempo. Estaba en el fondo del río, atorado entre palos y ramas, por seis días. Estaba muerto, pero ahí estaba todavía, y podía ver con mis ojos. Podía moverme adentro de mi cuerpo como si fuera una bolsa floja y calientita. Dormía en esa bolsa floja y calientita, como si fuera una pequeña casa de pelaje. De vez en cuando podía mirar por los ojos de la bolsa, para ver que pasaba afuera, en el río. Nunca vi mucho a través del agua sucia.
Ya me habían aventado al río antes, un río diferente, cuando era joven por un hombre porque yo no quería pelear. Se suponía que yo tenía que pelear y él me pateó y me pegó en la cabeza e intentó hacer que yo fuera malo. Yo no sabía por qué me pateaba, me pegaba. Yo quería que él fuera feliz. Quería que las ardillas saltaran y fueran tan felices como nosotros los perros. Pero ellas son diferentes a nosotros, y el hombre que me aventó al río también era diferente. Yo pensé que todos eramos iguales pero mientras estaba en mi cuerpo muerto y miraba el turbio suelo del río yo supe que algunos quieren correr y algunos tienen miedo de correr y tal vez ellos están arruinados y están enojados por eso.
Dormí en mi saco de cuerpo quebrado en el fondo del río, y me pregunté qué pasaría. Estaba oscuro adentro, y rancio, y el aire era difícil de inhalar. Me canté a mi mismo.
Después del sexto día me desperté y todo brillaba. Sabía que estaba de regreso. Ya no estaba en ese saco suelto sino que ahora estaba en un cuerpo como el mío, de antes; era el mismo. Me paré y estaba en un valle enorme de botones de oro. Podía oler su olor y caminé a través de las flores, mis ojos al nivel del amarillo, una línea borrosa de amarillo. Mi cabeza pesaba por la belleza del amarillo todo borroso. Amé respirar así de nuevo, y verlo todo.
Debería decir que es casi que lo mismo aquí que allá. Hay más montes, y más cascadas, y las cosas son más limpias. Me gusta. Cada día camino por un buen rato, y no tengo que caminar de regreso. Puedo caminar y caminar, y cuando me canso me duermo. Cuando me despierto, puedo seguir caminando y nunca extraño donde comencé y no tengo casa.
Aún no he visto a nadie. No extraño el cemento raspando mis pies, o los edificios con los hombres durmiendo, alcanzando. A veces extraño a los otros perros y correr.
La gran sorpresa es que resulta que Dios es el sol. Hace sentido, si lo piensas. Por qué no lo vimos antes no lo sé. Cada día el sol estaba justo ahí, en llamas, nuestro planeta y los demás flotando alrededor de él, siempre pidiendo disculpas, y nosotros no pensamos que era Dios. ¿Por qué habría un Dios y también un sol? Claro que Dios es el sol.
Todos en la vida anterior estaban de malas, yo creo, porque solo querían saber.


«After I Was Thrown in the River and Before I Drowned»—extraído de los archivos públicos de North Dakota State University.

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«El Corazón Delata»—Edgar Allan Poe

¡Es verdad!—nervios—muchos, muchos, horrorosos nervios he tenido y tengo; pero, ¿por qué dirías que estoy mal de la cabeza? La enfermedad ha agudizado mis sentidos—no los ha destruido—ni los ha debilitado. Sobre todo estaba agudizado el sentido de escuchar. Escuché todas las cosas en el cielo y en la tierra. Escuché muchas cosas en el infierno. ¿Cómo, entonces, es que me he perdido en la locura? ¡Escucha! y observa qué tan sanamente—qué tan tranquilamente te puedo contar la historia entera.

Es imposible decir cómo la idea entró a mi cerebro; pero una vez concebida, me persiguió día y noche. Sin objetivo. Sin pasión. Yo amaba al viejo. Él nunca me hizo mal. Nunca me insultó. De su oro no tenía yo deseo alguno. ¡Yo creo que fue su ojo, sí, fue eso! Uno de sus ojos parecía el de un buitre—un ojo azúl pálido, con una ligera capa sobre él. Cuando el ojo caía en mi dirección, mi sangre se enfriaba; y por grados—poco a poco—me convencí de quitarle la vida a ese viejo, y entonces deshacerme de ese ojo para siempre.

Ahora este es el punto. Tú crees que sufro de locura. Los locos no saben nada. Pero me hubieras visto. Hubieras visto qué tan sabiamente procedí—con qué cuidado—con qué precaución—¡con qué disimulo me fui a hacer ese trabajo! Nunca fui tan amable con el viejo como lo fui la semana entera antes de que lo matara. Y cada noche, como a medianoche, giraba la perilla de su puerta para abrirla—¡oh, tan suavemente! Y luego, cuando ya la había abierto lo suficiente para mi cabeza, metía una linterna oscura, toda cerrada, cerradita, para que nada de luz saliera, y metía mi cabeza. Ay, ¡te hubieras muerto de risa viendo lo astutamente que metía la cabeza! La movía muy despacio—muy, muy despacio, para no molestar el sueño del viejo. Me tomaba una hora entera meter mi cabeza lo suficiente como para verlo acostado en su cama. Jaja—¿crees que alguien demente tendría la sabiduría como para hacer esto? Y luego, cuando mi cabeza ya estaba bien adentro del cuarto, abría la linterna con cuidado—ay, con tanto cuidado—con muchísimo cuidado (ya que rechinaba)—la abría solo poquito, para que un solo rayo delgado de luz cayera en el ojo de buitre. Y esto lo hice por siete largas noches—cada noche justo a medianoche—pero siempre encontré el ojo cerrado; así que era imposible hacer el trabajo; ya que no era el viejo el que me sacaba de onda, era su Ojo Maligno. Y cada mañana, cuando el día comenzaba, entraba sin miedo a su cuarto, y le hablaba con coraje, llamándolo por su nombre con ganas, preguntándole cómo había pasado la noche. Así que ya ves, él hubiera sido un viejo demasiado profundo, de seguro, como para sospechar que cada noche, justo a las doce, yo lo miraba mientras dormía.

En la octava noche tuve hasta más cuidado de lo normal al abrir su puerta. El minutero de un reloj se mueve más rápido que mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mis propios poderes—de mi inteligencia. Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo. Y pensar que ahí estaba, abriendo la puerta, poco a poco, y él ni podía soñar de lo que yo hacía y pensaba, en secreto. La idea me dio un poco de risa; y tal vez me escuchó reír; ya que de repente se movió en su cama, como sorprendido. Ahora podrías pensar que me dio miedo y me rajé—pero no. Su cuarto estaba tan negro como el vacío, una oscuridad densa (ya que las persianas estaban cerradas con seguro, por temor a los ladrones), entonces ya sabía que él no podía ver la apertura de la puerta, y empujé más y más, sin parar.

Tenía mi cabeza adentro, y estaba a punto de abrir la linterna, cuando mis dedos se resbalaron por el cierre de metal, y el viejo se levantó en la cama, gritando—“¿Quién anda ahí?”

No me moví y no dije nada. Por una hora entera no moví ni un músculo, y en todo ese tiempo no lo escuché acostarse. Todavía estaba sentado en la cama, escuchando;—justo como yo lo había hecho, noche tras noche, escuchando a los relojes de muerte de la pared.

Escuché un ligero gemido, y sabía que era el gemido de terror mortal. No era un gemido de dolor o de tristeza—¡oh, no!—era el sonido bajo y ahogado que viene del fondo de un alma cuando se sobrecarga de temor. Ya conocía bien ese sonido. Muchas noches, justo a medianoche, cuando todo el mundo duerme, ha salido de mi propio pecho, fortaleciendo más y más, con su terrible eco, los terrores que me distraían. Te digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía, y me daba lástima, aunque en el corazón me reía. Sabía que había estado acostado despierto desde el primer ruidito, cuando lo vi moverse en la cama. Sus miedos solo se habrían incrementado desde entonces. Seguro había estado intentando invalidar sus miedos, pero no lo logró. Se había estado diciendo a sí mismo—“No es nada, viento en la chimenea—solo es un ratón cruzando por el piso,” o, “Es solo un grillo, haciendo lo suyo.” Sí, había estado intentando hacerse sentir mejor con estos pensamientos: pero todo en vano. Todo en vano; porque la Muerte, al acercarse, lo había estado acosando con su propia sombra, cubriendo al viejo, su víctima. Y era la triste influencia de esta sombra que le había causado sentir—aunque ni la vio, ni la escuchó—sentir la presencia de mi cabeza en el cuarto.

Cuando ya había esperado un buen rato, muy pacientemente, sin escuchar que se acostara, decidí abrir un poquito—una pequeña, pequeña apertura en la linterna. Así que la abrí—no te imaginas el silencio y cuidado—hasta que un rayo de luz tan delgado como el hilo de una telaraña se disparó desde la apertura hasta el ojo de buitre.

Estaba abierto—bien, bien abierto—y me enojé, pura furia, mientras lo veía. Lo vi perfectamente—un azul gastado, con una capa horrible que enfriaba mis huesos hasta la médula; pero no podía ver nada más de la cara del viejo, o de su persona: ya que había dirigido el rayo como por instinto precisamente al maldito ojo.

Y ahora, ¿no te he dicho que lo que confundes por locura es solo súper agudeza de los sentidos?—ahora, te digo, viene a mis oídos un sonido bajo, callado, y rápido, como el de un reloj cubierto en algodón. Conocía ese sonido bien, también. Era el latido del corazón del viejo. Me enfureció más, tal y como el sonido de un tambor estimula a un soldado hacia el coraje.

Pero aún así me aguanté. Apenas y respiré. Sostuve la linterna sin moverme. Intenté con todo mi ser mantener el rayo justo en su ojo. Mientras tanto el efecto infernal del corazón incrementó. Más y más rápido, y más y más fuerte cada instante. ¡El terror del viejo debió haber sido extremo! ¡Sonaba más y más duro cada momento!—¿me entiendes bien? Te he dicho que tengo nervios: así que los tengo. Y ahora, a la hora más muerta de la noche, entre todo el silencio de esa vieja casa, un sonido tan extraño como este me llenaba con un terror descontrolado. Pero aún así me aguanté, sin moverme. ¡Y el latido sonaba más y más! Pensé que el corazón explotaría. Y ahora una nueva ansiedad me agarra—¡un vecino va a escuchar este sonido! ¡La hora del viejo había llegado! Con un grito fuerte, abrí la linterna y salté hacia el cuarto. Gritó una vez—solo una vez. En un instante lo jalé al piso, y jalé la cama, bien pesada, sobre él. Luego sonreí, muy feliz, con el trabajo hecho bien hasta entonces. Pero, por muchos minutos, el corazón latió con un sonido ahogado. Esto, de todos modos, no me sacó de onda; no se escucharía a través de la pared. Después dejó de sonar. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, era piedra, muerto muertísimo. Puse mi mano sobre su corazón y la dejé ahí muchos minutos. No había pulso. Estaba muertísimo. Su ojo ya no me sería un problema.

Si todavía crees que sufro de locura, no creerás eso cuando te cuente de las precauciones tan sabias que tomé para esconder el cuerpo. La noche pasó mientras trabajé con prisa pero en silencio. Primero que nada, descuarticé el cuerpo. Le corté la cabeza y los brazos y las piernas.

Luego levanté tres tablas de madera del piso de su cuarto, y metí todos esos pedazos entre los espacios del suelo. Luego reemplacé las tablas de manera tan astuta que no hay ojo humano—ni siquiera el suyo—que pueda detectar algo fuera de lugar. No había nada que lavar—ninguna mancha—nada de sangre en ningún lugar. Tuve demasiado cuidado como para eso. Usé una tina—¡jajaja!

Cuando terminé de hacer todo eso, ya eran las cuatro de la mañana—todavía tan oscuro como la medianoche. Cuando la campana sonó para dar la hora, alguien tocó la puerta que da a la calle. Bajé a abrirla con un corazón ligero—porque, ¿qué tenía yo que temer? Entraron tres hombres, quienes se introdujeron, con perfecta suavidad, como policías. Un vecino escuchó un grito durante la noche; había sospechas de que algo estaba mal; llegó esta información a las oficinas policiacas, y ellos (los policías) ahora tenían que inspeccionar el lugar.

Sonreí—porque, ¿qué tenía yo que temer? Les di la bienvenida. El grito, les dije, fue uno que tuve mientras soñaba. El viejo, les mencioné, no estaba en el país. Los llevé por toda la casa. Les dije que buscaran—que buscaran bien. Los llevé a su cuarto. Les enseñé sus tesoros, seguros, sin haber sido tocados. Con total entusiasmo y confianza, jalé sillas al cuarto, y les dije que aquí mismo descansaran, mientras yo, con seguridad en la audacidad de mi perfecta victoria, me senté justo encima del lugar donde descansaba el cuerpo de la víctima.

Los oficiales estaban satisfechos. Mi manera los había convencido. Yo mostraba plena tranquilidad. Se sentaron, y mientras yo contestaba, a gusto, ellos platicaban de cosas familiares. Pero, después de un rato sentí palidez y quise que se fueran. Mi cabeza me dolía, y como que había un zumbido en mis oídos: pero se quedaron y platicaban y platicaban. El zumbido se volvió más claro:—siguió y se volvió más claro: hablé más para deshacerme de ese sentimiento: pero continuó y tomó más claridad—hasta que, al fin, encontré que el ruido no estaba dentro de mis oídos.

Seguro me puse de color amarillo;—pero hablé con más fluidez, y con una voz más aguda. Y aún así el sonido se volvió más fuerte—¿y qué podía hacer? Era un sonido bajo, callado, y rápido, como el de un reloj cubierto en algodón. No podía respirar—y aún así los policías no lo escuchaban. Hablé más rápido—más y más, hablé y hablé; pero el ruido incrementaba sin parar. Me paré y empecé a discutir estupideces, en voz aguda y de manera violenta; pero el ruido solo incrementaba, más y más. ¿Por qué no se iban? Caminé por el cuarto pisoteando fuerte, como si las observaciones de estos hombres me emocionaran mucho—pero el ruido crecía, más y más. ¡Ay güey! ¿Qué podía hacer? Me enfurecí—pura rabia—¡puras groserías! Mandé volando mi silla, golpeando y raspando toda la madera, pero nada, el ruido incrementó sobre todo y siguió incrementando. Creció más—y más—¡y más! Y aún así los hombres platicaban, sonriendo. ¿Será que no escuchaban? ¡Por dios!—no, ¡no! Ellos escucharon—¡sospecharon!—¡supieron!—¡se estaban burlando de mi horror!—eso pensé, y eso pienso. ¡Pero cualquier cosa era mejor que esa agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable! ¡No podía más con esas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir!—y ahora—¡otra vez!—¡escucha! ¡más y más y más y más fuerte!—

“¡Villanos!” grité, “¡Ya dejen de fingir! ¡Lo admito!—Levanten las tablas del suelo, ¡aquí, aquí!—¡es el latido de este horrible corazón!”


«The Tell-Tale Heart»—extraído de The Works of Edgar Allan Poe, publicado en The Project Gutenberg en abril del 2000.

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cuentos Ficción

«Todd»—Etgar Keret

Mi amigo Todd quiere que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama.
“Ya has escrito cuentos que hacen a las chicas llorar,” dice. “Y unos que las hace reír. Así que ahora escribe uno que las haga brincar a la cama conmigo.”
Le intento explicar que no funciona de esa manera. Es cierto, hay algunas chicas que lloran cuando leen mis cuentos, y hay algunos chicos que—
“Olvida a los chicos,” Todd interrumpe. “Los chicos no me las hacen. Te lo digo de neta, para que no escribas un cuento que lleve a cualquiera que lo lea a mi cama, solo chicas. Te lo digo para evitar penas.”
Así que le explico de nuevo, en mi tono paciente, que no funciona de esa manera. Un cuento no es un hechizo mágico o hipnoterapia; un cuento solo es una manera de compartir con otras personas algo que sientes, algo íntimo, a veces hasta vergonzoso, que—
“Va,” Todd interrumpe de nuevo, “entonces hay que compartir algo vergonzoso con tus lectores que haga que las chicas brinquen a la cama conmigo.” Todd solo no escucha. Nunca escucha, por lo menos a mi no.
Conocí a Todd en un evento de lectura que organizó en Denver. Esa noche, cuando habló de los cuentos que amaba, se emocionó tanto que comenzó a tartamudear. Tiene mucha pasión, ese Todd, y mucha energía, y es obvio que no sabe realmente a dónde canalizarlo todo. No platicamos mucho, pero vi de inmediato que era una persona lista y un mensch. Alguien en quién puedes depender. Todd es el tipo de persona que quieres a tu lado en una casa en llamas o en un barco que se hunde. El tipo de güey que sabes que no saltará a un bote salvavidas dejándote atrás.
Pero en este momento no estamos en una casa en llamas o en un barco que se hunde, solo estamos bebiendo lattés de leche de soya orgánica en una cafetería naturista toda funky en Williamsburg. Y eso me pone un poco triste. Porque si hubiera algo quemándose o hundiéndose en el área, podría recordar por qué me cae bien, pero cuando Todd comienza a fastidiarme con que le escriba un cuento, es difícil de digerir.
“Titula el cuento ‘Todd el Hombre,’” me dice. “O tan solo ‘Todd.’ ¿Sabes qué? Solo ‘Todd’ está mejor. Así, las chicas que lo lean no sabrán hacia dónde va el cuento, y luego, al final, cuando llegue—bam! No sabrán qué les pegó. De repente, todas me verán diferente. De repente, todas sentirán su pulso palpitar en sus sienes, y tragaran saliva y dirán, ‘Dime, Todd, ¿vives por aquí?’ o ‘Detente, no me veas así,’ pero en un tono que realmente dice lo opuesto: ‘Por favor, por favor, sigue mirándome así,’ y las miraré, y sucederá, de repente, como si no tuviera nada que ver con el cuento que tú escribiste. Eso es todo. Ese es el tipo de cuento que quiero que escribas para mi. ¿Entiendes?”
Y le digo, “Todd, no te he visto en un año. Cuéntame qué te ha estado pasando, ¿qué hay de nuevo? Pregúntame cómo estoy, cómo está mi hijo.”
“No hay nada de nuevo conmigo,” dice impacientemente, “y no necesito preguntarte sobre tu hijo, ya sé todo sobre él. Te escuché en la radio hace unos días. Todo lo que hiciste en esa jodida entrevista fue hablar de él. Cómo dijo esto y cómo dijo lo otro. El entrevistador te pregunta sobre escribir, sobre la vida en Israel, sobre la amenaza Iraní, y como mandíbula de Rottweiler, te enganchas a frases de tu hijo, como si fuera algún tipo de genio Zen.”
“De verdad es muy listo,” digo defensivamente. “Tiene un ángulo de vida único. Diferente al de nosotros, los adultos.”
“Bien por él,” Todd se queja. “Entonces, ¿qué? ¿Me vas a escribir ese cuento o no?”
Así que estoy sentado en la madera falsa del escritorio de plástico del hotel de cinco estrellas falsas que son tres estrellas que el consulado Israelí rentó para mi por dos días, intentando escribirle a Todd su cuento. Me cuesta trabajo encontrar algo en mi vida que esté lleno del tipo de emoción que hará que las chicas brinquen a la cama de Todd. No entiendo, por cierto, qué problema tiene Todd con encontrar chicas por su cuenta. Es un güey que se ve bien y es bastante encantador, el tipo que embaraza a una mesera guapa de algún comedor en algún pueblo pequeño y se larga. Tal vez ese es el problema: no proyecta lealtad. Hacia las mujeres, quiero decir. Románticamente hablando. Porque cuando se trata de casas en llamas o barcos que se hunden, como ya lo he dicho, puedes contar en él hasta el final. Así que tal vez eso es lo que debería escribir: un cuento que haga que las chicas piensen que Todd será fiel. Que podrán confiar en él. O lo opuesto: un cuento que le haga claro a todas las chicas que lo lean que la lealtad y la confianza están sobrevalorados. Que tienes que seguir a tu corazón a todo lo que da y no preocuparte sobre el futuro. Sigue a tu corazón y encuéntrate embarazada mucho después de que Todd se haya largado a organizar una lectura de poesía en Marte, patrocinado por NASA. Y durante la transmisión en vivo, cinco años después, cuando le dedique el evento a ti y a Sylvia Plath, podrás apuntar con un dedo a la pantalla en tu sala y decir, “¿Ves ese hombre en el traje espacial, Todd Junior? Ése es tu papá.”
Tal vez debería escribir un cuento sobre eso. Sobre una mujer que conoce a alguien como Todd, y es encantador y está a favor del amor libre y eterno y toda esa mierda en la que creen los hombres que quieren cogerse a todo el mundo. Y le da una apasionada explicación sobre la evolución, sobre cómo las mujeres son monógamas porque quieren a un hombre para proteger a sus hijos, y sobre cómo los hombres son polígamos porque quieren impregnar al mayor número de mujeres posible, y no hay nada que puedas hacer al respecto, es la naturaleza, y es más fuerte que cualquier candidato conservador a la presidencia, o cualquier artículo de Cosmopolitan llamado “Cómo Aferrarte a Tu Esposo.”
“Tienes que vivir en el momento,” el tipo en el cuento dirá, luego se acostará con ella y le romperá el corazón. Él nunca actuará como cualquier mierda que ella puede olvidar fácilmente. Él actuará como Todd. Lo que significa que aún cuando le jode la vida entera, él será amable y lindo y exhaustivamente intenso, y—sí—también conmovedor. Y eso hará que todo ese negocio de dejarlo sea aún más difícil. Pero al final, cuando suceda, ella se dará cuenta que la relación aún valió la pena. Y esa es la parte difícil: la parte de “Aún valió la pena.” Porque puedo conectar con el resto del escenario como un celular al internet, pero la parte de “Aún valió la pena” es más complicada. ¿Qué podría obtener la chica del cuento de todo ese accidente de golpe y fuga con Todd además de otra triste abolladura en su alma?
“Cuando se despertó en la cama, él ya se había ido,” Todd lee la página en voz alta, “pero su olor se quedó. El olor de las lágrimas de un niño cuando hace un berrinche en la juguetería…”
Se detiene de repente y me mira decepcionado. “¿Qué es esta mierda?” me pregunta. “Mi sudor no huele. No mames, yo ni sudo. Compré un desodorante especial que está activo las veinticuatro horas del día, y no solo me lo pongo en las axilas, sino en todo mi cuerpo, hasta en mis manos, por lo menos dos veces al día. Y el niño… qué manera de arruinarlo, güey. Una chica que lea un cuento como este—ni de chiste viene conmigo.”
“Léelo hasta el final,” le digo. “Es un buen cuento. Cuando terminé de escribirlo, lloré.”
“Bien por ti,” Todd dice. “Doble bien por ti. ¿Sabes cuándo fue la última vez que lloré? Cuando me caí de mi bici de montaña y me abrí el cráneo y necesité veinte puntadas. Eso es dolor, también, y no tenía seguro médico, tampoco, entonces, mientras me cosían, no podía ni gritar y sentirme mal por mi mismo como cualquier otra persona, porque yo tenía que pensar de dónde sacaría ese dinero. Esa fue la última vez que lloré. Y el hecho de que tú lloraste, es conmovedor, de verdad, pero no resuelve mis problemas con las chicas.”
“Solo intento decir que es un buen cuento,” le digo, “y que me da gusto que lo escribí.”
“Nadie te pidió que escribieras un buen cuento,” dice Todd, enojándose. “Te pedí que escribieras un cuento que me ayude. Que le ayude a tu amigo lidiar con un problema real. Es como si te hubiera pedido donar sangre para salvar mi vida y en vez escribes un buen cuento y lloras cuando lo lees en mi funeral.”
“No estás muerto,” digo. “Ni siquiera te estás muriendo.”
“Sí lo estoy,” Todd grita, “lo estoy. Me estoy muriendo. Estoy solo y para mi, solo es como pinche muerto. ¿No ves eso? Yo no tengo un hijo locuaz en kinder cuyos comentarios inteligentes puedo compartir con mi hermosa esposa. No lo tengo. ¿Y este cuento? No dormí toda la noche. Solo me acosté en la cama y pensé: Ya casi está aquí, mi amigo escritor de Israel está a punto de lanzarme un salvavidas, y ya no estaré solo. Y mientras estoy aquí con ese pensamiento alentador, tú estás sentado, escribiendo un cuento hermoso.”
Hay una pequeña pausa, y al final le digo a Todd que lo siento. Las pequeñas pausas sacan eso de mi. Todd asiente con la cabeza y dice que no me preocupe. Que él mismo se dejó llevar un poco de más. Es totalmente su culpa. Nunca me debió haber pedido hacer una cosa tan estúpida, para empezar, pero estaba desesperado. “Se me olvidó por un minuto que tú eres tan estricto sobre escribir que necesitas metáforas y percepciones y todo eso. En mi imaginación era más sencillo, más divertido. No una obra maestra. Algo ligero. Algo que comienza con ‘Mi amigo Todd me pidió que le escriba un cuento que le ayude a llevar chicas a su cama’ y termina con algún truco cool postmodernista. Ya sabes, sin sentido, pero no ordinariamente sin sentido. Sexy sin sentido. Misterioso.”
“Puedo hacer eso,” le digo después de otra pequeña pausa. “Puedo escribir uno así, también.”


Extraído de la revista en línea Electric Literature publicada el 27 de marzo del 2013.

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cuentos Ficción

«El Gran Silencio» — Ted Chiang

Los humanos usan Arecibo para buscar inteligencia extraterrestre. Su deseo de hacer conexión es tan fuerte que han creado un oído capaz de escuchar a través del universo.
Pero mis compañeros loros y yo estamos justo aquí. ¿Por qué no están interesados en escuchar nuestras voces?
Somos una especie no-humana capaz de comunicarnos con ellos. ¿No somos exactamente lo que los humanos están buscando?

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El universo es tan vasto que la vida inteligente seguramente debe haber surgido muchas veces. El universo es también tan viejo que incluso una especie tecnológica habría tenido tiempo de expandirse y llenar la galaxia. Y aún así no hay señal de vida en ningún lugar más que en la Tierra. Los humanos llaman a esto la Paradoja de Fermi.
Una solución propuesta a la Paradoja de Fermi es que las especies inteligentes intentan activamente ocultar su presencia, para evitar ser el blanco de invasores hostiles.
Hablando como miembro de una especie que casi ha sido llevada a la extinción por los humanos, yo puedo corroborar que esta es una sabia estrategia.
Hace sentido permanecer en silencio y evitar llamar la atención.

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La Paradoja de Fermi a veces es conocida como el Gran Silencio. El universo debe ser una cacofonía de voces, pero en vez es desconcertantemente silencioso.
Algunos humanos teorizan que las especies inteligentes se vuelven extintas antes de que puedan expandirse al espacio exterior. Si están en lo correcto, entonces la calma del cielo nocturno es el silencio de un cementerio.
Hace cientos de años, mi especie era tan abundante que el Bosque de Río Abajo retumbaba con nuestras voces. Ahora ya casi nos vamos por completo. Pronto, puede que esta selva tropical sea tan silenciosa como el resto del universo.

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Había un loro gris africano llamado Alex. Era famoso por sus habilidades cognitivas. Digo, famoso entre los humanos.
Una investigadora humana llamada Irene Pepperberg pasó treinta años estudiando a Alex. Encontró que Alex no solo sabía las palabras para figuras y colores, en realidad entendía los conceptos de figura y color.
Muchos científicos se mostraron escépticos de que un pájaro pudiera comprender conceptos abstractos. A los humanos les gusta pensar que son únicos. Pero eventualmente Pepperberg los convenció de que Alex no solo estaba repitiendo palabras, sino que entendía lo que estaba diciendo.
De todos mis primos, Alex fue el que más se acercó a ser tomado en serio como un compañero de comunicación por los humanos.
Alex murió repentinamente, cuando aún era relativamente joven. La noche antes de que muriera, Alex le dijo a Pepperberg, “Tú sé buena. Te amo.”
Si los humanos están buscando una conexión con un no-humano inteligente, ¿qué más pueden pedir?

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Cada loro tiene un llamado único que usa para identificarse; los biólogos se refieren a esto como el “llamado de contacto” del loro.
En 1974, los astrónomos usaron Arecibo para transmitir un mensaje hacia el espacio exterior con la intención de demostrar inteligencia humana. Ese fue el llamado de contacto de la humanidad.
En la naturaleza, los loros nos dirigimos por nuestros nombres. Un pájaro imita el llamado de contacto del otro para llamar su atención.
Si los humanos alguna vez detectan el mensaje de Arecibo siendo enviado de regreso a la Tierra, sabrán que alguien está intentando llamar su atención.

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Los loros somos aprendices vocales: aprendemos a hacer nuevos sonidos después de que los escuchamos. Es una habilidad que pocos animales poseemos. Un perro puede entender docenas de comandos, pero nunca hará nada más que ladrar.
Los humanos también son aprendices vocales. Tenemos eso en común. Así que los humanos y los loros comparten una relación especial con el sonido. Nosotros no solamente gritamos. Pronunciamos. Enunciamos.
Tal vez por eso los humanos construyeron Arecibo en la manera en la que lo hicieron. Un recibidor no tiene que ser un transmisor, pero Arecibo es ambos. Es un oído para escuchar, y una boca para hablar.

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Los humanos han vivido junto a los loros por miles de años, y solo recientemente han considerado la posibilidad de que podemos ser inteligentes.
Supongo que no los puedo culpar. Nosotros los loros antes pensábamos que los humanos no eran muy brillantes. Es difícil hacer sentido de un comportamiento tan diferente al tuyo.
Pero los loros son más similares a los humanos que cualquier especie extraterrestre será, y los humanos nos pueden observar de cerca; nos pueden ver al ojo. ¿Cómo esperan reconocer una inteligencia alienígena si todo lo que pueden hacer es escuchar a escondidas, desde una distancia de cien años luz?

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No es coincidencia que “aspiración” signifique ambos, la esperanza y el acto de respirar.
Cuando hablamos, usamos el aliento en nuestros pulmones para dar forma física a nuestros pensamientos. Los sonidos que hacemos son simultáneamente nuestras intenciones y nuestra fuerza de vida.
Hablo, entonces soy. Los aprendices vocales, como los loros y los humanos, somos tal vez los únicos que comprendemos completamente la verdad de esto.

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Hay un placer que viene con dar forma a los sonidos con tu boca. Es tan primitivo y visceral que, a través de su historia, los humanos han considerado la actividad como una ruta a lo divino.
Los místicos pitagóricos creían que las vocales representaban la música de las esferas, y cantaban para extraer poder de ellas.
Los cristianos pentecostales creen que cuando hablan en lenguas, están hablando el lenguaje usado por los ángeles en el cielo.
Los hindúes brahmán creen que al recitar mantras están fortaleciendo los bloques de construcción de la realidad.
Solo una especie de aprendices vocales atribuiría tal importancia al sonido en sus mitologías. Nosotros los loros podemos apreciar eso.

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De acuerdo a la mitología hindú, el universo fue creado con un sonido: “om.” Es una sílaba que contiene en ella todo lo que ha sido y todo lo que será.
Cuando el telescopio Arecibo es apuntado hacia el espacio entre las estrellas, escucha un ligero zumbido.
Los astrónomos llaman a eso el fondo del microondas cósmico. Es la radiación residual del Big Bang, la explosión que creó el universo hace catorce billones de años.
Pero también puedes pensar de eso como una reverberación apenas audible de ese “om” original. Esa sílaba fue tan resonante que el cielo nocturno seguirá vibrando mientras el universo exista.
Cuando Arecibo no está escuchando nada más, escucha la voz de la creación.

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Nosotros los loros puertorriqueños tenemos nuestros propios mitos. Son más sencillos que la mitología humana, pero creo que los humanos los disfrutarían.
Pero bueno, lamentablemente nuestros mitos están siendo perdidos a medida que mi especie se extingue. Dudo que los humanos hayan descifrado nuestro lenguaje antes de que muramos.
Así que la extinción de mi especie no solo significa la pérdida de un grupo de pájaros. También es la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros rituales, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz.

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La actividad humana ha llevado a mi especie al borde de la extinción, pero no los culpo por eso. No lo hicieron con maldad. Solo no estaban poniendo atención.
Y los humanos crean mitos tan hermosos; qué imaginaciones tienen. Tal vez por eso es que sus aspiraciones son tan inmensas. Mira a Arecibo. Cualquier especie que pueda construir semejante cosa debe tener grandeza.
Mi especie probablemente no estará aquí mucho más tiempo; es probable que muramos antes de nuestra hora y nos unamos al Gran Silencio. Pero antes de que nos vayamos, estamos mandando un mensaje a la humanidad. Solo esperamos que el telescopio en Arecibo les permita escucharlo.
El mensaje es este:

Tú sé buena. Te amo.


Extraído de la revista en línea Electric Literature publicada el 12 de octubre del 2016.

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«El Auge del Capitalismo» — Donald Barthelme

Lo primero que hice fue un error. Pensé que había entendido el capitalismo, pero lo que había hecho fue asumir una actitud—tristeza melancólica—hacia él. Esta actitud no es correcta. Afortunadamente tu carta llegó, en ese instante. “Querido Rupert, te amo cada día. Tú eres el mundo, que es vida. Te amo te adoro estoy loca por ti. Amor, Marta.” Leyendo entre líneas, entendí tu crítica de mi actitud hacia el capitalismo. Siempre consciente de que el crítico debe “studiare da un punto di vista formalistico e semiologico il rapporto fra lingua di un testo e codificazione di un—” Pero aquí un gran pulgar mancha el texto—el pulgar del capitalismo bajo el que todos estamos. La oscuridad cae. Mi vecino continúa cometiendo suicidio, una vez cada quincena. Tengo sus suicidios programados en mi calendario porque mi función es salvarlo; una vez se me hizo tarde y pasó dos días en el piso, inconsciente. Pero ahora que he entendido que no he entendido el capitalismo, tal vez una posición menos equívoca hacia él puede ser “martillada.” Mi hija exige más Sr. Burbuja para su baño. Los barcos camaroneros bajan sus redes. Un libro llamado Humoristas del Siglo XVIII es publicado.

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El capitalismo coloca a cada hombre en competencia con sus compañeros por una parte de la riqueza disponible. Unas pocas personas acumulan grandes montones, pero la mayoría no. El sentido de comunidad cae víctima de esta lucha. El aumento de la abundancia y la prosperidad está atado a la “productividad” creciente. Una jerarquía de funcionarios se interpone entre la gente y el liderazgo. El bien de la corporación privada es considerada prioridad sobre el bien del público. El sistema del mercado mundial refuerza su control sobre los países capitalistas y aterroriza al tercer mundo. Todo es manipulado para estos fines. El rey de Jordania se sienta con su radio, invitando a desconocidos al palacio. Yo visito a mi asistente y amante. “Bueno, Azalea,” digo yo, sentado en la mejor silla, “¿qué te ha pasado desde mi última visita?” Azalea me dice lo que le ha pasado. Ha cubierto un sofá, y escrito una novela. Jack se ha portado mal. Roger ha perdido su trabajo (reemplazado por un ojo eléctrico). Los hijos de Gigi están en el hospital siendo desintoxicados, los tres. Azalea misma está muriendo de amor. Le acaricio las nalgas, que son perfección, si es que uno puede tener perfección bajo el sistema capitalista. “Es mejor casarse que quemarse,” dice San Pablo, pero San Pablo ya es muy desacreditado, ya que la dureza de sus puntos de vista no concuerda con la experiencia de las sociedades industrialmente avanzadas. Me fumo un puro, para desobedecer al gato.

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Mientras tanto, Marta se está enojando. “Rupert,” dice ella, “¡no eres mejor que un pinche perro! Si se trata del corazón de una mujer, ¡el perro más simple tiene más sensibilidad que tú!” Trato de explicar que no es mi culpa, es culpa del capitalismo. Ella no quiere escuchar nada de eso. “Yo apoyo al sistema capitalista,” dice Marta. “Nos ha dado todo lo que tenemos—las calles, los parques, las grandiosas avenidas y bulevares, los paseos y los centros comerciales—y otras cosas, también, en las que no puedo pensar ahora mismo.” Pero, ¿qué ha estado haciendo el mercado? Escaneo la lista de las quince Acciones Más Amadas:

Mascota Occidental      983,100      20⅝    +     3¼

Natomas                               912,300         58⅜       +     18½

¡Qué mierda! ¿Por qué no le entré a Natomas como le entraría a un traje fino, de los que te ganan crédito social cuando lo usas para ir al bailongo? ¡De nuevo no soy rico esta mañana! Pongo mi cabeza entre los senos de Marta, para esconder mi vergüenza.

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Honoré de Balzac fue al cine. Estaba viendo su peli favorita, El Auge del Capitalismo, con Simone Simon y Raymond Radiguet. Cuando terminó de ver la película, salió y compró una planta de impresión, por cincuenta mil francos. “De ahora en adelante,” dijo, “me voy a publicar a mi mismo, en hermosas y caras ediciones de lujo, ediciones baratas, y ediciones foráneas, y en formatos de todo tamaño, gigantescos y de bolsillo. También publicaré atlas, álbumes de estampas, colecciones de sermones, volúmenes de educación sexual, comentarios, memorias, diarios, horarios ferroviarios, periódicos, directorios telefónicos, formularios para las apuestas, manifiestos, libretos, abecedarios, obras sobre acupuntura, y libros de recetas.” Y luego Honoré salió y se emborrachó y fue a casa de su novia y, rugiendo y pisando duro en las escaleras, espantó al esposo de ésta hasta la muerte. Y el esposo fue enterrado, y todos se quedaron silenciosos alrededor de la tumba, pensando en dónde habían estado y a dónde iban, y los últimos puñados de tierra mojada fueron arrojados sobre la tumba, y Honoré estaba arrepentido.

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Los Logros del Capitalismo:

(a) El muro cortina
(b) La lluvia artificial
(c) El Rockefeller Center
(d) Los canales
(e) La mistificación

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“¡El capitalismo seguro que está soleado!” gritó el fabricante de herramientas desempleado de Laredo mientras yo iba caminando por las calles de Laredo. “¡Nada de ese nocivo miserialismo de Europa Central para nosotros!” Y en efecto, todo lo que veo a mi alrededor parece apoyar su posición. A Laredo le va muy bien ahora, gracias a la aplicación de los brillantes principios del “nuevo capitalismo.” Su Producto Bruto Laredano está al alza, y sus contradicciones internas a la baja. La cría de pez gato, una nueva iniciativa en el sector de la agroindustria, ha funcionado de maravilla. La taberna y la casa de apuestas tienen diecinueve pisos cada una. “No importa,” dice Azalea. “Todavía eres un pinche perro, aunque le hayas ‘quitado el velo a la existencia.’ ” En el Country Club de Laredo, hombres y mujeres discuten las catedrales de Francia, en donde todos acaban de estar. A algunos les gusta Tours, a algunos Lyon, a algunos Clermont. “Un piadoso temor a Dios se hace sentir en este lugar.”

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El capitalismo se levantó y se quitó el pijama. Otro día, otro dólar. Cada hombre vale lo que traerá al mercado. Al trabajo se le ha quitado el significado, el cual ha sido asignado, en vez, a la remuneración. El desempleo destruye el mundo del individuo desempleado. El subdesarrollo cultural del trabajador, una técnica de dominio, se encuentra en todas partes bajo el capitalismo reciente. La autodeterminación auténtica de los individuos es desbaratada. La conciencia falsa creada y atendida por la cultura popular perpetúa la ignorancia y la impotencia. Mechones de cabello de cuervo flotan en la superficie del Ganges… ¿Por qué no pueden limpiar el Ganges? Si los capitalistas ricos que operan las fábricas de pelucas del Ganges pudieran ser forzados a instalar barreras, en las desembocaduras de sus plantas… Y ahora el sagrado Ganges está atascado de pelo, y el río ya no sabe a dónde dirigir su flujo, y a la luz de la luna sobre el Ganges se la traga el pelo, y el agua se oscurece. ¡Por Vishnu! ¡Ésta es una situación intolerable! ¿No se debería hacer algo al respecto?

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Amigos, ¡a cenar! Los crudités están preparados, verdes y frescos… Las mejores servilletas de papel están puestas… Todos están hablando del capitalismo (aunque algunos están hablando sobre la psicología del envejecimiento, y algunos sobre el uso humano de los seres humanos, y algunos sobre las políticas de la experiencia). “¿Cómo puedes decir eso?” Azalea grita, y Marta grita, “¿Y qué hay del aire?” Tal y como una flor se mueve hacia el florista, las mujeres se mueven hacia los hombres que no son buenos para ellas. La autorrealización no debe lograrse en términos de otra persona, pero no sabes eso cuando comienzas. La negación de la negación se basa en una lectura correcta de los libros equivocados. El calor-muerte inminente del universo no es una cosa mala, porque sigue lejos de ahora. El caos es una posición, pero una débil, relacionada a esa “falta de enfoque” de la cual he olvidado hablar. ¡Y ahora los santos vienen marchando, santo sobre santo, para entregar su mensaje! Aquí están San Alberto (que le enseñó a Tomás de Aquino), y San Almaquio (martirizado al intentar poner fin a las competencias de gladiadores), y San Amador (el ermitaño), y San Andrés de Creta (cuyo “Gran Canon” recorre doscientas cincuenta estrofas), y San Antonio de las Cuevas, y San Atanasio, el Atonita, y San Aubry del Pilar, y muchos otros. “¡Escuchen!” los santos dicen. “Él, quien desea el verdadero descanso y felicidad, debe levantar su esperanza sobre las cosas que perecen y se van, y colocarla en la Palabra de Dios, para que, aferrándose a lo que permanece para siempre, él también pueda permanecer para siempre.” Y, ¡bueno! Es el mismo viejo mensaje. “Rupert,” dice Marta, “el aburguesamiento de todas las clases de hombres ha alcanzado un nadir repugnante en tu caso. Un pinche puerco tiene más sentido que tú. Por lo menos un pinche puerco no se come ‘la bala cubierta de azúcar,’ como dicen los chinos.” Ella tiene razón.

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Humo, lluvia, abulia. ¿Qué puede hacer un ciudadano preocupado para pelear el alza del capitalismo en su propia comunidad? El estudio sobre las olas de conflicto y de poder en un sistema en el que hay inequidad estructural es una tarea importante. Un conocimiento de la historia intelectual europea desde 1789 proporciona una base útil. La teoría de la información ofrece posibilidades nuevas e interesantes. La pasión ayuda, en especial esos tipos de pasión que no son implícitos. La duda es una condición previa necesaria para una acción significativa. El miedo es el gran motor, al final.


Extraído del libro “60 Stories” por Donald Barthelme, publicado en 1982.